«El sueño mediterráneo es indisociable de la civilización del progreso, de la cual el Mediterráneo parece ser la joya de la corona.»

Recuerdo, cuando era niña, la facilidad con la que viajábamos de una orilla a otra sin visados, sin prohibiciones, casi sin control. Eran los benditos tiempos de la confianza, cuando el terrorismo no existía. El avión se acercaba a la pequeña terraza llena de geranios que daba de pleno a las pistas del aeropuerto de Túnez. Había un poso de euforia en esa libertad infinita de circulación, como si todas las razas en realidad no formaran más que una sola y estuvieran determinadas por una igualdad conseguida de la forma más natural. La humanidad indistinta bailaba en corro sobre las olas.
Era el día siguiente de las independencias. El Mediterráneo era la alegoría de que el colonialismo estaba derrotado, el racismo extirpado, los pueblos dominados libres y las enemistades olvidadas. Llevaba en sí esa aspiración de emancipación, reconocimiento de todas las condiciones; era una metáfora de fraternidad humana más allá de las discordias políticas, encarnaba la idea de que se habían derribado las barreras y diferencias entre los seres humanos, sea cual fuera su color de piel. Era ese mito deslumbrante del fin de la injusticia de los poderosos para con los débiles.
Tras esa culminación histórica se esbozaba el mensaje del progreso, alrededor del cual se había formado un perfecto consenso. El sueño mediterráneo es indisociable de la civilización del progreso, de la cual el Mediterráneo parece ser la joya de la corona. Las dos orillas estaban animadas por el mismo frenesí de desarrollo, intercambios, cooperación y ayuda mutua. Sin embargo, ese momento de amistad entre los pueblos duró muy poco.
«Era el día siguiente de las independencias.
El Mediterráneo era la alegoría de que el colonialismo
estaba derrotado, el racismo extirpado,
los pueblos dominados libres y las enemistades olvidadas.»
¿Qué pasó entonces para que el progreso, retoño del Renacimiento del siglo xv, no se asentara en la orilla sur ni mantuviera el impulso en la misma trayectoria que Europa? No hubo ni un foco brillante que iluminara, desde esta orilla, el camino hacia la modernidad, tal y como era de esperar. La orilla sur no encontró la llave de su renacimiento en el afán por unirse a los beneficios de la cultura moderna. No logró su propósito; se quedó al margen. No supo tomar el relevo de la orilla norte, o acaso esta fue incapaz de transmitirle correctamente sus instrucciones.
Poco a poco, la orilla sur fue acumulando fracasos, midiendo su impotencia, sus carencias, su desarraigo, mientras que la orilla norte prosiguió su camino en todos los ámbitos. Los descolonizados no consiguieron liberar las aspiraciones creadoras de su sociedad. Surgieron graves obstáculos. El progreso abandonó su feliz trayectoria y rompió la promesa de paz, reconciliación y optimismo hacia el futuro. La pompa irisada de civilización que habíamos imaginado se desvaneció. Las bodas mediterráneas se arruinaron enseguida, el festín se acabó y los invitados se fueron cada uno por su lado.
En la cultura mundial, los mediterráneos del sur quedaron como comparsas inciertos, marginales y ambivalentes en su relación con la modernidad. Los secretos del progreso les estaban vedados: perdieron el tren de la civilización. La orilla sur se hundió en regresiones políticas, sociales y culturales imprevistas; enterrada en burocracias de control y opresión de las poblaciones, que propagaron una cultura uniforme, estéril y fija. Las corrientes nacionalistas, al romper con la tutela colonial, sometieron a sus pueblos en lugar de emanciparlos, bajo un poder no menos opresivo que el de las fuerzas colonizadoras. Una serie de corrientes políticas fanáticas, xenófobas, hipernacionalistas y oscurantistas se impusieron en la sociedad, agravadas por poderes autoritarios, burocráticos, militares o policiales. El Mediterráneo sur, pese a las numerosas insignias de soberanía, bandera, Estado o ejército con las que contaba, se encontró prisionera de nuevas servidumbres y de una inferioridad que no había sabido prever.
