¿Civilización o frontera? El mito de una Europa judeocristiana cuestionado

¿Podemos realmente hablar del mito judeocristiano como uno de los pilares fundacionales de la Europa actual? El pasado 11 de febrero, el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB) acogió una conversación entre la periodista e historiadora francotunecina Sophie Bessis y Manuel Forcano, poeta, traductor y doctor en Filología Semítica por la Universidad de Barcelona. Ambos reflexionaron en torno a lo que hay de cierto —y de impostado— en la definición de Europa como una «civilización judeocristiana», y respondieron a esa y otras preguntas que nos interpelan, invitándonos a deconstruir los mitos que han edificado nuestra identidad social y política.


Bessis acaba de publicar en castellano el ensayo La civilización judeocristiana. Historia de una impostura (Gatopardo, 2026), un texto breve, pero provocador, a través del cual la autora se erige, una vez más, en voz disidente, incómoda y, sobre, todo, muy necesaria dentro del panorama intelectual euromediterráneo. Crítica con el colonialismo, el poscolonialismo y los esencialismos identitarios, Bessis cuestiona los consensos ideológicos dominantes y defiende un feminismo universalista como herramienta de emancipación. Sobre el feminismo, precisamente, dejó su impronta en las páginas del primer monográfico de la nueva QM, que propone una reflexión sobre el mito del Mediterráneo. Su revelador artículo, que lleva por título «Las mujeres, una presencia constante en torno al Mediterráneo», desafía las narrativas históricas centradas en los hombres y rastrea la presencia, persistente pero oculta, de las mujeres en la historia.

En este encuentro en el CCCB, Bessis arguyó que la idea de una Europa judeocristiana es un constructo ideológico «reciente, falso, peligroso», históricamente cuestionable y con consecuencias políticas. Por tradición, el relato sobre la civilización europea se ha explicado desde una base grecolatina, pero en las últimas décadas se ha ido imponiendo la tesis de que las raíces de Europa son fundamentalmente judeocristianas. Este cambio de paradigma no es casual, sino que responde a unas determinadas intenciones políticas e ideológicas.

Sophie Bessis conversando con Manuel Forcano en el CCCB de Barcelona.

Desde una perspectiva histórica, el concepto de «civilización judeocristiana» no aparece hasta el siglo xx. Esta fórmula invisibiliza, pues, varios siglos de antisemitismo europeo, así como el hecho de que, durante la Edad Media y la Edad Moderna, Europa se construyó, de forma explícita, en oposición al judaísmo. En ese imaginario, el «judío» se situaba como una alteridad procedente de Oriente, con el fin de excluirlo de la vida política y social. Según Bessis, la incorporación del judaísmo a la identidad europea tiene lugar después del Holocausto, cuando la conciencia del genocidio nazi genera un sentimiento de culpa y una voluntad de reparación de la deuda que culmina, en parte, con la creación del Estado de Israel. Hoy en día, como veremos, la personificación de la alteridad ha cambiado de manos.

La noción de Europa como civilización judeocristiana distorsiona, según Bessis, las relaciones históricas entre las tres religiones monoteístas. Por una parte, el binomio «judeocristiano» occidentaliza el judaísmo, cuando en realidad las tres religiones tienen su origen en Oriente; además, tiende a obviar la relevancia histórica de las comunidades judías en el norte de África y Oriente Próximo. Por otra parte, el binomio excluye al islam de la configuración de la civilización europea, pese a su contribución al desarrollo del continente. El caso de la península ibérica es, en este sentido, un ejemplo muy claro de esa exclusión, pues la presencia islámica y la judía convivieron durante siglos con el cristianismo y dejaron una huella decisiva en la sociedad.

Para Bessis, la fórmula «judeocristiano» no es inocente, sino una postura política con consecuencias muy importantes. Según ella, el término se originó para justificar el imperialismo europeo hacia el mundo árabe, partiendo de la idea de que no se puede conquistar al que es un igual. Se empleaba para legitimar la oposición civilización-barbarie, y a día de hoy siguen apareciendo discursos que presentan al islam como una alteridad incompatible e inferior a la judeocristiana. El otro, en la actualidad, es el musulmán.

Tal y como argumenta la autora, diversos actores se benefician de esta concepción para reforzar su relato político, sobre todo en relación con la población palestina. El movimiento sionista, de carácter marcadamente occidental, y el Gobierno de extrema derecha de Netanyahu se han apropiado del término, que Estados Unidos también ha defendido con empeño, tanto en el ámbito demócrata como en el republicano. Esta instrumentalización contribuye a reforzar una identidad occidental a partir de la exclusión, oponiendo un bloque «judeocristiano» al islam, lo cual estigmatiza y alimenta el racismo hacia la población arabomusulmana. Eso explica, pero no justifica, por qué Palestina sigue siendo una presa del colonialismo en pleno siglo xxi ante el silencio de la comunidad internacional.

El debate que propone el libro se sitúa de lleno en la actualidad, en un contexto internacional marcado por el auge de las extremas derechas, un mundo del que Europa ya no es el centro y donde el repliegue identitario se presenta como una forma de preservación cultural que refuerza la polarización social. El problema central del término no se halla tanto en la expresión «judeocristiana» como en la misma idea de civilización, entendida como una entidad homogénea y cerrada. Bessis nos recuerda que todas las civilizaciones han surgido como fruto de numerosos intercambios culturales, así como robos y préstamos, y que ninguna sociedad se ha construido en un circuito aislado; muy al contrario, «todas las civilizaciones que se aíslan se descivilizan».

En un mundo globalizado como el actual, donde todos estamos mucho más interconectados, también existen fuerzas contrarias que apuntan hacia los extremismos, los muros y las fronteras. ¿Hay que seguir hablando de universalismo? Eso es otro mito. En este sentido, Bessis hizo hincapié en el hecho de que «Occidente no ha dejado de hablar en nombre del universalismo, pero muy a menudo lo ha confundido con su propia historia». Cabe añadir que ese universalismo surgió, desde el principio, a imagen y semejanza del hombre blanco, y que las tres cuartas partes de la población mundial quedaban, por tanto, excluidas del concepto: «las mujeres, los esclavos y los colonizados».

Los mitos configuran nuestras identidades y crecen a partir de raíces muy profundas, pero eso no quiere decir que no podamos revisarlos, otorgarles nuevos significados y, a veces, incluso deconstruirlos. Así pues, con el debate sobre la civilización judeocristiana, Bessis ha abierto otra visión de una idea de Europa que creíamos inamovible y fuera de todo cuestionamiento. La autora nos ha revelado que también los mitos son intencionales y pueden ser instrumentalizados por diversos intereses. Voces críticas e incómodas como la suya son cruciales para romper las narrativas dominantes y redefinir las relaciones entre las sociedades; es lo que sucede en el Mediterráneo, un espacio históricamente conectado, pero también fronterizo.