El Mediterráneo entre mitos, relatos y sueños

Thierry Fabre

Fundador de los Rencontres Averroès que se celebran en Marsella; ensayista, crítico y comisario de exposiciones.

«¿Qué es un mito? Una fuerza que deja una estela a su paso. ¿De dónde viene esa fuerza? De un sueño compartido.»


Régis Debray


Hay mitos que hablan de Nosotros, que hablan en Nosotros; es el caso de Europa, el mito que proporcionó nombre y rostro a nuestro continente. Fue en Sidón — Ṣaydā en árabe—, en Líbano, donde la bella Europa, hija de Agénor, fue criada por Zeus, metamorfoseado en toro alado. Ese relato nos asegura, al menos, que Europa vinculó su destino al del Mediterráneo ya desde el mito de sus orígenes. ¿Por qué entonces tiene tanta tendencia a olvidar, a negar esos orígenes e incluso renegar de ellos y enmascarar su procedencia?

El Mediterráneo no es Europa, no dispone de un mito propio para narrar sus orígenes. Sus mitos fundacionales, sin duda, se forjan a partir de relatos y sueños. Se teje con el hilo de nuestros sueños y solo halla su consistencia, y tal vez su existencia misma, a través de todas esas historias que nos contamos. Érase una vez, o mejor, muchas veces, el Mediterráneo…

El tiempo de las mitologías se conjuga y entrelaza con el tiempo de los relatos y el tiempo de los sueños del Mediterráneo.

El tiempo de las mitologías

Estas se narran de buen grado en plural, pero el mundo mediterráneo posee la singularidad, en el largo tiempo de la historia, de ser el lugar del Uno, a través de los monoteísmos que fraguan las pertenencias. El judaísmo, el cristianismo y el islam trazan su propio territorio y erigen de buen grado identidades exclusivas que, más que reunir, separan. Las prácticas, sin embargo, atraviesan los dogmas, y las personas suelen ser mucho más inteligentes que los principios que pretenden enfrentarlas. Saben cruzar las fronteras trazadas por esas grandes verticalidades religiosas del Uno, que tratan de construir el mito con todo su poderío.

El Mediterráneo no es Europa, no dispone de un mito propio para narrar sus orígenes. Sus mitos fundacionales, sin duda, se forjan a partir de relatos y sueños

Más allá, o mejor dicho, más acá de los dogmas surgen las múltiples pertenencias de las sociedades mediterráneas, como es el caso de los «lugares santos compartidos» estudiados por Dionigi Albera[1] y exhibidos, junto con Manoël Pénicaud, en una serie de exposiciones muy elocuentes cuyo punto de partida es el MUCEM, en Marsella.

Las fronteras religiosas, siempre presentes con toda su densidad antropológica, se ven desbordadas y atravesadas por numerosas prácticas devocionales y lugares de peregrinaje común que, desde abajo, erosionan o derriban los muy bien asentados mitos de los tres mundos que separan a judíos, cristianos y musulmanes.

El mundo mediterráneo es, en efecto, heterogéneo, y una de sus profundas realidades estriba, desde luego, en el hecho de que, en el Mediterráneo, siempre hay algún Otro: figuras de la alteridad que componen y recomponen identidades singulares.

Lo cierto es que los monoteísmos siguen, a día de hoy, manteniendo su huella, su profunda influencia; marcan el ritmo de las pertenencias duraderas y trazan genealogías específicas. Ser judío, cristiano o musulmán en el Mediterráneo no es un mero mito, sino un referente fundador del que resulta muy difícil escapar, sobre todo en tiempos de conflicto, cuando cada cual se refugia en su «comunidad». El desencanto del mundo, la secularización o la laicización, según cómo los llamemos, están lejos de abolir las pertenencias religiosas, definidas por cada monoteísmo. Es imposible huir de su imperio cuando tratamos de abordar el Mediterráneo del siglo xxi: siguen constituyendo, a día de hoy, elementos estructurales de las mitologías personales y, sobre todo, familiares.

