Una fuerza árabe conjunta: ¿acierto o peligro?

Los países árabes deberían valorar si la vía militar es la solución para afrontar las disputas políticas e ideológicas y las desigualdades o más bien una de sus causas.

Rami G. Khouri

En la actualidad se están llevando a cabo de forma simultánea dos iniciativas árabes conjuntas y la mitad de una tercera en diferentes partes de Oriente Medio, lo que indica que podríamos estar entrando en una nueva era en la que las acciones militares colectivas bajo mando árabe se están convirtiendo en algo tan corriente como las que, dirigidas por Occidente, han caracterizado a gran parte de la región durante el último medio siglo. En la campaña capitaneada por Arabia Saudí en Yemen participan otros ocho países de diversas maneras. Asimismo, varios Estados árabes contribuyen con operaciones militares, instalaciones o, sencillamente, apoyo político verbal a la guerra que se libra en Irak contra la organización Estado Islámico (EI) bajo mando estadounidense e iraquí.

La tercera intervención militar árabe plurinacional, menos espectacular, abarca las operaciones de Egipto, Emiratos Árabes Unidos y Catar en Libia, si bien los dos primeros apoyan a un bando, y el tercero al otro, o al menos así era hace algunas semanas. No parece que ninguno de estos conflictos esté avanzando hacia una conclusión decisiva útil para los intereses de los países árabes. Pero en este momento el tema crucial no es ese, sino, más bien, el hecho bastante inusual de que diversos Estados árabes estén colaborando en intervenciones militares en un tercer país. El proceso ha pasado a un nivel superior con el anuncio realizado por el presidente egipcio Abdelfatah al Sisi, a finales de marzo, tras la cumbre árabe de Sharm el Sheij, sobre el principio de acuerdo de los líderes árabes para crear una “fuerza militar árabe conjunta” para responder a las amenazas a la seguridad regional. No concretó de qué líderes ni de qué amenazas se trataba, ni tampoco con qué condiciones trabajaría esa fuerza o de qué manera se coordinaría el conjunto de la operación para evitar problemas.

Por estas y otras razones –principalmente que la historia reciente hace pensar que los líderes y Estados árabes son más partidarios de luchar unos contra otros que de hacerlo juntos contra un enemigo común– la idea fue acogida con considerable escepticismo en gran parte del mundo árabe. Varios jefes de Estado Mayor de las fuerzas armadas árabes se reunieron en tres ocasiones en Egipto y Arabia Saudí en abril y mayo para debatir la cuestión más a fondo y resolver los detalles técnicos de la puesta en marcha de una fuerza conjunta de esa clase, pero no hicieron público el resultado de sus deliberaciones. Según un alto cargo egipcio, el tercer encuentro, celebrado los días 23 y 24 de mayo, se dedicó a tratar los procedimientos operativos, el presupuesto y los mecanismos de acción necesarios para crear esa fuerza. Aun no se ha anunciado formalmente qué Estados árabes formarán parte de la fuerza conjunta propuesta, aunque participarían la mayoría de los países del Golfo además de Egipto, Jordania y Marruecos.

Pero es poco probable que se sumen Irak y Líbano. La idea suscita grandes dudas entre muchos árabes, mientras que a otros les parece, en principio, una propuesta sensata que se debería estudiar más en serio. No cabe duda de que hay numerosos conflictos y situaciones peligrosas en los que podría intervenir una fuerza de estas características, como la amenaza del grupo Estado Islámico en Irak y en Siria, Al Qaeda en Yemen, Ansar Bait al Maqdis en el norte del Sinaí, la guerra en Libia y las amenazas al noreste de Líbano por parte del EI y el Frente al Nusra. Y esto sin mencionar el viejo problema del conflicto árabeisraelí, aunque probablemente en este caso la amenaza no esté sobre el tapete dado que los árabes se han ofrecido a vivir en paz con Israel, y Jordania y Egipto ya tienen acuerdos de paz formales que llevan años en vigor.

Hoy, la principal amenaza para muchos países árabes son los crecientes movimientos salafistas-takfiríes, como el EI y Al Qaeda, o las situaciones internas de guerra civil, como la de Yemen. Por tanto, el proyecto de una fuerza militar árabe conjunta ciertamente tiene mucho sentido, y se necesita desesperadamente para enfrentarse a un amplio abanico de peligros para la seguridad regional. No obstante, en toda la zona planea la duda debido a la poca confianza en que los mecanismos de toma de decisiones a alto nivel de las actuales cúpulas árabes permitan hacer realidad este proyecto de modo que suscite un amplio apoyo popular y sea efectivamente útil para la seguridad y el bienestar de los ciudadanos árabes.

Los escépticos temen que una fuerza militar conjunta de esta naturaleza sirva tan solo de coartada a acciones unilaterales de Arabia Saudí y Egipto, los dos actores clave del proceso hasta la fecha. Uno de los principales problemas del plan es la forma de abordar cuestiones tan importantes, en reuniones de unos pocos países a puerta cerrada, típicas del estilo de liderazgo y toma de decisiones autocrático e hipertrofiado que caracterizan al mundo árabe en la actualidad y lo han caracterizado durante décadas. Un asunto clave como esta fuerza militar conjunta, que puede suponer que tropas árabes de diferentes países combatan en territorio de otros países también árabes contra diversos enemigos en potencia, se debería debatir y decidir en un proceso consultivo amplio que permitiese que los ciudadanos corrientes, así como intelectuales y analistas más expertos, evaluasen los pros y los contras de la propuesta.

