Un vistazo a la situación agrícola y rural mediterránea

La población rural del Magreb sigue siendo elevada (cerca del 40%), pero la desconexión entre el campo y las zonas urbanas va en aumento.

Sébastien Abis, especialista en cuestiones mediterráneas, consejero del Centro Internacional de Altos Estudios Agrónomos Mediterráneos (CIHEAM, siglas en francés) de París

Proponer un diagnóstico dinámico de la situación agrícola y agroalimenticia del Magreb es un ejercicio complejo pero necesario. Complejo, porque es un análisis que a veces revela características opuestas entre Marruecos, Argelia y Túnez. Necesario, porque al estar en el cruce de las interacciones económicas, políticas, territoriales y culturales, la agricultura cumple un papel estratégico en los equilibrios sociales. Por lo tanto, el objetivo aquí es el de presentar un panorama intencionalmente selectivo de la agricultura en el Magreb para iniciar un debate sobre la perspectiva ya anunciada de una liberalización del comercio agrícola entre estos países y la Unión Europea (UE).

Dimensión socioeconómica y agrocomercial

La dimensión socioeconómica de la agricultura en el Magreb es inevitable. La población rural sigue siendo elevada (42,6% en Marruecos, 41,3 % en Argelia y 36,5% en Túnez) y su nivel de vida depende en gran medida de las cosechas. La desconexión entre los espacios rurales y las ciudades se ve reflejada en las grandes disparidades económicas y estructurales. Actualmente, dos tercios de la población pobre del Magreb viven en el campo.

Además de por el desempleo, estas zonas están marcadas por el analfabetismo (que afecta al 60% de la población rural marroquí) y la falta de escolarización, la precariedad, el bajo nivel de los salarios y de la formación de los obreros, las malas condiciones laborales y la falta de reglamentación de la actividad salarial. Lo que es más, estas poblaciones se ven en una situación cada vez más vulnerable, sometidas al pluriempleo (alternancia de labores agrícolas con un trabajo en una obra o en una fábrica en la ciudad) y subordinadas a las transferencias privadas que les aseguran sus familias en las ciudades o en el extranjero.

A estas dificultades se añade un déficit en las infraestructuras colectivas que crea dificultades a las zonas rurales del Magreb, y en particular en Marruecos, donde hay varios indicadores bajos: solo el 56% de la población rural tiene acceso a agua potable (frente al 82% en Argelia y el 58% en Túnez); el 71% tiene electricidad (el 98% de Argelia y el 95% en Túnez); y el 44% tiene acceso a la sanidad (el 81% en Argelia y el 62% en Túnez).

A pesar de estas condiciones, el sector agrícola es una fuente de empleo que sigue movilizando a un tercio de los trabajadores marroquíes y aproximadamente al 25% de la población activa en Túnez y Argelia. Por lo tanto, la agricultura es un importante elemento de estructuración de las economías magrebíes: su parte del PIB se elevaba en 2003 al 11,1% en Argelia, al 12,9% en Túnez y al 18,3% en Marruecos. Sin embargo, esta correlación entre crecimiento agrícola y resultados económicos sigue dependiendo demasiado de los cambios climáticos, sobre todo en el reino alauí. En Argelia, el escudo que representa la renta petrolífera atenúa los efectos de un año de mala cosecha, aunque conviene no menospreciar la importancia de la agricultura en la creación de riqueza nacional. Por último, los gastos alimenticios, aunque relativamente en descenso, siguen siendo el elemento principal del consumo en el Magreb, con una media de entre el 30% y el 40% del presupuesto de los hogares.

En lo que concierne al aspecto agrocomercial, la situación varía mucho entre los tres países, aunque todos hacen gala de un nivel elevado de protección de sus mercados agrícolas. Para Marruecos, el trigo sigue siendo el primer producto de importación, seguido del azúcar y de los aceites alimenticios. En el plano de las exportaciones, lo que dominan son los cítricos (50%) y las conservas de frutas y legumbres (30%). A pesar de las restricciones impuestas por la UE, el tomate marroquí “se concentra” en cantidades masivas en los puertos del estrecho de Gibraltar. En cuanto a Túnez, los principales productos importados son los cereales (35%), los aceites de grano (11%) y el azúcar (8%).

