¿Qué cantas, Parténope?

Laura Casielles

Periodista y escritora

Acabo de llegar a la ciudad. No la conozco en absoluto, no me he informado de nada antes de venir. Viajo por trabajo y, aunque tendré algo de tiempo para pasear, he preferido no cargarme con expectativas, ni con esa forma amable de las tareas que implica a veces querer ver lo que hay que ver. 

Naples, Italy, 1970. TONI CANTANY.

Es de noche y, de momento, lo que estoy viendo es lo que deseaba: luces sobre una bahía.

El bar del hotel tiene una enorme cristalera y enfrente hay un baluarte. Abro por primera vez la guía: es Castel dell’Ovo, el edificio más antiguo de Nápoles. La leyenda dice que Virgilio, el poeta, escondió en sus mazmorras un huevo que tenía el poder de mantener en pie toda la fortaleza. De romperse, sin embargo, se podría desmoronar primero el castillo y luego la ciudad entera. Tal vez incluso el mundo.

Por ahora, parece, todo sigue más o menos en pie.

*  *  *

A la mañana siguiente la bahía brilla con una luz familiar, igual que el encalado blanco de las azoteas. Las campanas también suenan de modo conocido, con ecos de otras partes.

En el primer paseo, las calles me recuerdan a las de Tánger. Tengo algo de sesgo: hace años que estudio la historia de Marruecos, así que, si hablamos de Mediterráneo, la mente siempre se me va allí antes de nada. Lo que estudio, más concretamente, es la colonización española de ese territorio, así que no puedo evitar una sonrisa de medio lado cuando descubro que ese barrio cuyo parecido me está saltando a los ojos es el que construyeron, aquí también, los soldados españoles, aunque unos cuantos siglos antes.

Los parecidos, muchas veces, no son cosa ni de azar ni de esencia. Son cosa de historia y de poder. 

*  *  *

Pero a mí me gusta irlos buscando:

Los manteles de cuadros.
Las motos que salpican.
La miel con almendras, el olor a frito, la salsa de tomate.
Los espacios grandes que se despliegan tras puertas estrechas.
Los cruceros y las callejas.
La calle tomada por la gente, un modo de cruzar las miradas.
El griterío por todo y por nada.
La ropa tendida hacia afuera, como una bandera popular.
El exceso de algo, sean botellas sobre la mesa o azúcar en el café.

*  *  *

¿Pero cómo mirar de verdad, más allá o más acá de los parecidos, de las ideas preconcebidas, del peso del mito?

¿Cómo mirar debajo, al fondo, detrás?

Aún no lo sé, pero en este viaje me voy a obsesionar con esa pregunta.

Con esa pregunta, y también con las sirenas.

*  *  *

Lo de las sirenas empieza por Parténope. Resulta que la leyenda sigue contando que Castel dell’Ovo, donde se esconde el huevo mágico, se construyó en el lugar donde unos griegos que navegaban hacia el sur encontraron el cuerpo sin vida de una sirena que llevaba ese nombre. Según Homero, habría sido una de las tres que intentaron hechizar a Ulises con sus cantos en uno de los episodios más conocidos de la Odisea. Como es sabido, el héroe sorteó el maleficio poniendo en los oídos de sus marineros tapones de cera para que siguieran remando camino a casa sin dejarse embaucar.

Por su parte, pidió que le ataran para poder escuchar, y aun así volver a casa. (Ese truco no era suyo, se lo había sugerido la maga Circe, pero esa es otra historia.)

Fue eso, siempre según Homero, lo que desesperó a Parténope, que se suicidó lanzándose al mar.

Los marineros que encontraron su cadáver sobre las rocas del islote de Megaride, por alguna razón lo consideraron un augurio auspicioso, y pensaron que podía ser buen sitio para instalarse. Por las mismas, dieron el nombre de la sirena muerta a la ciudad.

