Nuevas guerras en los viejos mares

Serhan Ada

Hoy en día ya no es posible empezar un texto sobre el Mediterráneo con alusiones a una época pasada de prosperidad y bienestar. Si la «paz» puede encajar en una categoría, en esta época en que parece más lejana que nunca, cualquier cosa que escribamos proyectará sin remedio la sombra de un apocalipsis en este mundo, no en otro, ¡y más en el Mediterráneo!


El signo del triunfo de los vencedores: la paz

El ideal genuino de la humanidad pasa por que, cuanto más nos acercamos a la paz, más se aleja ella de nosotros. Incluso en los escasos intervalos que transcurren sin conflictos, su mera existencia se cuestiona: más que una condición vivida, es un anhelado sueño. Pax es un concepto cuyo origen se inscribe en el Mediterráneo. La Pax romana —a mediados del siglo i a. C.— no es quizá la más antigua, pero sí la más conocida de todas las versiones de la paz, que debemos a las sangrientas guerras de Augusto —el más beligerante de los emperadores romanos—, el cual convirtió el Mediterráneo, incluyendo Iliria y, sobre todo, España y Francia, en un lago romano. Augusto, conocido no como imperator sino como princeps —el primero entre los ciudadanos—, y los «buenos emperadores» que lo siguieron trajeron la paz a costa de inundar el Mediterráneo de sangre, con ejércitos compuestos por entre un cuarto de millón y medio millón de hombres. Para Roma, esa paz conllevó una riqueza extraordinaria, conseguida a través del saqueo y la explotación; cuesta mucho, hoy en día, calibrar lo que eso significó para los derrotados y para quienes vivían en las tierras conquistadas. Aun así, si estos pudieran hablar, es fácil imaginar que no elegirían palabras livianas y reconfortantes.

Unos cuantos siglos antes de Augusto, en torno al año 375 a. C., cuando los atenienses ganaron la batalla naval contra Esparta, fundaron un culto de la paz al que denominaron eirene. Esta, una vez más, se puso del lado del vencedor. La joven grácil —hija de Zeus, cuya ira y protección son impredecibles, y de Temis, que simboliza el orden y la justicia— se identificaba con la primavera. Si nos remontamos siete siglos atrás, hasta la Ilíada de Homero, la trágica victoria de la alianza micénica sobre los troyanos también culmina con la paz. Por mucho que discutamos acerca de la imparcialidad de los dioses —Hera impidió que Zeus interviniera hasta la derrota de los troyanos—, será en vano: la paz, esa condición tan anhelada, es una quietud que surge de la hegemonía del vencedor; es, en otras palabras, el silencio de los vencidos.

La palabra hebrea shalom y la árabe salam deben entenderse, más allá de su significado —esto es, «paz»—, como una mano extendida cuando el yo encuentra al otro. En el saludo árabe —un intercambio de paz—,[1] cada parte desea serenidad a la otra y alude al inicio de una posible amistad. Sin embargo, esa afinidad lingüística no ha encontrado respuesta en la historia y la geografía y, a día de hoy —cuando somos testigos tácitos de la aniquilación del pueblo palestino—, parece condenada al sinsentido.

Desde el establecimiento de Israel como un pequeño Estado nación —respaldado, sobre todo, por la Corona británica y los poderes occidentales—, pasando por su ascenso imparable durante ochenta años hasta convertirse en una fuerza hegemónica en Oriente Medio, es imposible encontrar un período en el que la paz haya reinado en el Mediterráneo oriental. Las palabras del primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, al regreso de su visita al presidente electo de Estados Unidos aún resuenan en nuestros oídos: «Las decisiones que tomamos en la guerra ya han cambiado el rostro de Oriente Medio. Nuestras decisiones y el coraje de nuestros soldados han redibujado el mapa, pero creo que el trabajo codo a codo con el presidente Trump nos permitirá seguir ese trazo y continuar la lucha para mejor».[2] Poco después, los ataques israelíes con el objetivo de destruir la infraestructura nuclear iraní esclarecieron el significado de ese «para mejor» en la frase.

