Hambre y conflicto: la tormenta perfecta

11 abril 2022 | In the Media
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“Aix, hurriyya, adala ikhtimaiyya”. Éste era el lema que coreaban los manifestantes en El Cairo a principios del 2011. Aix, en dialecto egipcio denomina el pan y también la vida y fue la primera demanda de las personas que se lanzaron a la calle contra el régimen en todo el mundo árabe. Entre 2007 y 2010 los precios del trigo habían subido debido a los largos períodos de sequía en países productores, el aumento de los precios del petróleo y la especulación financiera. No era la primera vez que la región se veía sacudida por “revueltas del pan”, consecuencia de una excesiva dependencia de las rentas del petróleo en países productores y de no haber invertido en el sector agrícola que podía haberlos hecho más autosuficientes.

Por el contrario, buena parte de estos países son muy dependientes de las importaciones de cereales y, por tanto, vulnerables a las sacudidas en la producción y los precios. Por eso el impacto de la invasión rusa de Ucrania, dos países que hasta ahora proporcionaban un 29% de la producción mundial de trigo, es preocupante. La región de Oriente Medio y el Norte de África compra más del 50% del suministro total de trigo de Ucrania. Por eso el trigo, y por extensión el pan, es un bien subvencionado en muchos de estos países, porque un producto importado, a menudo a precios de mercado muy elevados, no estaría al alcance de todos y dejaría parte de la población en riesgo de sufrir hambre. Éste ha sido otro de los espolones de las tradicionales revueltas del pan, la retirada de las subvenciones públicas a este alimento o a otros bienes esenciales como el combustible.

De hecho, los subsidios son uno de los caballos de batalla de las organizaciones financieras internacionales con los gobiernos árabes: la reforma económica implica el recorte de productos subvencionados. Pero todos los gobernantes árabes saben bien que retirar las subvenciones en el pan es muy arriesgado. Anwar al-Sadat en Egipto lo sufrió en 1977, cuando con su política de infitah, de apertura económica que hacía virar la economía del país del socialismo al capitalismo, intentó aplicar medidas restrictivas a las subvenciones básicas. También Hosni Mubarak tuvo que enfrentarse a revueltas en 2008 a raíz de la crisis de los precios y los fallecidos en las “colas del pan”. Actualmente, con un 70% del trigo egipcio importado de Rusia y Ucrania, la subida de los precios sólo ha podido compensarse con una ayuda de 5.000 millones de dólares de Arabia Saudita que permitirá capear el temporal.

En 2011 la inesperada revuelta en Siria se iniciaba en un mundo rural desesperado después de años de sequía y de una planificación económica que le relegaba a un último plano. Ahora un cuarto de las importaciones de trigo provienen de Rusia y la escasez se suma a las dificultades que ya tenía el régimen para comprar aprovisionamientos por motivos financieros. Si las cosas se complican económicamente para Rusia a causa de las sanciones, el régimen de Al-Assad acabará recibiendo las consecuencias, que indefectiblemente se ensañarán con la población civil. Yemen, después de años de guerra, ve en peligro más de un tercio del trigo que proviene de la región del mar Negro, cuando buena parte de la población depende de una hogaza de pan para obtener más de la mitad de calorías diarias para sobrevivir.

Líbano importa el 52% de trigo de Rusia, pero después de la explosión en el puerto de Beirut de 2020 que destruyó los silos de grano de la ciudad, sólo puede almacenar suministros para un mes. En el empobrecido sur de Irak o en algunas ciudades marroquíes se han producido protestas por el alto coste de vida y el aumento de los precios. En Jordania, el rey Abdulah II ha ordenado congelar los precios del combustible y la electricidad, después de ver protestas en todo el país. La otra variable de esta ecuación son los precios de la energía: los países importadores tienen, además, el reto de seguir subvencionando no sólo el pan, sino también el combustible o la electricidad.

La capacidad de los gobiernos para proteger a la ciudadanía de la subida de los precios determinará hasta qué punto podrán mantener la cohesión social y evitar protestas masivas. El mundo árabe es una de las regiones del mundo que más sufre el impacto del cambio climático y en la que la dependencia alimentaria ha derivado en una cuestión básica de seguridad. La práctica histórica de subvencionar productos básicos para contentar a la población ahora se encuentra en entredicho con la insostenibilidad del incremento de los precios y la escasez de suministro. Se acerca una tormenta y el potencial de revueltas y de divorcio abrupto entre élites y ciudadanía está cada vez más cerca y más real. Los dirigentes europeos harían bien en prever que la tan deseada estabilidad en el mundo árabe cuelga de un hilo. Que no nos coja por sorpresa.

Artículo de Lurdes Vidal (IEMed) en la edición impresa del diari ARA el 10 de abril de 2022.