Si quieren, los líderes árabes pueden decidir a puerta cerrada cuestiones más técnicas que no afecten a los asuntos militares o de alta política. Pero cuando se trata de una fuerza conjunta que incluirá a hombres (probablemente no a muchas mujeres) que lucharán y matarán en toda la región, cabe pensar que sería fundamental que la propuesta se tratase y se debatiese ampliamente, de manera que la decisión final se beneficiase de un auténtico consenso. Este sigue siendo uno de los mayores problemas que azotan a todo el mundo árabe: el carácter cerrado de la toma de decisiones nacionales, sin ninguna clase de consulta formal o informal a la ciudadanía. En los peores casos ha ocurrido que determinados países ricos han decidido gastar 60.000 u 80.000 millones de dólares en retribuciones extraordinarias a sus funcionarios o hacer nuevas compras masivas de armamento al extranjero sin que en las decisiones interviniese más que un puñado de ancianos. La ausencia total de cualquier clase de proceso decisorio participativo ha provocado que el mundo árabe se hunda en un ciclo permanente de mediocridad, corrupción e incompetencia en el terreno de la gobernanza, que acabó desembocando en los levantamientos y las revoluciones de 2011 a lo largo y ancho de la región.

Algunos problemas operacionales

En este caso, en el que el uso de la fuerza militar forma parte de las decisiones a adoptar, parece evidente que se plantean dos grandes problemas operacionales. En primer lugar, al ser una acción voluntaria, esta nueva fuerza militar árabe corre el riesgo de limitarse a perpetuar las divisiones ideológicas y sectarias, entre otras, endémicas en el mundo árabe. Por tanto, si los países que se adhieren a ella son los mismos que actualmente intervienen juntos en la guerra de Yemen, capitaneados por Arabia Saudí, es probable que las decisiones que implementen para mantener la paz o incluso para entrar en guerra reflejen sus mismos temores ideológicos a que Irán ejerza su influencia en diferentes zonas del mundo árabe.

Posiblemente esto sería útil en lugares en los que una demostración de fuerza podría parar o prevenir efectivamente un conflicto, pero es más probable que agudice las tensiones regionales en vez de atenuarlas. En segundo lugar, para los países árabes involucrados será difícil lograr una coordinación colectiva suficiente en materia logística, de suministros, mecánica, equipo, instrucción y comunicaciones militares, así como de otros aspectos técnicos, que les permita llevar a cabo una acción militar eficaz. Esto podría significar que lo más importante de esa fuerza unificada no sea intervenir activamente en un conflicto en curso, sino más bien funcionar como una fuerza de paz cuya presencia sobre el terreno en una situación conflictiva pueda reducir las tensiones y prevenir el estallido de las hostilidades bélicas. Situaciones como la expansión del EI piden a gritos la respuesta de una fuerza militar árabe conjunta porque esta organización amenaza a muchos países árabes al mismo tiempo.

Los conflictos en Libia y Yemen, al igual que en Líbano en la década de los setenta, también exigen una reacción coherente de los países árabes, pero no solo en la esfera militar. Lo cierto es que las cuestiones políticas y económicas que hacen peligrar a diversos países de la zona necesitan tanta atención como los asuntos militares y securitarios, y en este terreno los líderes árabes no tienen la menor credibilidad. Por tanto, en este momento hay pocos motivos para la esperanza por lo que se refiere a las actuales conversaciones sobre una fuerza militar árabe conjunta, porque en ella coinciden tres de las herencias más destructivas del mundo árabe moderno: militares en el poder que toman ellos mismos las decisiones y que se basan en la fuerza militar para conseguir lo que quieren, o, sencillamente, para que las cosas no se alteren.

La práctica tradicional de los gobiernos árabes de tomar las decisiones al más alto nivel y con secretismo por parte de un puñado de ancianos reunidos a puerta cerrada, combinada con una dependencia excesiva de las medidas militares para hacer frente a las tensiones creadas por las fuerzas sociales, políticas, demográficas, ambientales y económicas probablemente generará más tensión y conflicto, en vez de menos. Lo mismo se observa si analizamos el impacto de las acciones militares extranjeras en los países árabes, como la de Irak en 2003 y la de Libia en 2011. En ambos casos, las intervenciones árabes y extranjeras dejaron paisajes devastados que no tardaron en ser víctimas del caos absoluto y de la ausencia de gobierno. Milicias, grupos tribales, organizaciones religiosas, intereses extranjeros y otros, se hicieron con el poder cuando el gobierno central se derrumbó, y el resultado permitió a los salafistas-takfiríes como Al Qaeda y el grupo Estado Islámico ampliar sus bases y su repercusión.

En consecuencia, la historia reciente no anima a dar por hecho que la acción militar es la mejor respuesta a situaciones en las que los países árabes se sienten amenazados. Comprendo el pánico que sacude los corazones de algunos líderes árabes del Golfo y de otras zonas, como Al Sisi o el rey Salman de Arabia Saudí, que temen una creciente influencia de Irán en la región o la inestabilidad que podría propagarse desde Libia, Siria o Irak. Tal vez sea el momento de valorar si fiarse excesivamente del militarismo como respuesta a las disputas políticas e ideológicas y a las desigualdades socioeconómicas es de hecho una solución adecuada, o si, en realidad, es una de las causas de los problemas a los que nos enfrentamos.