Transiciones convulsas en Túnez y Egipto

El camino no es fácil, pero los dos países tienen un potencial intelectual y operativo significativo. La contrarevolución sigue siendo la obsesión de los ciudadanos.

Salam Kawakibi

En el marasmo de revoluciones que se esfuerzan por encontrar el final del túnel como en Libia, Yemen y Siria, parece que los dos países que han consumado las suya (Túnez y Egipto) atraviesan un periodo transitorio crítico y lleno de convulsiones. Una vez dicho esto, el cambio radical acaecido en ambos países es un acontecimiento histórico en todas sus dimensiones e inspira en gran medida cambios parecidos en la escena regional. Resultaba imposible prever estos levantamientos populares y, por tanto, no hay que manifestar remordimientos ni extenderse en explicaciones para contestar a la pregunta que no deja de plantearse: ¿por qué ahora?

En cambio, un análisis contrastado de la escena política árabe y de determinados fenómenos que la han convulsionado durante la última década, nos llevan a entender mejor el surgimiento de estas insurrecciones. Egipto conoció desde el inicio del segundo milenio una efervescencia de movimientos contestatarios y una movilización social de gran envergadura. El número de concentraciones y huelgas en los diferentes sectores era considerable.

De este modo, pudieron surgir nuevas formaciones políticas en forma de coalición (Kifaya, 2004). Además, el espacio para la expresión era relativamente abierto en los medios de comunicación privados, lo que ayudó a construir o consolidar una conciencia pública que rechazaba el statu quo. La vida asociativa controlada, con todos sus fallos y desaciertos, era un espacio propicio en el que elaborar las prácticas y experiencias necesarias para establecer un ambiente de cambio. Finalmente, las últimas elecciones (2010), que registraron un nivel de fraude fuera de lo habitual, también fueron una señal importante de que el sistema político se encontraba en una situación desesperada.

En el caso de Túnez, los medios de comunicación y la sociedad estaban más amordazados que en Egipto y las protestas sociales eran abortadas brutalmente. Por otro lado, la composición socioeconómica de la sociedad tunecina le ofrecía unas ventajas que le ayudaban a concebir mejor la perenne necesidad de protestar contra la injusticia y la dictadura. La educación en todos los niveles, las conquistas sociales bien ancladas en la memoria colectiva y la proximidad sociocultural con Europa, permitieron un intercambio de ideas, de prácticas y de inspiraciones.

Un factor decisivo: la intervención positiva del ejército

Qué sucedió para que, como se pudo observar, la gente llegara a alegrarse de la intervención de los militares? Aunque los ejércitos se consideran un elemento del aparato de seguridad del Estado y su fuerza de último recurso, se disociaron de las fuerzas policiales, reconocieron las reivindicaciones legítimas de los manifestantes y plantaron al jefe que procedía de sus filas. La mayoría de los dirigentes árabes, procedieran o no del ejército, han comprendido el peligro que éste podía representar.

Todos han llevado a cabo estrategias para marginarlo y neutralizarlo. Han buscado alejarse de la dependencia con respecto a él, desarrollando un sistema complejo de aparatos de seguridad. Tanto en Egipto como en Túnez, los servicios de seguridad han visto aumentar sus efectivos hasta triplicar el tamaño del ejército (1,4 millones frente a 500.000 en Egipto; 120.000 frente a 30.000 en Túnez). Así los servicios de seguridad se convirtieron en los gestores directos de la política, por lo que esta conllevó una menor gobernanza política. Las fuerzas armadas, a las que se ha mantenido alejadas de las tareas de mantenimiento del orden, se encuentran ahora en situación de desempeñar el papel de garantes de la transición.

Sin embargo, conviene distinguir entre la contribución efectiva del ejército en el desenlace de las revueltas en Egipto y Túnez. El régimen de Zine el Abidine Ben Ali había neutralizado totalmente al ejército en Túnez ya desde su ascenso al poder el 7 de noviembre de 1987. El ejército del país había sufrido una disminución de efectivos y de medios de manera paralela a la destitución de varios de sus jefes a fin de eliminar cualquier tentación de tomar el poder. Al margen de las decisiones políticas durante mucho tiempo, incluso durante los años de Habib Burguiba, el ejército tunecino, se mantuvo al margen de la vida económica del país. Su participación en la corrupción del poder era inexistente. Por el contrario, los militares egipcios están en el poder desde la revolución de los Oficiales Libres en 1952.