El topónimo llegó hasta el siglo V, cuando la urbe empezó a crecer más allá de aquel islote. A la nueva ciudad simplemente se la llamó Neápolis, ciudad nueva.

El rastro de la sirena se difuminó.

*  *  *

En realidad, en las primeras apariciones de las sirenas en relatos míticos, Parténope no está. Se nombran son otras dos: Agláope y Telxíope. Los relatos posteriores diversifican los datos: a veces son tres, cuatro, hasta ocho. Los nombres con los que se refieren a ellas también varían.

Una teoría posible es que había muchas más, pero que los hombres nunca han sido del todo capaces de distinguirlas entre sí.

Lo que siempre se repite en las historias es que su aspecto es el de una figura con cuerpo de ave y cabeza de mujer, y que su canto ejerce una atracción funesta.

*  *  *

Más allá o más acá del mito del Mediterráneo está el hecho innegable de que el Mediterráneo ha estado siempre habitado por mitos.

Si tiramos del hilo de cualquiera de ellos, un montón de preguntas se desmadejan. Con el mar al fondo.

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Pensar en las sirenas me lleva de inmediato a buscar en la estantería el libro Butes, de Pascal Quignard. Me lo traje hace unos años de otro viaje mediterráneo, a Marsella. Es un ensayo misterioso y poético que se despliega también a partir de la escena en la que las sirenas empiezan a cantar.

O sería más preciso decir: las escenas. Conocemos la de Ulises, pero hay otra que también protagonizan, y que nos suena menos. En el tiempo de los mitos, sería anterior, aunque fue escrita más tarde. Es la de Orfeo, que también se encontró con Parténope y sus hermanas en la expedición de los Argonautas. Su truco no fue el de Circe: lo que él hizo fue coger su cítara y, desde el puente del navío, lanzar al aire una contramúsica que sirvió además para marcar el ritmo a los remeros y que se alejasen cuanto antes de allí.

Ese gesto es una de las líneas que toma Quignard como base para la indagación de este ensayo. Le da pie para hacer una analogía entre el canto de las sirenas y un estado primitivo, prelingüístico: mientras que la música de Orfeo representa para él el orden lógico que la civilización griega vendría a imponer en las mentes, «la música de la cítara fabricada por la mano del hombre obstaculiza la potencia anonadadora del canto animal».

A lo mejor esto también es mi sesgo, mi obsesión investigadora, pero creo que esa metáfora alumbra una alerta sobre el temperamento colonial. Recuerda de qué modo las ensalzadas historias de Grecia y Roma son también, quizá sobre todo, historias de dominación, borrado y silenciamiento.

Como muchas de las que vendrán después. 

*  *  *

Pero no es de Orfeo de quien este libro toma su título. Es de otro hombre, Butes, que también sale en los mitos, pero de quien rara vez se acuerda nadie.

Formaba parte de la tripulación de Ulises, pero no ha pasado a la historia porque, ante el canto de las sirenas, toma una decisión poco moralizante: salta al agua. En lugar de elegir salvarse en lo conocido, asegurar el regreso a casa, es el no-héroe quien se lanza a ver qué hay allí, adonde lleva la voz misteriosa.

Está claro que, de algún modo, Quignard se pone de parte de este Saltador. «Pocos, muy pocos son los humanos que se lanzan al agua para alcanzar la voz del agua, la voz infinitamente lejana, la voz sin ser voz, el canto todavía no articulado que viene de la penumbra».

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— Pascal Quignard, Boutès.

Pocos, muy pocos son los humanos que se lanzan
al agua para alcanzar la voz del agua, la voz infinitamente
lejana, la voz sin ser voz, el canto todavía
no articulado que viene de la penumbra

Cerca de Nápoles, en Paestum, hace algo menos de un siglo se descubrió la representación de un Saltador. Es en la que se llama Tumba del Nadador, una sepultura hecha con piedras de caliza pintadas en su cara interior con una técnica similar a la de los frescos. En la losa superior —la que vería el muerto si abriese los ojos—, está la escena que da nombre al hallazgo: un joven lanzándose al mar.

