En el marco del Festival Barcelona Poesía, con el que colaboramos desde el IEMed en su edición más internacional, destacamos la voz del poeta turco Adnan Özer como parte de nuestro compromiso con la diversidad poética del Mediterráneo.

Para esta ocasión, hemos seleccionado una serie de poemas de Adnan Özer —una de las figuras más singulares de la poesía turca contemporánea—, que nos invitan a recorrer un Mediterráneo íntimo y desbordado. Nacido en la Turquía europea en 1957 y formado en Periodismo en la Universidad de Estambul, Özer es poeta, editor y traductor. Su obra, reconocida con varios premios nacionales, se caracteriza por un lirismo profundo y una sensibilidad mística que dialoga con las grandes tradiciones poéticas del Mediterráneo.
A lo largo de este recorrido poético en voz y palabra, el Mediterráneo deja de ser un mito inmóvil para revelarse como un espacio vivo de tránsito, pérdida y transformación. En los poemas de Adnan Özer, el mar, las ciudades, las lluvias y los silencios nos hablan no de una identidad fija, sino de una búsqueda constante: la del cuerpo que recuerda, el exilio que nombra, el deseo que no se resigna. Guiados por la voz de Adnan Özer —en su lengua original, el turco—, esta travesía íntima y desbordada se convierte en vehículo de una honda experiencia emocional y cultural. Así, el mito mediterráneo se desborda y reescribe desde la experiencia íntima, abriéndose como una pregunta que atraviesa tiempo, lengua y memoria.
LAS ENFERMEDADES DEL OTOÑO
Iniciamos este viaje poético con un poema en el que el cuerpo y la estación se confunden, y el Mediterráneo se dibuja como un paisaje atravesado por la fragilidad, la pérdida y la memoria. En esta región, el otoño no solo marca el cambio de estación: también inaugura una transformación interna, donde los recuerdos y las heridas se mezclan con las dolencias del cuerpo y el alma.
I
Se contagian con los labios
las enfermedades epidémicas del otoño;
en mi cama de hierba seca
bebo los venenos del cobre quemado.
II
Pasan sin gritos, sin ecos,
los jinetes tuberculosos del otoño;
no relinchan sus caballos de salvajes crines.
Las hojas cubren sus huellas,
les tragan las flores el polvo.
III
Vienen los vinateros
dejando caer sus ojos;
arrojan sus sombreros al suelo
ya lamentándose, ya alegrándose.
IV
El otoño es un espejo de hojas en tus ojos,
duerme y se despierta,
no se sacia de tu sueño.
V
Una rama rota
entre las flores.
Yo, valiente y amoroso,
burlado por su amor;
yo, obsitando en la blancura.
Acuérdate de esto
que no se encuentra en cualquier poema.
Los jardines no significan nada,
los verdaderos milagros
son las rosas del corazón.
No lo olvides,
como la confesión que el suicida
escribe en su carne.
VI
El otoño es un azar,
las hojas caídas desde años atrás;
el hospital siempre es blanco,
mi cara no tiene color,
mi corazón está en la cal del manzano.
VII
Mi corazón
es una pesada campana;
cada palabra
es un proyectil de cañón;
mi castillo es irreparable
sus almenas son lugares para morir,
lugares para hacer el amor.
Una conquista sangrienta,
asolando sus mercados.
(De El caramillo ardiente, 1981)
Traducido por Ertuğrul Önalp
OCULTANDO AMOR
Desde el vaivén melancólico del otoño, nos desplazamos ahora hacia las aguas del Bósforo, ese estrecho que une y separa a la vez, como una herida abierta entre Oriente y Occidente. En el siguiente poema, el paisaje se vuelve metáfora de los deseos no cumplidos y de la distancia entre lo vivido y lo perdido. El martín pescador, figura fugaz y luminosa, aparece como testigo silencioso de aquello que el tiempo ha borrado.
Cuento durante el invierno
los días de pescado frío en mi red.
¡No retornará aquel verano!
Aquel amor no empezado, imaginario
dura en mi memoria como una vela no encendida.
Estando frente al Bósforo, que con su boca cortada
retuerce las aguas,
les deletreamos el nombre del martín pescador,
el ave de aquellos lugares, cual velero blanco.
El acento del invierno es claro, una voz aislada,
sopla sin tocarnos, sin tomar nada de nosotros,
Directamente desde los lugares nunca visitados.
Vuela con la boca rencorosa del sexo.
Para hacer un escarmiento
Arroja a la lejanía el mapa de altas y bajas mareas,
Nosotros en medio de lo imaginado,
El tiempo que penetra en dos,
Dos puntos sonámbulos.
