Fue en octubre de 2011, siete meses después de que empezaran las revueltas en Siria. El otoño, en Palmira, llegó envuelto en una extraña calma, como si la ciudad contuviera el aliento. Entonces, una tarde empezaron a aparecer grupos de hombres jóvenes en motocicleta; llegaban por docenas. Se congregaban en la ciudad antigua de Palmira, delante del Arco del Triunfo, el antiguo teatro y el templo de Bel para protestar contra el régimen sirio; exhibían pancartas hechas a mano con lemas garabateados en inglés y árabe: «Abajo el dictador Bashar Al-Assad».

La mayoría se tapaban el rostro con pasamontañas y se cuidaban de que nadie los reconociera. Yo también estaba ahí, pero, en lugar de una pancarta, llevaba una pequeña cámara que un turista me había regalado muchos años atrás. En ese momento me sentí atrapado entre dos mundos: formaba parte de la multitud, pero, al mismo tiempo, estaba apartado, era testigo de un despliegue que me sobrepasaba.
Siria estuvo cincuenta y cuatro años gobernada por la familia Assad: primero por Hafez Al-Assad (1971-2000) y luego por su hijo, Bashar Al-Assad (2000-2024). Ambos regímenes conservaron el poder gracias a una extensa red de agencias de inteligencia, control militar y supresión violenta de los disidentes.
Las revueltas iniciadas en 2011 como una llamada pacífica a las reformas muy pronto derivaron en uno de los peores conflictos del siglo xxi. Más de medio millón de personas murieron asesinadas, y varios millones se convirtieron en refugiados. Los fuegos de artillería, los bombardeos aéreos y los cercos arrasaron con ciudades enteras, entre ellas Raqqa, Alepo y la periferia de Damasco, capital de Siria. Buena parte del legado cultural del país, que abarcaba miles de años, fue saqueado o destruido.
Yo me crie en Palmira, una ciudad aislada en medio del desierto, a 180 kilómetros de la localidad más próxima. Éramos unos ochenta mil habitantes, y casi todos nos conocíamos. El turismo era la principal fuente de ingresos, pues acudían muchos visitantes a conocer la famosa ciudad antigua, que llevaba miles de años en pie. Como muchos otros, yo empecé a trabajar como guía turístico de la ciudad y el desierto que la rodeaba, contando relatos sobre las antiguas ruinas y los enclaves vacíos a gente que había viajado miles de kilómetros para conocer aquellos parajes. Aprendí inglés en la calle, hablando con los turistas.
Así era mi vida antes de 2011. En el inicio de las revueltas yo tenía veintitantos años, y allí, rodeado de amigos con los que había crecido e ido a la escuela, me vi obligado a tomar partido; elegí el bando de la revolución. Al principio, no sabía lo que hacía. No soportaba ir armado, por lo que, en lugar de un rifle, llevaba una cámara. Me acució el deseo de mostrar a todo el mundo lo que ocurría, y me embargó la esperanza de que el material que grababa se viera y compartiera en el exterior. El régimen cortó todas las comunicaciones en la ciudad para aislarnos del resto de Siria y del mundo. Para entrar en contacto con el exterior, primero usamos teléfonos satelitales, y luego una conexión de internet vía satélite. Como tardaba mucho en cargar, yo daba el material gráfico a un amigo y él iba subiéndolo poco a poco. En apenas unos días, las imágenes se difundieron como la pólvora, primero en cadenas árabes como Al Jazeera y Al Arabiya y luego en otros grandes medios informativos del mundo árabe, sitios web de activistas y páginas de redes sociales vinculadas a la revolución siria. El régimen sirio emprendió una búsqueda frenética de la persona que había filmado todo aquello.
Una noche muy seca y fría, típica del desierto, mi padre recibió la llamada de un amigo de la familia que trabajaba en la policía: iban a arrestarme. Tenía que abandonar la ciudad de inmediato. Así empezó mi periplo como refugiado, un viaje que duró doce años. Mi vida empezó a transcurrir como a retazos: de Damasco a Amán, de Estambul a Copenhague y, por fin, París. En ese largo trayecto, trabajé en toda clase de ámbitos relacionados con mi país: estuve con los contrabandistas de camellos en el desierto, con los traficantes de personas; y fui testigo de los desesperados viajes en barca de los refugiados sirios desde Turquía hasta Grecia. Documenté crímenes de guerra. Con mi cámara y mi trabajo como periodista, ofrecía un testimonio de lo que estaba sucediendo. Documenté todo lo que pude y busqué —como sigo buscando a día de hoy— el modo de hacer justicia en cada uno de mis relatos.
