Antiguas noticias de una dudosa ciudad mediterránea

Leer a Predrag Matvejević en Mostar, año 2026 d. C.

El discurso acerca de los mediterráneos puede ser serio o bien irónico: cómo empezaron a habitar las ciudades, cómo se convirtieron en pescadores y navegantes o cómo se aferraron a sus oficios de campesinos, pastores y marinos de agua dulce. Los mediterráneos se sienten más cercanos a sus ciudades que a sus estados o naciones: las ciudades, en efecto, son sus estados, sus naciones y mucho más.

(Todas las citas del texto provienen de Mediteranski brevijar, de Predrag Matvejević [trad. esp.: Breviario mediterráneo, traducción de Milijov Telecan, Barcelona, Anagrama, 1991].)

Como ciudadana del lugar de origen de Predrag Matvejević, Mostar, la ciudad que murió y resucitó en la historia más reciente, reconozco la nostalgia que el autor siente del Mediterráneo como propia. He aspirado el mismo aroma a mar en las radiantes mañanas junto al río Neretva. Me he reído de los turistas que no son capaces de asumir que en Mostar no se puede salir a pasear a mediodía porque el sol te deslumbra y hace demasiado calor. He comido higos y granadas sin dueño que crecían en los jardines de piedra de la ciudad, frutos que pertenecían al sol y a todos nosotros. Sé que mi —¿nuestro?— sentido del humor a veces es demasiado brutal en Sarajevo, a un centenar de kilómetros al norte. Al mismo tiempo, soy consciente de que llamarme a mí misma mediterránea no es del todo exacto, porque el mar —tal y como Matvejević relata de un modo tan bello en las páginas de su Breviario mediterráneo— es lo que, en principio, define a los mediterráneos, y Mostar no está en la costa. Aun así, leo el libro no como un mapa y una enciclopedia del mar y de una magnífica civilización, sino como el testimonio de un anhelo por todas esas cosas, y puedo disfrutar de sus espacios híbridos y periféricos.

Leo el libro no como un mapa y una enciclopedia del mar
y de una magnífica civilización, sino como el testimonio
de un anhelo por todas esas cosas, y puedo disfrutar
de sus espacios híbridos y periféricos

Nadie escribe sobre el Mediterráneo —y tampoco navega sus aguas— si carece de una implicación personal que lo lleve a ello. La ciudad donde nací está situada a cincuenta kilómetros del Adriático. Gracias a su ubicación y al río que la atraviesa ha adquirido ciertos rasgos mediterráneos. Un poco más arriba, en ese mismo cauce, los rasgos mediterráneos se desvanecen y la tierra firme absorbe todas esas conexiones.

          Me permito anotar ciertas asociaciones que me vienen a la mente al leer los pasajes del célebre libro de Matvejević; ideas que surgen en la mente de una artista teatral en Mostar, ciudad natal del autor, en pleno siglo xxi, décadas después de la terrible guerra. Tal vez solo trato de responderme a mí misma una pregunta muy sencilla: ¿existe aún mi ciudad, en la forma en que existía antes de la maldad y la destrucción que la asolaron?

MATVEJEVIC Predrag – Date : 20060910 ©Basso CANNARSA/Opale

          A menudo se ven cipreses y pinos plantados cerca de los lugares de culto y las tumbas, ya sea de forma aislada o […] en arboleda. En ningún caso parecen decisiones arbitrarias, aunque cuesta establecer patrones. Por ejemplo, los cipreses aportan paz y una cierta melancolía al entorno, aunque se plantan en otros lugares aparte de iglesias y cementerios: también crecen junto a las escuelas mediterráneas y los altares de sacrificio.

          Los cipreses y los pinos era muy importantes en la imagen de Mostar antes de la guerra: bordeaban la carretera hacia el sur, que —aún recuerdo bien— surgía majestuosa como una vía romana en mitad de un valle muy verde. Ya no hay cipreses; en su lugar hay casas, gasolineras y panaderías. El hospital municipal de Mostar se construyó en 1882 y, en esa misma época, se plantaron dos cedros delante del edificio, que vivieron y crecieron hasta que el hospital se demolió. Algunos ciudadanos trataron de proteger los enormes y bellísimos árboles centenarios, pero fue en vano. No significaban nada para los nuevos habitantes de la ciudad, dedicados a construir templos contemporáneos y centros comerciales. Hubo otros árboles en Mostar —más modestos pero igual de importantes— que pagaron el precio del nuevo templo del consumo: una hilera de almeces (Celtis australis) que se extendía por toda la calle. A los niños les encantaba comer los frutos silvestres: tenían un extraño sabor dulce, cada baya marrón era una golosina oficiosa. Sin embargo, su función principal era la de munición para los tirachinas. En aquellos tiempos, las únicas guerras de Mostar eran las que libraban los niños en las calles.