Ahora, incluso tú, para este poema
Encerrado en sí mismo, una voz solitaria,
En el calendario de los peces fríos de invierno,
Eres sólo una hoja que cae por sí misma.
El martín pescador estará volando ahora
Hacia una palabra nueva en un diccionario desconocido.
(De El mapa del tiempo, 1994)
Traducido po Ertuğrul Önalp
ADIÓS A LOS CAMPOS
Tras el murmullo de las aguas del Bósforo, el viaje poético continúa por rutas más áridas y ancestrales. En el siguiente poema, las caravanas de sal y los caminos de Oriente evocan la memoria nómada del Mediterráneo, donde migrar es también un rito de purificación y olvido. Las lágrimas, como el agua y la sal, marcan el tránsito entre la pérdida y la posibilidad de renovación.
Antaño las lágrimas tenían fuerza;
éramos hombres cargados de ríos, íbamos detrás de las caravanas de sal,
siguiendo las señales que dejaban las lágrimas en nuestras sombras
se disolvían los sueños como se disuelve la sal en el agua.
Avergonzados nos purificábamos por quedarnos un poco más en la ciudad;
consultábamos a la lluvia: cómo regresaremos
a nuestras casas por los caminos de oriente;
¿Cómo haremos antorchas de nuestros huesos, para alejar con el humo
las abejas moradas de la noche cuando salen de sus colmenas?
Aunque la noche está seca: estrellas en el pelo y lluvia otra vez en los ojos,
las antorchas que queman como un trozo dorado del tiempo
(consume la vela, resbala al aceite, su barro encera la tierra),
las agujas dolorosas de la rosa son como heridas en la sangre…
Caminábamos sin meta como trigos en el fuego.
El trigo no podía elegir otra cosa que ser harina;
nosotros nacimos de las mujeres que molían sémola de trigo,
las que bordaban el sol en la piedra aquellas sabias de las migas,
en los pajares que miran a la luna nuestras madres con sus tobillos agrietados,
nuestros viñedos calurosos, nuestras panochas sonrientes,
nuestras cebollas son discípulas religiosas,
aquellos tobillos,¡ah! aquellos tobillos y nuestro abandono de la arcilla con paja…
Tierra roja y paja gruesa, es decir mortero de Ala,
antaño con la fuerza de las lágrimas
daban una intimidad cálida a los frescos interiores,
la lluvia bajaba de las ventanas como un rezo;
el huérfano humano se llenaba con el espiritu de la tierra…
Quiero decir que
antaño tenian fuerza las lágrimas.
(De Poemas despedidas, 1998)
Traducido por Serdar Çelik-Jordi Virallonga
CANCION DE VIAJE
Desde las rutas del desierto llegamos ahora a los Balcanes, donde el mito se encarna en paisajes y figuras marcados por el exilio. En este nuevo poema, la memoria y la nostalgia se entrelazan con la experiencia de un lugar que ya no existe como antes, dibujando una geografía interior hecha de pérdidas, desplazamientos y ecos persistentes.
Transcurren mis días Balcánicos
en la fina peladura de una manzana.
Duele tambien el corazón –dice mi canción en la helada-,
sangrando cada vez que me pongo en el camino.
La nostalgia fue una fruta mordida por la muerte,
también fue la adhesión de la niñez podrida y pegada a la piel.
¡Oh!, ¡aquellos jardines del susurro de la nieve!
¿Podrian evocar a mi abuelo y mi tío,
sobre todo a mi padre?
¡Oh!, Tracia, ¡cómo he podido desprenderme de ti
dejando las chimeneas de barro enjalbegado!
Cómo han podido permanecer en los cristales tus miradas lánguidas,
la vida casera!
Sin descanso, hace desvanecer una vez más cada viaje mi casa.
Echo de menos ahora la casa de quien no tiene casa, con su sombra en el umbral.
¡Ah1, ¿aquellos testarudos y susurrantes robles,
podrían mantener siempre mi raíz, mis lares, sobre todo mi primer amor..?
En plenos Balcanes, los robles compactos;
la tristeza ahora es una tos seca en mi interior.
Fui una pesadilla tuya, quizá fui nieve para la tuberculosis.
Echo de menos ahora el alma de mi alma con su respiro helado;
Estambul, no quiero volver a ti,
no quiero volver a esa sucia lucha de sustento,
me quitaste a mi madre, haciéndola sufrir en puertas de hospital,
tenía una mujer con melena de color cebada,
también me la quitaste.
Se vierte ahora mi silbido al río de las heladas.
