Entrevista con AMAL RAMSIS, directora de cine y guionista egipcia

David Rodríguez Seoane

Periodista y miembro del equipo editorial de QM

Entre El Cairo y Málaga, la cineasta Amal Ramsis habla de cine, política y resistencia cultural. Fundadora de la BWFC, reivindica un cine libre, colectivo y alejado de las lógicas de poder que dominan la industria audiovisual.


“Podría hacer una película sobre alguien privelegiado, pero no sé como siente. Pertenezco al otro lado”

Amal Ramsis. Autora: Rania Zahra

Introducción

Amal Ramsis (El Cairo, 1972) nos recibe desde su casa en un pequeño pueblo de Málaga, a la que se mudó después de la pandemia. Hablamos por videollamada. Mientras se conecta, revisa con atención algunos correos. Son los últimos flecos administrativos que anuncian el nuevo proyecto cinematográfico que tiene entre manos y del que, por ahora, solo nos deja entrever su intensidad. ¿De qué se trata? Sabremos un poco más a lo largo de la conversación.

Nos atiende con sonrisa abierta y mirada atenta, dividida entre la pantalla y ese flujo constante de mensajes que no deja de llegar. Es un gesto que la define. El de alguien acostumbrado a observar, a registrar, a no perder detalle de lo que sucede a su alrededor.

Hoy, a medio camino entre España y su Egipto natal, Ramsis ha construido una trayectoria que cruza geografías y lenguajes. Se formó en Derecho en la Universidad Ain Shams de El Cairo y en cine en la escuela Séptima Ars de Madrid. En 2008 fundó el Cairo International Women’s Film Festival y puso en marcha la Between Women Filmmakers’ Caravan, una iniciativa que, a lo largo de casi dos décadas, se ha consolidado como un espacio clave para la circulación, el encuentro y la formación de mujeres cineastas entre el mundo árabe, Europa y América Latina.

Su filmografía, en la que se incluyen títulos como Only Dreams (2005), Forbidden (2011), The Trace of the Butterfly (2015) y You Come From Far Away (2018), ha sido reconocida en festivales internacionales y da cuenta de una manera de trabajar con la cámara arraigada en el compromiso y enraizada profundamente en el territorio y en la experiencia vivida.

En esta amable conversación con Amal Ramsis reflexionamos, entre otras cosas, sobre el Mediterráneo como espacio de tensiones y relatos, sobre el papel del cine en la construcción de imaginarios, sobre la necesidad urgente de seguir generando redes y espacios para las mujeres creadoras y las voces alternativas. Sus respuestas, claras y huidizas de lo políticamente correcto, muestran su compromiso político e inequívoco con el cine social y se articulan desde esa libertad genuina que ya casi solamente se puede encontrar en los márgenes de la industria. 

Entrevista

1. El número actual de QM gira alrededor del mito del Mediterráneo. ¿Qué significa hoy el Mediterráneo para usted? ¿Cual sería ese mito?

En el Mediterráneo se hace evidente que hay un sur y un norte. Un espacio que se define como intercultural no debería mostrar una diferencia tan grande entre países privilegiados y otros que necesitan apoyo, y sin embargo esa desigualdad está muy presente porque predominan las relaciones jerarquizadas. Hablamos mucho de interculturalidad, de lo que nos une, de que el Mediterráneo es un “lago pequeño”, pero en la práctica las diferencias se reflejan en muchos niveles, especialmente en el económico. Aunque suene duro, creo que lo que realmente nos une es una cantidad de agua. El Mediterráneo es un espacio geográfico en el que coexistimos, pero no podemos decir que haya una cultura compartida ni una relación de igualdad entre las dos orillas. Compartimos un mar, pero cada país lo entiende de una manera diferente.

Compartimos un mar,
pero cada país lo entiende de una manera diferente

2. ¿Hasta qué punto cree que el cine contribuye a construir o a cuestionar ese Mediterráneo jerarquizado y desigual que usted define como frontera?

En la industria del cine en el Mediterráneo, la relación suele ser bastante clara: la ayuda viene casi siempre de los países del norte. Esa es la lógica dominante. Si realmente quisiéramos construir un Mediterráneo multicultural, lo coherente sería, por ejemplo, que muchas películas se subtitulasen en árabe. Sin embargo, las películas europeas se subtitulan generalmente al inglés, pero no al árabe. Nosotros, de alguna manera, quedamos relegados a una posición de consumidores de cultura. En el norte se produce y en el sur la recibimos y consumimos. No es una relación equitativa. Además, en el ámbito del cine, muchas veces tenemos que pasar por el norte del Mediterráneo para incluso poder conocernos entre nosotros. Parece que tenemos que llegar primero al mercado europeo para que nuestra industria sea reconocida. Precisamente por eso surgió la Caravan, como un intento de deconstruir esta estructura tan desigual.