Sin embargo, pese a la regresión que golpea a estas regiones, hasta el punto de llegar a sufrir unos éxodos incontrolables que no cesan de crecer, y no solo por razones materiales, la esperanza mediterránea sigue influyendo en las dos orillas como una fuerza cultural capaz de superar los conflictos que la hostigan. La idea mediterránea viene animada por un sempiterno deseo de renacimiento, como si la imagen de su antiguo fulgor hiciera caso omiso de las actuales realidades, como si llevara en sí una trascendencia propia.
Aun así, cabe interrogarse con honestidad sobre el alcance de ese idealismo cultural, y examinar la realidad de su pertinencia en el porvenir de la región y su influencia en el mundo, pues aquello que se presentaba como cuna del humanismo hoy en día queda desmentido, una y otra vez, por los hechos. Cabe constatar, incluso, que el aumento de los conflictos en el Mediterráneo, en el primer plano de la escena internacional, lo aleja cada vez más de la perspectiva humanista para acercarlo, a su vez, a lo inhumano.
Hoy en el Mediterráneo se libran enfrentamientos terribles que exacerban los instintos de hegemonía y poder susceptibles de convertirse en armas de destrucción masiva, como bien ilustra la guerra centenaria que se infligen judíos y árabes, ambos pueblos eminentemente mediterráneos, pero glorificados por el afán de ostentar una identidad sagrada que les confiere la posesión de una misma tierra.
¿Quién habría augurado que la célebre sentencia pronunciada por Catón, «Carthago delenda est», que desencadenó las guerras púnicas que destruyeron Cartago, hallaría una terrible réplica en el siglo xxi mediante la devastación de Gaza delenda est? Cuesta imaginar cómo la esperanza mediterránea logrará sobreponerse a toda esa devastación.
Al contemplar el paisaje mediterráneo con su belleza, su flora abigarrada y atravesada de transparencias mientras el sol vibra como un violín irreal, cabe preguntarse cómo es posible que ese espejo del paraíso haya visto nacer, en medio de sus perfecciones, el diluvio infernal que ha irrumpido ante nosotros. El Mediterráneo no ha estado a la altura de su naturaleza milagrosa. ¡Tanta hermosura en la naturaleza y tantas fealdades en el ser humano! El genio creador del Mediterráneo se codea con su demonio destructor. Las orillas bendecidas por los dioses son orillas maldecidas por los hombres. En el Mediterráneo, la más intensa felicidad de existir convive con la desgracia de matar, que alcanza lo intolerable. ¿Acaso los mediterráneos de hoy están condenados a permanecer unidos por la fatalidad de la desgracia, por la experiencia de su fraternidad sangrienta y nada más? ¿O llevan dentro el aliento de su antigua creatividad?
Pese a todo, seguimos hablando, como para conjurar la violencia de los conflictos, de «diálogo entre culturas», una fórmula que regresa una y otra vez como leitmotiv de una retórica facilona; como estereotipo que disimula, en realidad, incontables desgarros. En efecto, la cultura puede producir fantasmas identitarios que no tienen nada que ver con el humanismo letrado que el mundo del arte y la filosofía nos han transmitido. La identidad cultural no siempre es una conversación mesurada entre personas predispuestas de antemano a escucharse, comprenderse y reconocerse, como sucedió en el privilegiado encuentro al que nos invitaron en Barcelona. El humanista no teme mezclarse con «la pluralidad de los mundos», según el hermoso libro de Fontenelle del siglo xviii. El humanismo es la vocación de la alteridad y no el orgullo de sus orígenes.
Ahora bien, el radicalismo cultural identitario, tal y como se desarrolla en el Mediterráneo, no es ese prisma fecundo que se nos ha legado como patrimonio: dicho radicalismo es ajeno a la transmisión humanista clásica que, por lo demás, ignora. Proviene, en cambio, del culto al «origen» propio, una imagen exacerbada del yo que no es más que la expresión inconfesada de una necesidad de poder y dominación.
La idea según la cual la cultura sería por sí sola, en esencia, una facultad virtuosa, una razón innata de paz y progreso, es inexacta. La cultura también contiene pasiones oscuras que revelan disposiciones del todo contrarias. En nombre de la identidad cultural a menudo se perpetúan acciones irresponsables, belicosas e incluso criminales. En nombre de su cultura, y por un delirante narcisismo, una persona puede convertirse en terrorista. La conciencia cultural oculta móviles, casi siempre poco honorables, de hostilidad y dominación.
