Tragedias mediterráneas y mitos futuros

Hani Hassan

Profesor de filosofía, American University of Beirut (AUB)

«Sin mito, sin embargo, todas las culturas pierden su energía saludable, creativa y natural […] Las imágenes del mito tienen que ser los guardianes demónicos, presentes en todas partes sin ser notados, bajo cuya custodia crece el alma joven, y con cuyos signos se da el varón a sí mismo una interpretación de su vida y de sus luchas».[1]


Preludio

He conocido las orillas del mar Mediterráneo y también las del océano Atlántico, y la sensación es del todo distinta; abrumadora en ambos casos, pero incomparable. El océano Atlántico, contemplado desde la orilla oriental, siempre es activo, inquieto, fragoroso e intimidatorio. El Mediterráneo, contemplado desde cualquier orilla, en general es más tranquilo, más calmado, más quieto y casi acogedor. Tal vez se trate de un sesgo personal, una experiencia propia como hijo de ese Mediterráneo. No obstante, creo que se trata de algo más que de una perspectiva parcial: cuando miramos el horizonte en las orillas del Mediterráneo, casi podemos vislumbrar a los que están al otro lado, contemplando su horizonte como nosotros. Cuando Hans-Georg Gadamer escribió acerca de la fusión de horizontes como un espacio de diálogo hermenéutico constructivo,[2] abordaba la fusión hipotética que sucede en un punto hipotético entre los interlocutores. Sin embargo, para los que vivimos junto a este mar, apostados en sus orillas, no se trata de algo hipotético ni hiperbólico, sino más bien de la experiencia de un espacio de horizontes fundidos que casi podemos sentir al asomarnos a la orilla e imaginar a los que están allí, aquellos con quienes cruzamos la mirada. Tampoco se trata de un espacio vacío: está lleno de viajes compartidos de orilla a orilla, así como de experiencias comunes de narrativas históricas relatadas en diversas lenguas y dialectos. A mi entender, eso es lo que crea la sensación familiar y acogedora, casi palpable, que nos invade al acercarnos a las orillas mediterráneas.

Han pasado muchos siglos desde que Afrodita surgiera de la espuma, y aún más desde que Poseidón recorriera sus orillas; han transcurrido muchos años desde que Herodoto contemplara sus aguas color vino desde las murallas de Tiro, y desde que Dido las navegara para establecer su famoso reino de Cartago… Y en todo ese tiempo el Mediterráneo, junto con los pueblos amontonados en sus orillas, ha sido testigo del despliegue del mito y la historia, de los flujos y reflujos de culturas, civilizaciones e imperios que se erigieron y evolucionaron, dialogando con la palabra y con la espada. A lo largo y ancho de su territorio, a través de las épocas, el Mediterráneo se ha definido como un mar entre tierras, caracterizado por las luchas y los triunfos de los pueblos que han habitado sus orillas; ha llevado consigo los recuerdos de todos ellos y ha dado testimonio de sus relatos y repetido el eco de sus canciones. Eso es lo que ofrezco aquí como una captura del Mediterráneo en tonos románticos y nostálgicos, a modo de preludio coloreado por las pinceladas del Paisaje mediterráneo de Pablo Picasso (1953).

Generar la narrativa

Sin embargo, cuando queremos reflejar el relato contemporáneo del Mediterráneo, nos cuesta mucho brindar una narración tan romántica. Cabe imaginar que, si Picasso volviera a pintar hoy en día su Paisaje mediterráneo, este sería más parecido al Guernica. El Mediterráneo actual y los pueblos que habitan sus tierras ya no conjuran mitos de dioses y héroes, ni cantos de aguas color vino y aceite de oliva: el espacio recuerda ahora, más bien, al anfiteatro de una tragedia cuyos pueblos parecen atrapados en su recinto, actores a la vez que público, casi siempre sujetos a un deus ex machina que no han elegido. De hecho, es una casualidad bastante irónica que la forma de la cuenca mediterránea represente la estructura y la arquitectura de un anfiteatro que congrega al público en el espacio a través del cual sucede la tragedia. No obstante, a diferencia del antiguo anfiteatro griego en el que «no había ninguna antítesis entre público y coro» y donde «lo único que hay es un gran coro sublime de sátiros que bailan y cantan»,[3] hoy en día nuestro Mediterráneo parece escindido, con un norte y un sur separados por un mar que se ha transformado en muro, de modo que Oriente y Occidente evolucionan cada uno por su cuenta, y el estrecho de Gibraltar casi aísla el mar del mundo y al mundo. Esta masa de agua cerrada cuyas orillas compartimos y cuyos mitos ancestrales brillan en la línea de nuestros horizontes hermenéuticos parece haberse convertido en una sólida barrera contra la recurrente Season of Migration to the North [Época de migración al norte].[4] Lejos de ser un espacio de cantos y danzas comunes en los que resuenan los relatos épicos, el Mediterráneo actual ha adquirido el aspecto de una tragedia palpable y, en cierto modo, se ha convertido en un «cementerio de los niños y de su futuro».[5]

«Lejos de ser un espacio de cantos y danzas comunes
en los que resuenan los relatos épicos, el Mediterráneo actual
ha adquirido el aspecto de una tragedia palpable y,
en cierto modo, se ha convertido en un
“cementerio de los niños y de su futuro”».