A parte de los productos pesqueros y los dátiles, el aceite de oliva, el “oro verde” de Túnez, es el primer producto de exportación: con una producción aceitera que representó en 2004 aproximadamente el 52% de las exportaciones agroalimenticias, el país se ha convertido en el tercer exportador mundial de aceite de oliva, detrás de España e Italia. En cuanto a Argelia, la estructura de sus importaciones agrícolas sigue dominada por los cereales (25%) y la leche (14,5%). Sus principales exportaciones son los dátiles, el vino y las patatas. Por otra parte, ocurre que la parte que representa la agricultura respecto al total de las exportaciones varía mucho entre los países del Magreb. De media oscila en torno a un 10-11% en Marruecos, alrededor del 6% en Túnez, pero no representa más del 0,2% en Argelia.

A la inversa, el porcentaje de productos agrícolas respecto a las importaciones totales de Argelia puede llegar al 25% como en 2002, frente al 12-15% de Marruecos estos últimos años, y al 9- 11% de Túnez. Finalmente, la orientación geográfica de los intercambios agroalimenticios nos muestra que Túnez es el país que mejor diversifica sus compras y sus exportaciones, lo cual atenúa progresivamente la polarización de su comercio agrícola con la UE. Desgraciadamente, a causa de una presión demográfica desbocada y de la insuficiencia de la actividad agrícola, la seguridad alimenticia de los países del Magreb ha decaído muy fuertemente en las últimas décadas. En 1965, Argelia cubría el 143% de sus necesidades alimenticias, frente a un mero 1,8 % en 2003. De manera menos drástica, esta tasa sigue siendo volátil en Marruecos y Túnez, pero se sitúa en una banda también preocupante que oscila entre el 40% y el 60%.

El resultado es que, en el Magreb, la relación de las exportaciones agrícolas con respecto a las importaciones agrícolas se ha divido por cuatro entre 1965 y 2003. Por lo tanto, no es una exageración hablar de desplome estratégico en lo que concierne a la seguridad alimenticia de la región. Con una superficie agrícola útil limitada (3% del territorio), Argelia cubre el 75% de sus necesidades alimenticias con importaciones. Lo único que permite a este país aplacar el impacto de la crisis alimenticia es la renta petrolífera.

Así como los mercados magrebíes se ven caracterizados por déficit importantes de productos básicos (cereales, leche, carne), se pueden observar fuertes disparidades entre los países en lo relativo a la disponibilidad alimenticia por habitante. Túnez disfruta de la tasa de subalimentación más baja, con un 1% de la población, frente al 5,26% de Argelia y el 6,44% de Marruecos. Pero en 2002, en el Magreb seguía habiendo 3,8 millones de personas malnutridas. Además, el análisis de los hábitos alimenticios revela que los tunecinos son los que más legumbres, frutas, carne y pescado consumen. Por último, conviene mencionar la aparición en el Magreb de una tendencia con importantes repercusiones: la occidentalización de los hábitos de consumo, que imita el modelo americano. Sin embargo, este fenómeno puede implicar riesgos sanitarios, empezando por el deterioro de la calidad de las raciones alimenticias.

Agricultura y desarrollo rural

En el Magreb, como en todas partes, el nexo entre agricultura y desarrollo rural es fundamental. A lo largo de las décadas de 1980 y 1990, las zonas rurales se vieron particularmente afectadas por los programas de ajustes estructurales que tuvieron lugar. Se aplicaron políticas de desarrollo rural al mismo tiempo que aumentaba el éxodo rural hacia las ciudades. A pesar de las medidas de solidaridad, como el programa “26-26” creado en 1993 en Túnez, este periodo coincide con un aumento de la precariedad de las condiciones de vida de las poblaciones rurales del Magreb. Por consiguiente, la entrada en el siglo XXI exige que se adopten estrategias de desarrollo rural en las que esté presente el concepto de durabilidad.

Dichas estrategias tratan de enfrentarse a los grandes desafíos que plantean la lucha contra la pobreza y el desempleo, las fracturas sociales y territoriales y la degradación de recursos cada vez más escasos como el agua. Estas políticas de desarrollo rural sostenido, apoyadas por el programa MEDA, generalmente se estructuran alrededor de cuatro ejes estratégicos: mejorar las condiciones de vida ampliando la infraestructura básica; diversificar las actividades para fomentar el empleo rural; proteger los recursos naturales y reforzar el papel de los actores locales (municipios, asociaciones, empresas públicas y privadas, cooperativas) en la gestión y la puesta en práctica de estas políticas.