Durante la presidencia de Hosni Mubarak, el ejército siguió disfrutando de los mismos privilegios. Pero, en la última década, el resentimiento hacia el presidente creció en su seno por su negativa a nombrar un vicepresidente, creando así una incertidumbre peligrosa para el futuro del país, y por su obstinación en promover a su hijo Gamal como sucesor aunque el ejército no le reconociera ninguna legitimidad, privando así a los militares de su influyente papel de “hacedores de reyes”. En los días que precedieron a la caída del régimen, salieron a la luz divergencias sobre la posibilidad de seguir apoyando a Mubarak o de obligarle a dimitir. El consenso a favor de la segunda opción se consolidó rápidamente, pero el ejército parecía dudar a la hora de asumir la responsabilidad de derrocarle.

Sin embargo, las últimas 24 horas permitieron al ejército dar importancia a las protestas para que parecieran responsables de la caída del régimen. A partir de ese momento, el ejército se vuelve a apoderar del papel de “hacedor de reyes”, pero esta vez se presenta como refundador de todo el orden político y “se compromete” a construir un sistema democrático. En Túnez, el ejército intervino para “proteger” al pueblo y obligó a Ben Ali a marcharse. En Egipto, en cambio, se impuso al principio para colmar el vacío de seguridad y, a continuación, se mantuvo neutral. Es cierto que no disparó contra los manifestantes, pero no impidió que otros lo hicieran. Finalmente, adoptó la “sabia” decisión de romper con el régimen agonizante y preservar el sistema.

Desafíos y retos de las transiciones en curso

En el caso egipcio, el debate sobre la implicación política del Consejo Superior de las Fuerzas Armadas se encrespa cada vez más. Las concentraciones se suceden para expresar el malestar entre los jóvenes revolucionarios al ver que el papel de garante de la democracia del ejército se transforma en el de creador de un nuevo sistema autoritario de apariencia liberal. Una gran parte de los revolucionarios considera que la gestión del periodo transitorio por parte de este Consejo es opaca y carece de transparencia. Además no les parece que se hayan satisfecho todavía las reivindicaciones populares.

Por tanto, la solución que se propone consiste en sustituir ese consejo militar por un consejo presidencial para que gestione el periodo de transición. Mientras tanto, el 26 de mayo se proclamó un Consejo Nacional para la Protección de la Revolución. Por otro lado, el ejército tunecino ha preferido mantener una cierta distancia de la política al dejar la gestión de la transición a los gobiernos provisionales (tres desde la caída de Ben Ali). Aunque siga siendo el “hombre fuerte” de la situación, su naturaleza le ha obligado a mantener una actitud claramente diferente a la de las fuerzas armadas egipcias.

No obstante, las personalidades y las formaciones políticas insatisfechas con el desarrollo de la situación siguen cuestionando su importante influencia entre bastidores. La nueva Constitución egipcia, que sustituirá a la Constitución actual, enmendada sin un verdadero consenso nacional, representa así la manzana de la discordia entre los diferentes bandos. El ejército, con el apoyo explícito de los Hermanos Musulmanes y su partido político (Libertad y Justicia), es partidario de las elecciones legislativas que preceden a la nueva Carta Magna. Los demás elementos políticos rechazan esta fórmula por considerar que le corresponde al propio texto constitucional fundar las instituciones y no a la inversa. La lentitud de los procesos judiciales relacionados con los miembros del antiguo régimen alimentan las dudas.

La declaración (el 24 de mayo) de llevar al presidente y a sus dos hijos ante los tribunales por las matanzas que se perpetraron durante las protestas ha calmado los ánimos y ha dado esperanzas a los jóvenes revolucionarios de ver a la cúpula del antiguo régimen interrogada por “el conjunto de sus actos”. Por el contrario, los tribunales militares que siguen juzgando a civiles, y especialmente a jóvenes contestatarios, obstaculizan el regreso de la confianza. Cabe destacar que las leyes de emergencia, en vigor desde los años ochenta, todavía no se han abolido. En Túnez, la Constitución se suspendió ya en las primeras semanas del triunfo de la revolución. A partir de ese momento, se constituyó un comité para la reforma política con representantes de todas las fuerzas políticas, sindicales y de la sociedad civil.