Dicho lo cual sería incorrecto sugerir que esta es la primera vez que vivimos con la presencia de barreras y muros en esta parte del mundo, o que nuestro pasado, nuestra historia mediterránea, está libre de tragedia y tumulto. Muchos han sido los muros que se han levantado, y luego derribado, a lo largo de los siglos. Desde los de Tiro hasta los de Constantinopla, además de todos los que se alzaron y demolieron entre ambos y después, los muros se han concebido para defendernos a los unos de los otros e impedir que los extranjeros cruzaran el mar. Aun así, las barreras actuales se levantan de distinto modo… o quizá no se levantan en absoluto, sino que vienen de arriba, cual artilugios de un deus ex machina que crea divisiones e impone distancias, destrozando fusiones de horizontes establecidas mucho tiempo atrás. Es como si el mar se convirtiera en un arma y las aguas de nuestra historia y geografía comunes se hubieran solidificado ante nosotros. Y no solo las aguas se han convertido en un arma, claro está, sino también las tierras, los pueblos y sus historias, lenguas, culturas… Tal vez la mayor lucha que libramos quienes poblamos las orillas de este mar estribe en la cuestión de recuperar la posesión del cuerpo —la masa de agua— y el espacio, recuperar la autoría de su narrativa; una lucha compartida para reclamar el espacio con toda su historia y su legado, con todas sus contradicciones, sinergias y discordancias, a fin de volver a imaginar un camino desde esa historia hacia un futuro al que, como descendientes de este mar, seguimos aspirando.

Cuando reparamos en la historia clásica de esta región, enseguida percibimos un ámbito de diálogo, reciprocidad e intercambio de ideas. Una de mis ilustraciones favoritas de ese intercambio es el mito de la Atlántida, que Platón refiere en el diálogo Critias, donde señala como fuente al legislador ateniense Solón, que lo aprendió en Egipto para luego transmitirlo en la Antigua Grecia. A mi modo de ver, esta representación nos ofrece un destello muy rico de los caminos abiertos de intercambio y comunicación a lo largo y ancho del Mediterráneo, ya presentes y atrapados en un diálogo escrito hace más de dos mil cuatrocientos años. Dicho esto, cabe admitir y asumir que el nuestro también ha sido un espacio de conflicto, lucha y guerra, pues todo eso forma parte, asimismo, de la historia y la narrativa que compartimos. De todo ello, sin embargo, no hay nada genuino de este ámbito, pues, aunque sea muy triste, lo cierto es que, al parecer, son elementos comunes del mundo que habita el ser humano. Aun así, debemos apoderarnos de nuestro pasado y hacer las paces con él, así como abrazar su despliegue en nuestro anfiteatro acuático común, igual que los antiguos abrazaron y afirmaron la tragedia en el anfiteatro griego. Ahora bien, para abrazar nuestro pasado y nuestro presente, para relatar de nuevo nuestras tragedias, necesitamos dejar atrás las lamentaciones de la narrativa y ocuparnos de nuestra historia con vistas a un porvenir que merezca erigirse en material de futuros mitos. En cuanto que pueblos de la cuenca mediterránea somos, tanto individual como colectivamente, herederos de un amplio espectro de mitos y narraciones épicas, y nuestra mitología constituye una gran maestra, pero debemos ser más generativos y menos reactivos a la hora de tejer las narrativas. Nuestras tragedias comunes no deben ignorarse, puesto que constituyen un poderoso impulso a partir del cual podemos generar cosas nuevas, en lugar de hundirnos en lamentos del pasado. Como ya he mencionado la tragedia griega en más de una ocasión, quiero apuntar aquí que, en su forma y sus manifestaciones iniciales, no estaba destinada al lamento; cuando el público se sentaba en el anfiteatro a contemplar el despliegue de la tragedia de Edipo o de su hija Antígona, no se sentía inclinado a plañir por sus destinos, sino más bien a celebrar el heroísmo con que cada uno se enfrentaba al suyo. Ese heroísmo se construía, en buena parte, a partir de la voluntad de aceptar el propio destino, asumirlo, por así decirlo, y alzarse sobre sus trágicos cimientos. Del mismo modo, y con las numerosas tragedias que podemos señalar en los relatos de nuestro mundo mediterráneo, tanto recientes como remotos, estamos invitados a celebrar el Mediterráneo, abrazar su historia sin excepción ni exención, y construir a partir de ahí una nueva mitología narrada con nuestras voces y escrita con nuestras plumas. Al hacerlo, también debemos ser conscientes de que somos los herederos de unos mitos que no hemos creado ni escrito, unos mitos que no surgieron de nuestras tierras ni de nuestros mares. Con el paso de los años y los siglos, nos hemos familiarizado tanto con ellos que los concebimos como propios, asumiéndolos como si fueran el fruto de nuestra creación. Si queremos avanzar hacia la (re)conquista de la autoría de la narrativa de nuestro mar y nuestras orillas, hacia un mito-creación colectivo y generativo, con nuestras palabras y nuestra música, debemos arrancarnos de todos esos relatos sobre nosotros que no son fruto de nuestra creación, al tiempo que abrazamos lo que es nuestro, por muy trágico que pueda resultar a veces.

