Exposición: Colección del Aga Khan, Los mundos del Islam, CaixaForum, Barcelona, 2009

Ignasi Sitges

La representación de una realidad cultural siempre se halla sujeta a la subjetividad, más o menos pronunciada, de sus intérpretes. Sin embargo, a partir del momento en que el intérprete adopta un punto de vista externo, su juicio tiende a apoyarse en conceptos, valores y prejuicios ajenos a la realidad en cuestión. El etnocentrismo constituye, pues, uno de los mayores obstáculos a la comprensión del otro, ya que tiende a favorecer la construcción de una imagen basada en supuestos, limitada, a veces, a una simple transposición geográfica de la propia cultura nacional, europea u occidental. En contraposición al orientalismo, el Aga Khan Trust for Culture exhibe arte oriental. La institución plantea la observación del mundo islámico y su diversidad a través de los ojos de sus iluminadores, ceramistas, orfebres y calígrafos. La propuesta se convierte, así, en un viaje, tan auténtico como inestimable, por la cultura musulmana y el esplendor de sus imágenes.

Desde el año 2007, el Aga Khan Trust for Culture ha desarrollado un ambicioso programa de exposiciones en varias ciudades europeas. Está previsto que en el futuro dicho programa se extienda a otras ciudades del mundo. La finalidad del proyecto es presentar al público una muestra de la colección que se podrá visitar de forma permanente en el Aga Khan Museum, cuyas puertas se abrirán próximamente en Toronto, Canadá. Entre octubre de 2009 y enero de 2010, el centro cultural barcelonés CaixaForum acogió la exposición Los mundos del Islam, anteriormente expuesta en Madrid.  La muestra de 190 piezas viajó luego al Martin-Gropius-Bau de Berlín, donde estuvo abierta al público hasta el 6 de junio.

El mérito de la exhibición Los mundos del Islam reside en su forma de presentar el carácter fundamental del arte musulmán, esto es, su dualidad. Históricamente, lo sagrado y lo secular nunca han sido objeto de una separación clara. Los soberanos del Islam, principales mecenas de la época, eran a la vez líderes políticos y religiosos, ya que, formalmente, eran los herederos de los seguidores del profeta Mahoma.  Distinguir el arte sagrado del arte profano es, sin embargo, un requisito esencial para quien desee apreciarlos en toda su complejidad. Por esa razón, la exposición se divide en dos partes, correspondientes a cada uno de los campos de estudio del arte islámico. La primera subraya la importancia de la palabra escrita en la fe coránica; la segunda pretende dar fe del carácter no monolítico del Islam, así como de su diversidad, tan amplia como su geografía.

Los textos del Corán escritos en alfabeto árabe se hallan entre los más antiguos objetos de la historia del Islam. La exposición les dedica un espacio propio. La palabra de Dios, revelada a Mahoma en los primeros años del siglo VII, fue codificada durante el reino del tercer califa, Utman, quien mandó realizar una versión canónica destinada a salvaguardar la pureza del mensaje original. Desde los inicios del Islam, la copia parcial o completa del Corán se consideró, por tanto, un gesto de devoción y piedad. La importancia del acto, acorde con su simbolismo, elevó la escritura a la categoría de ejercicio estético de primer orden. La caligrafía fue la primera forma de embellecimiento del mensaje del profeta, y desde el principio gozó de un estatuto privilegiado entre las artes creativas. Estuvo muy presente en la educación de las jóvenes élites políticas e intelectuales, y la variedad de sus formas demuestra un auténtico trabajo de innovación y una continua mejora. Así, el mundo islámico elevó la palabra escrita al más alto nivel de expresión artística y devoción hacia Alá.

La importancia de la escritura en la cultura musulmana también se vale de razones más prácticas y menos simbólicas. Hay que tener en cuenta la aparición de un notable avance tecnológico, el papel, que sustituye al pergamino a partir del siglo X. Esta invención, proveniente de China, permitió una considerable difusión de los textos religiosos, científicos y filosóficos a través del mundo islámico, lo cual aumentó la preeminencia de la palabra escrita. Por otra parte, fue la lucha contra la idolatría de los pueblos politeístas de la Península Arábica lo que justificó la prohibición de las representaciones figurativas en el Corán y en los lugares de culto. Eso no excluye, sin embargo, una iconografía religiosa. Los adornos, de motivos geométricos o naturalistas, obedecen tanto a necesidades estéticas como a las exigencias del lujo de la época. No obstante, y para remarcar la ubicuidad de Dios, también es lícito reproducir versículos del Corán en superficies menos nobles, como los azulejos, la madera o incluso una hoja de castaño. Tanto los objetos más recargados como los más simples, destinados a los peregrinos que van a La Meca, se consideran dignos de llevar el mensaje divino.

La segunda parte de la exposición es un viaje a través de los mundos del Islam.  Lo sagrado ejerce, como decíamos, una influencia notable sobre el arte secular musulmán. Ya que el Islam no tiene un cabeza visible, sino que se estructura entorno a una serie de dinastías, su arte presenta una gran variedad. En cambio, el arte medieval europeo prácticamente se circunscribe al campo religioso hasta la llegada del Renacimiento italiano. Roma y el Papa, principal mecenas de la cristiandad, se aseguraron de mantener cierta unidad en las formas, ya fuera en la arquitectura o en la pintura. Es algo que no ocurrió en el mundo musulmán, donde los soberanos y príncipes mecenas eran mucho más numerosos y vivían en un territorio mucho más amplio. Las piezas expuestas, de influencias moras, persas o incluso chinas, certifican la gran variedad de estilos y materiales usados.

Dicha diversidad es lo que rompe con las creencias occidentales respecto al Islam. Descubrimos con cierta sorpresa la presencia de figuras humanas en escenas de palacio o de batalla. Es indudable que lo religioso tiene una amplia presencia en el arte secular; por ejemplo, los motivos florales, los suntuosos jardines de las iluminaciones y las representaciones de animales salvajes son la trascripción en imágenes del Paraíso descrito en el Corán. Pero, dejando a un lado los textos sagrados, la presencia tanto del hombre como de la mujer parece ignorar las restricciones que creíamos en un principio propias del conjunto del arte y la cultura islámicos. A fin de cuentas, ambos se revelan al espectador como lo que son, una realidad plural.