La entronización en directo de Erdogan, culmen de la guerra por el poder en Turquía

8 May 2017 | Focus | Spanish

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El presidente turco se ha convertido en ubicuo. En las calles de Turquía, el rostro de Recep Tayyip Erdogan saluda a los ciudadanos desde inmensos carteles acompañados de consignas que invitan a no rendirse ante el terrorismo y las conspiraciones internacionales; en los canales de televisión, emisoras de radio, portadas de las prensa sus discursos son constantes. Después de dirigir el timón del país durante casi tres lustros, Erdogan ha conseguido la victoria en un polémico referéndum sobre la reforma constitucional que, una vez entre en vigor, lo entronizará como todopoderoso presidente. No sólo ha sido este nuevo sistema de gobierno fuertemente criticado internacionalmente, sino que el proceso para aprobarlo ha dejado a una sociedad fracturada en dos mitades: aquella que lo adora y aquella que lo odia.

Al calor del zeitgeist o espíritu de los tiempos, Erdogan se ha convertido en un representante más de esa nueva derecha populist a que, en un nuevo movimiento pendular de la historia, ha seguido a un periodo de fracasadas revueltas en pos de la democracia y la justicia social (la turca, la última de las primaveras sucedidas en Oriente Medio y Europa, fue la del parque de Gezi, en 2013). Cabe recordar, en este sentido, que una de las condiciones que, según el historiador Eric Hobsbawm, abrieron el paso al avance de los totalitarismo de ultraderecha durante el pasado siglo fue, además de la descomposición de los viejos sistemas de gobierno y el descontento de una población falta de confianza hacia sus políticos, la existencia de unos movimientos “fuertes, que amenazasen -o así lo pareciera- con la revolución social, pero que no estaban en situación de realizarla” [1]. En estas condiciones globales -fracaso de las revueltas progresistas, avance de la nueva derecha populista- es en el que se ha producido el giro de Erdogan y de Turquía. Porque la principal diferencia entre Erdogan y los Duterte, Orban, Putin o Trump que personifican el ascenso de nuevos regímenes autoritarios, democracias iliberales o sistemas mixtos -como se prefiera llamarlos- es que el turco, hace menos de una década, representaba todo lo contrario, la idea de una democratización posible y real de una Turquía que, tras décadas de crisis política y económica, encaraba los fantasmas de su pasado.

Los cambios en el panorama mediático de Turquía bien pueden servir de termómetro de esta transformación. Durante la pasada década, existían en el país euroasiático una gran variedad de cabeceras, canales de televisión y estaciones de radio en las que, con gran pluralidad ideológica, tenían lugar profundos debates pues el mismo gobierno impulsaba el despojarse de los viejos tabúes. Pero este panorama ha sido sustituido por un paisaje mediático gris en el que apenas despunta la crítica al Ejecutivo. Si a su llegada al poder, Erdogan apenas podía contar con el apoyo de un 20 % de los medios, y el resto lo criticaba ferozmente, hoy, las cabeceras críticas se pueden contar con los dedos de una mano y en el espectro audiovisual su dominio es prácticamente total. Los medios opositores han sido clausurados, intervenidos por el Estado o comprado su silencio a los grupos empresariales propietarios de ellos, bien sea a través de las multas, la intimidación o la concesión de jugosos contratos públicos. En los últimos 2 años, más de 150 periodistas han sido encarcelados, cientos (locales y extranjeros) han sido despojados de la acreditación gubernativa necesaria para ejercer y varios miles han perdido su trabajo, despedidos por ser molestos.

Para entender este cambio de posiciones hace falta abandonar etiquetas manidas como aquellas que hablan de la incompatibilidad entre el islam y la democracia o pintan a Erdogan como un sultán con un plan a largo plazo para islamizar el país (la religión ha sido más medio que fin en su conquista del poder). Sólo viendo la política de Turquía como la lucha entre grupos de poder que es -grupos de poder cuyo objetivo no tiene por qué coincidir con los ideales que dicen defender sino con la pura y simple ansia de acumular más poder, riqueza e influencia- se puede comprender el ascenso de Erdogan, un hábil maniobrero que ha sabido aliarse con unos y con otros a lo largo de sus años de gobierno y que en ese proceso ha sufrido la transformación de político a tirano envenenado por su propio ego y ambición. Una tragedia shakespeariana sirve para más comprender estos hechos que una lectura orientalista del Corán.

Erdogan hace ya tiempo llegó a la conclusión de que le basta el apoyo de un 40-50 % del país: las leyes electorales, su control de los resortes poder y la tradicional división de la oposición harían el resto. Y por esta razón abandonó su propuesta democrática; no necesitaba ya ampliar su base de apoyo. El portazo a la adhesión a la Unión Europea que dieron la canciller alemana, Angela Merkel, y el entonces presidente francés, Nicolas Sarkozy, en la segunda mitad de la pasada década, eliminaron además la zanahoria que podía guiar las reformas aperturistas de Turquía.