Yo no llegué a ir a ver esta pintura, pero la conozco por un poema. Es de Chus Pato, y lleva por título el nombre de ese emplazamiento pero en gallego: Tumba do mergullador. Su apuesta, como la de Butes, como la de Quignard, es por saltar, saltar a un lugar que pueda ser distinto. «Si el cielo / es una roca de cal muy blanca / y en él, una vez abandonada la ciudad, / tomamos impulso para romper la tela de las aguas / en la que habitan las sombras (…)»

*  *  *

No tengo ocasión de charlar de todo esto con Butes ni con Quignard, pero sí con Chus. Estamos en este viaje napolitano juntas. La tengo enfrente en una cena en la que hablamos largo rato sobre el nadador de Paestum y también sobre cómo nos sorprende encontrarnos, en los platos que van poniendo sobre la mesa, alimentos que conocemos bien, pero en mezclas que no nos resultan habituales:

– Pulpo con rúcula
– Gambas con queso
– Calamares con tomate
– Besugo hervido, pero con aceitunas
– Pizza frita
– …

De esto va la cosa, nos decimos.

*  *  *

Lo que nos trae a la ciudad es un encuentro de poetas, precisamente, mediterráneos. Es curioso porque, de los cuatro que estamos allí en representación de España, tres hemos nacido más bien cerca del Cantábrico. Una es Chus, otra soy yo, y el otro, Xuan Bello, que viene de mi misma tierra, Asturias. Un lugar muy, muy poco mediterráneo, al menos en apariencia.

Me he acordado mucho de la noche que compartimos en Nápoles, porque fue la última que compartí con Xuan —murió, de manera inesperada y prematura, solo unos meses después.

En aquella cena dijo algo que resonó con una pregunta que yo también me hacía de manera recurrente: ¿por qué esta sensación de familiaridad, si en realidad yo vengo de otro mar? Lo que dijo Xuan fue: «Somos mediterráneos por la lengua». El gallego y el asturiano guardarían, explicó, memoria del mar en su raíz latina. Y por eso.

En nuestras palabras, esa marea común, a través del tiempo.

(Y algunas sirenas que vivían aquí antes, también.)

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¿Por qué esta sensación de familiaridad,
si en realidad yo vengo de otro mar?
Lo que dijo Xuan fue:
«Somos mediterráneos por la lengua»

Si trazo un triángulo entre la pregunta por la lengua y las reflexiones de Quignard, en el tercer vértice asoma la cabeza el poeta cretense Odysseas Elytis. Cuando le concedieron el Nobel en 1979, allí en la fría Estocolmo, invocó el Mediterráneo, como Xuan, a través del idioma: «Mi único tesoro son unas pocas palabras griegas» —dijo—. « La palabra uranos (cielo); la palabra thalassa (mar); la palabra helios (sol) y la palabra eleftheria (libertad)».

Su discurso empezaba diciendo: «Les voy a pedir que me permitan hablar en nombre de la luminosidad y la transparencia». Desde ahí, desarrolló la idea de una «metafísica solar» que, a su entender, impregnaría la cultura griega. Para entender esto —explicitó— «no es necesario acudir al saber de los artistas antiguos que levantaron obras como el Partenón, sino a los modestos artesanos que construyeron las casas y las pequeñas iglesias de las Islas Cícladas», o a los « pintores de los iconos bizantinos, que lograron sugerir lo divino usando solo el color».

Le interesaba, a él también, más la música de las sirenas que la de Orfeo.

Sabía escuchar, bajo siglos de silencio, el rumor de lo que había antes de las dominaciones.

