¿Qué significa Turquía para Europa?

22 mai 2017 | | Espanol

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Turquía no deja indiferente. Es uno de esos temas que figuran recurrentemente en la agenda europea y sobre los que casi todo el mundo se ha creado una opinión. Para Europa Turquía significa varias cosas a la vez. Es un país candidato, un tema de política interior, un importante socio económico, un aliado complicado y un espacio que amortigua las tensiones derivadas de la renovada conflictividad en Oriente Medio. El momento que atraviesa Turquía (referéndum constitucional, polarización política y social), la región (tras seis años de guerra en Siria) y también Europa (singularmente con Brexit como telón de fondo) añaden trascendencia al debate sobre cómo la Unión Europea debería abordar las relaciones con este país.

Un país candidato

Hace más de medio siglo que Turquía llama a las puertas de Europa. En 1963 firmó un acuerdo de asociación que preveía, como destino final, la integración en lo que entonces era la Comunidad Económica Europea. En 1999 se le reconoció como país candidato. Y en 2005 empezó las negociaciones de adhesión. Lo hizo el mismo día que Croacia, un país que ya es miembro mientras Turquía no sólo espera sino que cada vez ve más lejana la posibilidad de culminar el proceso. A menudo se ha planteado la idea de ofrecer a Turquía una asociación privilegiada como alternativa a un proceso lento y de final incierto. Hasta ahora Ank ara ha rechazado esta opción, entendiéndola como un premio de consolación y como la consumación de un trato discriminatorio. En estos momentos se plantean tres opciones: (1) mantener la actual situación, probablemente porque no haya consenso ni voluntad suficiente para explorar las otras dos pero también esperando a que lleguen circunstancias más propicias; (2) explorar las formas de reforzar la colaboración con Turquía fuera del marco de la adhesión, en lo que podría describirse como una separación amistosa; (3) un enconamiento de posiciones que llevase a un divorcio abrupto, con riesgo de confrontación.

Un tema de política interior

En muchos países europeos, aunque no en todos, Turquía es un tema que trasciende la agenda internacional. En algunos casos se debe a la presencia de grandes diásporas turcas. Los debates sobre la integración de estos ciudadanos de origen turco se mezclan a menudo sobre la conveniencia de integrar Turquía en la UE. Además, las tensiones que atraviesan la vida política turca acaban trasladándose a suelo europeo a través de las diásporas. El otro factor que ha favorecido la politización de Turquía en el debate europeo ha sido el auge de fuerzas de derecha populista. Personajes como Le Pen o Wilders y fuerzas como el UKIP o Alternativa por Alemania han visto en Turquía una munición valiosa para alimentar discursos euroescépticos e islamófobos.

Un socio económico

La Unión aduanera entre Turquía y la Unión Europea entró en vigor en 1996 tras un intenso debate a escala europea. En aquel entonces, parte de la izquierda europea se oponía, con el argumento que antes debía mejorarse la situación de los derechos humanos. Veinte años después Turquía está fuertemente integrada en el mercado europeo y las empresas europeas han invertido fuertemente en sectores estratégicos del país. La excepción a esta dinámica es la movilidad de trabajadores, un tema en el que los avances han sido muy escasos y donde el nivel de politización de los debates es extremo. En estos momentos en que se habla cada vez más del riesgo de choque de trenes, el factor económico es uno de los pocos que amortigua y absorbe la tensión. Un divorcio abrupto con la UE podría aumentar la vulnerabilidad de la economía turca y para el gobierno del AKP la carta económica es esencial para preservar el apoyo de sus bases.

Un aliado complicado

Turquía es miembro de la OTAN desde 1952. Sin embargo, las tensiones territoriales con países miembros como Grecia y especialmente Chipre siguen sin resolverse. A todo ello hay que sumar que, por despecho o por la voluntad de mantener una mayor autonomía estratégica, Turquía ha intentado mantener puentes abiertos con Rusia y proyectarse como un actor del “Sur global”. La colaboración en materia de energía nuclear o en el terreno armamentístico con Moscú genera inquietud en el seno de la alianza atlántica. Turquía, por su parte, también se cuestiona la fiabilidad y solidez de la alianza al constatar que varios países apoyan a milicias kurdas en el norte de Siria afines al PKK. Casi nadie plantea una salida de Turquía de la OTAN pero no hay duda que en los últimos años la desconfianza mutua ha ido en aumento.

Un espacio tampón

Oriente Medio está en llamas. Y para la UE la colaboración turca es esencial para alejar algunos de sus efectos. El más notable es la cooperación en materia migratoria. Turquía acoge a más de tres millones sirios y hasta hace poco era la principal plataforma hacia la que varias rutas migratorias confluían para proseguir su camino hacia el corazón de Europa. Otro ámbito en el que los europeos consideran esencial la colaboración turca es la lucha antiterrorista. Turquía es un espacio de tránsito para los combatientes 3 extranjeros que se han enrolado en grupos como la organización Estado Islámico. Turquía es consciente que su posición geográfica es una baza más a la hora de negociar con sus socios europeos.

Las implicaciones del referéndum del 16 de abril

En este referéndum se sometió a la población una reforma constitucional que, cuando se aplique plenamente, reforzará el papel del Presidente de la República como figura central de la vida política turca. Sus partidarios la justificaron sobre la base que ante las amenazas que se ciernen, el país necesita un liderazgo fuerte y sin ataduras. Quienes optaban por el “no” argumentaron que la ausencia de contrapesos deslizaría el país hacia el autoritarismo. El resultado del referéndum es conocido por todos: una Turquía dividida, con Erdogan perdiendo apoyos en los núcleos urbanos, un estrecho margen a favor en el recuento oficial que debería permitir la entrada en vigor de la reforma constitucional pero con un alud de críticas por cómo se desarrolló la campaña y el recuento que pueden empañar la legitimidad del sistema ante la mitad de Turquía que votó en contra. Las relaciones con la UE jugaron un papel secundario pero no insignificante en este referéndum. El campo del “sí” intentó utilizar en beneficio propio las trabas que tuvieron algunos responsables del AKP para hacer campaña en Europa. Esto no hizo sino reforzar un discurso que presenta a Turquía y al Presidente Erdogan cómo víctimas de una conspiración de alcance internacional, reforzando un discurso cada vez más nacionalista.

¿Y ahora qué?

Todavía no hemos dejado atrás la zona de turbulencias. Lo más probable es que nuevas sacudidas vayan salpicando las relaciones entre Turquía y la UE. La intensidad de la tensión – o las posibilidades de rebajarlas – dependerá de varios factores: ¿habrá elecciones anticipadas en Turquía? ¿cuál será el mapa político europea cuando culmine el actual ciclo electoral? ¿siguen abiertas las posibilidades de reunificación en Chipre? ¿Reintroducirá Turquía la pena de muerte? ¿Optará los partidarios del no en el referéndum canalizar su descontento a través de los cauces parlamentarios o intentará movilizarse en las calles? ¿Confiará Erdogan en la administración Trump y, si es así, se sentirá reforzado para desafiar a sus socios europeos? ¿Se convertirá Turquía en un actor decisivo para encontrar una solución política en Siria o se la verá como un actor que alimenta el conflicto? Lo que está claro es que, por unos motivos u otros, en una u otra dirección, Turquía seguirá ocupando una posición preeminente en la escala de prioridades geopolíticas de la UE.