Casi todas las ciudades mediterráneas tienen al menos uno de esos archivos, ya sean públicos o privados, abiertos o secretos, y al menos un cementerio. El Mediterráneo es un vasto archivo, una tumba inminente.

Tal vez solo trato de responderme a mí misma
una pregunta muy sencilla: ¿existe aún mi ciudad,
en la forma que existía antes de la maldad
y la destrucción que la asolaron?

La memoria y el pasado componen el presente a partes iguales. Las ciudades repletas de historia y las sombras de los ancestros preservan esos archivos en cada piedra; una de las características distintivas de un ciudadano de pleno derecho —de Mostar, por ejemplo— es su capacidad para recordar a la gente, las familias, los ancestros, las calles, las casas, los parques y los árboles significativos. Sin embargo, ¿qué ocurre cuando una catástrofe moderna trata de convertir la ciudad en polvo? La memoria y el pasado son las primeras víctimas. En el caso de Mostar, los ciudadanos se tornaron habitantes; muchos de ellos murieron o abandonaron la ciudad —es muy posible que exista otra Mostar en la diáspora, repartida por todo el mundo—; a la vez, mucha gente de los pueblos y aldeas aledaños vino a la ciudad, a menudo en el marco de la limpieza étnica, para imponerse como nuevos mandatarios y aristócratas, algunos de ellos huyendo de otro sitio y luchando por una nueva vida. La mayoría de esos archivos secretos se perdió. La urgencia de escribir la historia desde cero se apoderó de la ciudad, y muchos nombres de calles se cambiaron. En lugar de partisanos, comunistas, poetas y doctores ya fallecidos, se pusieron nombres de antiguos y míticos reyes y reinas. Los viejos ciudadanos no pueden recordar a ninguno de esos monarcas, o tal vez no quieren. Se empecinan en seguir llamando a las calles con sus viejos nombres, como si recordarlos fuera un ritual importante contra la pérdida y la desmemoria. En cuanto a los cementerios, hay uno que sigue en pie en el centro de la ciudad, en el parque. Durante la guerra, la gente no podía enterrar a sus seres queridos en los cementerios situados en los suburbios por miedo a los bombardeos, de modo que ese pequeño parque se erigió en el memorial más triste de la muerte y el miedo.

Stari Most. Photo courtesy of Marin Margeta

Los mediterráneos no destacan por su gratitud —aunque, cuando se deciden a dar las gracias, prometen muchas cosas en las que creen con firmeza—.

Entre la gente de Mostar, la gratitud no es un rasgo significativo; sobre todo ahora, en esta nebulosa de olvido, rara vez recuerdan agradecidos a las figuras importantes en el pasado de la ciudad.

El primer y doloroso ejemplo es el autor del libro sobre el que estoy reflexionando, Predrag Matvejević, que nació en el centro de la ciudad. Tal vez encierre un cierto simbolismo el hecho de que la casa donde vino al mundo estuvo justo en la línea de frente durante la última guerra: a un lado y al otro luchaban los ejércitos croata y bosnio. Esa línea de frente formó «dos ciudades» extraoficiales que, con el paso del tiempo, se convirtieron en dos monstruos muy bien definidos por sus rasgos étnicos. La casa de Matvejević dominaba el puente, majestuosa como un faro. Un grupo de artistas impulsó una iniciativa para que el ayuntamiento comprara la vivienda —por entonces, en ruinas— a fin de crear una institución cultural consagrada a preservar el legado intelectual del escritor, pero la idea nunca se llevó a la práctica, y ahora el lugar donde nació Matvejević es un hotel. Y lo que es aún más trágico: los escritos y las ideas del gran autor, un antinacionalista que luchó toda su vida por la libertad, apenas están presentes en el pensamiento y el debate públicos de la ciudad, por lo que, en general, los actuales habitantes de Mostar no están familiarizados con su obra. Su maravilloso espíritu, siempre dado a la reflexión y la polémica, que muy bien podría recuperarse mediante un diálogo democrático, brilla por su ausencia en su ciudad natal. En lugar de los argumentos y el diálogo, se imponen los monólogos paralelos.