Con mi cámara y mi trabajo como periodista,
ofrecía un testimonio de lo que estaba sucediendo.
Documenté todo lo que pude y busqué —como sigo buscando a día de hoy—
el modo de hacer justicia en cada uno de mis relatos
Vivir lejos de casa y convertirme en refugiado me llevó a volcar el dolor y la ansiedad que sentía en los relatos que contaba. Hice de la narración una herramienta de supervivencia. No me importaba qué forma adquiría: vídeos, reportajes, artículos, podcasts… A menudo, el relato determinaba la forma. Nunca dejé de soñar con volver a casa, pero, al igual que millones de sirios, no podía.
Pasaron los años y me instalé en París, donde formé una familia. Empecé a pensar en la posibilidad de llevar a mi hijo a Palmira, y a contarle historias de mi tierra, para que pudiera entender por qué ese era mi —nuestro— hogar. Cuando le prometía que un día lo llevaría al desierto, me imaginaba envejeciendo cerca de las arenas que tanto amaba, muriendo en paz allí; pero la dictadura en Siria continuaba.

Ese sueño, y esas historias, me ayudaron a sobrellevar la nostalgia. Muchos inmigrantes intentan olvidar los recuerdos de su tierra, borrarlos, pero ¿cómo pueden borrarse veintidós años de vida y varios siglos de arraigo familiar?
Tras ocho años en el exilio, en 2019, me embarqué en el proyecto Ashes [Cenizas], un documental producido por Antipode Films (Noruega), Zadig Productions (Francia) y Bel Studio (Siria). Mientras buscaba la forma de hacer justicia, conocí a Anwar y Amjad, dos abogados sirios especializados en derechos humanos que vivían exiliados en Berlín.
Ambos habían reconocido por casualidad, en un supermercado, al oficial que los había torturado años antes en Siria. El encuentro propició el primer caso de la historia siria en contra de un ex oficial de la inteligencia, y marcó el inicio de la persecución de los criminales de guerra sirios.
Ese hecho desencadenó algo en mi interior, fue como un destello del que surgió Ashes, un documental personal, político y de archivo en torno a los sirios que eligieron luchar por la justicia.
Empecé a seguir a Anwar y Amjad con la cámara a todas partes; rodaba en los tribunales, en su despacho… Filmaba su día a día. Estuve ahí en los momentos en que, con una mezcla de agotamiento y esperanza, seguían el rastro de un criminal tras otro, de aquellos que se habían ocultado entre nosotros como refugiados.
En este documental, la víctima, el perpetrador y el director son sirios. A través de este trabajo, yo también siento que estoy buscando una forma de justicia.
Entonces sucedió lo inimaginable.
El régimen sirio cayó.
Se derrumbó durante una ofensiva conjunta realizada por las fuerzas de la oposición siria del norte (rebeldes, desertores del ejército e incluso grupos extremistas que aprovecharon la oportunidad). Israel había debilitado mucho a Hezbolá en Siria, la influencia de Irán en la región estaba muy desgastada y Rusia optó por centrarse en la guerra con Ucrania.
Pensamos que sería como en las revueltas previas: todo empezaría con un impulso que luego, poco a poco, perdería fuerza hasta ser aplastado; pero esta vez era distinto. Las fuerzas de la oposición entraron en Damasco. Bashar Al-Assad voló a Rusia con su círculo de colaboradores más cercano y, en las primeras horas del 8 de diciembre de 2024, el régimen cayó.
Siria era libre.
El sueño se hizo realidad, y la realidad parecía un sueño. El dictador había sido derrocado.
Ya era hora de volver a casa.
Así, Ashes se trasladó de los tribunales alemanes, donde se buscaba justicia lejos del escenario de los crímenes, a la misma Siria, donde el escenario de los crímenes seguía vigente, pero aún no existían tribunales para juzgarlo. El documental se convirtió en un viaje de regreso a un país que levantaba cabeza después de muchas décadas de dictadura, preguntándose por el significado de la justicia ahora que el régimen había caído, pero las heridas seguían abiertas.
