Migraciones entre África subsahariana y Europa. Fábulas, mitos y datos

29 janvier 2022 | | Espanol

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Migraciones entre África subsahariana y Europa. Fábulas, mitos y datos

Los sucesos en las vallas de Ceuta en 2005, la crisis de los cayucos en 2006, la reciente tragedia de Lampedusa o la situación en Melilla en este mismo momento alimentan sin cesar la imagen de unas fronteras débiles y porosas ante lo que se presenta como una masa de pobres, desesperados, dispuestos a todo —irregularidad y muerte incluidas— con el objetivo de huir para siempre de sus países de origen. Miseria, desesperación, ignorancia, improvisación, mafias… son las imágenes e ideas que suelen asociarse a la migración subsahariana hacia Europa. Con ayuda de la información recogida por los proyectos MAFE (Migrations between Africa and Europe) y TEMPER (Temporary versus Permanent Migration) mostraremos una realidad mucho más variopinta y compleja, en la que el retorno se combina con arreglos familiares transnacionales que compensan y neutralizan en cierta medida las dificultades de circulación espontánea y las disfuncionalidades derivadas de políticas rígidas y restrictivas.

Imágenes sesgadas

Desde finales de los noventa, al ya tradicional flujo magrebí hacia Europa se fue uniendo un número creciente de subsaharianos que intentaban cruzar el Mediterráneo. Los asaltos a las vallas de Ceuta y Melilla a lo largo de 2005 y la denominada «crisis de los cayucos» en el año 2006 consagraron ante la opinión pública española y europea la imagen de unas fronteras débiles y porosas ante lo que se presentaba como una masa de desposeídos dispuesta a todo por alcanzar El Dorado. Con el comienzo de la crisis y la reducción-paralización de las nuevas llegadas, la cuestión desapareció de nuestros noticiarios. Sin embargo, los recientes sucesos en las fronteras de Ceuta y Melilla, y tragedias como las de Lampedusa (Italia) y Tarajal (Ceuta, España) vuelven a dar visibilidad a estos flujos y a activar mitos y presunciones erróneas sobre los motivos y perfiles de quienes vienen, así como de los factores que gobiernan su dinámica migratoria posterior.

De hecho, las imágenes de las tragedias en el mar o los intentos de saltos de las vallas rara vez son debidamente contextualizadas en el tiempo y el espacio. La ausencia de datos fiables contribuye a reforzar una imagen sesgada hacia el lado más dramático de la experiencia migratoria de los subsaharianos en Europa. Así, con frecuencia, se asume que:

  1. Se trata de una emigración masiva, un verdadero éxodo y, por tanto, desde nuestra perspectiva como países receptores, de una invasión.
  2. Es una masa destituida, movida por la desesperación que provocan la pobreza y la miseria en sus lugares de origen.
  3. La mayoría de ellos se dirige hacia Europa, porque «somos» El Dorado.
  4. Y, por supuesto, se trata de un flujo principalmente irregular, que llega por mar en cayucos y pateras.
  5. Con la intención de traer a sus familias (extensas y, a menudo, polígamas, con pautas de comportamiento y valores muy tradicionales) y quedarse de forma permanente entre nosotros.

Una realidad distinta

Utilizando los datos procedentes del Proyecto Migrations between Africa and Europe (MAFE), sus encuestas en origen y en destino, tanto de hogares como de trayectorias biográficas de sus miembros, contrastaremos empíricamente cada uno de esos mitos y presunciones. En concreto, compararemos los resultados para tres flujos migratorios que desde la década de los sesenta han unido a la República Democrática del Congo (RDC), Ghana y Senegal con diferentes países de Europa. En concreto, en las últimas décadas, los flujos han sido los siguientes:

●          Senegal con Francia, Italia y España.

●          Ghana con el Reino Unido y Holanda.

●          RDC con Bélgica y el Reino Unido.

Los resultados obtenidos en diferentes y complementarios análisis de las bases de datos generadas por el proyecto MAFE, sugieren que:

1. La probabilidad de emigrar internacionalmente de congoleños, ghaneses y senegaleses ha experimentado cambios importantes en las cuatro últimas décadas. La de los congoleños ha aumentado de forma sustancial, pero sólo a otros países africanos; a Europa, de hecho, tras un ligero aumento en la década de los noventa, se ha reducido a niveles inferiores a los de los ochenta. Para los senegaleses se ha mantenido estable y para los ghaneses aumentó de forma sustancial durante los noventa para reducirse algo en la década siguiente. Además, el peso de todas estas poblaciones en sus respectivos países de destino es muy pequeño en relación con el conjunto de la población inmigrante total. En España, por ejemplo, los senegaleses, que son la mayor comunidad subsahariana, han pasado de representar el 2 por ciento de los residentes de origen extranjero en 1998 a tan sólo el 3 por ciento en 2013; en el mismo período, los latinoamericanos pasaron de ser el 18 por ciento al 30 por ciento del total.

2. En contra de la explicación habitual de la pobreza como causa última y casi única de estos flujos hacia Europa, los análisis de las biografías de más de 3.000 subsaharianos (comparando migrantes y no inmigrantes) indican con claridad que la emigración a Europa exige recursos de todo tipo. Que no son lo más pobres, ni los menos instruidos los que vienen, sino justamente aquellos que poseen tierras, casas, quienes viven en hogares con posibilidad de cubrir sus necesidades básicas y, sobre todo, los que más estudios tienen.

3. La entrada irregular (sin visado o sin permiso de residencia durante algún momento en el primer año de estancia en Europa) nunca ha superado el 30 por ciento del total de las llegadas, y se relaciona sobre todo con el caso de los senegaleses a España e Italia y, también, de los congoleños al Reino Unido (no pudiendo considerarse a estos últimos irregulares en sentido estricto puesto que en muchos casos habían solicitado la condición de refugiados y estaba pendiente de resolución). Además, la gran mayoría de ellos regularizó su situación durante los años siguientes y en 2007-2008 los porcentajes de residencia irregular eran en todos los casos inferiores al 15 por ciento del total de residentes de cada grupo en los destinos estudiados.

4. La reagrupación familiar de los inmigrantes subsaharianos se produce fundamentalmente en África, y no en Europa. Transcurridos diez años desde que se iniciara la separación, el 20, el 40 y el 65 por ciento de los inmigrantes que emigraron teniendo ya pareja desde Ghana, la República Democrática del Congo y Senegal, respectivamente, no se habían reagrupado aún con ella de forma permanente en ningún lugar. Quienes lo habían hecho, lo hicieron prioritariamente en sus países de origen, es decir, tras el retorno de los migrantes en cuestión. La reagrupación de los hijos, el verdadero indicador según estudios previos en la materia de asentamiento permanente, es aún menos frecuente y lenta que la de los cónyuges y, además, no excluye en muchos casos la posibilidad de retorno posterior al país de origen, tanto escalonado como del conjunto de la familia.

En definitiva, como decíamos en la introducción, la dinámica migratoria entre África subsahariana y Europa refleja una realidad mucho más variopinta y compleja que la imagen desesperada y parcial que nos trasmiten con frecuencia los medios de comunicación. El asentamiento ni es ni pretende en muchos casos ser definitivo en Europa; los arreglos familiares transnacionales, que compensan y neutralizan en cierta medida las dificultades de circulación espontánea y disfuncionalidades derivadas de políticas rígidas y restrictivas, retrasan el retorno pero también la reagrupación en Europa. Todo ello puede dañar las perspectivas de integración en destino, pero también de contribución al desarrollo de los países de origen.