Metamorfosis mediterránea

Karima Ziali

Writer, philosopher and anthropologist

Epílogo: doce historias después, el mar

A lo largo de los últimos meses, QM ha recorrido las distintas orillas del Mediterráneo a través de las doce historias finalistas de A Sea of Words 2025. Doce voces jóvenes, doce maneras de narrar un espacio compartido y de reimaginarlo. Desde Palestina, Argelia, Túnez y Marruecos hasta Macedonia del Norte, Croacia, Bulgaria y España, sus historias han explorado fronteras y desplazamientos, memoria y pertenencia, lenguas e identidades, guerra, resistencia y esperanza. A través de la ficción, estas perspectivas diversas han trazado un mapa alternativo de un mar que nos divide y, al mismo tiempo, nos une.

Francesco Ungaro / Pexels

Con la publicación de Mine, Yours, Our Sea, de la escritora croata Chiara Pumper, ganadora del Primer Premio del certamen, llegamos al final de este viaje literario. Sin embargo, poner punto final a la serie no significa silenciar las preguntas que resuenan entre líneas en estas historias. ¿Qué tipo de Mediterráneo estamos construyendo? ¿Qué nos hace sentir que pertenecemos a esta región? ¿Qué podemos aprender de una generación que no ve el mar únicamente como una geografía heredada, sino como un espacio de conexiones infinitas?

Como epílogo, hemos invitado a Karima Ziali a retomar algunas de estas preguntas y llevarlas más allá de la ficción. Ziali ya se había sumado a esta nueva generación de escritores en la ceremonia de entrega de premios de A Sea of Words 2025, donde participó en un coloquio junto a las ganadoras del certamen. Ahora retoma ese diálogo a través de la escritura, ofreciendo una reflexión filosófica y poética que amplía nuestra comprensión del Mediterráneo mientras se hace eco, de manera sutil, de muchas de las inquietudes expresadas por los jóvenes autores a lo largo de la serie.

Escritora, filósofa y antropóloga, nacida en Marruecos y criada en Cataluña, el propio recorrido intelectual y personal de Ziali se despliega en la encrucijada de territorios e identidades. Es licenciada en Filosofía por la Universidad de Barcelona y tiene un máster en Investigación Antropológica por la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED) de España. Tras haber trabajado anteriormente como docente, actualmente realiza una investigación doctoral sobre estudios migratorios en la Universidad de Granada. Su trabajo se centra especialmente en las intersecciones entre sexualidad, islam y migración, y colabora habitualmente con diversas publicaciones y espacios feministas de pensamiento crítico. Debutó en la ficción en 2023 con Una oración sin Dios (Esdrújula Ediciones), una novela que, partiendo de elementos autobiográficos, cuestiona los relatos dominantes en torno a la migración y la comunidad marroquí en Cataluña.

En el texto que cierra esta serie, Ziali dirige su mirada hacia el propio Mediterráneo y hacia nuestra relación con el mar, la tierra y el lenguaje. Su punto de partida es una metamorfosis: dejar de pensarnos exclusivamente como seres terrestres y aprender a imaginarnos como seres marinos. Frente a la solidez de la tierra, sus fronteras y sus gramáticas, el mar emerge aquí como un espacio fluido capaz de desestabilizar las categorías establecidas y de forjar nuevas continuidades.

Una última invitación, después de doce historias dedicadas a imaginar el Mediterráneo, a preguntarnos no solo qué tipo de Mediterráneo queremos, sino también cómo deseamos habitarlo. Le contaba historias sobre mi ciudad natal para que llegara a comprender mi patria —nuestra patria—. Cuando le prometí que lo llevaría al desierto, me imaginé envejeciendo cerca de las arenas que tanto amaba, y muriendo allí en paz. Pero la dictadura seguía en Siria.


Metamorfosis mediterránea

Karima Ziali
Escritora, filósofa y antropóloga

Hace tiempo que perdimos la tierra de vista. Ante nuestros ojos, una neblina baja que reunía en un solo punto el último horizonte terrestre. Los días transcurrían como un tumulto feroz y solo el mar azul, punzante y abierto gritaba nuestros nombres al vacío. Sobre la corteza terrestre, recuerdo lejano condenado a habitar el ostracismo, el verbo es el origen y el proverbio, la sabiduría que la historia deposita en la memoria colectiva.

A sacudidas, hemos dejado de ser animales terrestres para convertirnos en mamíferos marinos. ¿Hemos perdido el juicio? No, solo somos una humanidad en transmutación. De piel fría y anfibia, habitamos el espacio vasto e indolente del mar. Nos hemos dejado reencontrar por la vida tibia y acuosa. Una vez experimentada por primera vez su temperatura, ya no hay posibilidad de retroceder. Con las manos llenas de inquietud y pasión, como el primer beso alado de la adolescencia, nos hemos dejado llevar por la corriente. Las células se dilatan, el cuerpo se abre y se deshace, el núcleo de la vida se vuelve gelatinoso; todo despierta a la esperanza de un retorno líquido, bello y arcaico. Cuando la densidad se desploma y la carne pierde la magnitud espesa que se resiste a atravesar el oxígeno, la suave caricia hídrica nos disuelve como cristales de sal.