¡Ah!, Tracia, país de los viernes de tórtolas y los sábados de palomas torcazas,
mi cadáver, seguro que volverá a ti, como recuerdo de mi emigración…
(De Canciones de viaje, 2016)
(Traducido por Mehmet Necati Kutlu)
LLUVIAS
La lluvia llega como un nuevo signo en este itinerario poético. En el Mediterráneo, más que un fenómeno climático, la lluvia adquiere un valor simbólico: es purificación, retorno, a veces consuelo. En el siguiente poema cae como una metáfora del exilio y la memoria que se niega a desaparecer, persistiendo incluso cuando todo parece diluirse en el olvido.
LLUVIAS/I
La inquietud es la arena abandonada por los ríos
donde pasea el insomnio como perros polvorientos.
Luego vienen las lluvias de tarde, como palabra de Dios,
el rostro de las gotas
sonríe hacia el corazón de la tierra.
Yo también escuché esas lluvias de fábula
cuando florecían ángeles nuevos
debajo de los techos frescos en las tierras de donde emigró mi padre.
Tenía golondrinas maestras y clericales,
llevaban alegría en sus alas veloces
y bendecían patios nuevos antes de la llovizna.
Ahora hay otros techos, otros ruidos
que se reflejan en mi corazón abandonado por los ángeles.
LLUVIAS II
Pienso en la primera lluvia:
su recuerdo aún debe permanecer
en los ladrillos de la casa donde nací.
Cada frescura provoca curiosidad en mí,
ese desaparecer de las tórtolas,
saltando de un país al otro, agitándose
y el sonido de la lluvia
como nubes emigrantes.
Parecen estremecerse las amapolas sin tierra
otra vez de una patria a la otra…
Y otra vez cae el rojo sobre el gran sueño de la vida,
otra vez aparecen esos ladrillos.
Todo lo oscuro es duda para mí;
antes de cada lluvia, llegan las vetustas sombras del bosque,
me asusto y les pregunto
por las canciones olvidadas de mis antepasados:
¿Puede uno llevarse todas las canciones al emigrar?
¿Puede llevarse el sonido de la lluvia?
¿Puede llevarse esos últimos ruidos de la antigua patria
que le habian enloquecido al oírlos por primera vez.
Pienso en las primeras lluvias
y en la vida que empezó con la furia de las gotas.
(De Canciones de viaje, 2016)
(Traducido por Ertuğrul Önalp)
BARCO DE PAPEL
Este último poema cierra el recorrido con una reflexión sobre el viaje físico, emocional y mítico que atraviesa toda la experiencia mediterránea. El poeta nos conduce por ciudades interiores y exteriores donde cada paso es una forma de encuentro con el pasado y una confrontación con lo inalcanzable. En este tránsito final, el Mediterráneo ya no es solo un lugar, sino un trayecto compartido entre la memoria, el deseo y la pérdida.
Viajando, cuántas ciudades encontrarás en ti
los mercados de tu memoria, sacarán a la luz tu sombra.
En los tiempos muertos de aquellos veranos lejanos,
tus desaciertos, te reconocerán en todos lados
y tus ilusiones intentarán de nuevo convencerte
de que no tienes otra opción que seguir sus caminos.
Todo lo que ves es viejo, todo lo que tocas inalcanzable como tu primera añoranza.
Tú que no naciste por nacer,
busca sin cesar, en las ciudades aterrizadas -como una carta llegada de muy lejos-
la razón por la que mueres de amor.
Camina de punta a punta tu soledad
en desérticas ciudades cruzadas por un río,
mira a ver si hay un niño que quiere llegar a alta mar
sorprendido que Dios no pueda hacer un barco de papel para él…
Tú has hecho lo que te tocaba hacer,
Sentiste la tristeza pura en los jardines,
preguntaste la hora de las lágrimas en las plazas,
fuiste antes que los enamorados a los lugares de encuentros.
Ahora sabes que mueren cada segundo,
las ciudades de tu interior cada vez que te llaman a puertos de recuerdo.
Así empezó esta pasión por viajar y así acabará.
Arribará el barco al mar, aunque no existe ni el barco ni el mar…
Esto es como callarse Adnan, quizás entendiste al final,
un día en Şardağı, otro día en la Amazonía
irás encontrando cada vez más huecos dentro de ti…
Tú que no naciste por nacer,
apuntarás lo que ningún viajero anotó:
Dejemos que piense Dios a ver si existe o no…
(De Canciones de viaje, 2016)
Traducido por Serdar Çelik
Lejos de fijar el mito, Adnan Özer lo interroga, lo transforma y lo devuelve al cuerpo y el paisaje. En sus versos, el mar se convierte en herida, la ciudad en exilio, y las palabras, en lugar de erigir identidades sólidas, se desvanecen con la lluvia o se agrietan bajo el sol. ¿Qué permanece del Mediterráneo cuando el mito se despoja de su forma fija y se convierte en una pregunta abierta?