Las mujeres, una presencia constante en torno al Mediterráneo

Sophie Bessis

Historiadora, periodista i investigadora

Después de todo, o quizá sería mejor decir antes que nada, en la mitología griega, que ha forjado una parte determinante del imaginario europeo, Gea, la Tierra, es el origen del mundo. Ella sola parió a Urano, el cielo, y también a Pontos, la profundidad del mar, y a Oreos, las colinas. Luego copuló con el primero para dar a luz a las primeras divinidades, los titanes y las titánides, unos machos y otras hembras, pero todos con igual poder. Según los mitos griegos, las jerarquías llegaron más tarde y se instauraron en el mundo de los humanos —pero no en el Olimpo— cuando Zeus pidió a Prometeo que creara a Pandora, la primera mujer, a fin de sembrar cizaña entre esos seres humanos inferiores. Y aunque también en el Olimpo los dioses, poco a poco, se imponen frente a las diosas, no podría haber vida sobre la tierra ni el cielo sin ellas.

Detengámonos ahora en otros mitos más antiguos procedentes de la orilla sur, por ejemplo el que atañe al nacimiento de Egipto, ese país de Ptah que alumbró uno de los estados más antiguos del mundo. Isis, esposa de Osiris y madre del dios sol Horus, parte en busca de los restos de su esposo, muerto a manos de Seth, el dios de la sombra. Su periplo divino la sitúa en un lugar único en el panteón egipcio, por ser madre de dioses y haber salido victoriosa de la lucha contra las fuerzas de la noche. Isis reina sobre el mar, los frutos terrestres y los muertos, y constituye el principio femenino universal, que inspiró en gran medida el panteón helénico, donde la encontramos bajo la forma de Deméter.

La Biblia también cuenta historias de mujeres. ¿Es la marca de la ley del padre lo que se impone en el primer monoteísmo, al igual que en los dos siguientes? En las historias bíblicas, los relatos de mujeres son menos gloriosos que en las mitologías paganas, pero no menos determinantes para el futuro de la especie humana. Primero está Lilith, que sería la primera mujer de Adán, antes que Eva, y cuya existencia explicaría las contradicciones del Génesis. La primera versión de la creación cuenta que, en efecto, «Dios creó al hombre a su imagen y semejanza […] Varón y mujer fueron creados a la vez» (1-27). Unos versículos más adelante (2-22) se afirma, en cambio, que «de la costilla que el Señor Dios había tomado del hombre, formó una mujer y la trajo al hombre»[1]. Así, se supone que Lilith no se llevaba bien con Adán y huyó por el mar Rojo. Esa voluntad de independencia la convirtió en un monstruo en el Talmud, que la demonizó. También Eva, como ya sabemos, quiso hacer lo que le dio la gana; pero Dios Padre, erigido a partir de entonces en elemento absoluto de los monoteísmos, condenó a la humanidad entera a expiar el pecado de una mujer que no había cometido otro crimen que el que querer acceder al conocimiento.

Ahora bien, no debemos oscurecer aún más la imagen que aparece en los relatos de las revelaciones monoteístas. En la Biblia tenemos algunas figuras femeninas positivas, empezando por Esther, que salvó a su pueblo. Los Evangelios no son especialmente misóginos, más bien lo contrario, y en la gesta profética musulmana, figuras como la primera esposa de Mahoma, Jadiya, y la más joven, Aicha, nos ofrecen modelos femeninos de autoridad que ejercen una influencia decisiva en el futuro de la nueva religión.

Dejemos ahora los mundos divinos y los relatos de la creación, por muy seductores que nos parezcan, para entrar en nuestro modesto mundo humano, donde, desde una perspectiva cuantitativa, pero solo cuantitativa, mujeres y hombres conviven en términos de igualdad. Ahora bien, aunque los relatos míticos conceden un lugar muy importante a las primeras, la historia oficial no ha dejado de invisibilizarlas, salvo en el caso de algunas figuras que han escapado del olvido general en el que los relatos masculinos las habían enterrado. La historia oficial, tanto en el Mediterráneo como en otros lugares, es la de los soberanos, las guerras que libran y los reinos que edifican sobre sus victorias. Cuando aparecen las mujeres, siempre es en segundo plano, como elementos decorativos, y a menudo en los papeles, poco gloriosos, de instigadoras, brujas u odaliscas, como una especie de reposo del guerrero donde acechan toda clase de peligros.