Aun así, no ocupan la totalidad del campo simbólico. Los mitos antiguos también siguen presentes, arraigados en unas genealogías históricas y culturales muy genuinas. Para algunos —en especial, los europeos— son los mitos griegos y latinos; para otros son los mitos del Egipto faraónico los que revisten de actualidad, como los del mundo hitita; leyendas babilonias de Enkidu o Gilgamesh, leyendas de los «pueblos del mar», del mundo arameo o de Cartago; todos ellos siguen poblando los mosaicos de nuestro imaginario.

El mito se aferra al tiempo extenso, a la larga duración, y no podría verse abolido por el mero restallido de la actualidad, efímera y pasajera. Como observa con mucho tino Roland Barthes en sus Mitologías: «El mito tiene a su cargo fundamentar, como naturaleza, lo que es intención histórica; como eternidad, lo que es contingencia», y añade: «Los mitos no son otra cosa que una demanda incesante, infatigable, una exigencia insidiosa e inflexible de que todos los hombres se reconozcan en esa imagen eterna y sin embargo situada en el tiempo que se formó de ellos en un momento dado como si debiera perdurar siempre».[2]

La arqueología de nuestros imaginarios mediterráneos reposa en mitos fundadores. Sería ilusorio o engañoso pretender olvidar hoy en día, en nombre de la modernidad, ese lejano estrato que nos conforma, que nos hace ser lo que somos en el largo tiempo de la historia.

El tiempo de los relatos

El tiempo de los relatos se conjuga fácilmente con el tiempo de las mitologías en el advenimiento de las profundidades y a través del largo murmullo de los siglos, pero crepita de otro modo, escapa a la palabra fija, codificada por dogmas religiosos, tablas de la ley o una memoria instituida por leyendas.

Ahí aflora otro tiempo en nuestro mundo mediterráneo, un tiempo de escritura y literatura que compone algo así como una «identidad narrativa», por recuperar esa bella noción tan apreciada por el filósofo Paul Ricœur.[3] Así pues, no se trata de una identidad fijada en lo Mismo, en referencias finales al pasado, sino de la búsqueda de una identidad en transformación, que se narra a coro.

Érase una vez, o muchas veces, el Mediterráneo. Así, cada cual puede componer su biblioteca imaginaria del Mediterráneo, los diversos relatos que inspiran su manera de ver el Mediterráneo, de sentir sus pulsaciones profundas, los ritmos y pliegues que nos hacen entrar en su historia, en sus historias.

El mundo mediterráneo es, en efecto, heterogéneo, y una de sus profundas realidades estriba, desde luego, en el hecho de que, en el Mediterráneo, siempre hay algún Otro.

Se conforma así un Mediterráneo a través de los textos, que se convierte en una «historia efectiva». Cada cual puede desgranar o componer su biblioteca portátil; una biblioteca abierta, en construcción, que se enriquece con cada nueva lectura.

He aquí un florilegio, una especie de «breviario mediterráneo»,[4] por retomar el título del bello libro de mi amigo Predrag Matvejevitch; una de las piedras sobre las que puede construirse esa «identidad narrativa» del Mediterráneo, de mi Mediterráneo. Para empezar, propongo un viaje a través de siete textos de esa biblioteca imaginaria del Mediterráneo que puede extenderse hasta el infinito, como la antaño imaginada por Borges…

Albert Camus, Goliarda Sapienza, Federico García Lorca, Alaa al Aswany, Stratís Tsircas, Mathias Enard y Dominique Eddé; siete caras de un prisma de múltiples refracciones; mosaico de textos y relatos abierto hasta el infinito a nuestras búsquedas y expectativas, a nuestra necesidad de que se cuenten historias…