Otra figura que recibe muy poca gratitud —por parte de los pequeños grupos de artistas y activistas conocedores de su obra monumental— es la de Bogdan Bogdanović, el arquitecto que construyó el maravilloso cementerio en memoria de los partisanos. Esta originalísima perla arquitectónica y del diseño paisajístico creó una necrópolis en sintonía con el espíritu de Mostar: muros de piedra, terrazas, caminos pavimentados, árboles de verdad —entre ellos, pinos y cipreses entre el agua—, un río fluyendo por una garganta, un lago… El memorial no solo era un lugar donde honrar a los partisanos caídos en la Segunda Guerra Mundial, sino también un maravilloso parque arquitectónico para el disfrute de los vivos. Las piedras fueron labradas por maestros canteros a la usanza tradicional, en un proceso similar a la construcción del icónico puente de 1566. Tal y como escribe Matvejević, «muchas otras formas de artesanía, aunque están en vías de desaparición, todavía perviven en la memoria mediterránea, como el trabajo de los picapedreros y cinceladores —sin el cual no existirían las grandes estructuras—».

 Bogdanović no solo era un arquitecto, sino también un filósofo, por lo que todas sus creaciones contienen unos profundos fundamentos filosóficos. Ahora mismo, el cementerio de los partisanos está en ruinas y sufre ataques permanentes de vándalos extremistas neonazis. El paradigma político de los partidos gobernantes apuesta por el revisionismo y, muy a menudo, se alinea con los enemigos de los partisanos durante la Segunda Guerra Mundial. Ni siquiera el argumento de que la rehabilitación del cementerio atraería a un gran número de turistas —en una ciudad que vive, sobre todo, del turismo— les parece una razón de peso para restaurarlo.

Desconozco hasta qué punto las lenguas orientales han tomado prestados términos de nuestras lenguas […]. Sí sé que muchas palabras, con ese mismo sabor mediterráneo que las enumeradas más arriba, han llegado a mi lengua procedentes del turco y, en menor medida, del árabe: palabras como avlija (patio), cesma y sadrvan (fuente), sokak (callejuela), mehana (taberna), mahala (distrito), sefa y divan (sofá, diván), eglen y eglen-beglen (cháchara), dzezva (receptáculo de metal abierto con un asa muy ancha para hacer café turco), sofra (mesita redonda donde se come sentado en una estera), istilah (letargia), rahatluk (satisfacción), merak (placer), merhamet (lástima), sevdah (pasión amorosa) o teferic (excursión) […]. Estamos en el espacio más abierto del Mediterráneo, el lugar por donde las profecías han llegado hasta nosotros, el sitio por donde el sol sale primero y se pone primero.

Mostar posee un dialecto específico y propio que se forjó a base de siglos de ocupación, primero del Imperio otomano y luego del Imperio austrohúngaro. Muchas palabras locales como las arriba mencionadas por Matvejević son turcas, lo cual no es de extrañar después de quinientos años bajo ocupación otomana. Aunque los términos y las expresiones turcos están presentes en todas las lenguas de Bosnia y Herzegovina, por alguna razón muchos de ellos solo pervivieron en el dialecto de Mostar, convirtiéndose en localismos no reconocidos en el resto del país: pienso en majdonos (perejil) o saransak (ajo), así como en muchas otras palabras que aluden a características o rasgos humanos. También hay otras palabras arcaicas del dialecto que proceden de otras lenguas, como prtokalo (naranja, del griego portokalo) o kifeli (marcharse, del húngaro). El lenguaje está vivo, es una estructura orgánica que cambia de forma natural a través del tiempo. En Mostar, el dialecto local siempre fue un rasgo de la riqueza cultural de su pasado y su presente. También existe una melodía muy típica en dialecto local que, a día de hoy, sigue siendo un signo distintivo de la identidad de Mostar.

En los años posteriores a la última guerra, la lengua se convirtió en otra víctima más de las batallas políticas. Oficialmente, los ciudadanos de Mostar, según su origen étnico, hablan dos lenguas: croata o bosnio. Aunque, desde un punto de vista lingüístico, hoy en día es difícil afirmar que constituyan dos lenguas distintas, la escolarización de los jóvenes de Mostar, en los últimos treinta años, se ha basado en dos sistemas educativos paralelos, el croata y el bosnio. Esto, de hecho, es absurdo, pues la lengua, que surge como medio de comunicación entre los seres humanos, como río y puente, se convierte, en este caso, en un muro.