3. Háblenos de la Between Women Filmmakers’s Caravan, un proyecto que nace en 2008 y que ya está cercano a cumplir las dos décadas de existencia ¿Cómo ha evolucionado el proyecto? ¿Satisfechacon el camino recorrido?

Nunca pensamos que llegaríamos a los 20 años. Es un proyecto que no tiene ningún apoyo estatal en Egipto. Ninguno. La subvención más importante que tenemos proviene de la Diputación Foral de Bizkaia, pero son ayudas anuales, así que nunca sabemos si el proyecto podrá continuar al año siguiente. Y, aun así, aquí estamos. Sin alfombra roja, sin grandes apoyos, sostenidas en gran parte por el trabajo voluntario de todo el equipo… y han pasado casi 20 años. Eso, sin duda, nos hace sentir muy orgullosas. Además, en los últimos años la Caravan ha evolucionado hacia algo más colectivo. Se ha convertido en un proyecto compartido entre un grupo de mujeres egipcias y libanesas que trabajamos de forma conjunta, no solo en la Caravan, sino también en la promoción de nuestras propias películas. Así nació el colectivo Ma’an (“juntas”, en árabe). Lo formamos a partir de las participantes de los talleres de documental que organizamos en 2019, y ahora estamos desarrollando cuatro documentales de manera colectiva. Somos 21 mujeres trabajando juntas. Seguimos explorando otras formas de producción, alejadas del modelo tradicional, que depende de la figura de un productor que “llega del cielo” (o nunca llega) y del que parece depender todo. Nosotras queríamos romper con esa lógica y construir un modelo propio, más autónomo. Es también una manera de tener una voz más libre, más rebelde y que no responder a las representaciones estereotipadas sobre las mujeres árabes.

Hemos creado un colectivo de mujeres que trabajan
entre ellas sin competencia, de forma solidaria,
rompiendo con la lógica competitiva que domina el mercado.

4. Además de ese viraje tan importante hacia lo colectivo, el propio concepto de “caravana” sugiere una idea de movimiento, de red y de comunidad. ¿Sigue significando lo mismo para usted hoy en día?

La caravana sigue teniendo mucho que ver con crear vínculos entre mujeres para encontrarnos, dialogar y descubrir cuáles son nuestros intereses comunes. Nos permite ver el mundo desde nuestros ojos. Al principio, pensábamos la caravana sobre todo como ciclos itinerantes, un proyecto en movimiento, que viajaba, que permitía generar redes, compartir experiencias. Pero en esos primeros años nunca imaginamos que acabaríamos desarrollando también una forma alternativa de producción colectiva. Con el tiempo, y casi sin darnos cuenta, ese modelo fue emergiendo, sobre todo en Egipto y en otros países árabes. La dinámica de la Caravan facilitó que más mujeres quisieran sumarse al proyecto. Nuestros talleres están basados en el trabajo solidario entre ellas, y lo interesante es que después, cuando terminan, muchas continúan trabajando juntas. Ese es, para mí, el significado más importante que tiene. Que hayamos contribuido a crear un colectivo de mujeres que pueden trabajar entre ellas sin competencia, de forma solidaria, rompiendo con la lógica competitiva que domina el mercado.

5. ¿Cómo es ser mujer y dedicarse al cine en el mundo árabe? ¿Cree que se reconoce realmente el trabajo de las mujeres cineastas?


A veces nos han preguntado: “¿Pero es que hay realizadoras árabes?”. Y la respuesta es muy clara: sí, somos muchas. De hecho, muchas de las películas árabes que llegan a los grandes festivales están dirigidas por mujeres. En países como Líbano, por ejemplo, estamos viendo en los últimos años un auténtico boom de realizadoras, especialmente en el ámbito del documental. Lo mismo ocurre en Túnez. En la última Berlinale, la mayoría de las películas árabes seleccionadas estaban dirigidas por mujeres, e incluso el premio al mejor cortometraje fue para una directora libanesa (Yawman Ma Walad, por Someday a Child).

Esto demuestra que existe un espíritu, una energía creativa muy fuerte. El problema es que muchas veces no se conoce nuestro trabajo, porque las mujeres árabes siguen siendo representadas desde fuera como víctimas, como figuras pasivas, asociadas a ciertos estereotipos. Por eso es tan importante visibilizar a las cineastas que tienen una voz propia y que son reconocidas en sus propios países. Un caso muy claro es el de Kaouther Ben Hania (directora de La voz de Hind Rajab). Nunca habría llegado a los Oscar si en Túnez no fuera ya considerada una de las cineastas más importantes. Nuestro trabajo consiste precisamente en eso, en dar a conocer a las mujeres que han contribuido a construir la industria cinematográfica en nuestros contextos. Porque han estado ahí desde el principio. En Egipto, por ejemplo, la primera productora de la industria fue una mujer (Aziza Amir, 1901-1952).