«El exilio de Helena», de Camus, es un texto decisivo que descubrí, o redescubrí, en mi época de estudiante en El Cairo. Sentado a una mesa del café Hourriya, en Bal el Louk, no muy lejos del barrio donde vivía por entonces, decidí faltar a clase para sumergirme en esa obra de Camus. «El Mediterráneo tiene un sentido trágico solar, que no es el mismo que el de las brumas. Ciertos atardeceres —en el mar, al pie de las montañas—, cae la noche sobre la curva perfecta de una pequeña bahía y, desde las aguas silenciosas, sube entonces una plenitud angustiada».[5]

En este texto de 1948, publicado por primera vez en la revista Les Cahiers du Sud y dedicado a su amigo el poeta René Char, Camus expresa su búsqueda de los límites, de la mesura frente a la desmesura, al tiempo que enuncia su visión fundadora de un «pensamiento del sur», tan necesario en nuestros tiempos, impulsado por su hubris.

Goliarda Sapienza prolonga, a su manera, ese sentido trágico solar a través de su texto magistral El arte de la alegría; una crónica tumultuosa, personal, familiar y política de una Italia atrapada en el vértigo del fascismo que, sin embargo, mantiene vivo su destello: «No, no se puede contar a nadie esta plenitud de alegría que brinda la exaltación vital de desafiar el tiempo juntos, compañeros en el arte de dilatarlo, viviéndolo con la mayor intensidad posible antes de que llegue la hora de la última aventura. […] Cuenta, Modesta, cuenta».[6]

Federico García Lorca es, asimismo, una figura trágica, y no solo en sus últimos momentos, asesinado por las fuerzas del orden franquistas. Lorca logró que surgiera un profundo fervor, un gusto por la vida, junto a su amigo, el músico Manuel de Falla, a través del renacimiento del cante jondo en el concurso organizado por la Alhambra en 1922. Su Juego y teoría del duende permite desentrañar los misterios de la creación: «Cada arte tiene, como es natural, un duende de modo y forma distinta, pero todos unen raíces en un punto de donde manan los sonidos negros de Manuel Torres, materia última y fondo común incontrolable y estremecido de leño, son, tela y vocablo. Sonidos negros detrás de los cuales están ya en tierna intimidad los volcanes, las hormigas, los céfiros y la gran noche apretándose la cintura con la Vía Láctea».[7]

Alaa al Aswany, al cual tuve el placer de editar hace muchos años, ha sabido contar El Cairo a su manera, distinta a la de Naguib Mahfuz. El edificio Yacobián narra, en una serie de relatos, todo un mundo urbano y secreto a quienes no saben cómo escuchar los murmullos y deseos que van revelándose poco a poco: «Apenas cien metros separan el pasaje Behlar, donde vivía Zaki Bey el Desouki, de su oficina en el edificio Yacobián. Sin embargo, cada mañana tardaba casi una hora en recorrerlos, ya que tenía que saludar a sus amigos de la calle: los dueños de las tiendas de ropa y las zapaterías, los dependientes de ambos sexos, los camareros, los trabajadores del cine, los habituales del Café Brasil e incluso los porteros, los limpiabotas, los mendigos y los guardias de tráfico. Zaki Bey los conocía a todos por su nombre e intercambiaba con ellos saludos y novedades».[8]

Stratís Tsircas, griego de Alejandría, también narra la ciudad, las ciudades, en Ciudades a la deriva, un recorrido mediterráneo a través de Jerusalén, El Cairo y Alejandría en los años cuarenta, que nos restituye haciéndose eco de una historia lejana, devolviendo un mundo olvidado al presente: «No conocía bien Alejandría pese a que madre había nacido allí; allí fue donde padre y ella se casaron, y de allí la llevó, recién casada, a Kifisia. Sin embargo, ¿qué podía ver yo en un mes, en ese otoño del año pasado? Para conocer una ciudad así necesitaba meses enteros, muchos días de libertad; errar sin rumbo, tomar calles que no supiera dónde me llevaban, descubrir los lugares por mí mismo: un patio interior con dalias azules de Malta, el dibujo de una reja desencajada, una pequeña mezquita a rayas amarillas y rosas como una camiseta de fútbol y, al lado, un árbol de tronco reluciente y con la copa llena de tórtolas. Tenía que detenerme ante las puertas antiguas, leer las fechas grabadas en las piedras o la madera y soñar: a esa casa de ahí no la alcanzó el gran incendio, aquella se construyó el año en que madre nació…».[9]