Agricultura, desarrollo rural y durabilidad están, por lo tanto, íntimamente ligados desde este punto de vista, que introduce el paradigma ecológico en las estrategias políticas y económicas. Con esta evolución se pretende hacer frente a las crecientes presiones a las que se ve sometido el medio ambiente en el Magreb. Las tierras arables se ven doblemente minadas por la creciente erosión de los suelos (desertificación, malas prácticas agrícolas) y la escasez de tierras. En este contexto, el agua está en el centro de las problemáticas agrícolas y medioambientales de la región.

Recurso raro y limitado, podría convertirse rápidamente en el principal obstáculo a la producción de una cantidad suficiente de alimentos y transformarse así en foco de tensiones políticas y socioeconómicas de mayor calibre, ya que la falta de agua limita las capacidades de producción agrícola. Además, esta dinámica será aún más preocupante si se da en lugares donde se sumen pobreza y escasez de los recursos hídricos. El Magreb se expone claramente a esta situación. El agua se está agotando y, en poco tiempo, faltarán sitios para construir presas.

Ni el aumento del turismo ni el proceso de litoralización son propicios para la preservación duradera de los recursos hídricos. Además, los estudios sobre el futuro de la demanda de agua muestran que en 2025 las necesidades serán mayores en Argelia y Marruecos, por razones de aprovisionamiento doméstico en uno, y por imperativos agrícolas en el segundo. Efectivamente, salvo en Argelia, la agricultura sigue siendo el primer consumidor de agua: actualmente la irrigación representa el 90% de la demanda en Marruecos y aproximadamente el 82% en Túnez.

La escasez creciente de los recursos hídricos, combinada con el crecimiento demográfico y la mejora del nivel de vida son cambios importantes que deberá asumir el sector agrícola. La última característica destacable a tener en cuenta es la dualidad del sector agrícola en el Magreb. A las industrias agroalimenticias competitivas pretendidas por la globalización (por ejemplo, las sociedades Cévital en Argelia, Poulina en Túnez y ONA en Marruecos), se añaden multitud de pequeñas explotaciones que pueblan el medio rural. De esta manera conviven, por un lado, grandes empresas con mucho capital que utilizan medios modernos en tierras fértiles y que están preparadas para la liberalización del comercio y, por otro lado, numerosas explotaciones pequeñas de subsistencia, que ocupan el medio rural sin capacidad para adquirir bienes raíces y que producen fundamentalmente para el consumo propio.

Así como la hipótesis de la integración euromediterránea se cumple con las primeras, nadie duda de que las segundas, indefensas frente a la competencia, se verán particularmente expuestas por la apertura de los mercados y la liberalización prevista del comercio agrícola.

Liberalización agrícola

Por esta razón, la cuestión de la liberalización agrícola constituye una de los problemas más delicados del partenariado euromediterráneo. A pesar del significativo avance en lo relativo a la liberalización de los intercambios comerciales e industriales, por medio de la firma de acuerdos de asociación, el sector agrícola sigue siendo el área sacrificada en la asociación euromediterránea. Parte del conflicto comercial entre las dos orillas de la cuenca mediterránea tiene su origen en una competencia basada en algunos casos en la misma producción agrícola (aceite de oliva, flores, frutas y legumbres).

En noviembre de 2003 se organizó, en Venecia, la primera conferencia euromediterránea de ministros de Agricultura, cuyas propuestas se organizaron alrededor de tres grandes ejes: el fortalecimiento del desarrollo rural, la promoción de la calidad de los productos agrícolas y la puesta en marcha de acciones concretas en el campo de la agricultura biológica. Pero las dificultades que surgieron para incluir el aspecto agrícola en los acuerdos de asociación han llevado a ciertos países mediterráneos asociados a diversificar sus estrategias de alianzas. En 2004, Marruecos sorprendió a los europeos, siempre reacios a entablar negociaciones agrícolas, al firmar con Estados Unidos un acuerdo global de libre comercio (sin excluir ningún sector, empezando por la agricultura).

