Seis reflexiones sobre la pandemia

Michel Wieviorka

Sociólogo y director del Centre d’analyse et d’intervention sociologiques de París (CADIS)

La pandemia de la covid-19 constituye todo un reto para el conocimiento humano no solo por su propia especificidad, sino porque nos obliga a enfrentarnos a su carácter impredecible. Aunque es cierto que las grandes catástrofes conllevan una serie de consecuencias inmediatas terribles, también es cierto que, a la larga, son el punto de partida de un resurgimiento, lo cual nos lleva a considerar este fenómeno desde una perspectiva de distintas temporalidades. En este sentido, hemos visto que la era digital se ha desarrollado aún más durante la pandemia, y ha acentuado desde sus comienzos las desigualdades sociales. Por otra parte, ya en el ámbito político, las ideologías neoliberales, tan presentes hasta ahora, han sido cambiadas en beneficio de propuestas y acciones políticas que dan más importancia a la intervención de los estados y a la redistribución, cuando esta es posible.   


La pandemia de la covid-19 es lo que el antropólogo Marcel Mauss denominaba un «hecho social total» que afecta todo tipo de dimensiones de nuestra vida colectiva, tanto sociales como culturales, políticas, económicas y, claro está, también sanitarias, cambiando muchas vidas personales, individualmente, o en el seno de la pareja o de la familia.

Es un reto para el conocimiento por razones relacionadas, en primer lugar, con las especificidades del virus, puesto que cada día descubrimos hasta qué punto puede sorprendernos, pero porque nos enfrenta también a su carácter imprevisible, obligándonos a pensar en la historia, lo trágico de la experiencia humana, y por lo tanto nos empuja a salir del «presentismo» que critican buenos historiadores como François Hartog (2020).

Temporalidades

Hace unos cuantos años, el sociólogo Ulrich Beck (2006a) distinguía y oponía dos grandes enfoques, criticaba el «nacionalismo metodológico» y propugnaba el «cosmopolitismo metodológico»: ante el riesgo y la catástrofe, decía, ya no podemos seguir pensando en el marco único del estado nación, tenemos que saber que cada individuo es un global player, y que nuestra existencia, en su faceta más íntima y también más local, en realidad está gobernada, en muchos aspectos, por lógicas planetarias. Pero ¿qué constatamos? Por una parte, la pandemia es mundial, es global; pero también, por otra, las respuestas que se le dan son principalmente nacionales. Por lo tanto, para analizar este «hecho social total» hay que conjugar, articular, en vez de oponer los dos tipos de razonamientos que distinguía Ulrich Beck.

Un esfuerzo como este implica introducir, en primer lugar, el chronos, el tiempo, y plantear la cuestión de las temporalidades. En general, las grandes catástrofes conllevan inmediatamente, o a corto plazo, una retahíla de desgracias y dramas. Estropean la economía, exacerban la violencia, dejan entrever la posibilidad del caos, suscitan también revueltas, movimientos religiosos, místicos, la investigación de explicaciones improbables, metasociales, la denuncia de cabezas de turco, la acusación contra los judíos, las brujas… Pero a la larga son también, finalmente, el punto de partida de un resurgimiento de la economía, la entrada en una fase histórica que deja de ser tenebrosa, lo cual, como señalaba Ulrich Beck (2016) podría justificar el concepto de «catastrofismo emancipatorio», la idea de que una catástrofe puede transmitir lógicas de emancipación.

Pero no es suficiente con distinguir el muy corto plazo y el largo plazo. Cada ámbito, efectivamente, tiene su propia temporalidad. El tiempo de la economía no es el de la cultura, el tiempo de las ideas no es el de la política, el tiempo de la ciencia no es el de la industria, etc. Hace falta, por tanto, aceptar la idea que el impacto de la pandemia solo se puede y se podrá captar de manera evolutiva en el tiempo, y teniendo en cuenta la diversidad de las temporalidades.