Mathias Enard, autor contemporáneo, ha sabido captar el flujo de la violencia que impulsa el Mediterráneo. Con una sola y larga frase narra ese mundo estruendoso en su novela Zona. Así, la literatura da cuerpo a lo indecible y nos permite rencontrarnos; no resignarnos y dejarnos llevar, sin más, por el indescriptible tumulto del mundo que avanza imparable: «hoy 8 de diciembre soñaba despierto sentado entre dos ciudades muertas igual que el turista observa, a merced de la barcaza que lo pasea, cómo desfila el Mediterráneo bajo sus ojos, interminable, bordeado por peñascos y montañas esos túmulos célticos que señalan tantas tumbas tantas fosas comunes tantos osarios un nuevo mapa otra red de rastros de caminos de vías ferroviarias de ríos que continúan arrastrando cadáveres restos trozos gritos huesos olvidados honrados anónimos o consignados en el gran registro de la historia vil pergamino que imita vanamente al mármol aunque más bien se parece a la revista de dos perras que mi vecino ha doblado para poder leer sin esfuerzo».[10]

Desde Beirut y la isla de Sedef, y a lo largo y ancho de Estambul, Dominique Eddé detenta ese poder visionario que brinda la literatura, ese arte de adivinar lo que vendrá después, de presentir lo peor, auscultando el régimen autócrata sirio de los Assad, cuya sangrienta caída es capaz de prever. Kamal Jann es una novela tan poderosa como indispensable para comprender el desastre y tratar de salir de él: «Sayf Eddine es el pilar invisible de los servicios de inteligencia sirios. No tiene título ni cargo oficial alguno, pero opera en todos los frentes. Incluso el Jefe le tiene miedo. Llega a casa a la hora que llega. Acaba de adormilarse en el salón de su casa de Mazzé. Las puertas están cerradas y las cortinas, corridas. Solo el zumbido del aire acondicionado rompe el silencio. El ambiente es fresco, pero inmóvil y pesado. Él siente, siente que le falta el aire. Es casi un mueble. Los sofás y sillones de la estancia tienen brazos de coloso. Son inmensos. Hay que estar seguro, muy seguro de sí mismo, para arrellanarse en ellos».[11]

Los pocos fragmentos recogidos a partir de la obra de estos escritores componen un mosaico de mi imaginario mediterráneo, un relato de este mundo que cada cual puede reconstituir a su manera. Este Mediterráneo a partir de textos, esta biblioteca imaginaria, también podría abrirse y ampliarse a películas, músicas u obras pictóricas que alimenten nuestra visión del mundo mediterráneo en sus diversas dimensiones; variaciones abiertas, no sobre un mismo tema, pero sí al menos en torno a un mismo mundo, nuestro mundo mediterráneo tan proclive a alimentarse de sueños…

El tiempo de los sueños

El sueño es un poder creador en la historia: inspira, atrae y nos imanta desde el interior. En El promontorio del sueño, Victor Hugo demostró sin ambages su singular fuerza: «Vivimos de preguntas hechas al mundo imaginario. […] Seamos quienes seamos, somos los aventureros de nuestra idea». Y añade: «Sueños, sueños, sueños. Unos grandes, otros, endebles. La habitación del sueño es una facultad del hombre. El empíreo, el eliseo, el edén, el pórtico abierto allí arriba sobre los profundos astros del sueño, las estatuas de luz en pie sobre los entablamientos del cielo, lo sobrenatural, lo sobrehumano, esa es la contemplación preferida. En su casa el hombre está en las nubes».[12]

