Mientras el audiovisual cambia a toda velocidad, una caravana de cineastas lleva casi 20 años abriendo caminos alternativos para el cine hecho por mujeres en el mundo árabe. La BWFC es una historia de resistencia y comunidad desde los márgenes.

En estos tiempos convulsos en los que las imágenes se deslizan de manera vertiginosa bajo el mantra del scroll infinito; en los que las plataformas de streaming han cambiado para siempre la manera en la que consumimos contenidos audiovisuales; en los que la irrupción de los nuevos (o ya no tan nuevos) formatos digitales han democratizado, y quizás individualizado, el uso de la cámara; y en los que la inteligencia artificial avanza como una locomotora desbocada hacia nosotros para hacer saltar por los aires la proporción áurea que sustenta del séptimo arte…se ve a lo lejos, allá en el sur, una caravana de mujeres cineastas levantando polvareda.
Es la Between Women Filmmakers’ Caravan (BWFC). Un proyecto, hoy ya consolidado después de casi 20 años de andadura, que se ha convertido en un espacio nómada de resistencia y libertad creativa. Su intención primigenia no fue solo desarrollar un proyecto cultural innovador sino plantear una apuesta política que sirviese para impulsar el cine creado por mujeres, en el mundo entero sí, pero muy especialmente en los países árabes. Lejos de los grandes festivales y de las lógicas industriales dominantes, la BWFC propone un desplazamiento tanto geográfico como simbólico. Su objetivo no se limita a difundir obras dirigidas por mujeres, sino que busca generar circuitos alternativos de exhibición, producción y formación que permitan a nuevas voces emerger en contextos donde las oportunidades siguen siendo escasas.
EL ORIGEN: UNA NECESIDAD COMPARTIDA
El nacimiento de la Caravan responde a una constatación clara, la falta de espacios accesibles y sostenidos para que las mujeres cineastas muestren su trabajo, especialmente en contextos como el mundo árabe, donde las condiciones de producción y circulación cultural presentan importantes desafíos y techos cristalinos. Su propio nombre evoca la idea de desplazamiento, de tránsito entre territorios, pero también de comunidad itinerante.
Todo parte de una idea de la cineasta egipcia, Amal Ramsis (El Cairo, 1972). En 2008, con la ayuda de otras mujeres, el motor de la BWFC se pone en marcha por primera vez en El Cairo. Su punto de partida. “Queríamos deconstruir estructuras que no eran igualitarias. Tejer redes de intercambio entre mujeres creadoras de manera directa sin la necesidad de pasar por el Norte. Buscamos, siempre, el Norte como una brújula, pero podemos orientarnos hacia otros lados”, explica la directora egipcia, en relación con las dinámicas propias de la industria cinematográfica que acostumbran a situar en el centro a los países privilegiados y a expulsar a los demás hacia la periferia.
En aquel entonces no existía una iniciativa similar en el mundo árabe. No había ninguna plataforma ni festival de cine de mujeres, realizado por mujeres. Aunque, sí los había sobre mujeres. Pero, como recalca Amal, “nosotras no somos un objeto, somos las creadoras de nuestras obras y de nuestras voces”. En este sentido, Ramsis destaca la Mostra Internacional de Films de Dones de Barcelona (MIFDB), como un ejemplo inspirador que sirvió de modelo para la Caravan. De hecho, dos películas de su selección fueron presentadas en aquella primera edición inaugural en El Cairo.
UNA GEOGRAFÍA EXPANDIDA: DEL MUNDO ÁRABE A AMÉRICA LATINA
Aunque su origen se sitúa en Egipto, la BWFC ha ido tejiendo con el tiempo una red que trasciende fronteras. Sus actividades se han desplegado en distintos países del mundo árabe, pero también en Europa y América Latina, configurando un espacio transnacional de intercambio y circulación de experiencias. La primera ruta de la Caravan nació ya con una mirada de largo recorrido. Llevaba el nombre de la Caravan de cine Árabe-Iberoamericano realizado por mujeres. “Cuando creamos la Caravan nos dimos cuenta de que entre los países árabes y los latinoamericanos tenemos muchas cosas en común a nivel económico y social, tenemos conflictos similares”, explica la cineasta egipcia.
Esta dimensión internacional no responde a una lógica de expansión, sino que forma parte del núcleo conceptual del proyecto. La Caravan se entiende como un puente entre contextos diversos, donde las cineastas pueden compartir problemáticas, estrategias y lenguajes. En este diálogo, emergen tanto las especificidades locales como las resonancias comunes, generando una comprensión más compleja de las condiciones en las que se produce el cine hecho por mujeres. El vínculo con América Latina, en particular, resulta significativo. Más allá de las diferencias culturales y geográficas, existen paralelismos en términos de desigualdad estructural, acceso a recursos y luchas por la representación.