Más recientemente, el 10 de octubre de 2025, se firmó un «plan de paz» llamado en honor al presidente Trump —el cual, a la menor oportunidad, reitera su apoyo inquebrantable a Israel—; un plan que, una vez más, depende de que los derrotados acepten las condiciones de la rendición.[3] Unos días después de aprobar el plan, cuyas cláusulas iniciales contemplan el silenciamiento de las armas, quedó claro que el alto al fuego se aplicaría cuando los derrotados, ya casi exánimes, se retiraran del conflicto, mientras el agresor, envalentonado por el poder, sigue bombardeando. Si eso va a ser una paz, sería mejor llamarla Pax hebraica.

El lugar de las imperativas y extenuantes migraciones

Durante siglos el Mediterráneo, escenario no solo de guerras, sino también de culturas y civilizaciones desde muy antiguo, fue una región cuyos nativos llamaban a los extranjeros que llegaban a ella «bárbaros», puesto que no entendían sus lenguas. Aunque estos recién llegados en principio no eran bienvenidos, al final lograban fundirse con la población de antiguos habitantes. Tal y como señaló el sociólogo francés Henri Lefèbvre, las ciudades mediterráneas acogían a los «invasores» con una actitud casi tolerante, pero los obligaban a asemejarse a sí mismos.[4] Lo que convirtió al Mediterráneo en eso que conocemos hoy fue, precisamente, esa diversidad de gentes con orígenes muy distintos, cuyas vidas y destinos acabaron uniéndose.

Ni la historia ni los movimientos humanos nos ofrecen palabras agradables. Las masas desposeídas en el este y el sur del planeta —atrapadas en las llamas de la guerra o bien acuciadas por el hambre— se dirigen al norte y al oeste en convoyes que es difícil detener e imposible revertir. A la mayoría no les preocupa demasiado dónde acabarán, simplemente huyen para salvar sus vidas. Aunque sus destinos se encuentren mucho más lejos, buena parte de ellos acaban bloqueados en las costas egeas de Turquía o en campos de Lampedusa (en Italia) y la isla griega de Lesbos, o bien ocultos en varios otros lugares. Mientras tanto, cada vez más demandantes de asilo se ven rechazados en el Mediterráneo, que constituye, hoy en día, la frontera de la Unión Europea. Unas cuantas cifras bastan para mostrar ese rechazo de la migración forzada: el número de inmigrantes llegados a Lampedusa en 2024 rondaba los 46.000, pero en la segunda mitad de 2023 la cifra ascendía a 81.000. Unos cálculos aproximados nos llevarían a afirmar que, en 2024, el número descendió en una cuarta parte.[5] Sin embargo, otras cifras nos revelan un relato distinto. Según Frontex, el organismo fronterizo de la UE, las devoluciones inmediatas en terreno europeo y fronteras marítimas alcanzaron la cifra de 120.000 en 2024.[6] Mientras las ONG se esfuerzan por denunciar el papel de Italia[7] en el asunto y ofrecer ayuda a los rechazados, el primer ministro laborista británico felicita a la presidenta italiana de extrema derecha por emplear unos métodos que «reducen la migración».[8] El método italiano se sostiene en una serie de acuerdos con Libia y Túnez, los puntos de partida del sur. Además del flagrante incumplimiento de las leyes internacionales que supone, esta política resulta indefendible en el ámbito humanitario, pues obliga a desviar a los migrantes una y otra vez por todo el Mediterráneo: de Bulgaria y Grecia a Turquía, de Grecia a Italia, etc.

Fijarse en el presente del Mediterráneo para distinguir las trazas de su pasado y extraer conclusiones al respecto puede parecer algo fútil, pero consultar las grandes narrativas del pasado para discernir continuidades y rupturas puede ser un método válido, así como recordar los modos de vida, procesos y quehaceres que siguen vigentes, y pasan desapercibidos, en los lugares menos visibles.