Las aguas del Mediterráneo han soportado los inexorables embates que durante los siglos y milenios han azotado su rostro, y seguirán soportándolos, pese a la alarmante crisis medioambiental y climática que ha afectado a este mar en los últimos años; sin embargo, las tierras que lo rodean, aunque han perdurado en su lugar, se han visto talladas una y otra vez, moldeadas sin cesar. El Mediterráneo contemporáneo, en su mayor parte, no es obra nuestra y, como pueblos de estas orillas, seguimos soportando, colectivamente y a través de nuestros diversos horizontes, el legado de los relatos coloniales y las historiografías orientalistas. Nuestras fronteras, así como nuestras identidades, han sido trazadas para nosotros por quienes han visitado nuestras orillas no como peregrinos en son de paz y comerciantes prestos al diálogo, sino como mercaderes de la conquista que ostentan el poder como moneda de cambio.

«El Mediterráneo, mito de odiseas y poesía,
se ha erigido en una frontera imposible de cruzar,
como en ese dibujo del niño libanés que representa el mar como un muro.
El Muro de Berlín cayó, pero el telón de acero se ha desplazado al Mediterráneo».

En nuestro discurso contemporáneo sobre este asunto, y cuando hablamos sobre el colonizador versus el colonizado, tendemos a centrar los debates en el colonizador, y eso está bien. No obstante, creo que tal distinción binaria entre el colonizador y el colonizado solo está clara en retrospectiva y quizá, me atrevo a añadir, constituye una dicotomía exagerada pero práctica para el propósito de manejar la compleja relación que existe entre ambos bandos y avanzar a partir de ahí. Aun así, creo que se trata de una simplificación que debemos reconocer a fin de poder pisar un terreno más seguro, así como admitir que toda simplificación lleva implícito un cierto grado de falsificación. Por decirlo claramente, no estoy haciendo una crítica negativa de la simplificación, sino que pretendo emplear este término de forma descriptiva en lugar de normativa. Tal y como Nietzsche escribió con tanto tino en su Más allá del bien y del mal,[6] no consideramos la falsedad de un juicio como una objeción contra él. Empleo en este contexto la palabra falsificación con el propósito de apuntar que la dicotomía puede ser una herramienta útil para permitirnos acceder a una lectura constructiva de la historia, pero puede que no sea la única, ni que esa historia sea el único relato. Si queremos avanzar y superar el espacio del teatro trágico de nuestro pasado, debemos enfrentarnos a nuestras responsabilidades comunes, ya sea en el ámbito de la historia como —y esto es mucho más importante— a la luz de nuestro futuro. Descolonizar nuestro pasado y presente no es una acción generativa en sí misma, sino más bien el resultado de una serie de acciones, el resultado de las cuales sería la descolonización, o aquello a lo que nos hemos ya referido como una reclamación del espacio mediterráneo orientada, sobre todo, a reivindicar su narrativa. A este respecto, necesitamos avanzar hacia una acción más local y localizada, más que a una reacción. Si abordamos la historia de nuestra región y reflexionamos en torno a ella, sea cual sea la orilla en la que nos encontremos, tendremos la justificación colectiva para ser reaccionarios en este sentido, para alzarnos contra los sistemas impuestos y las cosmovisiones proyectadas sobre nosotros durante décadas y siglos. Estas cosmovisiones son las que nos han impuesto no por medios pacíficos o como consecuencia de un diálogo constructivo y un intercambio de ideas, sino como parte integral de las dinámicas de poder global y regional cuyo guion se escribió mucho más allá del Mediterráneo, pero siempre estuvo situado en sus orillas y tierras. En este contexto, tanto las acciones como las reacciones hacia el fin último de la descolonización como resultado deseado deben consistir en una serie de esfuerzos más locales y colectivos, orientados no tanto al deseo de superar el pasado como al impulso de construir un futuro y reconstruir el Mediterráneo como espacio de celebración antes que de lamento. Al volver a contar nuestras historias, al abrazar nuestro pasado sin omisiones, a través de nuestras voces, no reivindicamos solo la historia con nuestras palabras, sino también las herramientas y los artefactos mediante los cuales podemos construir el futuro. Así lograríamos, tal vez, plantar las semillas de los mitos y las narrativas generativos y narrarlos a través de los ojos y las lenguas de los pueblos mediterráneos, tal y como se narraron y cantaron hace siglos y milenios.