Así, el tema de una armonía cultural, un diálogo mediterráneo de culturas, es una trampa retórica que esconde lazos de fuerza que ningún diálogo puede desatar sin un examen previo de sus motivos políticos. La esperanza de que la cultura mediterránea constituya por sí sola un medio de trascender la violencia ideológica de los radicalismos es ilusoria, puesto que tales radicalismos se han convertido en frutos de la cultura y ejercen una gran influencia sobre las masas desposeídas.
Así, existe un desfase ente la idea que nos hacemos del Mediterráneo como territorio idílico, alimentado por leyendas, poesía, estética o arquitectura, por un lado, y el escenario histórico plagado de conflictos, Guernicas, guerras fratricidas y tormentas políticas que lo han sacudido a lo largo de los últimos tiempos, por otro. La actual estampa del Mediterráneo se encuentra en las antípodas de los tesoros artísticos y el mundo de la belleza; es más bien un paisaje de desolación, ruinas, hambruna y éxodo dominado por violentas pasiones y en el que los valores del humanismo mediterráneo legados por la Antigüedad se encuentran, al parecer, en vías de extinción.
Esta dicotomía nos provoca una sensación de extravío, una turbación intelectual que nos impide combinar los dos términos de la paradoja: el genio creativo, por una parte, y el demonio de la destrucción, por otra. El Mediterráneo atraviesa hoy el período más sombrío de su historia, que lo aleja día a día de la parábola de reconciliación humana que encarnó en los años sesenta del pasado siglo, justo después de las declaraciones de independencia.

El Mediterráneo concebido por nuestro ideal humano se nos escapa, por muy mediterráneos que seamos; y quizá aún más por ese motivo. Así, tratamos con todas nuestras fuerzas de hacer que nuestro enfoque humanista sea más operativo, más fuerte, más eficaz. Nos gustaría contemplar el Mediterráneo con los ojos del humanismo, pero no lo logramos. El mar responde más bien a nuestro análisis racional, rehúye la necesidad de claridad. Nuestra vida intelectual no basta para comprenderlo. El Mediterráneo, tal y como lo imaginamos o queremos, ya no responde a nuestras expectativas. ¿Puede el humanismo mediterráneo, símbolo para nosotros de la parábola de la reconciliación humana, actuar sobre unas fuerzas hoy en día irreconciliables? ¿Puede el mundo del arte y el pensamiento encontrar su sitio en una actualidad que lo niega? ¿Sigue teniendo una función que desempeñar? ¿No resulta ya anacrónico, obsoleto, anticuado e inoperante? ¿Sigue teniendo un sentido? ¿Queda alguna traza de inspiración mediterránea?
Con una mirada lúcida, despojados de todo idealismo mediterráneo, debemos preguntarnos sin mentirnos si el tema mediterráneo aún es posible, plausible, si no se ha extinguido, si aún conserva algún poder de atracción; en suma, si el mar Mediterráneo sigue encarnando ese pasaje fluido entre dos mundos, ese cruce de culturas, esa comunicación múltiple, esa pluralidad simbólica, esa atracción por la alteridad que lo convirtió en sinónimo de civilización. Se trata, en suma, de saber si el Mediterráneo sigue encarnando la civilización o si ya no es más que un vestigio formal y anticuado que sirve más como consuelo que como promesa de futuro.
Vamos a examinar a continuación un tema clave en el humanismo mediterráneo: el viaje. El viaje asocia el Mediterráneo a un sentimiento de evasión, libertad, descubrimiento y asombro. Sabemos, por los libros y la experiencia, que el humanismo nació a partir de la vocación viajera de sus habitantes, de ese despliegue de horizontes diversos entre el este y el oeste, entre el norte y el sur. La filosofía humanista es inconcebible sin esa invocación al viaje, tema predilecto desde la época de los escritores renacentistas hasta la actualidad. El viaje, en este caso, no constituye un mero ocio ni una distracción turística, sino una aventura intelectual, una pasión exploradora, una búsqueda de lo nuevo, una inquietud de verdad, una lectura de las variaciones de la condición humana en otras latitudes. Así fue como el Mediterráneo se convirtió, bajo la pluma de sus grandes estudiosos, en un caleidoscopio donde se exaltan y aprecian las figuras originales de Oriente y Occidente. Por tanto, la esencia del patrimonio mediterráneo no puede concebirse sin el principio de circulación, apertura y hospitalidad volcada en la civilización del mundo y la poesía de su infinita variedad; pero ¿sigue siendo así?
