Lo que pasa en Siria no se queda en Siria

1 mayo 2022 | In the Media
slideshow image Refugiadas sirias en Alemania en febrero de 2016 (REUTERS/Wolfgang Rattay)

El undécimo aniversario de la revolución siria ha pasado desapercibido, con todas las miradas puestas en Ucrania y el drama de sus refugiados huyendo de la agresión rusa. Dentro y fuera de Oriente Medio la comparación ha sido inevitable. De hecho, si bien buena parte de la opinión pública árabe parece decantarse por el bando ruso, en Binnish, en la provincia de Idlib, en el noreste de Siria, donde últimamente se han producido ataques contra civiles, apareció un graffiti en solidaridad con Ucrania sobre los restos de un edificio derribado por las bombas rusas.

A pesar de que la guerra continúa, hay prisa por dar el conflicto sirio por terminado, y de ahí también las victorias diplomáticas de Al Asad. Los Emiratos Árabes Unidos y Jordania ya han reanudado contactos y Al Asad, que hasta ahora solo había salido del país por visitas breves a Rusia e Irán, visitó a los vecinos del Golfo el pasado mes de marzo. La administración Biden ha insistido en que mantendrá las sanciones económicas y que no secunda los esfuerzos de normalización, pero tampoco se esfuerza para disuadir a sus aliados de hacerlo. Las sanciones son el único mecanismo contra el régimen, pero también uno de los más cuestionados, tanto por su impacto sobre la población como por la dudosa capacidad de cortar las vías de financiación del régimen. Y poco sentido tiene si se van haciendo excepciones.

Los regímenes árabes dicen que reintegrar a Al Asad en la Liga Árabe y en la comunidad internacional permitiría contrarrestar la influencia iraní, mejorar la situación humanitaria, promover el regreso de refugiados e incentivar al presidente sirio a aceptar las reformas necesarias para una transición política. Sin embargo, los argumentos no se sostienen ante un ejercicio de pragmatismo más dirigido a obtener réditos de la supervivencia de Al Asad que a modificar su deriva. Se hace difícil creer que, habiendo testado los límites de la impunidad, Al Asad tenga ahora ningún motivo para realizar concesiones.

Sus socios, con Rusia a la cabeza, han tenido con Siria un banco de pruebas para ensayar métodos de guerra, estrategias de combate urbano, asedio y bombardeos aéreos. Para Siria, las consecuencias de la guerra en Ucrania van más allá del aumento de los costes de importación de cereal, del precio de la energía o de los problemas de abastecimiento. El gobierno sirio y sus socios rusos han movilizado a combatientes sirios para luchar en Ucrania. A pesar de carecer de cifras claras, se habla no de tropas comunes, sino de oficiales sirios acostumbrados al combate urbano.

La población siria también huyó de los ataques rusos, pero las condiciones de acogida de los receptores, tanto institucionales como de la sociedad civil, no fueron ni mucho menos tan favorables. Con los sirios se incumplieron los pactos de reparto de refugiados, y los que se negaron más taxativamente, como Hungría, Polonia o la República Checa, son ahora los que encabezan el recibimiento de ucranianos. Incluso la cobertura mediática occidental ha (re)abierto heridas profundas en el mundo árabe y ha hecho decantar la balanza de la opinión pública. Si los sirios eran calificados de “invasión”, de “alud”, de “tsunami” o cualquier término con connotaciones de catástrofe natural, los refugiados ucranianos han sido calificados de “civilizados”, “rubios con ojos azules”, “iguales que nosotros” y “que ven a Netflix como tú y yo” y, por tanto, merecedores de una acogida que se denegó a los refugiados de otros conflictos, a pesar de que el agresor en muchas ocasiones fuera el mismo.

Unos 1.600 km separan a Afrin de Kiiv, pero el hilo conductor ruso ha generado demasiados paralelismos, militares y humanitarios. Desde Europa nos cuesta entender por qué la brecha con el mundo árabe se va haciendo más profunda y no queremos reconocer hasta qué punto la percepción de una doble vara de medir respecto a la vida de las personas alimenta la desavenencia y argumentos de aquellos que se benefician de la fractura, especialmente los más extremistas y violentos. Así que no nos extrañe que este resentimiento vuelva como un bumerán en formas diversas de confrontación, desde el distanciamiento cultural al extremismo violento. Son los boomerangs de la historia que devuelven insistentemente. Y es que ni lo que ocurre en Siria se queda en Siria, ni los agravios que hoy se gestan caen en el olvido. Había que responder a la crisis humanitaria de Ucrania, y seguramente podía haberse hecho mejor, pero también hay que superar las “empatías selectivas” y actuar de una manera coherente y unívoca ante las víctimas de la violencia, sea cual sea su origen, color de piel o confesión. Si no por coherencia, al menos que sea por el interés de evitar que los boomerangs nos acaben golpeando en algún momento.


Lurdes Vidal, directora del área de Mundo Árabe e Islámico al IEMed.
Artículo publicado en el diari ARA online y en su edición impresa el 1 de mayo de 2022.

Col·laboració de Lurdes Vidal al diari ARA sobre Síria