Aunque los relatos míticos conceden un lugar muy importante a las primeras, la historia oficial no ha dejado de invisibilizarlas, salvo en el caso de algunas figuras que han escapado del olvido general en el que los relatos masculinos las habían enterrado

Aun así, pese a todo lo que se ha hecho para ocultarlas, están presentes en todas partes, y sin ellas el mundo no existiría. Los relatos oficiales no han logrado esconder del todo los recuerdos, que se empeñan en salir de las tumbas. El historiador, o en este caso la historiadora—lo cual en modo alguno es una casualidad— que decide relatar la vida de varias mujeres célebres del pasado antiguo o reciente se topa, sin embargo, frente a una serie de escollos que, a primera vista, parecen insuperables. El primero, y más excluyente, es el de las fuentes. En lo que a la mayoría de esas heroínas —incluso las más famosas y conocidas en el ámbito mundial— respecta, la documentación fiable, cuando ha sobrevivido hasta nuestros días, es escasa y casi inexistente. Así, la historiadora se ve abocada a apuntalar conjeturas a partir de nociones esparcidas como migajas aquí y allí. Unas cuantas menciones en el transcurso de un relato, unas pocas líneas en los márgenes de un texto… es lo que tenemos a nuestra disposición para intentar explorar un vasto y oscuro continente: el de la historia de las mujeres a las orillas del Mediterráneo. Quizá por eso las vagas figuras que han logrado emerger del silencio se han convertido, en muchos casos, en heroínas inmortales de las novelas llamadas históricas. Desde Dido, supuesta fundadora de Cartago a principios del primer milenio antes de Cristo, a la reina bereber Kahina, que lideró, a finales del siglo vii, la resistencia contra la conquista árabe, por ceñirnos a la orilla sur, existen innumerables obras, más cercanas a la ficción que a la realidad, consagradas a estas mujeres. A falta de poder sumergirnos en las profundidades de un pasado real, todas ellas habitan las de uno imaginario. Por esa razón sucede, a menudo, que no podemos olvidarlas. La pura invención cohabita, en estos casos, con los fragmentos de una historia plagada de desconocidas.

Unas cuantas menciones en el transcurso de un relato, unas pocas líneas en los márgenes de un texto… es lo que tenemos a nuestra disposición para intentar explorar un vasto y oscuro continente: el de la historia de las mujeres a las orillas del Mediterráneo

Es imposible enumerar aquí a las mujeres de cierta importancia en los países que baña un mar que es lugar compartido a la vez que fuente de conflictos, pues el artículo adquiriría las dimensiones de un diccionario, de tantas que hubo. Podríamos, como mucho, clasificarlas en varias categorías que los relatos masculinos les han asignado: las heroínas en general derrotadas por unos poderes siempre detentados por los hombres, las regentes o reinas cuya característica principal consiste en haber ejercido una influencia nefasta en sus parientes masculinos, o las mujeres capaces de orientar ciertas políticas gracias al influjo que tuvieron sobre sus hijos o esposos.

Las tipologías, siempre parciales y sesgadas, olvidan de forma sistemática a las mujeres despojadas de nombre y genealogía, sin las cuales la economía, en su sentido etimológico, no existiría, sin más. En las sociedades tradicionales, en las que la célula familiar plurigeneracional también era una entidad económica, las mujeres aseguraban en todo momento, además de una función reproductiva que nunca se les reconoció, otras actividades productivas y necesarias para la vida del grupo: agricultoras, transformadoras de materias primas agrícolas en productos alimentarios, ganaderas, cocineras, tejedoras aquí, ceramistas allá, transmisoras de los saberes y las destrezas a sus hijas… La lista de las tareas indispensables para la vida en sociedad es interminable. Trazar la historia social, un ámbito que solo desde hace muy poco se ha ganado el reconocimiento de la disciplina, es trazar la historia de las mujeres, si queremos adentrarnos en la realidad de esas sociedades.

Pero regresemos ahora a nuestra somera clasificación de las mujeres cuyos nombres y actividades han llegado a nosotros, pese a los silencios de la historia. Conforme su memoria ha ido atravesando los siglos para llegar a nuestra época, ese largo viaje en el tiempo ha transformado a la mayoría en figuras míticas o arquetipos. Existen varios ejemplos que nos dan una idea de esas operaciones de transfiguración.