¿Están los que creen en Dios y le rezan más divididos por sus diversas fes y oraciones que los no creyentes que se abstienen de rezar?

La respuesta a esta pregunta que formula Matvejević en el marco de un eterno discurso filosófico quedó revelada, por desgracia y de una forma tan brutal como realista, en la última guerra que asoló Bosnia y Herzegovina.[1]

Muy a menudo, las confesiones religiosas también sirvieron, de forma indebida, para dividir a comunidades de distinto origen étnico que, a lo largo de los siglos, habían creado una sociedad muy rica en su diversidad; se impuso una identificación masiva entre confesión y nación, y las comunidades religiosas apoyaron los nacionalismos incluso cuando ello implicaba cometer crímenes de guerra. A día de hoy, todas las confesiones siguen muy influidas por la política nacionalista, y no es raro que ensalcen políticas y a líderes nacionalistas en sus discursos religiosos. En mi humilde opinión, en Bosnia y Herzegovina hay demasiados jefes religiosos que, durante la guerra, comprometieron la fe y remplazaron el humanismo sagrado por unas prácticas materialistas orientadas a ostentar el poder.

Los ejemplos abundan: hay una localidad llamada Međugorje muy cerca de Mostar donde se supone que hubo varias apariciones marianas, y hoy en día constituye un lugar de peregrinaje al que llegan fieles de todo el mundo. Allí se conoce a la Virgen María con el sobrenombre de Reina de la Paz. Sin embargo, durante la guerra, el santuario no protegió a las miles de personas que murieron en las inmediaciones ni evitó el surgimiento de varios campos de concentración en Mostar: el lugar sagrado no se erigió en refugio para las víctimas, las cuales observaban la «religión equivocada», mientras que los perpetradores estaban «en el lado correcto».

La ubicación de los mercados mediterráneos se corresponde con la de las principales instituciones, como el ayuntamiento y la fortaleza, el lugar de culto y la plaza del eterno reposo. En el mercado confluyen la política y el comercio, los cuales se vinculan como amigos y como enemigos, tal y como sucedía en el ágora griega y el foro romano.

Cual verdadera ciudad mediterránea, en Mostar se vive de puertas afuera, bajo los cielos, en las calles y junto a los árboles la mayor parte del año. Los niños siguen jugando en los patios. Los jóvenes aún se sientan en los parques y los muretes al atardecer, y no todos llenan los bares y locales. A veces, incluso los vecinos mayores se sientan a tomar café en los jardincillos frente a los bloques de pisos con ventanas llenas de tiestos donde las ancianas cultivan flores. Pese a todo, es difícil afirmar si queda algún resquicio de ese espíritu de ágora.

La reconstrucción de la ciudad destrozada por la guerra cambió su geografía y su estructura urbana. Algunos lugares que hacían las veces de plazas donde mucha gente se reunía se adaptaron a las necesidades de los coches, convirtiéndose en calles y aparcamientos. Antes, Mostar se enorgullecía de contar con la primera rotonda del siglo xix, inspirada en el modelo parisino y conocida como Rondo. Estaba rodeada de calles flanqueadas por hileras de antiguos plátanos y daba a un parque y un paseo peatonal. Toda esa parte de la ciudad alberga antiguas y hermosas mansiones de la época austrohúngara. Había un café con un amplio jardín que, antes de la guerra, constituía la verdadera ágora de la ciudad; un lugar donde la plaza y el espacio abierto conjugaban a la perfección con la costumbre, muy balcánica, de pasar el rato en los bares y cafés. Tras la guerra, el lugar se reconstruyó, el café desapareció y ahora, en su lugar, hay una calle muy ancha que ya no es un simple punto de encuentro, pues aloja un monumento a la guerra. Otro sitio antes muy frecuentado desde la época otomana era la llamada plaza Musala, rodeada por un bello parque, un hotel austríaco de típico estilo pseudo morisco —una variante del art nouveau con ornamentos orientales que los austrohúngaros desarrollaron sobre todo en Bosnia y Herzegovina—, un edificio de baños públicos del mismo estilo y, más tarde, una escuela de música. Casi todo ese espacio se ha transformado ahora en una calle y un aparcamiento; el maravilloso parque desapareció y solo el hotel se ha rehabilitado, conservando su forma original. En ausencia de esa plaza, se construyó la de España, que se ha convertido en un sitio de protestas políticas y manifestaciones donde el encuentro y el diálogo no tienen cabida. A falta de un escenario natural que propicie el diálogo, el intercambio y la discusión, Mostar permanece recluido en una serie de grupúsculos que entonan sus respectivos monólogos.

