Sevilla: una vía para la concordia

La ruptura entre Occidente y el mundo árabe-musulmán parece haberse convertido en una realidad.

Randa Achmawi, periodista

En un momento en que las iniciativas para promover el diálogo entre culturas no logran encontrar su lugar en el espacio que separa al mundo árabe-musulmán de Europa, la cuestión principal que se plantea es la vía que debe emprenderse para llegar a una coexistencia pacífica, a una mejor comunicación, comprensión y aceptación mutuas.

El Taller Cultural, un encuentro organizado en Sevilla por la Fundación Tres Culturas del Mediterráneo del 28 al 30 de junio, se inscribía así en el ciclo inaugurado anteriormente en París del 13 al 15 de septiembre de 2006, por iniciativa del Ministerio francés de Asuntos Exteriores, y que debe ser clausurado en la Biblioteca de Alejandría, en Egipto. Su objetivo es profundizar en la reflexión sobre el diálogo entre culturas. Para ello, un centenar de intelectuales, representantes gubernamentales y de la sociedad civil de los países euromediterráneos y del Golfo participaron durante dos días en una serie de debates en la capital andaluza, el marco ideal para la celebración de un encuentro como éste.

En realidad, el simple hecho de llegar a Sevilla representa una especie de inmersión en un lugar idealizado, donde el entendimiento entre estos dos mundos fue un día, probablemente, una realidad. Esta ciudad inspira a todos los que todavía quieren creer en la posibilidad de una coexistencia armoniosa entre el Islam y Occidente. Los vestigios de la presencia árabe, que han perdurado más de cinco siglos, dicen mucho sobre este ideal. La influencia de esta cultura es profunda y ha dejado huellas monumentales en cualquier lugar por el que se pase.

Al observar el antiguo alminar (la Giralda), la torre a la orilla del Guadalquivir (en árabe Wadi Al Kebir) o el Alcázar, nos imaginamos cómo fue esta sociedad, en la que el cosmopolitismo prevaleció mucho tiempo sobre las corrientes segregacionistas que preconizaban el desacuerdo y el equívoco. ¿Es necesario soñar con esos días en que la atmósfera de las relaciones interculturales era tranquila y distendida? Un momento de la historia que parece perdido para siempre. Después, la región parece haber entrado en un ciclo infernal de enfrentamientos y guerras durante varios siglos. Y a ello se añade la aventura colonial.

Esto explica las fracturas y las heridas profundas que marcan actualmente las relaciones entre el norte y el sur del Mediterráneo. Actualmente, y sobre todo después del 11 de septiembre de 2001, la ruptura entre Occidente y el mundo árabemusulmán parece haberse convertido en una realidad concreta, fuertemente consolidada. Se observa y puede percibirse, tanto en las calles de los países musulmanes, como en las de las ciudades occidentales. Basta con mirar alrededor, para constatar que la situación es más bien sombría. En Occidente, el racismo y la creación de guetos están en su apogeo. En Europa y en Estados Unidos, los ciudadanos de origen musulmán son a diario discriminados de la manera más flagrante.

Ocurre en los aeropuertos, en los comercios, cuando se intenta encontrar un empleo o un alojamiento. El simple hecho de llamarse Mohamed, por ejemplo, entraña automáticamente toda clase de dificultades y coacciones, a todos los niveles. Y esto sin hablar de la violencia étnica o entre comunidades cada vez más corriente. Por parte del mundo árabe-musulmán, la situación no es mejor. En esta región, la radicalización de las sociedades y el aumento del extremismo se han convertido en una realidad y obligan, cada vez más, a las minorías musulmanas moderadas o las poblaciones cristianas a vivir al margen de la mayoría de la población, que se ha convertido en pasto de las ideas de un modo de vida arcaico y oscurantista.