Tres grandes pilares: la navegación, la hospitalidad y el emporio

Saludar el nuevo día sin saber lo que traerá y ser capaz de hacerlo con una cierta alegría se inscribe en lo que podemos llamar optimismo mediterráneo. En la Ilíada, Homero nos cuenta relatos de guerra, heroísmo, estrategia y muerte ante los dioses; en la Odisea narra los interminables viajes de Odiseo, que solo acaban para volver a empezar. La fórmula que repite, como si nos pidiera que no la olvidemos nunca, alude a la «aurora de rosados dedos». La noche, poblada de temor a los enemigos, aguas bajo la luz de la luna y montañas alzándose a sus orillas, termina, y al llegar el nuevo día, la tripulación del barco retoma los remos con esperanza y apetito renovados. Una vez soltadas las amarras, empieza un viaje lleno de aventuras y muy característico de los orígenes mediterráneos: la navegación. Lo que convierte a este mar entre tierras en el Mediterráneo es, por encima de todo, la navegación, un ir y venir en todas direcciones que no puede compararse al de ningún otro mar y supone, además, la oportunidad de encontrar y conocer al otro.

«Pero, háblame con franqueza. ¿Quién eres? ¿Cuál es tu nación? ¿Qué ciudad te vio nacer? ¿Quiénes son tus padres? Dime en qué navíos llegaste, qué navegantes te trajeron a Ítaca y de qué patria proceden, porque no has llegado a pie a estas orillas […]. ¿Es la primera vez que vienes? ¿O eres un extranjero conocido por mi padre? Porque muchos viajeros han venido a nuestra morada y Ulises siempre los recibió bondadosamente».[9] Eso pregunta Telémaco, hijo de Odiseo, a la diosa Atenea, mentora y compañera de Odiseo —a la que Homero califica como «la de los ojos brillantes»—, cuando esta llega a Ítaca disfrazada de Mentor. En el Mediterráneo, gracias a la navegación, los que vivían a orillas del mar oían hablar de los otros a menudo, aunque no los conocieran en persona. Las preguntas formuladas al extranjero que pisa la orilla son válidas hoy en día a la hora de extender el pasaporte.

Hay que detenerse especialmente en la frase final de Telémaco: en el Mediterráneo, las visitas son recíprocas. Los «ciudadanos» de este «mundo» van y vienen, y después de las preguntas del pasaporte, llega la acogida. Un breve rodeo para fijarnos en las lenguas nos permitirá esclarecer ese punto. En persa, invitado (mosāfer) es «alguien que emprende una expedición» (safar); así, el anfitrión es quien le ofrece un techo. En árabe, ḍayf (invitado) deriva en ḍiyāfa (hospitalidad, banquete). Una tradición milenaria les abre la puerta: el invitado no solo merece una acogida, sino también un entretenimiento en un lugar que ofrece comodidades y en el cual se sacrifica al animal más gordo y se sirve «vino dulce en una copa dorada», a menudo acompañado de música. La hospitalidad forma parte del ADN del Mediterráneo. Una vez que se sabe que el extranjero no es un enemigo, se le ofrece la cabecera de la mesa.

La navegación también constituye el vehículo perfecto para la circulación de bienes y objetos. El emporio alude a los amplios mercados, y en las ágoras se exhiben las mercancías procedentes de los diversos países: son los lugares de encuentro al aire libre característicos de las ciudades mediterráneas. En la Antigua Grecia, el (em)poros es tanto un comerciante como un viajante.[10] El emporion era indispensable no solo para el comercio entre los diversos puertos, sino también para la competencia y el establecimiento de medidas y reglas a las que todos debían atenerse; todo eso hizo posible la diversidad cultural mediterránea. Los asentamientos fenicios y las necrópolis descubiertos a mediados del siglo xx en el sur de la península ibérica, que datan de los siglos viii y vii a. C., son una prueba de las colonias que fundaron los que arribaron, desde Levante, a las costas occidentales más remotas del Mediterráneo.[11] Las trazas de estos intercambios y mezclas surgidos gracias a la navegación aún resultan visibles: las comunidades levantinas siguen viviendo en la costa egea oriental, las colonias griegas son fundamentales para la riqueza cultural de Alejandría y la comunidad judía ha desempeñado un papel crucial en la economía de Casablanca. La lista de ejemplos es interminable y no deja de aumentar con el tiempo. Los emporia, traspuestos en esos grandes mercados abiertos, han sido decisivos en el aprendizaje mutuo desarrollado, a lo largo de los siglos, por las ciudades portuarias mediterráneas.