Entregados a las contracciones marinas, el oleaje perturba nuestras extremidades, que pronto serán inútiles entre estas corrientes siderales. Muy pronto, de la estridente brutalidad vocal con la que llegamos a la tierra solo quedarán recuerdos fútiles. Dejaremos atrás nuestra condición pulmonar y dos finas líneas dibujarán las branquias en nuestro rostro obtuso. Desprovistos de epidermis, las escamas cubrirán nuestro cuerpo maltrecho por la fuerza de la transmutación. Y de nuestra gran ilusión, de la mayor fascinación humana, del deseo simbólico de la dualidad para nombrar la verdad de cada fenómeno, solo quedarán fragmentos esféricos que flotarán aguas arriba, contradiciendo los pronósticos de la gravedad telúrica. Ausente de ley, ausente de Verbo; el mar es la promesa de una gramática prelingüística.

Ausente de ley, ausente de Verbo;
el mar es la promesa de una
gramática prelingüística

Hace tiempo que el mar nos advierte, no solo de su fuerza, sino también de su presencia ancestral: la sabiduría de la quietud permanece bajo una hermenéutica de la sospecha que no hemos sabido leer. Pero somos seres sintácticos: carentes de visión lateral, solo podemos enfocar objetos frontales. Discapacitados marinos, observamos el comportamiento de las olas como si tropezaran, torpes, contra la tierra, sin querer comprender todavía que el orden curvilíneo del oleaje erosiona la ley de la tierra. Esta metamorfosis humana es el ritual contemporáneo para admitir una auténtica temporalidad fluida. Pero, como seres hídricos, rechazamos la modernidad líquida que solo nos proporciona razones para la emancipación elitista y privilegiada: únicamente podemos abrazar la libertad radical de cada cuerpo profundamente marino.

Las preguntas, sin embargo, son pertinentes: ¿seremos capaces de habitar una sensibilidad acuosa y democráticamente valiente sobre la firmeza de la tierra? ¿Qué mar nos aceptará como migrantes terrestres? ¿Cómo podemos construir nuestra memoria desde el mar, si nuestro lenguaje está hecho de sedimentos sintácticos?

La segunda pregunta es la que más nos interpela: solo en un mar que incorpora la tierra como premisa de su nombre podría ser posible esta transmutación. El Mediterráneo es la posibilidad de un milagro ovidiano y, por ello, humanísticamente sagrado. En este mar de corazón andrógino que late entre tierras es donde podemos pensarnos como seres consagrados en el espacio y no en un tiempo progresivo que tiende hacia un fin; no en una modernidad patológica con ínfulas de universalismo, no en un tiempo que hace presente el pasado a través de su constante reforma.

El Mediterráneo es la posibilidad
de un milagro ovidiano y, por ello,
humanísticamente sagrado

El Mediterráneo es, tout court, espacio. Pero no espacio en el sentido de coordenada conjugada con una noción ontológica del tiempo, ni tampoco de tiempo mitológico o histórico; o, si se prefiere, es el espacio donde el mito y la historia movilizan nuestras acciones en el presente. El Mediterráneo, como espacio, permite que los movimientos (sociales, culturales, políticos) no se midan por su temporalidad, sino por su capacidad de construir continuidades (territoriales, corporales, afectivas, poéticas…) a través de las trayectorias individuales y colectivas. Las fronteras políticas —sobre todo las fronteras del Mediterráneo norte respecto al Mediterráneo sur—, a pesar de su fortificación, son incapaces de desdibujar los movimientos que trazan la voluntad de continuidad permanente. Los admirados puentes culturales solo tienen sentido para quien permanece bajo la ética terrestre, pero, gracias a las intempestivas olas que lamen la roca, se derrumbarán para dejar paso a los itinerarios espumosos que narran la vida en común.

El Mediterráneo, como espacio, permite
que los movimientos no se midan
por su temporalidad, sino por su capacidad
de construir continuidades

Es nuestro carácter excesivamente telúrico el que nos empuja hacia el telos lógico de la firmeza y la seguridad horizontal; somos (a pesar de todo) amantes de Estellés:

«Nuestro amor es un amor brusco y salvaje / y sentimos la amarga añoranza de la tierra / de revolcarnos entre besos y arañazos».

No sabemos del amor más que bajo el dominio de la gravedad; fuera de ella, lejos de su busto protector, rogamos por regresar sin miramientos:

«Velas y vientos han de cumplir mis deseos / trazando caminos inciertos por el mar. / Mistral y poniente veo armarse contra ellos: / siroco y levante han de acudir en su ayuda / junto a sus amigos, el gregal y el mediodía, / elevando humildes súplicas al viento tramontano / para que al soplar les sea favorable / y que los cinco hagan posible mi regreso».

Ausiàs March fue un hombre de espíritu acuoso, pero su estética marina y pasional se debatía ferozmente con la ética correctiva de la tierra.

La nostalgia de los poetas valencianos consiste en vivir sometidos al designio de la tierra cuando la carne desea el mar. La ternura del Mediterráneo, sin embargo, radica en su voluntad insumisa de buscar siempre la tierra, atraerla hacia sí y, en un instante fugaz y brutal, arrebatarle la humanidad que lo contempla embelesada. Quizá, asumiendo este rapto como una oportunidad para dejarnos hacer a la mar, podamos acabar comprendiendo que la orografía telúrica solo podía ser posible gracias a las intempestivas olas que besan su piel dura y mineral. No hay más opción que evolucionar hacia el mundo marino para comprender el destino de la humanidad.