Las reuniones de este órgano se han desarrollado en un ambiente constructivo, pero no han mostrado una cohesión en torno a unos principios comunes ni una adhesión total a los mismos. Entre las cuestiones que se han debatido en este comité se encuentran: la nueva Constitución, la ley de partidos políticos, las conquistas sociales de la sociedad tunecina y las elecciones a una Asamblea Constituyente. Finalmente, el gobierno decidó aplazar las elecciones hasta el 23 de octubre (inicialmente previstas para el 24 de julio), siguiendo las recomendaciones de la Alta Instancia Independiente.

El aplazamiento de las elecciones levantó polémica en Túnez, que se encuentra en un clima de incertidumbre, entre las dificultades económicas, el fantasma de una amenaza terrorista en su territorio y el desbordamiento del conflicto libio en su frontera sur. El movimiento islamista En Nahda (Renacimiento) se pronunció a favor de mantener la fecha inicial de las elecciones, esgrimiendo la amenaza de un periodo prolongado de inestabilidad en caso de que se aplacen. Esta postura sembró dudas en las otras formaciones políticas que temen la eficacia organizacional de ese partido para afrontar los plazos electorales y obtener la mayoría. Aunque el movimiento fue prohibido durante un largo periodo y sus dirigentes fueron encarcelados o exiliados, ha logrado mantener una base sumamente organizada.

En su regreso a la escena política nacional cuenta con unas importantes ventajas “logísticas” que se traducen en el dominio de las mezquitas, importantes lugares de reunión y organización. Esta desconfianza frente a las ambiciones políticas de los movimientos islamistas constituye un punto común en los dos países, Egipto y Túnez.

En Nahda y los Hermanos Musulmanes

Por tanto, las formaciones políticas con connotaciones religiosas representan otro factor de división en la nueva escena política surgida de la revolución. En ambos casos, su implicación en las revueltas fue tardía. Los observadores consideraron que esta actitud fue una buena estrategia de “perfil bajo” para no perjudicar los avances conseguidos sobre el terreno por los jóvenes que no pertenecen a ninguna formación política tradicional. Sin embargo, las “malas lenguas” consideraban que este alejamiento estaba calculado con la finalidad de ver cómo se iba a desarrollar la situación.

El tren de las revoluciones ya estaba en marcha cuando los Hermanos Musulmanes en Egipto y el movimiento En Nahda en Túnez se subieron a él. Algunos de los que se oponen a su considerable papel político sospechan que quieren apropiarse de los frutos de la libertad deformando los objetivos iniciales de las revoluciones. No se puede negar que, tanto en Egipto como en Túnez, esos movimientos eran los más preparados para reconquistar el terreno político vacante tras la caída de las dictaduras. Sin embargo, es importante diferenciar los dos casos: los Hermanos Musulmanes en Egipto pudieron mantenerse activos sobre el terreno durante el régimen de Mubarak, aunque las fuerzas de seguridad acosaran a sus miembros.

También logró, mediante un compromiso sospechoso con el régimen, que 80 de sus miembros resultaran elegidos al Parlamento en 2005 con la condición de independientes. Por el contrario, En Nahda estaba totalmente ausente de la escena política tunecina. Sin embargo, las fuerzas políticas de la oposición en el país lograron elaborar minuciosamente un acuerdo de mínimos durante los años de plomo: el Comité del 18 de octubre para los Derechos y las Libertades (2005). Esta coalición, que agrupaba a los principales grupos de la oposición de izquierdas y al movimiento En Nahda, establecía una plataforma común que fue discutida y debatida por representantes de estas fuerzas y que dio lugar a una literatura política muy rica.

