Túnez y Egipto: año II de la revolución

El principio de la verdadera revolución será cuando los islamistas abandonen la idea de adaptar la modernidad al islam y dejen que el islam se adapte a la modernidad.

Zouhir Louassini

Para la mayoría de la prensa occidental han bastado unos pocos meses para convertir el entusiasmo por las revoluciones en el mundo árabe en un pesimismo sobre el futuro de toda una región, que vive desde hace décadas una de las etapas más difíciles de su historia. Muchos periódicos han titulado a toda página Invierno Islámico lo que hasta poco antes definían como Primavera Árabe. Las elecciones en Túnez y Egipto, que llevaron al islam político al poder, “confirmaron” los temores de los que desconfiaban desde el principio de esos cambios que echaron a la flor y nata de los aliados de Occidente, como Zine Abidin Ben Ali y Hosni Mubarak. En los periódicos más prestigiosos de Europa y Estados Unidos, no faltan artículos que subrayan el espectacular fracaso de la “revolución árabe”.

Para muchos no hay duda: los árabes no están preparados para una verdadera democracia. Osman Mirghani, en un editorial publicado en al- Sharq al-Awsat, apunta al hecho de que las primaveras árabes, hasta el momento, han generado más preguntas que respuestas. En los países árabes, la esperanza inicial está dejando espacio a la ansiedad y al miedo. Esta es la realidad sin retoques, afirma en su artículo del 13 de febrero de 2013, una triste realidad que ha empujado a muchos a condenar los cambios y a considerarlos un fracaso total, mientras que otros ya no esconden su nostalgia del viejo régimen. Desde hace poco, circula por la red la página de Facebook “Ana asef ya rayes” (Lo siento señor presidente) en honor del ex raís, Hosni Mubarak; página que en poco tiempo ha aumentado el número de “Me gusta”: casi un millón de personas ya no esconden que piensan que antes era mejor.

El asesinato del líder de la oposición, Chokri Belaid, cometido a tiros por ignotos, arrastró a Túnez hacia una nueva pesadilla que podía hacer estallar todo el sistema posprimavera, sistema que parecía resistir mejor en el país magrebí que, por ejemplo, en Egipto. Dos años después del terremoto de la Primavera, las sacudidas aun no se han aplacado. Éstos son los hechos y es así como hay que analizarlos. Pero, la pregunta es: ¿son suficientes dos años para sacar conclusiones? La exsecretaria de Estado, Hillary Clinton, pocos días antes de dejar su cargo, puso el dedo en la llaga argumentando que la Primavera Árabe había llevado a muchos incompetentes al poder. Más que de incompetentes se puede hablar de falta de experiencia. Los cambios en el mundo árabe han llevado a las cúpulas del poder a una nueva clase política que, durante años, se había dedicado exclusivamente a la oposición.

En países donde las garantías democráticas brillaban por su ausencia, muchos líderes acabaron en la cárcel o en el exilio. De hecho, la situación actual pone de manifiesto el fracaso total de los regímenes anteriores, más que reflejar la incapacidad del poder vigente de poner en marcha una transición política exitosa. Los primeros dos años de Primavera han evidenciado el déficit democrático que sufren los grupos políticos, que confunden los resultados de las urnas con la democracia y la legitimidad del voto con la fuerza del consenso. Elementos que explican el sufrimiento de los que miran con temor la situación actual y que, sin embargo, no pueden justificar de ninguna manera los tonos nostálgicos de los que defienden la vuelta al pasado. El proceso democrático ha empezado y ya no hay razones para volver atrás.

Es verdad que la Primavera Árabe, como afirma Mirghani en su artículo, ha traído más preguntas que respuestas, pero también es verdad que hay algunas respuestas y pueden ser una base para construir una visión más optimista y objetiva. El famoso humorista egipcio Basem Yusef, en un episodio de su programa “Al Barnamag”, juega mostrando algunas imágenes de manifestaciones multitudinarias en El Cairo, de las que dice son la prueba de la fuerza de los Hermanos Musulmanes. Sin embargo, a sugerencia de la dirección, tiene que rectificar: no, no eran los hermanos, sino ¡la oposición laica! La difícil situación egipcia ya no puede esconder el debate interno que, con todos los límites de una frágil democracia, se desarrolla en total libertad. La era post Mubarak ha confirmado la fuerza organizativa de los Hermanos Musulmanes, pero de igual forma, ha dado a luz a una reacción de la sociedad civil digna de admiración.