Me cuesta hablar de mi pueblo natal: […] el mundo apenas sabe nada de los mediterráneos eslavos del sur —ni siquiera sus vecinos del Adriático los conocen bien— y nosotros nunca hemos hecho gran cosa por remediar la situación. Eso sí, hemos repetido hasta la saciedad hasta qué punto el Mediterráneo ha marcado la tierra que habitamos, una encrucijada entre Oriente y Occidente, un lugar de encuentro de las culturas latina y bizantina […], un lazo de unión entre el Sacro Imperio Romano Germánico y el Imperio otomano, un campo de batalla entre el cristianismo y el islam. Nuestra cultura ha fraguado una simbiosis con las culturas mediterráneas como un «tercer componente» en las oposiciones este/oeste, norte/sur, tierra/mar, Balcanes/Europa y otras más autóctonas. […] Como todo el mundo, nos preguntamos quiénes somos, como individuos y en conjunto.

Muchos de nosotros —en Mostar— seguimos hallando nuestra identidad en el ámbito de ese «tercer componente»; una identidad marcada, sobre todo, por la diversidad cultural y religiosa. Existe un concepto muy específico en nuestra sociedad llamado vecindad (komšiluk) que significa, literalmente, vivir en casas cercanas, pero en nuestro caso define una ética específica, consistente en convivir en un vecindario multicultural y basada en el respeto y conocimiento de otras religiones aparte de la propia. Todos los lugareños hemos aprendido los tradicionales saludos de las festividades típicas de las religiones que nos rodean —aunque, por ejemplo, la generación de mis padres se crio en el ateísmo y el comunismo, en su mayor parte—. Los vecinos de otras religiones siempre eran invitados especiales a nuestra mesa en los días señalados, y el respeto incluía la observancia de las restricciones alimentarias de los demás —la más importante, que los musulmanes no comen cerdo—. Ahora bien, el alcance de la ética de la vida común en el vecindario sobrepasaba, de lejos, la diversidad religiosa para abarcar la amistad, el pasar mucho tiempo juntos y, en cierto modo, el considerar al vecino como parte de tu familia.

          Aunque estoy convencida de que esta cultura y ética tan propias de nosotros aún perviven entre buena parte de la ciudadanía de Mostar, la política dominante se centra en separar las etnias y los grupos religiosos, hace hincapié en los «intereses vitales nacionales» y convierte las comunidades en círculos cerrados con una religión, una cultura y una lengua propias. Así, hoy en día la cuestión de quiénes somos parece tener una respuesta muy clara. El problema, para mí y mucha gente como yo, es que esa respuesta va en contra de todo aquello que sentimos como nuestra verdadera identidad local.

          Al final del libro, Matvejević vuelve a abordar la cuestión desde una perspectiva macrohistórica, y nos ofrece, a modo de consuelo, la idea de que algún día la convivencia, con toda su diversidad, se convertirá de verdad en la nueva norma política y social.

La multiplicidad de pueblos en Iliria planteará graves problemas cuando llegue el momento de la construcción nacional en los Balcanes. […] Los pueblos de los Balcanes, como muchos otros mediterráneos, se han enfrentado entre ellos en determinadas ocasiones, y otras veces se han unido; así, las diferencias entre ellos desaparecen o se acrecientan según la época. Algunos contemplan el fenómeno alarmados, mientras que otros recurren a la ironía, y los escritores lo abordan mediante odas o parodias.

Necesitamos una visión para el futuro, una visión
que recoja las buenas prácticas del pasado, pero que esté
forjada en los ámbitos de la modernidad y el porvenir,
bien instaurada en el mundo, en su crisis ecológica
y sus transformaciones digitales

Matvejević contempla la historia de los pueblos balcánicos como una pugna dialéctica, pero nosotros, sujetos y objetos de dicha pugna, sentimos en nuestras vidas la tragedia que encierran las épocas en que las diferencias aumentan. Y lo que es peor, ahora mismo sentimos la terrible carga de las fuerzas políticas que insisten en acuciar esas diferencias. ¿Cómo podremos deshacernos de esa carga? Lo cierto es que los buenos recuerdos y la nostalgia no ayudan, aunque a veces nos hagan la vida un poco más llevadera. Necesitamos una visión para el futuro, una visión que recoja las buenas prácticas del pasado, pero que esté forjada en los ámbitos de la modernidad y el porvenir, bien instaurada en el mundo, en su crisis ecológica y sus transformaciones digitales.

