
Mi relación con el Mediterráneo fue, al principio, carnal, inconsciente y no teorizada; además, no alcancé a comprenderla hasta que abandoné ese mar y los países y pueblos que lo rodean. Una vez que me fui lejos, a descubrir otros horizontes y formas de vivir, pude entenderlo: el Mediterráneo es, por encima de todo, una manera de estar en el mundo. Los mediterráneos, vengan de donde vengan, se reconocen por instinto a partir de semejanzas culturales y comportamientos, o mejor dicho, temperamentos comunes. ¿Será el sol que nos modela a su imagen lo que nos vuelve ya luminosos y envolventes, ya destructores, empezando por nosotros mismos? ¿Serán los naranjos, los melocotones y la dulzura de su jugo en la boca lo que nos impregna la mirada de un tierno dolor y enseña a nuestras manos a compartir? ¿Serán la escasez y el hambre, a veces, la asperidad de nuestros países e instituciones, el desastre burocrático lo que nos enseña la solidaridad, el no esperar nada de los organismos oficiales, la necesidad de arreglárnoslas por nuestra cuenta, hacia y contra todo, contra todos?
Pero ya me he enredado en la mistificación de lo que sería el alma mediterránea. ¿Acaso esta existe? ¿No es una construcción nostálgica de los que se marchan con respecto a los que se quedan y a los paisajes de antaño? ¿O al revés, un imaginario de los que se quedan, refractarios inconscientes de todo cambio suscitado por los que se han ido, cuyo vínculo con el mundo se ha modificado de forma inevitable? El Mediterráneo es, ante todo, un movimiento. Marcharse. Volver. Partir de nuevo. La obligación de dejar la tierra o el anhelo de otros lugares, de un futuro mejor, huida o voluntad, siempre son, en nuestras vidas mediterráneas, cualesquiera que sean nuestro país, nuestra lengua, nuestra religión o nuestra época, historias de una partida y una llegada que puede concernir a una vida, a varias generaciones, a una nación entera. El Mediterráneo es complejo por todas esas mezclas y libre por sus miradas siempre dirigidas al horizonte. Este mar de proporciones humanas, ya tumba, ya leyenda, tal vez sigue siendo, en un mundo en el que las identidades son cada vez más fijas y cada uno se repliega en su comunidad, una esperanza al tiempo que un cementerio, puesto que plantea la pregunta: ¿qué es la humanidad?
Pero ya me he enredado en la mistificación de lo que sería el alma mediterránea. ¿Acaso esta existe?
Lejos de las teorías y las cifras, las filosofías o las estrategias frías y abstractas, este mar nos insta a salvar al Otro o dejarlo que se hunda; así como a definir, en este sentido, quién es ese Otro. ¿Un rostro, una mirada distinta? Sin embargo, ¿cómo vamos a estar seguros de nuestras diferencias en estas tierras mediterráneas donde incluso los rostros se confunden, con los mismos rizos negros, la misma piel y el mismo color de ojos? Mecidos por las historias de conquistas e invasiones, vestigios presentes en las venas y las piedras, henchidos de cuentos de nuestra infancia que recuerdan tanto a Oriente como Occidente, tanto al norte como al sur… sí, ¿cómo vamos a estar seguros de que el extranjero —ese que tan fácilmente se tilda de enemigo— no es de mi familia, no es mi ancestro o mi hijo?
Mediterráneo bastardo, libre de todo enclave, indiferente a las fronteras que los hombres siempre han querido trazar, basta remontarse un poco en el tiempo para darse cuenta de que un marroquí, un español o un italiano de hoy fueron ayer romano, griego, andaluz, árabe, judío o normando; y el enemigo de mirada ausente fue ayer mi hermano y mañana será mi amante.
Mediterráneo bastardo, qué suerte tienes, y nosotros, de esa mezcla, aunque aún debemos tomar conciencia de tal cosa. Quizá ahí resida la dificultad del siglo que tenemos por delante, así como la responsabilidad de los artistas de nuestro tiempo. Nuestra época nos prohíbe fingir que no vemos, puesto que ya estamos sufriendo el repunte de los nacionalismos exacerbados, los comunitarismos religiosos extremistas y polarizados, la tendencia al repliegue y el rechazo al extranjero como portador de todos los males.

Se diría que la historia no nos enseña nada.
Chivo expiatorio. Caper emissarius. El chivo enviado a expiar. El sacrificado al que cargamos todos nuestros pecados y apresamos en el desierto o dejamos que se ahogue en el mar, en nuestro hermoso Mediterráneo. Es lo mismo, tanto da. ¡Los mitos tienen la piel dura!
Pero ¿quién es el Otro, ese al que enviamos a una muerte segura? Tal vez esa es la única pregunta digna del mito mediterráneo que debemos construir, o más bien deconstruir.
Pero ¿quién es el Otro, ese al que enviamos a una muerte segura? Tal vez esa es la única pregunta digna del mito mediterráneo que debemos construir, o más bien deconstruir. Puesto que la esencia misma del mar Mediterráneo es el movimiento; puesto que su juventud lo vive o lo sueña a diario; puesto que nuestros padres son, con demasiada frecuencia, gente que se marchó sin nada para ofrecernos un futuro mejor y a veces sueña con regresar para morir cerca del mar o en esa tierra ocre y blanca tan presente siempre que nos atormenta; puesto que mana de nosotros ese jugo de melocotón, naranja sanguina donde el dolor y la sal mediterránea siguen vivos pese a la distancia; puesto que en nuestros rostros, más allá de la religión y la supuesta pertenencia, se funden los mismos rasgos, las mismas risas y las mismas lágrimas, deconstruyamos los muros que nos separan a unos de otros, las creencias que hacen del hermano un enemigo. Tal vez el compromiso del artista mediterráneo resida, sin más, en el mandato de ser libre de toda frontera, todo lastre, toda supuesta comunidad. Yo soy escritora. Soy mediterránea. Soy escritora mediterránea, y el horizonte que confiero a mi escritura es un horizonte mediterráneo al que nada aprisiona, un horizonte embrujado por el sabor a sal y a mar, a miel, a la risa dulce de mi abuela mientras me enseñaba dos lenguas al parecer enfrentadas.
Mediterráneo bastardo. En esa mezcla de aparentes contrarios reside nuestra suerte. Llevamos con nosotros la memoria de los triunfos efímeros de unos y luego de otros. Llevamos con nosotros esa mezcla, esa complejidad que se nos ofreció al nacer, único mito digno de destacar para rencontrar o descubrir al Otro en nosotros y, así, también la humanidad que llevamos dentro.