*  *  *

Al día siguiente visito Pompeya. El lugar me impresiona. Nunca he estado en un yacimiento arqueológico tan grande, ni en uno en que el pasado se deje ver tan bien. Y, sobre todo, creo que tampoco en uno por el que se pueda caminar tan libremente. Las personas paseamos por entre los restos con nuestros mapitas como lo haríamos por una ciudad actual. Es tan, tan grande que es posible entrar sola en las casas, recorrer una calle sin que nadie se interponga en nuestra vista.

Otros puntos del mapa, sin embargo, están muy concurridos. Muy particularmente, donde hay momias. En torno a ellas nos arremolinamos. Igual que en la casa de Sirico, que vivía cerca de los lupanares: allí también hay muchísima gente, en la cola se escuchan risas. Los vivos quieren ver los frescos que tienen imágenes sexuales.

Yo también los veo, y me hacen gracia, pero, naturalmente, lo que estoy buscando es el fresco de Ulises y las sirenas. Sé que existe, estoy segura de haberlo visto. Me llamó la atención porque es de las pocas representaciones en las que a quienes se ve bien es a ellas, grandes pájaros-mujer apoyadas en las nubes, sobre un barco que a su lado parece chiquitito.

Tras varias vueltas sin éxito, empiezo a dudar de mí. Me siento en un bordillo y busco en Google.

Resulta que el fresco no está aquí.

El fresco está en el Museo Británico.

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En los días del viaje leo El amante del volcán, de Susan Sontag. En el libro no hay sirenas, pero sí una reflexión acerca del coleccionismo, la obsesión por los objetos, y el modo en que esa pasión, trenzada con la soberbia de los colonizadores, conduce al expolio.

Uno de sus protagonistas es un trasunto de Sir William Hamilton, embajador británico en la corte de Nápoles a finales del siglo XVIII. Durante su tiempo en la ciudad, Hamilton estudió la actividad volcánica, escribió un libro sobre Pompeya y, sobre todo, coleccionó antigüedades que, a su regreso, vendería al Museo Británico, fundando así la base del departamento que aún hoy se dedica a la historia mediterránea.

Parte de ellas, mejor dicho.

Otra parte se perdió en el naufragio del barco que las llevaba. Se hundieron en el agua frente a las costas de Sicilia.

*  *  *

Estos días —que no son los mismos que los del viaje— leo Principio, medio, fin, de Valeria Luiselli. En este libro tampoco salen sirenas, pero sí que sale Sicilia, y también cierta obsesión por los objetos. Aunque, en este caso, por su posible devolución.

La trama es sencilla: una madre y una hija viajan por la isla intentando encontrar su lugar en el mundo tras una buena sacudida en sus vidas. Llevan consigo el mosaico que la madre de la madre de la madre se llevó, en algún momento de principios del siglo, de unas excavaciones. Ella tenía sus motivos —no la dejaban trabajar como arqueóloga por ser mujer y, además, el expolio se estaba produciendo en todo caso— pero la niña actual, con otros valores, está empeñada en devolverlo.

La pregunta sobre si deben hacerlo o no sobrevuela su viaje, como también otra, que tiene que ver con cuál es el significado de los clásicos. «¿Por qué los clásicos? ¿Por qué sería ahí el lugar para empezar? ¿Es simplemente porque han resistido al paso del tiempo? ¿O hay algo más?» Tomándolas prestadas de la estantería de una casa en la que se están quedando, madre e hija leen Las troyanas, las tragedias de Séneca, la Eneida, la Odisea también. Intentan ver de qué modo esas viejas historias pueden hablar del presente.

Quizá porque, sobre todo, la búsqueda que atraviesa el libro es la del significado de la palabra reinventar.

Un día, la madre descubre, en un diccionario etimológico, que la palabra no significaba lo que ella pensaba: «Inventar viene del latín inventus, que quiere decir ‘descubrir, dar con algo’. Reinventar quiere decir ‘volver a encontrar algo que estuvo siempre ahí’».