Además de los actuales sufrimientos que se viven en la región y no parecen tener fin, existen tres elementos que perduran desde las épocas pasadas —la navegación, la hospitalidad y el comercio— y siguen conformando la vida del Mediterráneo. En una época en que las fronteras de los estados nación se han convertido en muros que cuesta mucho derribar, es difícil encontrar lugares donde los tres pervivan intactos.

Tal vez habría que describir el Mediterráneo como un mar de islas: de Chipre a Malta, de Creta a Cerdeña, puede concebirse como un archipiélago estimado en diez mil islas, grandes y pequeñas, donde la vida fluye de maneras diversas y mantiene un ritmo muy distinto del de tierra firme. La palabra latina para isla, insula —de la que derivan isola, isla o île— denota una tierra rodeada de agua: océano, mar, lago, río o marisma. Con el tiempo, la palabra también ha pasado a designar aquello rodeado de vacío, que se erige en soledad, esto es, aislado. La palabra árabe para isla, al-jazīra, deriva de la raíz jazr, recesión de las aguas, tierra que permanece cuando estas se retiran. Ambos términos apuntan a la capacidad de existir por cuenta propia.

Mirar el futuro desde las islas

En las islas mediterráneas, pese a la velocidad vertiginosa e incontrolable a la que avanza el mundo y al inminente cambio climático que parece abocar a la catástrofe, la vida transcurre de un modo distinto. En lugar de mirar a esas ciudades que se están convirtiendo en metrópolis a marchas forzadas, sería mejor contemplar las islas, tan peculiares y cada vez más despobladas, para extraer lecciones de sus formas de vida.

Cabe añadir, en este punto, dos ejemplos de Pantelaria, que visité hace poco. La distancia de la isla siciliana al norte, es casi el doble de la distancia que la separa de Túnez, en el sur, por lo que, en cierta medida, puede afirmarse que está situada en el centro del Mediterráneo. Su posición geográfica y sus etapas históricas —por ella pasaron fenicios, romanos, cartagineses y bizantinos— resumen los intercambios que, a lo largo de los siglos, han existido entre las orillas norte y sur.

 Dos rasgos muy interrelacionados de la isla me llamaron la atención: en primer lugar, una arquitectura basada en el respeto por la geografía y el clima, así como una cuidadosa tradición agrícola que da cuenta del siroco que sopla del sur y el mistral del norte; en segundo lugar, el elemento arquitectónico dominante en la isla, esto es, el dammuso. Gracias a sus encaladas cúpulas, las casas almacenan hasta la última gota de lluvia, en un lugar en que el agua potable escasea. Las viñas bajas que producen el zibibbo o moscatel de Alejandría se riegan con esas aguas cuidadosamente recogidas y protegidas por unos muros de piedra omnipresentes en la isla. El casi monocultivo de uva en la isla produce ese zibibbo, así como como el passito dulce, hecho de uvas secas; ambos constituyen elementos inseparables de la identidad del lugar. Cuando damos un paseo por la isla, también podemos contemplar los jardinu: altos recintos circulares de piedra abiertos por la parte superior que protegen un árbol cítrico, símbolo del respeto de los isleños por el ritmo de la isla.

Esas dos disposiciones, que a primera vista pueden parecer poco importantes, son las que hacen posible la vida en la volcánica y rocosa Pantelaria y bastan para recordarnos que solo cuando el ser humano está en paz con la naturaleza y el pasado puede vislumbrar un futuro. Si nos fijamos bien y nos cargamos de comprensión y empatía, aún podremos encontrar, en los rincones más remotos del Mediterráneo, prácticas arraigadas en los antiguos saberes que iluminan, hoy en día, la sostenibilidad.