En su momento, el proceso democratizador en Turquía sirvió a Erdogan para ampliar su base de poder, ganarse a los sectores liberales e incluso algunos socialdemócratas, a los intelectuales, al nacionalismo kurdo para hacer frente a las barreras a su expansión que suponían unas Fuerzas Armadas y una alta burocracia enrocadas en una retrógrada y chovinista versión del kemalismo, el pensamiento del fundador de Turquía, Mustafa Kemal Atatürk. Tras el pronunciamiento militar de 2007 contra el gobierno islamista y el intento de ilegalización de su partido en 2008, Erdogan decidió que el momento del ataque había llegado. Aliado entonces con los seguidores del predicador Fethullah Gülen, lanzó una serie de juicios de los que se autoproclamó “fiscal” en contra de presuntas tramas golpistas. Fiscales y jueces gülenistas, que escalaron posiciones en el seno de la Administración gracias a las reformas aprobadas por el Gobierno de Erdogan, iniciaron entonces una serie de macroprocesos judiciales en los que se mezclaban acusaciones ciertas contra sospechosos habituales del llamado “estado profundo” con burdas pruebas falsas para imputar a quienes se oponían a su plan de des-kemalización del Estado.

Pero, como el mandatario turco, la cofradía de Fethullah Gülen está más interesada en amasar poder que en impulsar sus ideales islámicos. Una vez vencido el antiguo establishment kemalista, los antiguos aliados se volvieron el uno contra el otro en lo que el columnista Burak Bekdil bautizó como “la guerra civil islamista”. Entonces, Erdogan buscó sustituir el apoyo que podía perder en el flanco islamista cautivando a los kurdos y les dio lo que tantos años llevaban demandando: un proceso de paz y negociaciones directas con el grupo armado PKK, cuya lucha contra las fuerzas de seguridad turcas ha causado más de 45.000 muertes desde 1984. El proceso se inició en 2012 y el fundador del PKK, Abdullah Öcalan, dio su apoyo al Gobierno, que se concretó, por poner dos ejemplos, en que él mismo calificó de “un intento de golpe de estado” las acusaciones de corrupción lanzadas por fiscales gülenistas contra el entorno de Erdogan en 2013 (una tipificación que pocos fuera de la órbita mediática del Gobierno utilizaban entonces) o en que la cúpula del PKK instó a sus seguidores a no participar en la revuelta que se extendió prácticamente por todo el país ese mismo año (los nacionalistas kurdos sí se unieron a los manifestantes de Gezi en Estambul pero no hubo apenas movimiento en las zonas del sudeste kurdo de Turquía).

A ojos de Erdogan el intercambio estaba claro: los kurdos obtendrían la paz y una constitución que colmase sus aspiraciones culturales y, a cambio, ellos apoyarían la reforma que transformase Turquía en una república presidencialista. Sin embargo, el líder del movimiento político kurdo, Selahattin Demirtas, que entonces buscaba ampliar su base de apoyo en la izquierda turca para transformar el Partido de la Democracia de los Pueblos (HDP) en una suerte de Podemos de Turquía, se negó al trato. La respuesta de Erdogan no se hizo esperar, cuando las negociaciones de paz estaban a milímetros de llegar a buen puerto, las hizo saltar por los aires y pactó una alianza sui generis con los ultranacionalistas y kemalistas eurasianistas a los que había 4 perseguido sólo unos años antes. La violencia regresó a la región kurda con virulencia inusitada pero el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) de Erdogan dejó de perder votos por el flanco del nacionalismo turco más conservador.