Mostar, abril de 2026.


[1] Cuando Estados Unidos y la CE reconocieron la independencia de Bosnia y Herzegovina el 7 abril de 1992, las fuerzas paramilitares serbobosnias se lanzaron a atacar Sarajevo de inmediato, y las unidades serbobosnias del ejército yugoslavo empezaron a bombardear la ciudad poco después. A lo largo del mes de abril, muchas ciudades de Bosnia y Herzegovina oriental con mucha población bosnia como Zvornik, Foča y Višegrad recibieron ataques de una combinación de fuerzas paramilitares y unidades del ejército yugoslavo. La mayoría de la población bosnia fue expulsada de esas zonas, primeras víctimas en el país de un proceso calificado como «limpieza étnica». Aunque, en general, los bosnios fueron las víctimas y los serbios los perpetradores, muchos croatas estuvieron tanto en el lado de las víctimas como de los perpetradores. En seis semanas, una ofensiva coordinada y compuesta por el ejército yugoslavo, grupos paramilitares y fuerzas locales serbobosnias puso aproximadamente a dos tercios del territorio bosnio bajo control serbio. En mayo, las unidades y los equipos del ejército en Bosnia y Herzegovina quedaron al mando del general serbobosnio Ratko Mladić. A partir del verano de 1992, la situación militar se estabilizó bastante. Un ejército gubernamental bosnio reclutado a toda prisa, junto con varias fuerzas bosniocroatas mejor preparadas, mantuvieron la línea de frente y resistieron durante todo ese año, aunque su poder fue mermando poco a poco en varios núcleos orientales de Bosnia y Herzegovina. El Gobierno bosnio quedó muy debilitado por el embargo internacional de armas y el conflicto con las fuerzas croatas en los años 1993-94. A finales de 1994, los bosniocroatas y los bosnios convinieron en formar una federación conjunta. LA ONU se negó a intervenir en la guerra de Bosnia, pero las Fuerzas de Protección de Naciones Unidas (UNPROFOR) facilitaron el reparto de ayuda humanitaria. Más tarde, la organización pasó a encargarse, asimismo, de la protección de una serie de sectores declarados «zonas seguras» por la ONU. Pese a todo, la organización internacional no logró proteger la zona segura de Srebrenica en julio de 1995, cuando las fuerzas serbobosnias perpetraron una masacre que acabó con las vidas de más de siete mil hombres bosnios (véase Srebrenica massacre – https://www.britannica.com/event/Bosnian-War 03.06.2026).

              Tras tomar el control del oeste de Mostar, al sur de Bosnia y Herzegovina, y expulsar de forma sistemática a los musulmanes de sus casas, el Consejo Croata de Defensa (HVO) mantuvo la parte oriental de la ciudad sitiada desde junio de 1993 hasta abril de 1994. Mostar quedó dividida en dos, y el este sufrió intensos bombardeos y disparos de francotiradores. Diez mezquitas quedaron destruidas o gravemente dañadas, y muchísimos civiles musulmanes resultaron heridos o muertos. El HVO se esforzaba en obstruir el reparto de ayuda humanitaria, lo cual obligó a la población musulmana a vivir en condiciones paupérrimas, privada de comida, agua y electricidad. Durante el conflicto, el HVO arrestó a los hombres musulmanes en edad de reclutamiento y los mantuvo detenidos en varios puntos como Dretelj, Heliodrom o Gabela, en territorios controlados por las fuerzas croatas durante los años 1993 y 1994. En estos campos, muchos de los hombres detenidos sufrieron torturas severas y/o fueron asesinados. Las mujeres, los niños y los ancianos musulmanes también se vieron sujetos a una política de arrestos masivos y maltrato, y tuvieron que desplazarse, por obligación, a territorios controlados por el ejército de Bosnia y Herzegovina (véase https://www.irmct.org/specials/war-bosnia/ [consultado por última vez el 3 de marzo de 2026]).