Los Balcanes o la insoportable fluidez del extremismo

7 agosto 2022 | In the Media

En las últimas dos décadas, hablar de radicalización, extremismo y terrorismo era sinónimo de hablar de yihadismo. De entrada, resulta ya bastante complicado reconocer que ni la radicalidad implica siempre violencia ni el término terrorismo está libre de controversia. Un ataque perpetrado por un individuo árabe es automáticamente tachado de terrorismo, independientemente de la motivación, mientras que un ataque violento por parte de un europeo blanco, como el atentado de Utoya en Noruega en 2011, genera dudas sobre su carácter terrorista por mucho que haya detrás una motivación política o ideológica clara.

La referencia al islam ha sido una constante en el análisis de la radicalización, mientras que otras formas de extremismo han estado ausentes del radar tanto de la investigación académica como de los servicios de seguridad y, en definitiva, de la formulación de políticas para hacerle frente. Sin embargo, la guerra en Ucrania ha hecho saltar las alarmas, especialmente en los Balcanes, donde la división entre quienes apoyan la posición rusa y quienes se oponen, y que parte de las antiguas alianzas entre grupos de extrema derecha y la noción del ultranacionalismo extremista, pone en peligro la estabilidad de la región. Si, además, añadimos un flujo de armamento ingente que atraviesa Europa hacia Ucrania, las perspectivas son aún más preocupantes.

Los resultados del proyecto de investigación CONNEKT, financiado por la UE, que estudia los factores que conducen a la radicalización de jóvenes en los Balcanes y Oriente Medio y el Norte de África, apuntan a que el papel de la religión no es tan primordial como se ha interpretado hasta ahora. En los Balcanes, si bien es cierto que los grupos de extrema derecha utilizan argumentos en torno a la cristiandad ortodoxa y el supremacismo blanco, las identidades etnonacionales parecen jugar un papel más relevante. De hecho, la guerra de Ucrania ha despertado una preocupación añadida por las dinámicas transnacionales, hasta ahora centradas en la gestión de los combatientes extranjeros que veíamos marchar a Siria e Irak (y eventualmente volver) y en el impacto de la propaganda online de reclutamiento de los yihadistas. En 2014, cuando todos miraban hacia Siria, un buen número de combatientes europeos se unieron al conflicto del Donbass, en ambos lados, con un fuerte componente de ideologías de extrema derecha. En el 2022, una cifra discutida de voluntarios –se habla de unos 20.000– se han unido a la guerra, esta vez, dicen, menos ideologizados, pero igualmente susceptibles de recibir influencias de los combatientes más veteranos. La exposición a la violencia, la experiencia de combate, el acceso a las armas y los vínculos transnacionales que se derivan podrían convertirlos en una amenaza una vez regresen a sus respectivos países de origen por toda Europa.

Ni un solo factor puede explicar la radicalización (sólo la combinación de factores en un contexto determinado puede darnos más pistas sobre cómo se despliegan estos procesos radicalizadores) ni las formas de extremismo son invariables. El extremismo tiende a ser acumulativo. El etnonacionalismo radical, el supremacismo blanco, el anti-LGTBIQ+, el antifeminismo, el antiislam… varias corrientes extremistas se superponen y convergen en grupos que a menudo son incluso opuestos. Las teorías de la conspiración son frecuentes en ámbitos yihadistas, pero también entre la extrema derecha. Las dicotomías imposibles Occidente/islam, blanco/no blanco, hombre/mujer (o cualquier otra identidad de género al respecto), statu quo/antiimperialismo son compartidas por todos. Y tienen un vínculo existencial: cuanto más fuertes son unos, más fuertes se hacen otros.

Así pues, la fluidez, insoportable, del extremismo se refleja en las narrativas que comparten grupos muy distantes. Para un individuo atraído por la pulsión violenta, fluctuar por este continuo extremista ya no es tan raro, y si ya nos habíamos despistado a la hora de fijarnos sólo en un tipo de extremismo mientras crecían en Europa otras nuevas formas que se han acabado destapando, nos encontramos con que esta fluidez hace que el reto sea aún mayor. Afrontarla requiere captar la complejidad, la interacción entre factores políticos, económicos, sociales, culturales, religiosos, identitarios, territoriales, transnacionales o digitales en un contexto de socialización concreto, que nos explicará más sobre el fenómeno que el abordaje desde de un solo factor y con el foco puesto en el individuo. Por eso es más fácil situarse en el mundo de los binarios, de las dicotomías lapidarias, de los blancos y negros. Sólo hace falta entrar en las redes sociales y ver la prueba fehaciente. La complejidad en el siglo XXI no está de moda, pero entenderla es lo único que nos puede ofrecer mayor seguridad.

Lurdes Vidal

Directora del área Mundo Árabe e Islámico del IEMed y coordinadora científica del proyecto CONNEKT (Horizon 2020)


Artículo publicado en la edición impresa del diario ARA el 7 de agosto de 2022.