De este modo, vecinos de rellano en un mismo edificio apenas se dirigen la palabra, y pueden vivir en un estado de desconfianza y sospecha mutuas, debido al tipo de vestimenta adoptado por cada uno ellos. El hecho de llevar velo o barba, o prendas de vestir al estilo occidental, se ha convertido ahora en un criterio importante para la elección de los amigos, de los socios de trabajo, de los cónyuges, etcétera. En consecuencia, en un contexto como éste, la divergencia parece clara y la división perceptiblemente establecida en esta sociedad. Sin embargo, este fenómeno es relativamente reciente en la historia de la región.

Esta polarización en la sociedad árabe se ha desarrollado sobre todo durante los últimos 30 años, cuando los petrodólares empezaron a imponer algunas normas culturales en el panorama de Oriente Próximo. Y los trabajadores que se habían ido al Golfo, por sus recursos financieros, trajeron con ellos una cultura que antes era completamente extraña para muchos de los países árabes. Después, debido a las cadenas vía satélite, esta “moda” venida del Golfo se ha asentado gradualmente. Además, para reforzar esta metamorfosis lamentable, durante este mismo periodo, los grupos que preconizan el Islam político, como los Hermanos Musulmanes en Egipto, el Frente Islámico de Salvación (FIS) en Argelia, Hamás en Palestina o Hezbolá en Líbano avanzan hasta situarse en primer plano, lo que reafirma ideológicamente a los protagonistas de este cambio.

La revolución Islámica y el ascenso al poder de los Ayatolá en Irán también se han convertido en la mayor fuente de inspiración para el conjunto de estos movimientos. Pero, ¿qué lugar ocupa el conflicto israelo-palestino en el desafío de las relaciones entre Occidente y el mundo árabemusulmán? Ciertamente, sigue siendo fundamental. En la actualidad, las opiniones son unánimes: “El conflicto israelo-palestino es el centro de las tensiones entre las culturas”, y se considera el principal catalizador del choque de civilizaciones. Y ello, en la medida en que no deja de proporcionar a los extremistas los recursos para dar coherencia a sus discursos y las herramientas más adecuadas para inflamar el espíritu de las masas.

Actualmente, ésta es la pregunta fundamental que se plantea en el mundo árabe: ¿es posible el diálogo en tiempos de guerra? Una vez más, en el Taller Cultural de Sevilla, el conflicto israelo-palestino destacó entre todas las discusiones y debates. Esto demuestra que cada vez es más urgente hacer un análisis lúcido del problema israelo-palestino. Sin embargo, hubo un atisbo de esperanza durante la presentación de la delegada permanente de Palestina para la Unión Europea, Leila Chahid, y de la política israelí Naomi Ghazan. Una manera de dar a conocer que, en relación con el conflicto israelo-palestino, las voces femeninas pueden tener mucha fuerza cuando se trata de denunciar la injusticia.

En sus respectivos discursos, las dos mujeres dieron prueba de una gran clarividencia, valentía y honestidad y, cada una a su manera, demostraron que la política del avestruz, adoptada actualmente por los dirigentes de la comunidad internacional, está abocada al fracaso, ya que está edificada sobre la incoherencia, la mentira y, sobre todo, sobre la falta de respeto al Derecho. El respeto al Derecho Internacional es el pilar fundamental para el compromiso en la vía del diálogo y la concordia entre las culturas. “Es necesario encontrar los medios para reforzar la creencia en el Derecho, pasando por el reconocimiento de los valores universales fundamentales y comunes, como el respeto a la persona y a su dignidad.

De ahí la importancia del conflicto israelo-palestino”, manifestó Jacques Andreani, antiguo embajador de Francia en Washington. Según él, las religiones no están en la base de los conflictos, sino que son utilizadas frecuentemente para reforzar ideas y posiciones conflictivas, y manifestaciones de guerra y de violencia. “Todas estas manifestaciones desembocan en un debilitamiento y en un menoscabo de la confianza en el Derecho Internacional”, prosiguió. Una vez más, la conclusión principal sigue siendo que es imperativo considerar la resolución del conflicto israelo-palestino con un espíritu de justicia y de respeto al Derecho, so pena de vaciar el concepto de diálogo mediterráneo de todo su sentido.