Identidad(es) mediterránea(s)

En ese volver a narrar, en ese proceso de reivindicar nuestro espacio compartido en el Mediterráneo, nos topamos con la cuestión de las identidades, con la que a menudo tropezamos y perdemos pie tratando de esclarecer sus diversos parámetros; este hecho, así como el supuesto «problema de identidad», son remanentes de nuestras historias contemporáneas. El pretendido problema de identidad surge, precisamente, de nuestros intentos por responder a aquellos que, a lo largo de décadas y siglos, nos han impuesto su visión de quiénes y qué somos nosotros, ese Oriente «exótico», «místico» y casi siempre emotivo en lugar de racional. Ante este hecho, nuestros amagos de forjar una identidad con frecuencia han sido, y creo que siguen siendo, una respuesta reaccionaria a esa identidad impuesta desde fuera. Nos refugiamos en las identidades ya desarrolladas, a menudo artificiales, muchas de las cuales solo pueden conformarse a expensas de buena parte de lo que nos define en realidad. Así, son reducciones de nuestra condición de hijos del Mediterráneo orientadas a unas identidades más «manejables»: árabes, fenicios, occidentales, musulmanes, cristianos o judíos. A veces, esta formación de la identidad también avanza hacia otras identidades más amplias que reflejan dinámicas de poder globales y contemporáneas, clasificando algunas de ellas como minorías amenazadas y colocando otras bajo el paraguas de la mayoría amenazadora. Todos esos identificadores (geográficos, históricos, religiosos, étnicos, etc.) e identidades diversas que hemos conjurado aquí se han fraguado como respuesta a la alteridad a la que hemos estado, y seguimos estando, sometidos.

Si nos apartamos de esta lucha por la formación de la identidad como una respuesta y un rechazo a la alteridad, tal vez descubramos que los diversos pueblos que habitan las orillas mediterráneas no poseen identidades claramente definidas. Eso quizá nos asuste, y nos haga sentir vulnerables frente al Otro que nos convierte, a su vez, en otros. Sin embargo, esa falta de identidad estática puede ser justo lo que necesitamos abrazar, esa respuesta a la alteridad, pues lo que no es estático no puede ser reducido a la alteridad, y esta solo es posible una vez que accedemos a encajar en el molde que una determinada identidad nos impone desde fuera.

A imagen y semejanza del Mediterráneo, nos hallamos envueltos en un espacio rico y variado de viaje y tránsito fluidos, con horizontes que se extienden y recalan en todas partes; y como nuestro mar, estamos abiertos a todo aquello situado más allá, con nuestro proverbial estrecho de Gibraltar, a través del cual salimos a conocer mundo, pero siempre podemos volver a casa a descansar en las orillas mediterráneas. Este es el material de los mitos fruto de nuestra creación que las generaciones futuras podrían cantar alrededor de la fogata, y cuyos ecos podrían oír brillando en sus respectivos horizontes… pero solo si hoy en día nosotros, de forma colectiva e individual como pueblos mediterráneos, nos proponemos (re)clamar nuestro espacio con nuestras palabras y celebrar sus tragedias y comedias a través de nuestras canciones.


[1] Nietzsche, Friedrich, El nacimiento de la tragedia, traducción de Andrés Sánchez Pascual, Madrid, Alianza, 2004.

[2] Gadamer, Hans-Georg, Verdad y método, traducción de Ana Agud Aparicio y Rafael de Agapito, Salamanca, Ediciones Sígueme, 2017.

[3] Nietzsche, Friedrich, El nacimiento de la tragedia, op. cit.

[4] Título de una novela de Tayeb Saleh, publicada por primera vez en 1966.

[5] Regina De Dominicis, directora regional de UNICEF y coordinadora especial de la Respuesta en Europa para Refugiados y Migrantes, citada en UN News: https://news.un.org/en/story/2023/09/1141677

[6] Nietzsche, Friedrich, Más allá del bien y del mal, traducción de Andrés Sánchez Pascual, Madrid, Alianza, 2012.