En Egipto, hubo un intento de crear una plataforma común con el movimiento Kifaya a principios de la década de 2000. Los Hermanos Musulmanes prefirieron mantenerse al margen, sin por ello abandonarla totalmente, manteniendo así una postura muy ambigua con los diferentes movimientos contestatarios organizados entre los obreros. Su neutralidad pasiva redujo la importancia de estos acontecimientos. La formación religiosa egipcia conoce una cierta división entre al menos tres corrientes: los jóvenes que participaron activamente, y sin el visto bueno de sus dirigentes, en las manifestaciones ya desde los primeros días; el partido Centro (Al Wasat) que promueve un islamismo moderado a la turca; y el “canal histórico”, cada vez más en entredicho.

Además de esta “división”, varios antiguos miembros de los Hermanos Musulmanes, que ha creado un partido político con el nombre de Libertad y Justicia, ya no se identifican con sus prácticas ni con su conservadurismo. Los más moderados empiezan, poco a poco, a dirigirse hacia nuevas formaciones políticas en fase de lanzamiento que adoptan una política conservadora desde un punto de vista social, y liberal desde un punto de vista económico, sin imponer por ello ninguna ideología religiosa. Las otras formaciones políticas también se organizan aunque no tienen la misma capacidad logística que permite a los movimientos religiosos estar presentes en el conjunto del territorio. Su principal respaldo reside en el potencial de las sociedades civiles en ciernes. Todos los días se forman nuevos partidos políticos en ambos países.

Para algunos, es una señal de anarquía y, para otros, los más optimistas, es una muestra de una sed de democracia que habrá que satisfacer. Es muy probable que los ejemplos de Europa Central y Oriental reconforten a estos últimos. La explosión del número de formaciones políticas tras el surgimiento de la democracia no ha durado y las alianzas han reagrupado las corrientes principales.

Las potencias extranjeras

Los actores externos desempeñarán un papel importante apoyando las transiciones emprendidas en los dos países. Las revoluciones árabes gozan de una gran ventaja, lo que no ha sido el caso en otras revoluciones democráticas que se han producido en el mundo: el acontecimiento se ha iniciado y manejado a escala local y sin injerencia directa, por lo menos al principio, de las potencias externas. La “democracia árabe” puede ser establecida y manejada por los actores nacionales. No obstante, el apoyo externo sigue siendo un factor decisivo para el éxito del proceso.

Debe seguir un programa interno en cada país y tiene que evitar corromper a la incipiente sociedad civil. Los actores que trabajan sobre el terreno se quejan de las enormes cantidades de dinero que los proveedores de fondos proponen sin una verdadera política de inversión intelectual en los proyectos que se están tomando en consideración. Por ello es necesario un acompañamiento productivo, evitando dar lecciones o imponer unos programas que corresponden a una visión eurocentrista que ha demostrado su fracaso en la gestión dubitativa de los expedientes sobre la situación de los Derechos Humanos y de las dictaduras anteriores. El papel del actor externo ha perdido credibilidad y ésta solo podrá recuperarse mediante una cooperación transparente entre las sociedades civiles árabes y occidentales.

Las instituciones deberán respaldar el proceso y dejar que madure sin injerencias. Los países que han logrado deshacerse de sus dictadores poseen un potencial intelectual y operativo significativo. No es un camino de rosas. La contrarrevolución sigue siendo la obsesión de los ciudadanos y eso les empuja a veces a endurecer sus reivindicaciones y a ser exigentes con los gobiernos de transición. Los antiguos regímenes todavía tienen medios para causar daños, sobre todo cuando observamos la importancia de las pérdidas políticas y económicas que sufren sus “huérfanos”.

Van a intentarlo todo para acabar con sus esperanzas. Los ejércitos implicados positivamente en el proceso deberán respetar el pliego de cargos de la transición democrática. La vigilancia se encuentra en su punto álgido y las miradas de los demás países árabes a la espera de libertad se centran en el proceso de transición en Egipto y en Túnez. Ninguno de los dos países tiene “derecho a decepcionarnos”, los dos son nuestro “modelo”. Ellos han empezado y nosotros vamos a “seguir avanzando” hacia la democracia, pero necesitamos que triunfen. Eso es lo que dicen los demás ciudadanos árabes.