El sueño mediterráneo no tiene la profundidad de un mito, su densidad temporal, a menos que se lo confunda con los sueños de imperios como el de Alejandro, que se extendió mucho más allá del Mediterráneo, o el Mare nostrum del Imperio romano, que fue un sueño unilateral. En cuanto al Imperio otomano, no llegó a soñar —o apenas lo hizo— con el Mediterráneo, a pesar de Piri Reis y la amplitud de sus conquistas.

La primera condición es que ya no sea un sueño unilateral, un simple sueño europeo que continúe imaginando la posibilidad de dar forma a «su» sur.

El sueño mediterráneo, como ya explicó en su día el historiador Émile Temime,[13] parece bastante reciente y tiene en los sansimonianos del siglo xix a sus principales artífices. A partir de 1832, Michel Chevallier sueña con un «sistema del Mediterráneo», un sistema de transporte susceptible de unir la vía férrea con el vapor.

«Lecho nupcial entre Oriente y Occidente», Prosper Enfantin y Émile Barrault imaginan en él una nueva alianza entre esos dos mundos separados, y algunas de sus tentativas resultaron fructíferas, como la apertura del canal de Suez por Ferdinand de Lesseps, discípulo de los sansimonianos; pero las conquistas coloniales abolieron el sueño mediterráneo de estos como lugar de posibles rencuentros.

Los novecentistas catalanes también trazaron, a su manera, un sueño mediterráneo propio, con una forma más clásica e inspiración grecolatina.[14] Tal y como nos recuerda Juan Goytisolo,[15] Antoni Gaudí esboza las formas posibles de un sueño arquitectónico mediterráneo más sincrético, que alcanza expresiones magistrales en la Pedrera, la Sagrada Familia o el Parque Güell.

Los intelectuales de los años treinta trataron de provocar un resurgimiento, o renacimiento, de ese sueño mediterráneo a través de revistas como Les Cahiers du Sud, en Marsella, a cargo de Jean Ballard y Gabriel Audisio, Mirages o Les Cahiers de Barbarie, en Túnez, con Armand Guibert, así como de diversos grupos y colectivos que sueñan con zanjar el «conflicto mediterráneo» que enfrenta a Oriente y Occidente. «El hombre mediterráneo debe hallar su plenitud en la conjunción de las culturas y las diversas civilizaciones», declara Gabriel Audisio, que influye a un joven Albert Camus en Argel junto con el filósofo y escritor Jean Grenier a través de sus «Inspirations méditerranéennes»; mientras que Paul Valéry preside en Niza el Centro Universitario Mediterráneo (CUM), fundado en 1933, desde donde se propone convertir el Mediterráneo en «una máquina de crear civilización».[16]

Esos intelectuales de los años treinta, casi siempre francófonos, trataron de tender puentes y esbozar encuentros o posibles alianzas entre culturas y civilizaciones cuyo epicentro se situaba en el Mediterráneo. Sin embargo, el auge de los fascismos, las profundas desigualdades de la situación colonial y el gran estrépito de la Segunda Guerra Mundial, seguido de las arduas luchas por la descolonización, acabaron con ese Arco, expresión de un sueño mediterráneo.

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¿Y qué sucede hoy en día? ¿Qué ha quedado del posible sueño mediterráneo? ¿En qué condiciones podría reinventarse y convertirse en un sueño compartido?

La primera condición es que ya no sea un sueño unilateral, un simple sueño europeo que continúe imaginando la posibilidad de dar forma a «su» sur; el sueño de una Europa fortaleza, prisionera de sí misma, encerrada en sus odios y sus miedos.