En ambas orillas, las heroínas suelen acabar bastante mal. La tragedia griega abrió la veda a esas largas trayectorias martirizantes con personajes como Antígona. Dido se inmoló en una pira, Sofonisba se arrojó desde lo alto de la ciudadela de Cartago para escapar de la barbarie romana, Kahina recibió heridas mortales en su última batalla contra el invasor y Juana de Arco acabó quemada viva por haber desempeñado un papel que nadie le había otorgado: jefa al mando de las tropas guerreras.

Fijémonos ahora en algunas soberanas del norte del Mediterráneo. En Francia, la historiografía masculina acusó durante mucho tiempo a Catalina de Médicis de alentar, en 1572, la famosa masacre de San Bartolomé, durante la cual miles de protestantes murieron asesinados. Numerosas razones concurren para convertirla en un prototipo de mujer mala: italiana —y por tanto, extranjera— procedente de una familia florentina célebre, entre otras cosas, por el supuesto uso que hacía del veneno con fines políticos; madre de un rey débil y con problemas mentales… Así, según la opinión pública, estuvo a punto de hundir a toda Francia en el caos absoluto. Menos nocivas, quizá, fueron las regentes María de Médicis, madre de Luis xiii, y la española Ana de Austria, madre de Luis xiv, aunque ambas también han sido descritas de manera muy negativa por una historiografía que, durante mucho tiempo, dominó todos los ámbitos. Poco más de un siglo después, otra extranjera, la austríaca María Antonieta, respondió con un desprecio culpable a las reivindicaciones del buen pueblo francés.

Más al este, en los confines entre Europa y Asia, la condición femenina durante el Imperio otomano suscitó toda clase de fantasmas, y el orientalismo que triunfó en el arte y la literatura en Europa Occidental a partir del siglo xviii condenó a las mujeres de una de las cortes más importantes de la Edad Moderna en esta región del mundo al papel de odaliscas, habitantes frustradas de los harenes imperiales y origen, en sí mismas, de las más sórdidas intrigas; o bien al de sultanas de fría crueldad al servicio de las ambiciones de sus retoños varones. Es cierto que muchos mitos se alimentan, en parte, de fuentes reales, pero, desde luego, sesgan esa realidad para que se corresponda con la imagen que su época pretende proyectar sobre los personajes que retrata. Si cabe extraer una enseñanza de ciertos casos aquí traídos, es que las mujeres, cuando no se sacrifican por una causa que las supera, casi siempre son, ellas mismas, la causa de revueltas y desórdenes en cuanto demuestran ambiciones que exceden el papel que se les ha asignado.

Las tipologías, siempre parciales y sesgadas, olvidan de forma sistemática a las mujeres despojadas de nombre y genealogía, sin las cuales la economía, en su sentido etimológico, no existiría, sin más

Sin embargo, la historia es también una disciplina situada en un ámbito geográfico, y se contempla a los personajes que lo pueblan de distinto modo según nos encontremos en una u otra orilla del Mediterráneo. Así, en España Isabel la Católica se celebra por haber logrado la unificación del reino en 1492 y eliminar el último bastión árabe —el reino nazarí de Granada—, pero no tiene tan buena prensa entre los árabes, definitivamente expulsados de Al Ándalus, y mucho menos entre los judíos, por haberlos proscrito con una violencia extrema de una tierra que les pertenecía desde siglos atrás.

En todo caso, se impone una verdad cuando leemos tanto los mitos como la historia: la omnipresencia de las mujeres en el espacio público de todos los países mediterráneos. Aquí solo hemos citado a unas cuantas, pero con ello basta para esbozar una serie de pistas que nos conducirán a una nueva lectura de la historia.

Una primera evidencia salta a la vista: sean cuales sean las epopeyas míticas y las leyendas que visitamos, sea cual sea la etapa histórica considerada, las mujeres distan mucho de ser meras espectadoras de una historia que transcurrió sin ellas. Muy al contrario, son protagonistas ineludibles que, en muchos casos, transgredieron los papeles en los que el patriarcado, sólidamente afianzado en el Mediterráneo, quiso recluirlas. Guerreras, soberanas, personajes en la sombra, maestras de la astucia cuando no les dejaban otras armas para actuar, todas ellas contribuyeron, en buena medida, a escribir estas historias, tanto en sus episodios gloriosos como en sus momentos más sombríos.

