Este recorrido visual y narrativo forma parte de un proyecto impulsado por la Fundación Al Fanar y dedicado a visibilizar las nuevas voces del cómic palestino contemporáneo. A través de esta selección de obras, nos asomamos a un universo gráfico donde las viñetas no solo cuentan historias personales, familiares o simbólicas, sino que interpelan directamente al imaginario dominante sobre Palestina y el propio Mediterráneo.

Contra el mito del mare nostrum como cuna de civilizaciones, puente entre culturas y espacio en armonía —una imagen tantas veces repetida como instrumento de poder y borrado—, estos cómics revelan sus fracturas, sus ausencias y las luchas silenciadas de un pueblo que insiste en dibujar su lugar en el mapa. Desde Gaza hasta Chicago, de Jerusalén a los campos de refugiados en Líbano, las y los artistas aquí reunidos transforman el lenguaje gráfico en una forma de resistencia, archivo emocional y afirmación de existencia.
Lejos de la pasividad del recuerdo o la nostalgia de la pérdida, estas historietas son intervenciones vivas, activas, que cuestionan el olvido impuesto y exigen otro Mediterráneo: uno que reconozca la complejidad, la violencia estructural y las memorias desplazadas. La tinta aquí no decora, sino que denuncia, evoca, construye. Una cartografía fragmentaria y rebelde que se opone a la narrativa hegemónica del silencio.
Reescribir el relato desde la viñeta
La imagen de Palestina se ha cincelado en los imaginarios globales a base de bombas, sangre y destrucción. En este discurso dominante que perdura desde hace más de 75 años, las voces palestinas han sido sistemáticamente marginadas. A través del cómic, un arte considerado menor durante años, artistas palestinos y palestinas han logrado quebrar el silencio impuesto, alterando las representaciones coloniales desde sus propios trazos. Edward Said recordaba que negar la voz a alguien es negar su existencia. Estas obras gráficas no son meras memorias pasivas: son intervenciones activas, actos de resistencia frente a la amnesia histórica.
Mitos y contra mitos del Mediterráneo
En la cartografía simbólica del Mediterráneo, Palestina suele quedar desplazada: demasiado oriental para el sur europeo, demasiado fragmentada para los grandes relatos. Sin embargo, los artistas de este recorrido insertan a Palestina en el corazón del imaginario mediterráneo, no como una herida que sangra al margen, sino como parte central de su historia: cuna de culturas, exilios y resistencias. Contra el mito de un Mediterráneo armonioso y sin fricciones, estos cómics devuelven las fisuras, las expulsiones, los retornos y las voces sepultadas bajo el ruido de la violencia mediática.
El cuerpo cotidiano: arquitectura, intimidad, supervivencia
Dania Omari, arquitecta y autora de Me siento afortunada (2024), narra desde Jerusalén su experiencia como mujer joven palestina, entre privilegios heredados y heridas no tan visibles. Sus líneas arquitectónicas trasladan al cómic la organización del espacio como reflejo del conflicto: fronteras internas, desplazamientos simbólicos, intimidad vigilada. Como en los mitos antiguos donde los dioses bajaban al mundo de los mortales, en la obra de Dania el mito de Palestina se encarna en gestos cotidianos.

En El café más sabroso, Sara Shehadeh, también arquitecta de formación, convierte la rutina en acto de reivindicación. Beit Eksa, el pueblo de sus raíces, aparece como centro simbólico de una Palestina que se niega a desaparecer.

La geografía del desarraigo: exilios, fronteras, retornos
Con su novela gráfica Baddawi, Leila Abdelrazaq traza una genealogía del exilio palestino desde el Líbano. A través de la historia de su padre, Ahmad, Leila dibuja no solo la vida en un campo de refugiados, sino el derecho a contarla. Es un texto fundacional del cómic palestino moderno.

Con Dal-l (2023), Hamza AbuAyyash encarna la identidad nómada palestina. El autor, nacido en Líbano, criado entre Túnez y Jordania y formado en Nablus, crea una superheroína palestina del futuro, combinando ciencia ficción y cómic político. Se trata de una apuesta por imaginar otra Palestina posible, sin perder la memoria del desplazamiento.

En No fue un sueño, Shahd Alshamaly, nacida en Emiratos Árabes Unidos pero arraigada en Gaza, expone la herencia traumática de la Nakba. Su estilo directo traduce la dureza de la realidad en narración gráfica desde los cuerpos y rostros que la viven.

La historia como resistencia: archivo, testimonio, memoria
En No me voy a ir. Mi historia de Palestina, Mohammad Sabaaneh convierte cada trazo en un archivo visual de la opresión. En su estilo expresionista y crudo se plasma el dolor colectivo. Su mural en la ONU, Guernica de Gaza, y su reciente libro, 30 segundos en Gaza, (2024) lo posicionan como uno de los cronistas visuales más impactantes de su generación.

Khaled Jarrada, nacido en Gaza, esculpe en Ataque sobre Gaza una crónica emocional desde lo expresivo y lo corporal. La fuerza psicológica de sus imágenes reinterpreta el clásico papel del artista en contextos de guerra.

Con Protestas de Jerusalén, Samir Harb, arquitecto y dibujante, ofrece una lectura espacial del conflicto: las fronteras no solo son muros, sino también recorridos, objetos, plazas. Su cómic es una geografía crítica en viñetas que desmonta las estructuras del poder colonial en el espacio urbano.

Futuros y subjetividades: identidades en transición
En Rose Metal y en su novela Nayra y el Djinn (2025), Iasmin Omar Ata, bajo el pseudónimo Delta, aborda temáticas de identidad, enfermedad, discriminación religiosa y superación personal. Su estética onírica y colorida propone un lenguaje visual sanador que aúna mitología, ciencia ficción y denuncia.

Hassan Manasrah y Shaden Abu Al Haija presentan ¿Qué es Palestina para mí?, una historia familiar que podría ser la de millones de personas. A través de la experiencia del padre de Shaden, la viñeta se convierte en espacio de transmisión intergeneracional, como los mitos que se cuentan de abuelos a nietos.

Dibujar para no desaparecer
Estos cómics no son solo arte; son afirmaciones de existencia. Son la recuperación de un Mediterráneo real, complejo, plagado de exilios, memorias y luchas. A través de sus viñetas, los artistas palestinos reescriben su historia en primera persona, exigen ser vistos, escuchados, leídos. Y lo hacen con una tinta que persiste, que no se borra, que dibuja futuros donde Palestina deja de ser un mito y vuelve a ser tierra, vida, cultura.