Ashes se convirtió en un viaje de regreso
a un país que levantaba cabeza después
de muchas décadas de dictadura, preguntándose por el significado
de la justicia ahora que el régimen había caído,
pero las heridas seguían abiertas
Por la mañana temprano del día 10 de diciembre, crucé la frontera de Líbano a Siria después de doce años sin pisar mi país. Como Ulises, por fin volvía a casa tras un largo, intrincado y peligroso viaje. El mundo se hacía añicos ante mí mientras las lágrimas me rodaban por la cara. Sentía el corazón llorar, bailotear y estallar, todo a la vez.
Creí haber olvidado los olores de las calles, los rostros de la gente; pensé que sería como llegar a un nuevo país, pero no fue así. Todo volvió a mí, como si el tiempo se hubiera detenido esos doce años para ahora, de repente, ponerse en marcha de nuevo. Evoqué cada detalle, cada recuerdo, tanto los buenos como los malos. Por fin estaba en casa.
Pero, además de regresar a mi tierra, tenía que retomar mi sueño.
Me puse a documentar todo aquello relacionado con la justicia a lo que podía acceder a través de fotos, vídeos y palabras: las prisiones secretas subterráneas, las celebraciones de la caída del régimen en las plazas públicas, los mercados, las mezquitas; en fin, todo lo que tenía ante mí. Pasé varios días sin dormir, yendo de una ciudad a otra, temeroso de perderme algo si cerraba los ojos un momento.

Entonces fui a la prisión de Sednaya, considerada la más espantosa de todo el mundo moderno, un lugar donde miles de sirios habían estado presos y sufrido torturas para luego desaparecer durante el régimen. El día antes de mi llegada, un grupo de civiles que vivían en las inmediaciones de la prisión tomaron el mando y liberaron a los detenidos que quedaban encerrados. Miles de documentos yacían esparcidos por el suelo. Siempre había soñado con conocer ese lugar por dentro, pues su historia constituía una de las más terribles y monumentales de la guerra civil. Ahora, tras la huida del dictador, podía entrar con mi cámara y ofrecer un testimonio de la prisión.
La gente que me rodeaba, que había acudido ahí en busca de sus seres queridos, se quedó estupefacta al ver las celdas vacías. Empezaron a buscar por todas partes, convencidos de que existía otra prisión subterránea donde se hallaban los hermanos, hijos y padres encerrados. Con unas toscas herramientas elaboradas por artesanos locales, los grupos de gente empezaron a estudiar los cimientos, la tierra sobre la que se asentaba el edificio. Entre ellos había un hombre de treinta y tantos años llamado Ahmad que buscaba a su hermano, desaparecido diez años atrás, y creía que se encontraba en esa prisión. De repente, gritó: «¡Aquí hay un agujero!».
Centenares de los que estábamos allí nos congregamos alrededor; algunos cavaban, otros animaban y otros esperaban; pero, al final, todo fue una ilusión. No había nadie debajo; ninguno de los seres queridos que buscaba aquella gente estaba allí. Tal vez permanecían encerrados en otra prisión, pero no en Sednaya. Los muertos se llevaron al depósito de cadáveres, mientras que los prisioneros supervivientes salieron a vagar sin rumbo por las calles de Damasco, destrozados y sin fuerzas, con la esperanza de que sus familias los reconocieran.
Proseguí mi camino hacia Palmira, mi hogar.
Al llegar, me encontré con las ruinas del antiguo arco bajo el que, tantos años atrás, había filmado las primeras protestas. El antiguo teatro, los templos… todo estaba destrozado. Los museos habían sufrido terribles saqueos, y se veían estatuas decapitadas por todas partes. Incluso la casa de mi infancia estaba en ruinas. Lo único que quedaba, en memoria mía y de mi familia, era una pequeña inscripción escrita en la pared de mi habitación con mi nombre y los de mis hermanos, que mi hermano había garabateado antes de salir huyendo de Siria cinco años antes, cuando el ISIS tomó el mando de la ciudad.
