Las fracturas entre las orillas del Mediterráneo que hoy en día dividen al territorio son reflejos de otras guerras lejanas que la Unión Europea no ha tenido en cuenta a la hora de forjar su trayectoria: así, ha nacido una Europa separada de su cuna mediterránea, cuyas orillas, norte y sur, solo tienen en común su descontento. Pese a los numerosos planes y programas políticos trazados en las últimas décadas para abordar la situación, los resultados, en general, han sido bastante limitados. Aun así, nada nos autoriza a dejar pasar en silencio las agresiones que sigue padeciendo nuestro mar, cuyas mejores tradiciones se han opuesto en vano a amenazas como el deterioro medioambiental, las iniciativas salvajes, los movimientos demográficos mal controlados o la corrupción. Poner en práctica una cultura intermediterránea alternativa no parece nada fácil, pero sería deseable que la Europa actual fuera menos egoísta y eurocéntrica que la del pasado y más abierta a los ciudadanos.
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