Un sueño mediterráneo, en el siglo xxi, no puede bosquejarse más que a partir de una escritura de la historia, a partes iguales, entre las diversas orillas del Mediterráneo, con una política del espíritu que no trate de ordenar el resto del mundo según los fines europeos, como señalaba el intelectual alemán Wolf Lepenies cuando impartía sus clases en el Collège de France.[17]

Hay que descartar, a partir de ahora, toda visión vertical, descendente o unilateral del Mediterráneo, definido muy a menudo como una simple «periferia de Europa». El Mediterráneo es un mundo en toda regla que sigue su propio ritmo, tiene su propio aliento y traza su propio horizonte histórico, cuya línea se inscribe en un círculo abierto al más allá, que jamás se encierra en sí mismo…

Un sueño mediterráneo que, a diferencia de los discursos de los especialistas en la realpolitik, no es el fantasma de un mundo por fin reconciliado ni un espejismo surgido de un diálogo ficticio entre culturas y civilizaciones.[18]

Es un sueño mediterráneo del siglo xxi que contempla de frente las tragedias y pesadillas de nuestra época, empezando por el actual genocidio en Palestina o las dinámicas de guerra y confrontaciones de toda clase que nos rodean, sin olvidar esa «muerte mediterránea» que convierte nuestro mar común en un nuevo cementerio marino para los migrantes.

Un sueño mediterráneo que no consiste en consentir en desastre actual, sino que, muy al contrario, se despliega como una fuerza imaginativa, como un arte de tejer vínculos entre las diversas sociedades mediterráneas, mucho más unidas de lo que podría sospecharse.

Un sueño mediterráneo hecho a partir de integración territorial y conexiones, que no solo sea una ruta mundial para barcos e intercambios mercantiles, sino también para las mujeres y los hombres de este mundo, que tanto tienen que aprender los unos de los otros.

Tal y como escribió con gran acierto Jean Giono en un texto luminoso,[19] «Los intercambios no se llevan a cabo por encima de las aguas de este mar, sino con ayuda de ellas. Si hubiera en su lugar un continente, nada de Grecia habría pasado a Arabia, nada de Arabia habría pasado a España, nada de Oriente habría pasado a Provenza y nada de Roma a Túnez; pero en estas aguas, desde hace milenios, se intercambian amores y asesinatos y se establece un orden específicamente mediterráneo».

Un sueño mediterráneo que sabe dar la cabida que merecen a las nuevas generaciones, mayoritarias en las orillas sur y este, pues estas ya no soportan el inmovilismo político autoritario y el statu quo social que se les impone.

Un sueño mediterráneo que sabe vivir plenamente con la tragedia y desafiar sus abismos, para no hundirse jamás en las pesadillas que tenemos ante nuestros ojos.

Un sueño mediterráneo por fin compartido que sabe inventar el futuro, rechazando el regreso a los imperios o la revancha de estos —que tratan de imponerle una gramática reductora de sus fuerzas—, y que no renuncia, así, al gusto por la libertad.

Un sueño mediterráneo que inspira y traza nuevos horizontes, logrando de este modo definir todo un mundo en común frente a los grandes retos ecológicos de nuestra época. El mundo se calienta y el Mediterráneo, aún más. Las oleadas de incendios que cada verano devastan nuestros territorios nos recuerdan sin cesar que el Mediterráneo es un mundo frágil, y que ya es hora de aprender a proteger el bien común que tenemos entre manos.

Un sueño mediterráneo que no tiene nada de retrógrado o nostálgico, pero que sabe defender sus formas, ritmos y estilos de vida, lo mediterráneo, y se nutre en buena medida de la savia de las artes y la creación. El Mediterráneo creador no es un mito o una ilusión engañosa.[20] 

Los escenarios artísticos contemporáneos del mundo mediterráneo están muy vivos y son muy fértiles, y en la actualidad se imponen en el ámbito internacional como un testimonio de la otra cara del desastre. ¿Por qué no construimos a partir de ese fondo común, que es una verdadera salva de futuro?