Probablemente esta alianza última le sirvió para sortear con mayor facilidad la sublevación militar de julio de 2016, si bien creer que un golpe de estado clásico podía triunfar implicaría desconocer la realidad de la Turquía actual [2] o haber recibido un nefasto asesoramiento exterior -tesis consistente con la versión de los hechos defendida por el Gobierno- puesto que una victoria de los golpistas no habría conducido a otra cosa que a un conflicto civil. O bien, como han señalado algunos autores [3] fue un intento a la desesperada de los sublevados por tratar de conservar el exiguo poder que les quedaba. Unas semanas antes de la fallida intentona golpista del 15 de julio, una fuente confesó a este periodista que se estaban produciendo ciertas realineaciones en el seno de la cúpula de las Fuerzas Armadas, y que militares de la facción eurasianista -esto es, ultranacionalistas partidarios de reforzar las relaciones con Rusia y China en detrimento de Occidente- estaban dispuestos a sumar fuerzas con aquellos generales leales a Erdogan con el objetivo de apartar del núcleo de poder a aquellos defensores de la Alianza Atlántica, fuesen kemalistas tradicionales o bien gülenistas. Otra fuente, ligada en este caso al sector de la seguridad, explicó que en los meses precedentes a la asonada militar, los servicios secretos emitieron hasta quince advertencias al Gobierno de que había movimientos extraños en el seno del Ejército. Ambos hechos podrían corroborar la versión mantenida por el jefe de la oposición turca, el socialdemócrata Kemal Kiliçdaroglu, de que se trató de un “golpe controlado” (conocido con antelación pero al que se permitió proceder a fin de rentabilizarlo políticamente después). Desde luego, la tesis como tal del Gobierno no se sostiene -un plan maquiavélico desarrollado personalmente por Fethullah Gülen con el concurso de servicios secretos occidentales que, por alguna extraña casualidad se le pasó por alto a los servicios secretos, y fue heroicamente derrotado por el pueblo-. Resulta más plausible la participación de diversas facciones -varios de los detenidos han desmentido ante los tribunales cualquier adscripción gülenista pese a reconocer su participación en la trama golpista-. La opacidad con la que se ha manejado el Gobierno, impidiendo por ejemplo la comparecencia ante la comisión de investigación parlamentaria del jefe de los servicios secretos o del jefe del Estado Mayor, y la falta de investigaciones periodísticas en unos medios de comunicación turcos entregados a la versión oficial desde luego no hacen esperar que los detalles reales del golpe vayan a salir a la luz en un futuro cercano.

La sublevación militar ha sido una excusa de oro para que Erdogan acometa el asalto final a todas las instituciones de la Administración de las que se ha barrido prácticamente a todo aquel que pudiera no sólo hacer oposición sino siquiera simpatizar con ella. Cerca de 50.000 personas han sido arrestadas y enviadas a prisión en espera de juicio, más de 100.000 han sido fulminantemente despedidas de la función pública -incluidos jueces, policías, maestros, profesores universitarios…- y otras 30.000 suspendidas de empleo mientras son investigadas. Muchas de ellas no guardan relación alguna con Fethullah Gülen, siendo en muchos casos afiliados a sindicatos izquierdistas que antaño se habían destacado como oponentes a la infiltración de los gülenistas en las instituciones del Estado, cuando esta infiltración contaba con la aprobación del Gobierno de Erdogan. La imposición del estado de emergencia, además de imponer unas draconianas medidas de seguridad que dejan de facto los gestión provincial en manos de la Delegación del Gobierno (valilik) en detrimento de la autoridad local electa, ha servido para que el Ejecutivo gobierne por decreto saltándose a la torera la revisión parlamentaria (pese a que la normativa legal del estado de emergencia exige que todos los decretos sean revisados por el legislativo, ni siquiera un tercio de los decretos emitidos desde el pasado agosto han sido sometidos a la supervisión parlamentaria). El estado de shock que supuso el golpe y la introducción del estado de emergencia han sido utilizados también para rescatar la reforma constitucional deseada por Erdogan, pero las cicatrices causadas por las purgas han provocado el consabido resultado en el referéndum: una sociedad partida en dos por la divisiva figura de Erdogan.

Hasta ahora, Erdogan se ha servido de hábiles equilibrios políticos para mantenerse en el poder y de la buena marcha de la economía, la evidente mejora de los servicios públicos y el control de los medios de comunicación para extender su hegemonía. Sin embargo, actualmente ha llegado a un punto muerto en el que la polarización le impiden cualquier aproximación al bando contrario (si bien es cierto que la división de los opositores le garantizará seguir ganando cualquier elección en la que participen más de dos opciones políticas) y la economía -tanto por razones de política interna como por el enfrentamiento con antiguos aliados- da signos de entrar en una etapa de inestabilidad. Erdogan siempre ha dado muestra de un gran pragmatismo para resolver las situación más críticas a las que se ha enfrentado, pero, aislado como está por una nueva generación de asesores y políticos arribistas que no se atreven a llevarle la contraria, la represión es el único instrumento que parece dispuesto a utilizar, lo que no hará sino agravar la polarización y los conflictos del país. La televisión, entre tanto, seguirá emitiendo íntegramente sus discursos y repitiendo sus consignas, como una orquesta del Titanic.

Notas

[1] Hobsbawm, E: Historia del siglo XX. Ed. Crítica. p. 133

[2] Mourenza, Andrés: “Turquía ya no es país para golpes”. El País. 17/07/2016

[3] Eissenstat, Howard: “Erdogan as an autocrat”. POMED report http://pomed.org/pomed-publications/erdogan-asautocrat/