La globalización es un proceso que iguala las diversidades existentes y las reduce a su mínimo denominador común; un proceso al que cuesta mucho resistirse. Bajo tales condiciones, las islas cada vez se topan con mayores dificultades para sobrevivir como verdaderas «islas», sobre todo aquellas más cercanas a tierra firme y abiertas a su influencia. «Ser una isla» no es un concepto fácil de definir y luego de generalizar. A juzgar por lo que las islas han experimentado hasta ahora, en nuestra época vertiginosa sus rasgos definitorios podrían ser los siguientes: seguir funcionando con lentitud, ser ampliamente autónomas, constituir el «primer refugio» de quien llega de fuera y reconocer como isleños a todos los que se consideran «de allí» y obran en consecuencia. Muchas islas mediterráneas aún se definen por todos esos rasgos.

Entonces, ¿podemos imaginar una «interinsularidad», un ethos archipiélago que se erija en diálogo e intercambio entre islas? Conforme las fronteras, en tierra y mar, se vuelven cada vez más infranqueables; conforme los visados convierten los viajes por el Mediterráneo en algo cada vez más imposible; conforme los desastres ecológicos y la destrucción climática se ven agravados por las interminables guerras de la exterminación total, estamos más cerca de afirmar que ese terreno común solo puede ser producto de la imaginación. Aun así, pese a todos esos signos de desarrollo que actúan en contra, las profundas y fecundas narrativas mediterráneas, los intercambios en todas direcciones entre el norte, el sur, el este y el oeste y, lo más importante, el brillante rastro que todo eso deja en la imaginación de la humanidad nos llevan a decir: tal vez aún quede mucho por hacer. De todos los mares del mundo, el Mediterráneo acaso sea el más deseado; un microcosmos cuyos relatos, riqueza y pobreza, guerra y civilizaciones, catástrofes y milagros, héroes y víctimas se entremezclan sin cesar. Aunque por una parte sigue dándonos lecciones a través de su historia, por otra presenta un escenario caótico y desastroso que parece irresoluble y, muy a menudo, amenaza las vidas y retuerce los corazones de los seres humanos y, de forma indirecta, de todos los seres vivos terrestres. Los problemas del Mediterráneo y los métodos y las soluciones que encuentre para resolverlos arrojarán una luz sobre el futuro de cada uno de nosotros.

Y si la encuentras pobre, no creas que Ítaca te ha engañado.
Sabio como te has hecho, tan pleno de experiencia,
habrás entendido lo que significan las Ítacas».
Konstantinos Kavafis.[12]


[1] Alaykum salam es la respuesta a as-salam alaykum, y ambas significan «que la paz sea contigo».

[2] https://www.lemonde.fr/en/international/article/2025/06/24/the-challenges-of-a-pax-hebraica-in-the-middle-east_6742655_4.html.

[3] La rendición, cuyo equivalente en árabe es istulam —con sus tres consonantes: s, l, m—, deja muy claro que la paz y la rendición son inseparables.

[4] Véase Henri Lefèvbre y Catherine Régulier, Rhythmanalysis: Space, Time and Everyday Life, Londres, Continuum, 2004, pp. 85-101.

[5] https://www.infomigrants.net/en/post/62189/italy-more-than-120000-migrants-passed-through-lampedusa-since-2023.

[6] https://www.euronews.com/my-europe/2025/02/17/eu-borders-recorded-over-120000-migrant-pushbacks-in-2024-says-report-by-ngos.

[7] https://www.msf.org/eu-sponsored-shameful-abuses-central-mediterranean-must-end.

[8] https://timesofindia.indiatimes.com/world/uk/uk-pm-starmer-praises-italys-meloni-for-reducing-illegal-migration/articleshow/113400961.cms.

[9] Homero, Odisea, traducción de Luis Segalà, Barcelona, Alianza Editorial, 2010.

[10] Poros significa pasaje, viaje.

[11] Eric Gailledrat, Michael Dietler y Rosa Plara-Mallart (eds.), The Emporion in the Ancient Western Mediterranean, Trade and Colonial Encounters from the Archaic to the Hellenistic Period, Montpellier, Presses Universitaires de la Méditerannée, 2018, p. 79.

[12] Konstantinos Kavafis, Obra escogida, traducción de A. Manzano, Barcelona, Teorema, 1984.