Llevamos un sueño mediterráneo en nosotros, entre nosotros, que persiste con el paso del tiempo y abre, ante la guerra, el horizonte de otros mundos posibles.

Ahí está, sin duda, la fuerza que deja su estela, la fuerza que estamos buscando.

Thierry Fabre es el fundador de los Rencontres Averroès que se celebran en Marsella; ensayista, crítico y comisario de exposiciones. Es autor de Traversées y Éloge de la pensée de midi, publicados por Actes Sud; de la serie de volúmenes Les représentations de la Méditerranée y de numerosos textos, artículos y catálogos dedicados al mundo mediterráneo. Hace poco ha publicado Faut-il brûler Averroès? Ce qui nous arrive en Éditions Riveneuve (2025).


[1] Véase, sobre todo, Dionigi Albera (dir.), Religions traversées, Actes Sud/MMSH, 2009, y más recientemente, Lampedusa, une histoire méditerranéenne, Seuil, 2023.

[2] Roland Barthes, Mitologías, traducción de Hector Schmucler, Siglo xxi Editores, 1980.

[3] «La noción de identidad narrativa sigue demostrando su fecundidad al aplicarse tanto a la comunidad como al individuo. Así, podemos hablar de la ipseidad de una comunidad o de la de un sujeto individual, tal y como venimos haciendo: individuo y comunidad se constituyen en su identidad al recibir esos relatos que se convierten, tanto en el primero como en la segunda, en su historia efectiva», en Paul Ricœur, Textes choisis, edición de Michaël Foessel y Fabien Lamouche, Points Seuil, 2007, p. 232.

[4] Predrag Matvejevic, Breviario mediterráneo, traducción de Milijov Telecan, Anagrama, 1991.

[5] Albert Camus, «El exilio de Helena», en El verano, traducción de Rafael Chirbes, Alianza Editorial, 1996.

[6] Goliarda Sapienza, L’arte della gioia, Stampa, 1998 [trad. esp.: El arte de la alegría, traducción de José Ramón Monreal, Lumen, 2022].

[7] Federico García Lorca, Juego y teoría del duende, Athenaica Ediciones, 2018.

[8] Alaa al Aswany, El edificio Yacobián, traducción de Álvaro Abella, Maeva, 2007.

[9] Stratís Tsircas, Ακυβέρνητες Πολιτείες, 1965 [trad. esp.: Ciudades a la deriva, traducción de Vicente Fernández González, Leandro García Ramírez, María López Villalba y Ioanna Nicolaidou, Cátedra, 2011].

[10] Mathias Enard, Zona, traducción de Robert Juan-Cantavella, Penguin Random House Mondadori, 2016.

[11] Dominique Eddé, Kamal Jann, Albin Michel, 2012.

[12] Victor Hugo, El promontorio del sueño, traducción de Victoria Cirlot, Siruela, 2007.

[13] Émile Temime, Un rêve méditerranéen, Actes Sud, 2002.

[14] Véase Eduardo González Calleja, «La Méditerranée espagnole», en Les représentations de la Méditerranée, Maisonneuve et Larose, 2000.

[15] Juan Goytisolo, Aproximaciones a Gaudí en Capadocia, Penguin Random House Mondadori, 1990.

[16] Véase Thierry Fabre, «La Méditerranée française», en Les représentations de la Méditerranée, Maisonneuve et Larose, 2000.

[17] Wolf Lepenies, ¿Qué es un intelectual europeo?: los intelectuales y la política del espíritu en la historia europea, traducción de Sergio Pawlowsky Glahn, Galaxia Gutemberg, 2008.

[18] Régis Debray, Un mythe contemporain: le dialogue des civilisations, CNRS Éditions, 2007.

[19] Jean Giono, «La Méditerranée», en Provence, Gallimard, 1993, p. 252.

[20] Thierry Fabre (dir.), La Méditerranée créatrice, Éditions de l’Aube, 1994.