«El Mediterráneo, mito de odiseas poéticas,
se ha erigido en una frontera imposible de cruzar,
como en ese dibujo del niño libanés que representa el mar como un muro.»
Hoy en día surge una flagrante paradoja entre el asunto de la abolición de las fronteras como principio de movilidad universal, por un lado, y los impedimentos que sufren los habitantes de la orilla sur, para quienes el deseo de viajar, o su mera tentativa, se trata ahora como un delito, por otro. Desde la orilla norte, esas gentes del sur ya no son viajeros, sino inmigrantes. El cambio de término es muy elocuente, pues implica un abandono de la filosofía humanista. En tal caso, habría que admitir que ya solo hay humanistas en una sola orilla, lo cual es imposible, precisamente por el enfoque de la ética humanista. Si el principio mediterráneo otorga a todos el mismo derecho a acceder al mundo, ¿cómo se puede aceptar que unos disfruten de ese derecho del que otros se ven privados?
La condición mediterránea sufre, así, una negación de su verdad íntima, esto es, la aspiración universal del ser humano a circular, desplazarse, ir donde le plazca en función de sus necesidades innatas de descubrimiento, novedad, encuentro y confrontación a lo inédito. Aquí, el Mediterráneo de la inmigración trabaja contra el Mediterráneo del viaje; uno es humano y el otro, inhumano. ¿Cómo puede la orilla norte identificarse con una moral individualista de la libertad y despojar a los de la orilla opuesta del derecho a disfrutar dicha libertad del mismo modo?[1]
El Mediterráneo, mito de odiseas poéticas, se ha erigido en una frontera imposible de cruzar, como en ese dibujo del niño libanés que representa el mar como un muro. El Muro de Berlín cayó, pero el telón de acero se ha desplazado al Mediterráneo. De parábola de la reconciliación humana se ha convertido en muralla de prohibición. El círculo de olas se ha transformado en una danza macabra de muchedumbres humanas angustiadas en embarcaderos que proyectan sobre nuestras pantallas tantas balsas de Medusa como náufragos ofreciendo al mundo el sufrimiento de sus cuerpos torturados. El mar luminoso se ha retirado para dar paso a las oscuras orillas del río de los infiernos.
Podemos añadir que el Mediterráneo, que encarnaba la imagen de lo universal, es el lugar donde fracasa lo universal, donde la condición humana se revela incapaz de disfrutar del derecho humano a recorrer el mundo para todos por igual. Para los seres humanos que se ven privados de ese derecho, el mundo es un lugar prohibido. En el Mediterráneo, tierra de leyendas y mil y una noches, es donde el sufrimiento de una humanidad que tiene prohibido el espectáculo del mundo, una humanidad que nunca más tendrá derecho a disfrutar del mundo, es más injusto e indignante. El mundo contempla este hecho con total indiferencia, lo cual preludia la pérdida de vocación humana del Mediterráneo, el final del humanismo mediterráneo. Una cultura cuyo principio estribaba en la superación del racismo y la búsqueda de la alteridad es ahora presa de miedos y rechazos en los que el género humano aparece como el mayor enemigo que ha tenido jamás.
«El Muro de Berlín cayó, pero el telón de acero
se ha desplazado al Mediterráneo.
De parábola de la reconciliación
humana se ha convertido en muralla de prohibición.»
Pese a la proximidad geográfica y la semejanza de la belleza marítima natural que las une, las dos orillas, norte y sur, se han alejado con el paso de la historia. Ahora, esa semejanza es una ilusión. La geografía viene desmentida por una historia que no deja de oponerlas, separarlas, desgarrarlas y hacerlas cada vez más extrañas entre sí por sus creencias, tradiciones, costumbres y, sobre todo, sus niveles de riqueza y desarrollo.
En un Mediterráneo donde se miran con desprecio una sociedad hecha de abundancia y prosperidad y otra hecha de privaciones e indigencia, las pasiones se vuelven irreconciliables. A modo de ejemplo, cabe citar la reciente desavenencia entre Francia y Argelia, cuya hostilidad ha desembocado en la persecución del escritor Boualem Sansal. La cultura argelina y la cultura francesa han despertado así los viejos demonios de la colonización. Este triste episodio demuestra que la literatura y el arte se han sacrificado frente a una visión sectaria de la cultura que adolece de cóleras primitivas de identidades enemigas, en un combate ideológico cuyos juegos de rivalidad y dominación han tomado como rehén a un humanista pacífico de mirada serena. Se trata de un claro ejemplo de antagonismo mediterráneo que, lejos de construir un entendimiento y una comprensión comunes, pone de manifiesto una conciencia cultural y nacional muy cerrada.