MÁS ALLÁ DE LA EXHIBICIÓN: FORMACIÓN Y ACOMPAÑAMIENTO
Uno de los elementos que distingue a la Caravan es su apuesta por un enfoque integral. A diferencia de otras iniciativas centradas exclusivamente en la difusión, el proyecto incorpora de manera central la formación y el acompañamiento a nuevas cineastas. A través de talleres, asesorías y procesos de mentoría, se fomenta el desarrollo de una nueva generación de directoras que no solo adquieren herramientas técnicas, sino que también se insertan en una red de apoyo y colaboración.
Este énfasis en la formación no es casual. Responde a la conciencia de que las desigualdades en el ámbito audiovisual no se limitan al acceso a la exhibición, sino que atraviesan todas las fases del proceso creativo: desde la escritura hasta la producción, pasando por la financiación y la distribución. Intervenir en estos distintos niveles implica, por tanto, una estrategia a largo plazo orientada a transformar el ecosistema en su conjunto. “Todos nuestros talleres son gratuitos. Apoyamos, sobre todo, a las mujeres que tienen talento y quieran hacer cine, que tienen ideas, pero que no disponen de los recursos necesarios”, cuenta Ramsis, en alusión al programa formativo Documental Creativo que la Caravan ofrece durante un año, centrado en todo el proceso de creación cinematográfica y que culmina con la producción de un cortometraje. “Solo en El Cairo recibimos más de 300 solicitudes al año, de las que solamente seleccionamos 8”, concluye.
En este sentido, la Caravan propone un modelo de producción que se aleja de las dinámicas competitivas tradicionales para apostar por lógicas más colaborativas. Compartir recursos, conocimientos y contactos se convierte en una forma de contrarrestar las barreras estructurales, al tiempo que se construyen vínculos duraderos entre las participantes. Porque, como explica Amal Ramsis, “las mujeres con las que trabajamos dan y reciben, aprenden, pero también tienen mucho que dar a sus compañeras”.
LA RUTA DE LA CARAVAN: PASADO, PRESENTE Y FUTURO
Desde su nacimiento en 2008, el proyecto acumula ya un largo kilometraje. En 2013, pasó a ser el Festival Internacional de Cine Realizado por Mujeres del Cairo. De proyectar 15 películas en sus inicios, en 2018 llegó a exhibir 85 cintas en cinco salas de cine de la capital egipcia. A partir de ese año, el festival se detuvo en seco a causa del endurecimiento de la censura por parte del gobierno de Abdelfatah el Sisi. Después llegó la pandemia de COVID, pero tampoco fue suficiente para detener el avance de una caravana de mujeres cineastas acostumbradas a los terrenos pedregosos y a continuar viaje pese a las dificultades. Las proyecciones continuaron en formato online y desde el año pasado volvieron al espacio físico en una sala de cine cairota en la que se proyecta de manera sostenida una película cada dos meses, con muy buena acogida por parte del público.

Hoy la Caravan está más viva que nunca y se extiende por múltiples ramificaciones. Tiene paradas confirmadas en Amsterdam, Bilbao (ambas ahora en mayo), Granada, el Líbano y en varias ciudades del Delta y del Norte de Egipto. No será las únicas. Cada año 20 películas de la más bella factura, producidas en los últimos dos años, son seleccionadas y los espacios que las reciben escogen las que mejor se adaptan a sus programaciones. Además, la BWFC propone nuevas actividades que en este 2026 pretenden consolidarse tras su irrupción en la edición anterior. Hablamos de espacios de intercambio y aprendizaje, quizás, la aleación de elementos de la que emana el combustible que impulsa a la Caravan siempre hacia adelante.
Una es el programa de consultoría Entre Cineastas Lab, que por primera vez está dirigido a hombres. El objetivo aquí es abrir espacios de diálogo en los que realizadores con proyectos en fase inicial, producción o montaje contrastan puntos de vista con mujeres especialistas para incorporar a sus películas una mirada con enfoque de género. “Ofrecemos un espacio hablar en voz alta y debatir ideas entre iguales”, apuntilla Ramsis. Se abren en el mundo árabe tres convocatorias anuales en las que se reciben alrededor e 250 solicitudes. Solo tres proyectos son escogidos. Hasta el momento, la experiencia con numerosos directores marroquís, sirios y sudaneses ha sido muy positiva. La octava ronda de convocatorias del programa está ya abierta hasta el próximo 5 de junio.
La otra, que también suma un año de vida, está pensada para institutos, escuelas, universidades, centros culturales y espacios de formación. Se trata del Programa Educativo, ideado para que el profesorado y el personal formador utilice el cine para complementar su programa de enseñanza. Esta iniciativa está compuesta por tres catálogos que recogen títulos seleccionados en torno a tres temáticas: Palestina, Género y Resistencia por la Tierra. Todas las películas, como siempre, realizadas por mujeres. El catálogo de películas palestinas es el más demandado hasta la fecha ya que aglutina el 90% de las peticiones.
UN CINE EN MOVIMIENTO: REDES, COMUNIDAD Y POLÍTICA
La Between Women Filmmakers’ Caravan ha demostrado una capacidad tremenda para generar comunidad. La iniciativa ha construido un tejido relacional que conecta a cineastas de distintos contextos, facilitando el intercambio de experiencias y el apoyo mutuo. Una dimensión comunitaria que tiene también una lectura política. En un campo como el audiovisual, donde las jerarquías y las desigualdades son persistentes, la creación de redes horizontales constituye una forma de resistencia. Frente a la lógica de la competencia, la Caravan propone una ética de la colaboración que redefine las formas de producción cultural.
A punto de cumplir 20 años en el camino, la Caravana sigue rodando. En un mundo dónde las imágenes son terreno de disputa, iniciativas como esta nos recuerdan que el cine puede ser mucho más que puro entretenimiento. Desde la colaboración, desde los márgenes y desde una voluntad explícita de transformación social y cultural. “Siempre hemos querido crear un vínculo entre mujeres cineastas; descubrir nuestros intereses comunes; ver el mundo a través de sus miradas”. Este no es únicamente un proyecto sobre cine hecho por mujeres. Es otra manera de hacerlo. Un cine en movimiento.