Sin embargo, las relaciones agrocomerciales son asimétricas: el 37% de las importaciones de Marruecos proceden de la UE, que es destinataria del 64% de sus exportaciones, pero solo un 6% procede de EE UU, mientras que las exportaciones agroalimenticias a este país no superan el 3%. En 2005, la labor llevada cabo para volver a poner en marcha el partenariado plantea la cuestión agrícola en la agenda euromediterránea. En Bruselas se ha instaurado un Comité de Seguimiento de la “Hoja de ruta euromediterránea de agricultura”. Sobre todo, la UE decidió iniciar las negociaciones con su socios mediterráneos con el fin de acelerar la liberalización del comercio de productos agrícolas y de pesca, frescos y elaborados.

Esta medida ocupará el centro de la política europea de vecindad y las negociaciones, progresivas y bilaterales, abordarán todos los productos al igual que aspectos no comerciales, como el desarrollo rural, las trabas técnicas al comercio o las normas de calidad. Todas estas decisiones fueron recordadas en el Programa de trabajo a cinco años adoptado el 28 de noviembre de 2005 en la Cumbre de Barcelona. Sin embargo, este proceso no depende únicamente de la evolución de las relaciones euromediterráneas: la liberalización del comercio agrícola en el Mediterráneo debe verse en el marco más amplio de las rondas de negociaciones comerciales de la Organización Mundial de Comercio.

La reforma en curso de la política agraria común de la UE también influirá en la liberalización en el Mediterráneo. En el caso de los países del Magreb, la liberalización total de los intercambios agrícolas y agroalimenticios con la UE debería plasmarse, a nivel comercial, en una difusión reforzada en sus mercados de productos estratégicos como los cereales, la leche y la carne. A cambio de eso, los agricultores del Sur deberían verse beneficiados por la reducción de las tarifas impuestas por la UE a las importaciones de aceite de oliva, de frutas y de legumbres, lo cual hace presagiar una competencia feroz entre los productores de las dos orillas del Mediterráneo. Varios estudios y modelos muestran que la apertura de los mercados tendría seguramente un efecto negativo para las estructuras agrícolas del Magreb.

Una liberalización demasiado rápida podría crear una conmoción social y territorial de consecuencias imprevisibles. El círculo supuestamente virtuoso entre liberalización del comercio y desarrollo a menudo se ha mostrado incapaz de sacar a ciertas poblaciones de la pobreza, empezando por las comunidades rurales, más expuestas a la inseguridad alimenticia. Por no prever, las consecuencias de una liberalización repentina del comercio agrícola podrían ser devastadoras para el Magreb, donde empeorarían ciertos factores ya de por sí negativos: descenso del empleo rural y éxodo hacia las ciudades; extensión de las zonas urbanas anárquicas en las que chocarían de frente la pobreza, el desempleo y la frustración; aumento de los desequilibrios entre el interior y el litoral; y aumento de las migraciones.

Al mismo tiempo, los extremismos políticos y religiosos podrían prosperar por culpa de la desesperación y el malestar social. Como en la cuenca mediterránea, el sector agrícola en el Magreb no solo cumple un simple papel alimenticio, sino que interviene también en la distribución espacial y en las transformaciones del mundo rural, así como en los equilibrios socioeconómicos. Por lo tanto, si se quiere abordar la cuestión agrícola en su totalidad se deben tener en cuenta otros asuntos más allá de las puramente económicos y comerciales, como pueden ser los riesgos fitosanitarios o las amenazas al medio ambiente.

De lo que se deduce que el desafío que plantea el medio rural en el Magreb es inmenso y requiere no solo que se diversifiquen las actividades económicas en el campo, sino también que se dominen las mutaciones sociales, culturales y territoriales. ¿Cómo fomentar una liberalización progresiva del comercio agrícola en el Mediterráneo que sea a la vez equilibrada y pausada y que no provoque excesivos sobresaltos en las sociedades del Sur? La magnitud de su faceta asociativa, que implica un beneficio igual y mutuo para ambas partes, es la que permitirá apreciar la grandeza del proyecto euromediterráneo. En lo que concierne a la agricultura, la única trayectoria razonable parece ser la de un enfoque gradual y negociado según el cual todos salgan ganando, porque, en el Mediterráneo, la necesidad de competir debe aliarse con el desarrollo sostenible y responsable de la región.