Detrás de la cultura mediterránea como paradigma de paz y reconciliación se proyecta la sombra de la memoria colonial, que creíamos ya superada. La idea de una cultura mediterránea separada de la cuestión política y que ilustraría la parábola de la reconciliación de la humanidad sigue siendo una quimera. La cultura del norte ofrece la imagen de un territorio cuidado y ordenado, un entorno de bienestar y seguridad, mientras que la otra parte está sacudida por calamidades como la pobreza, el desorden, la incuria y un sinfín de frustraciones que atizan el resentimiento y la codicia. Eso suscita reflejos de miedo y rechazo por parte de los más poderosos, así como el despertar de una serie de prejuicios raciales que, supuestamente, el diálogo cultural había vencido.
A lo largo de varias décadas, el sur y el norte han alentado la engañosa ilusión de mantener un discurso de Estado oficial según el cual la cultura opera con una magia igualitaria y un diálogo benéfico. La realidad, sin embargo, señala que el rendimiento científico, industrial, tecnológico y económico del norte ha aplastado al Mediterráneo del sur. La desproporcionada diferencia entre los progresos de ambas orillas ha impedido la armonía cultural entre dos compañeros demasiado desiguales. El tema mediterráneo se convierte en un mal mayor de la mentira política cuando nos incita a creer que la cultura puede suplir con sus propias fuerzas el fracaso del progreso. La cultura se alza entonces como un medio de tapar las vergüenzas de un progreso que, en realidad, no tiene lugar.
Ahora bien, la mayor dificultad del paradigma mediterráneo surge al abordar la cuestión de la democracia. Los sistemas políticos del norte y el sur son tan opuestos —al norte, las sociedades de derecho y las opulentas democracias parlamentarias; al sur, las autocracias indigentes arraigadas en la ausencia de una cultura de la libertad— que el estridente contraste entre ambos es, probablemente, el punto donde la idea mediterránea más se deshace y disgrega. Las dos orillas se miran con una obsesión enfermiza, acentuada por una diplomacia engañosa entre sociedades abiertas y sociedades cerradas, estados de riqueza y estados de pobreza, niveles de ciencia y niveles de ignorancia que revelan el fracaso de la emancipación política real de la orilla sur.
¿Cómo puede organizarse una verdadera cultura de alianza entre estados liberales y estados despóticos? La cuestión de la democracia presenta problemas irresolubles entre el norte y el sur, y reaviva espectros de injerencia y dominación hipócrita. Mientras la orilla sur no consiga responder de forma correcta a las libres aspiraciones de sus habitantes y crear unas condiciones de bienestar que generen vínculos de apego entre estos y sus países, disuadiéndolos de partir en masa al extranjero para huir de la opresión y la miseria, la idea de una verdadera alianza cultural será una quimera. La incapacidad de gobernarse de manera democrática da lugar a una serie de escaladas ideológicas destinadas a enmascarar esa carencia. El desvío autoritario de estas sociedades, que viven imitando la modernidad sin ningún fundamento liberal, se debe, sin duda, a un mal uso de su propia cultura, que no ha sabido convertirse en otra cosa que un patriotismo xenófobo. La coartada cultural es la mejor arma que los estados han encontrado para justificar, mediante el argumento de la identidad, sus abusos de poder y sus ideas reaccionarias. Por otra parte, el norte parece querer aprovecharse de su supremacía y de una posición imperial basada en la democracia con respecto a sus antiguos pueblos sometidos, lo cual se percibe como injerencia diplomática. El ceremonial mediterráneo se exhibe como una celebración artificial, una especie de fingimiento cultural, un simulacro de diálogo lleno de sobrentendidos, elementos tácitos y segundas intenciones. Así, después de la descolonización, el tema mediterráneo siempre ha permitido adornar una entente ficticia e hipócrita entre el norte y el sur cuando, en realidad, ambos mundos nunca han sido verdaderos aliados: la verdadera fraternidad nunca ha tenido lugar.