6. ¿Y para usted, cómo ha sido? ¿Cómo ha sido su experiencia personal y el desarrollo de su proceso creativo como directora?   

Mi experiencia ha sido un poco distinta, porque normalmente trabajo al margen de la industria. Intento no entrar en las dinámicas de producción demasiado institucionales. En el ámbito del documental, al menos, eso es posible. De hecho, los documentales que he hecho hasta ahora no han tenido productor. He intentado siempre trabajar de una manera libre, tanto en relación con la censura como con mi propio pensamiento. Para mí, el cine es un espacio seguro, casi como escribir en mi propia casa. Por eso procuro hacer proyectos que no requieran grandes presupuestos, trabajar de una forma artesanal. Es una manera de mantener mi libertad y de no depender de las reglas del mercado o de las lógicas de la industria.

7. Sus películas suelen atravesar temáticas sociales y darle voz a los héroes cotidianos. ¿Se considera una cineasta activista?

No sé si me definiría exactamente como una cineasta activista. Yo no decido las historias que tengo que contar de una manera estratégica. Más bien surgen de mi pertenencia a una realidad, a una gente, a un contexto. Sí me considero una persona comprometida con su sociedad. Hace muchos años fui muy activa políticamente. Hoy no lo expresaría de la misma manera, pero sigo sintiendo que tengo un papel, especialmente en relación con otras generaciones más jóvenes. Las ideas que trabajo no nacen de una elección consciente sino de esa cercanía, de esa pertenencia. Podría hacer una película sobre alguien privilegiado, pero no sé cómo siente, no es mi lugar. Yo pertenezco a otro lado. En ese sentido, tanto mi cine como el trabajo que hacemos con la Caravan, apoyando a otras mujeres cineastas, tienen una dimensión política. No necesariamente desde el discurso explícito, pero sí desde la práctica y desde el compromiso.

8. ¿Qué proyectos tiene ahora entre manos? ¿Qué es lo próximo que veremos de Amal Ramsis?

Ahora mismo estoy haciendo un nuevo documental y, al mismo tiempo, estoy trabajando en mi primera película de ficción. Es un proceso distinto, porque en la ficción las reglas del juego son otras. Después de muchos años, he asumido que una película no va a cambiar el mundo. Lo importante para mí es respetarme a mí misma. No estoy dispuesta a aceptarlo todo por hacer una película. Ahora puedo permitirme poner límites porque tengo más experiencia y conozco bien las líneas rojas que no quiero cruzar.

Después de muchos años,
he asumido que una película no va a cambiar el mundo.
Lo importante para mí es respetarme a mí misma.

Para las generaciones más jóvenes es más difícil, porque el mercado puede absorberte muy rápido. Si no eres muy consciente, la idea de la fama o de estar en grandes festivales puede hacerte perder el rumbo. En mi caso, ahora puedo plantearme este paso hacia la ficción también porque no lo hago sola. Me siento acompañada por el grupo de mujeres que hemos conformado; una de las productoras y la directora de fotografía forman parte del colectivo. Todas compartimos una manera de entender el cine que nos permite construir el proyecto desde nuestros propios principios.

9. ¿Por qué ha considerado necesario utilizar la ficción para contar su próxima historia?

Creo que las películas, cuando nacen como ideas, ya traen consigo su propio lenguaje. No es que yo decida primero si voy a hacer una ficción o un documental. La propia historia es la que lo pide. Las imágenes que imagino, la forma en que se construyen los personajes… todo eso ya contiene su forma. En este caso, la película surgió como ficción desde el inicio. Ahora el proyecto ya está en buenas manos, en fase de búsqueda de financiación, y mientras tanto sigo trabajando en paralelo en el documental.

10. Aunque quizás todavía no pueda avanzarnos demasiado, ¿Qué podría adelantarnos de estos dos proyectos? ¿Qué temas tratarán?

La ficción gira en torno a la idea de no caer en las trampas. Como mujeres, como seres humanos, estamos constantemente rodeadas de trampas, muchas veces invisibles, que incluso están socialmente aceptadas, pero que van en contra de lo que realmente pensamos o sentimos. Cuenta la historia de un grupo de mujeres que deciden volar palomas en El Cairo. En Egipto, la gestión de los palomares es tradicionalmente un juego de hombres. Nunca ha habido mujeres que lo hicieran. La película explora cómo estas mujeres intentan romper esa barrera, entrar en ese espacio masculino. Pero al mismo tiempo se da una contradicción. Hacen que las palomas vuelen, pero quieren que regresen a su nido… y, de alguna manera, eso también es una trampa.

En cuanto al documental, también tiene que ver con El Cairo. Se centra en los jóvenes que recorren la ciudad en bicicleta, con una gran cesta de pan sobre su cabeza, circulando a contracorriente del tráfico para distribuirlo. Es la historia de uno de estos vendedores, de un día en su vida, avanzando literalmente contra la corriente. No puedo contar mucho más por ahora.