En Palmira, los muertos eran incontables, y toda la ciudad se veía desolada después de que el ISIS, los rusos, el régimen sirio y los iraníes la destruyeran por fases. Los vestigios de las sucesivas ocupaciones aún resultaban visibles en las bases militares rusas desiertas o en la ciudadela, donde seguía colgada una foto de Putin y se veían unos periódicos rusos desparramados por el suelo. Las banderas iraníes aún ondeaban en los antiguos puestos de control y en las puertas de los hoteles de cinco estrellas, que el ejército había tomado como barracones. Pude sobrevolar la ciudad en avioneta con un oficial del nuevo ejército sirio que me enseñó las minas que seguían cubriendo la región. Más de treinta personas habían muerto a causa de ellas, incluido un niño llamado Mazen, que falleció al instante en una de las explosiones. Más tarde me enteré, por las redes sociales, de que el oficial con el que volé también murió por culpa de una mina.
La serie de fotografías abarca desde diciembre de 2024 hasta mayo de 2025, un período que cubre mis viajes por Palmira, Damasco, Homs, Alepo, el desierto sirio y la prisión de Sednaya. Las imágenes muestran las ruinas de la dictadura, el peso de la memoria y los primeros y frágiles pasos que dio el país para resurgir después de tantas décadas de terror.
La caída de un dictador no supone el fin de una guerra, sino el principio de un ajuste de cuentas. Estas fotografías plasman un país suspendido entre el dolor y la posibilidad. Ciudades enteras han quedado desoladas, pero las banderas de la revolución ondean de nuevo. Las puertas de las cárceles están abiertas, aunque aún no se han contado todos los desaparecidos. Las estatuas se han desmoronado y no sabemos cuándo podrán repararse, pero, en todo caso, las heridas infligidas por medio siglo de dictadura tardarán mucho más en sanar.
El nuevo Gobierno que ha llegado el poder está liderado por antiguos miembros de Al-Qaeda. Todos aseguran que han cambiado, que han dejado atrás su pasado repleto de sangre y violencia. El partido se llamaba, en un principio, Al-Nushra, antes de pasar a conocerse como Hay’at Tahrir Al-Sham (HTS). Ahora detentan el poder desde Damasco. Aunque el dictador se marchó del país, algunos de sus procedimientos y conductas siguen presentes. Desde principios de este año, se han sucedido numerosas violaciones de los derechos humanos: hubo una masacre en la costa contra los alauitas —el clan de los Assad— y otra en el sur, cerca de la frontera con Jordania, contra los drusos. Estos, a su vez, perpetraron otra masacre contra los beduinos. La guerra civil no ha terminado: la violencia sectaria sigue siendo una amenaza constante. Las secuelas del conflicto y la espiral de matanzas continúan muy presentes, y el caos político aún domina la vida cotidiana.

The dictator is gone, but some of his behavior remains. Since the beginning of this year, there have been many human rights violations: One massacre took place on the coast against the Alawites — the clan of the Assads — and another took place in the south, near the Jordanian border, against the Druze. In turn, the Druze carried out a massacre against the Bedouins. The civil war has not ended; sectarian violence remains a constant threat. The effects of the conflict and the cycle of killing continue, and the chaos of politics still dominates daily life.
Para mí, regresar significaba quedarme
frente a mi hogar destruido, el lugar del que
hui para salvarme. Para Siria, regresar significa enfrentarse
a las ciudades en ruinas y a los fantasmas del pasado
Por ahora, Estados Unidos apoya al nuevo Gobierno, y el actual presidente sirio, Ahmed Hussein Al-Sharaa, incluso ha hecho un primer viaje oficial a París. No faltan promesas de inversión en Siria, y las sanciones antes impuestas contra el régimen de Al-Assad se han levantado por fin.
Aun así, ¿sobrevivirá Siria a esta nueva fase de guerra civil? Los próximos meses nos darán la respuesta; pase lo que pase, seguiré grabando con mi cámara y documentando cuanto me sea posible.
Para mí, regresar significaba quedarme frente a mi hogar destruido, el lugar del que hui para salvarme. Para Siria, regresar significa enfrentarse a las ciudades en ruinas y a los fantasmas del pasado.
Lo que cuentan estas imágenes no es un relato de redención instantánea, sino la historia de un pueblo que reclama una narrativa propia, fragmento a fragmento; un relato sobre la memoria como resistencia, sobre la verdad como justicia y sobre cómo, incluso sumido en el silencio después del tiroteo, un país debe aprender a respirar —y vivir— de nuevo.