*  *  *

En realidad, en estos días que no son los del viaje, si hablamos de sirenas no puedo eludir el hecho de que los cines están proyectando La Odisea, una adaptación del clásico por parte de Chistopher Nolan. Todo el mundo habla de esto. Soy consciente de que tendría que verla para poder contar aquí cómo se dibuja en esta versión a las sirenas, cómo se reconstruye el mito en 2026.

Pero no lo voy a hacer porque me he sumado al boicot a la película: ha sido rodada en el Sáhara Occidental, territorio ocupado por Marruecos desde hace medio siglo.

Una y otra vez, la misma vieja historia de desposesiones.

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Le cuento esto a una amiga, le digo que a lo mejor tendré que pedir a alguien que me diga cómo son las sirenas en la película.

Ella me confiesa que sí que la ha visto: «¿Quieres que te lo cuente yo?»

Digo que sí.

«No salen, amiga» —se apresura a explicar—. «Las sirenas no salen en la película, solo se ve a los hombres mientras las escuchan».

*  *  *

Una pista casi perdida:

En las Metamorfosis, Ovidio recoge la historia de Ulises, y la de los Argonautas, pero también se ocupa de preguntarse de dónde habían salido las sirenas. Como otros monstruos, eran el fruto de una transformación. Antes habían sido humanas: eran las compañeras de Perséfone, hija de la diosa Deméter a la que Hades rapta para llevársela a los infiernos —dando así comienzo al ciclo de las estaciones, pero esa también es otra historia, aunque en cierto modo sea siempre la misma.

Desesperadas, comienzan a buscarla por toda la tierra, deseando que les crezcan alas para poder llegar más lejos. Los dioses se apiadan de su lealtad y se las conceden, manteniendo al tiempo sus cabezas humanas para que sigan pudiendo cantar.

Las sirenas eran, entonces, buenas amigas. Muy enfadadas.

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Mi cita favorita sobre sirenas son unos versos de T.S. Eliot: «He oído a las sirenas cantarse entre sí. / No creo que vayan a cantar para mí».

Esa idea la toma también otra poeta, May Sarton, para titular una de sus novelas: Mrs. Stevens oye a las sirenas cantar. Es el primer libro en el que esta autora habla sobre lesbianismo.

Recuerda también Quignard: «La poetisa Safo se mató tirándose del peñasco de Santa Maura».

Saltadoras.

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Una vez que entrenas la mirada, en Nápoles hay sirenas por todas partes. De todas: las mitad ave y las mitad pez —que se generalizaron en el siglo XX tomando como referente no la representación mediterránea, sino la nórdica, Disney mediante—. Están en murales, esculturas, souvenirs, joyas, museos. Muchas, muchísimas sirenas.

Mi favorita es la que sale en un grafiti que encuentro una noche en la zona de bares. Es de las acuáticas, y me encanta porque está gorda. Tiene unos pechos grandes y una tripa que le asoma por encima del borde de la cola de pez. Sobre el corazón lleva tatuado un dibujo del Sagrado Corazón —otro símbolo omnipresente en la ciudad, como en otras de la orilla del Mediterráneo.  Me gusta pensar que, si se aguza el oído, en toda la ciudad, en toda la costa, en el mar entero, se escucha el canto que están entonando.

Si se aguza el oído, en toda la ciudad,
en toda la costa, en el mar entero,
se escucha el canto que están entonando

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El último día del viaje, antes de salir para el aeropuerto, doy un último paseo en torno a Castel dell’Ovo. Hago también algunas últimas indagaciones sobre su mito.

Solo entonces descubro el detalle:

Siempre según Virgilio, el huevo que escondía el castillo originario de la ciudad de Nápoles era, precisamente, de Parténope.

Lo habría puesto allí, en la isla, antes de morir.

¿Protegía, maldecía, dejaba huella?

Hasta donde sé, aún no se ha roto.

*  *  *

Debajo, detrás, al fondo de las historias que nos hemos contado, cantan las sirenas.

¿Cómo cambia el cuento si elegimos escuchar?