A ese malentendido político cabe añadir, como para paliar carencias, el repunte de lo religioso, a través de un islam cada vez más visible. La cultura mediterránea se encuentra, en este punto, hostigada por el espectro de nuevas guerras religiosas. La relación se complica aún más entre las culturas que han culminado su transformación secular y aquellas que no la han completado. Este resurgimiento parece, a primera vista, un desafío casi insuperable.
Desde luego, la memoria de la Antigüedad no ha sido lo bastante fuerte ni lo bastante viva como para que el norte y el sur reconocieran un destino común. La memoria antigua es un asunto de arqueología académica, pero no de una conciencia vivida y compartida. ¿Deberíamos ver en la pérdida de la cultura antigua la causa del auge de la religión, el declive de los valores profanos en favor de los religiosos? Cuesta responder a eso. En este punto, el Mediterráneo se enfrenta a un dilema existencial: ¿puede haber hoy una conciliación entre los valores seculares y los religiosos, entre lo profano y lo sagrado?
De hecho, es posible que nos encontremos en un momento de inversión del rumbo histórico, puesto que las libertades democráticas nacieron en Europa tras el declive de la religión y la desaparición del poder eclesiástico, con el retroceso de la influencia de la fe en las conciencias. Ahora bien, la orilla sur ve cómo evolucionan nuevas fuerzas religiosas que reclaman su derecho de reconocimiento como una reivindicación democrática; lo cual, además, ha provocado una feroz represión por parte de los estados nacionales. En otras palabras, la religión renace del progreso de las libertades en la modernidad europea. Así, como un fenómeno inesperado, la religión musulmana evoluciona en la misma dinámica del progreso en lugar de retroceder, como fue el caso del cristianismo en Occidente a lo largo de los últimos siglos.
La cuestión ahora consiste en distinguir, en el recrudecimiento de la religión, lo que es obscurantismo de lo que constituye una auténtica reivindicación de libertad. Se trata de analizar si la cultura musulmana, despojada de sus dogmas supersticiosos, puede formar parte de un nuevo humanismo mediterráneo. Aquí el Mediterráneo se convierte en escenario principal donde se debatirá la relación entre la libertad de conciencia nacida del descreimiento moderno y el repunte de la fe en la arena política. Y es que cuando nos aferramos a la idea de que solo los occidentales tienen la capacidad de ser libres no estamos realizando una verdadera labor humanista. El humanismo consiste en hallar en la alteridad disposiciones, aspiraciones humanas y universales a la libertad iguales a las propias. La libertad puede tomar distintos caminos, adquirir diversos aspectos que no son menos válidos culturalmente. Si nos recluimos en un solo modelo de libertad, perdemos en cierto modo esa libertad.
Cabe contemplar la hipótesis de que la disidencia musulmana quizá no es solo el resurgimiento del oscurantismo, sino también el camino hacia su propia libertad. Esta prometedora evolución tuvo lugar en Túnez después de 2011, cuando el partido Nahda, de confesión islámica, se transformó en un partido demócrata musulmán y situó las libertades públicas y los derechos humanos en el núcleo de su gobernanza política.[2] La cuestión religiosa no tardará en convertirse en un asunto crucial de la conciencia mediterránea, que la razón debe abordar despojándolo de prejuicios ideológicos. El desafío estriba en la capacidad de los países dirigidos por regímenes totalitarios de cambiar la naturaleza de sus instituciones para liberalizarlas, y en la voluntad popular de abatir sus tradiciones autocráticas mediante una revolución, como sucedió en Túnez en 2011. Así, más allá de la cuestión del progreso material, debemos plantearnos qué fundamentos ideológicos lo sustentan, y si entre ellos está el de la cultura de la libertad como principal motor. Si el humanismo mediterráneo tiene una función en el debate contemporáneo, es la de afrontar el problema acuciante del camino de la opresión hacia la libertad.
[1] La célebre Conferencia de Helsinki de 1975, que introdujo el principio de «libre circulación de bienes y personas» entre el Este y el Oeste en tiempos de guerra fría, no se aplicó entre el Norte y el Sur; muy al contrario, se ignoró.
[2] Por desgracia, el golpe de Estado del 25 de julio de 2021 puso fin a esa experiencia genuina de convivencia ciudadana entre conservadores y modernos mediante una regresión brutal a la dictadura.