Surge entonces una pregunta a la que quizá un estudio más profundo de esa presencia histórica femenina podría responder, aunque no es algo seguro, como veremos. ¿Las mujeres actúan de forma distinta a los hombres cuando se dedican a la política y detentan el poder? ¿Existe una manera femenina de considerar lo público y actuar en consecuencia? En otras palabras, ¿pueden los mitos mediterráneos y la historia de los pueblos de este vasto conjunto revisarse a partir de una perspectiva de género? ¿Semejante perspectiva sacudiría de forma radical la mirada con que hemos contemplado hasta ahora la región?

Si, al recorrer las calles de sus pueblos y ciudades, vieran letreros con sus nombres en lugar de la monótona letanía de monarcas, generales y políticos de turno, mirarían de otro modo a las que frecuentan a diario —una mirada que normaliza que no sean iguales a ellos—

Suele decirse que las mujeres dan la vida y, por tanto, no pueden ser agentes de la muerte. También se ha dicho, y la historia lo confirma, que las guerras son asunto de hombres, y que las epopeyas que las relatan magnificadas constituyen odas a la virilidad. El poder, tal y como se ha ejercido y contado, sería, pues, esencialmente viril y no encerraría ninguna dimensión femenina. En ese caso, ¿las mujeres que han desempeñado cargos de poder son viriles? En general, hay que responder a estas preguntas con un sí. De los ejemplos que hemos propuesto aquí podemos deducir, de hecho, dos tipos de mujeres. Las primeras son las que hacen política a partir del gineceo —ya sea el harén o la alcoba— y transgreden los espacios que son, en teoría, suyos sin contravenir demasiado la imagen que la sociedad patriarcal se forja de ellas. Las segundas son las que se transmutan en hombres y adoptan ese disfraz para poder actuar, como Kahina y Juana de Arco, que se vistieron de hombres y empuñaron las armas. Y es que, pese a lo esencial de su presencia, las mujeres siempre han sido minoritarias en las esferas del poder y se han adherido al modelo masculino cuando, de forma excepcional, han accedido a los altos cargos. Hasta la actualidad, no se han desviado de esa regla.

Surge entonces una nueva pregunta. Si las mujeres y los hombres compartieran el poder en igualdad o —cosa aún más improbable— si las primeras se convirtieran en mayoría con respecto a su ejercicio, ¿el poder cambiaría de rostro y obedecería a otros paradigmas? Por decirlo de otro modo, ¿la mujer se convertiría en «un hombre como otro cualquiera» al dejar de estar oprimida, o bien revelaría algo distinto, capaz de cambiar el mundo en el que vivimos, que sigue siendo de los hombres, puesto que aún está dominado por su manera exclusiva de percibirlo y actuar sobre él? Es, de hecho, imposible responder a esta pregunta, en tanto en cuanto no podemos apoyarnos en ningún dato experimental para comprobar su pertinencia; así, por ahora debemos contentarnos con planteárnosla.

Lo que podemos decir a guisa de epílogo es que, a tenor de una historia que, a lo largo de estas páginas, nos hemos contentado con esbozar, las mujeres deben, por fin, encontrar su lugar en los relatos históricos ofrecidos a los ciudadanos de los países mediterráneos. Para ello, hay que llevar a cabo una revolución, primero en la enseñanza, pero no solo ahí. Si los niños estudiaran en la escuela el verdadero lugar que ocuparon las mujeres en el pasado y el presente de sus sociedades, muchos estereotipos quedarían anulados. Si, al recorrer las calles de sus pueblos y ciudades, vieran letreros con sus nombres en lugar de la monótona letanía de monarcas, generales y políticos de turno, mirarían de otro modo a las que frecuentan a diario —una mirada que normaliza que no sean iguales a ellos—. Algunos estados ya se han puesto manos a la obra y están feminizando, con cautela pero sin vuelta atrás, los espacios públicos. Otros siguen negándose a ello, o aún peor, ni siquiera se les ocurre esa posibilidad, pues los hombres que los gobiernan están convencidos del carácter natural de las funciones sociales que ocupan, así como de los monopolios que se otorgan. Todo debe cambiar, no para que nada cambie, como esperaba el protagonista de la novela El gatopardo, sino para que se produzca un verdadero cambio, seguramente para mejor, en la medida en que toda dominación ejerce un efecto devastador no solo sobre los dominados, sino también sobre los dominadores.   


[1] La Biblia, traducción del rabinato francés. Ediciones Colbo, París, 1989. Esta traducción es hoy cuestionada por numerosos especialistas, que la consideran errónea. En efecto, la versión exacta del versículo en hebreo sería “el costado”. Así, Eva habría sido creada del costado del hombre.