El islam político en Egipto no tiene otra opción que la de cambiar el lenguaje si quiere salir del túnel en el que ha situado al país. Todas las maniobras del presidente, Mohamed Morsi, hasta el momento están dando pocos resultados porque ha intentado gobernar teniendo en cuenta solo a una parte de la sociedad. La pérdida de popularidad de los Hermanos pone en evidencia el fracaso de un movimiento que se ha equivocado en todas las jugadas en su cita con la historia. La forma en la que Morsi está gestionando la transición sintetiza la falta total de experiencia y de visión política. En poco tiempo, los Hermanos han logrado desperdiciar una ocasión única para llevar al país hacia la democracia. Probablemente por la ambigüedad del concepto según su interpretación ideológica: suponer que ganar las elecciones es motivo suficiente para esperar obtener la obediencia total de casi 90 millones de egipcios.

Esto es un reflejo de la poca lucidez de quien confunde preferencias democráticas con investiduras divinas. La victoria de Morsi en las elecciones ha empujado a los Hermanos Musulmanes, seguramente en un momento de “embriaguez total”, a redactar la Constitución como si se tratara de un manifiesto político. En cambio, Túnez nos ha ofrecido otra forma de gestionar el poder por parte de los islamistas, un poco más pragmática y menos ideológica. Ennahda, partido que pertenece a la versión moderada del islam político, gobierna en alianza con los partidos laicos. Sus líderes han demostrado hasta ahora mucha flexibilidad y, a veces incluso, un alto sentido del Estado. La propuesta del jefe de gobierno y secretario general de Ennahda, Hamadi Yebali, de formar un gobierno técnico, en contra de los deseos de su propio partido, después del asesinato de Belaid, ha sido un movimiento que ha aliviado la tensión en el país. La dimisión de Yebali después de fracasar en su intento de formar gobierno, puede considerarse en sí un gran cambio, una verdadera novedad en la historia política tunecina y árabe. Esta peculiaridad ha empujado a muchos observadores a mirar la situación tunecina con más optimismo.

En una entrevista publicada en Reset el 28 de febrero de 2013, el investigador y activista por los derechos humanos, Slahedin Yurchi, se declaró convencido de que Túnez “tiene todavía posibilidades reales de construir un Estado emancipado y civil”. Hasta el momento, la gestión del Estado ha sido en su conjunto suficientemente alentadora, a pesar de la división imperante entre la elite política y del preocupante fenómeno, nuevo en la sociedad tunecina, de la violencia. Todo esto, afirma Yurchi, no puede esconder que “hay una concienciación colectiva sobre la necesidad de recurrir a las urnas y no a la violencia como instrumento de cambio”. Así, el segundo año de las revoluciones árabes nos sitúa frente a dos realidades diferentes. Túnez y Egipto han sido los primeros en cambiar regímenes. Las dinámicas fueron muy similares. Manifestaciones pacíficas produjeron una transformación de la que tenemos que esperar los resultados antes de sacar conclusiones. Hasta el momento, solo podemos afirmar que Túnez da la impresión de aguantar mejor los cambios.

Por el contrario, Egipto es una incógnita, aunque las instituciones han demostrado gran resistencia y solidez a pesar de la cantidad de errores cometidos por el gobierno de Morsi. Egipto es el país más importante demográficamente. Su posición geográfica y su liderazgo en la región otorgan más valor a una experiencia que puede iluminar el camino a todo el mundo árabe. Los Hermanos Musulmanes inspiraron a todos los movimientos pertenecientes al islam político, incluidos los violentos. El éxito de la transición democrática egipcia es vital para poner en marcha el cambio hacia el mundo moderno en una región de conflictos y escaso desarrollo. Este camino pasa por una elección valiente: abandonar la convicción ideológica de poder adaptar la modernidad a las reglas del islam y dejar que el islam se adapte a la modernidad. Probablemente este será el principio de la verdadera revolución que el mundo árabe necesita.