Las grandes catástrofes llevan con si una retahíla de desgracias, pero, a la larga, son también, eventualmente, el punto de partida de un resurgimiento. Este comentario se basa en un postulado que merece ser examinado: ¿Estamos seguros de que una vez haya pasado, la pandemia habrá modificado profundamente la vida colectiva? En un famoso ensayo, El Antiguo Régimen y la Revolución (2018, primera edición en 1856), Alexis de Tocqueville demuestra que un acontecimiento de importancia considerable, la Revolución Francesa, finalmente no modificó mucho el curso principal de la historia de Francia, que se caracterizaba por un proceso de centralización creciente. Su investigación se basaba en un largo y paciente trabajo de archivos, no era un ensayo hecho a toda prisa como se ven aparecer tantos hoy en día. Esta tesis fue refutada, especialmente por Mona Ozouf (2009), una historiadora muy respetada, y nada impide promover otros razonamientos, los unos insistiendo en el declive, la decadencia, la crisis económica y social profunda que comportaría la pandemia, y los otros, en cambio, hablando de mutación, de entrar en una nueva fase de la modernidad, o incluso de ruptura antropológica.

La hipótesis de una mutación

Pongamos que aceptamos provisionalmente la idea de una mutación. Cuanto más radical, más delicada resulta una pregunta: ¿qué herramientas intelectuales nos pueden servir de apoyo para medir el alcance? ¿Cómo confiar en enfoques, paradigmas, razonamientos que habían sido validados en el pasado? E incluso simplemente, ¿de qué vocabulario, de qué palabras disponemos para plantear una metamorfosis que nos haga entrar en un universo inédito?

Dos respuestas pueden ahorrarnos el desánimo. La primera consiste en empezar con aquello que ya podemos percibir, y que, de alguna manera, ya existía antes de la pandemia. De hecho, todo aquello relacionado con la entrada en la era digital, todo aquello que, de manera más amplia, remite a lo que algunos sociólogos (como Anthony Giddens) denominaron la «segunda modernidad» o la «hipermodernidad» (Alain Touraine) es susceptible de ser desarrollado, acentuado, reforzado bajo el efecto de la pandemia, y nada impide pensar que aquello nuevo ya se estaba gestando, como mínimo en parte, antes de que eso pasara: nos toca ser capaces de detectar lo que se estaba esbozando o preparando.

Y, segunda respuesta, con el movimiento de las ideas pasa lo mismo que con el resto de la reflexión de las sociedades con respecto a sí mismas: en lugar de esperar a estar instalados en un nuevo mundo para pensarlo, también podemos considerar que el pensamiento acompaña la mutación inventando a medida que se producen las ideas, los paradigmas, los razonamientos, las categorías que esta implica.

¿Qué comparaciones?

Espontáneamente, numerosos observadores, periodistas, ensayistas e investigadores compararon la pandemia con las grandes epidemias que marcaron la historia, la peste, el cólera, la gripe española y, más recientemente, el SIDA y el SARS Cov 1 aparecido en China. La pandemia contemporánea es entonces un episodio de una serie que cruza la historia, aunque nos podemos sorprender que se olviden algunos otros episodios, empezando por la gripe española de 1918-1919, como demuestra Freddy Vinet (2018). Desde esta perspectiva, las epidemias son plagas que afectan al planeta, sin tener en cuenta el tipo de sociedad o la era histórica en que surgen.

La pandemia de la covid-19 acelera un proceso de instalación en una nueva era histórica, no es simplemente una epidemia más, forma parte de una metamorfosis.

También merece ser examinada una comparación bastante diferente. Consiste en insertar la pandemia contemporánea en el contexto de un periodo histórico que se puede especificar. Eso nos lleva a mencionar de nuevo a Ulrich Beck (2006b), que fue pionero en el análisis de la sociedad del riesgo y la catástrofe. Desde su perspectiva, la pandemia contemporánea se inscribe dentro de grandes dramas que caracterizan la «segunda modernidad», inaugurada en los años setenta u ochenta, con, concretamente, el accidente nuclear de Chernobil. Se trata de una catástrofe que pertenece a un mismo conjunto histórico, y que incluye por tanto el accidente nuclear, eventualmente asociado con un tsunami (Fukushima), la erupción volcánica, el terremoto, el cambio climático, el terrorismo global ―todos ellos fenómenos que pueden no ser nuevos, pero que se convierten en ello por la manera como se les trata: imponen nuevas maneras de pensar, situarse en el mundo, definir y respetar las normas, adoptar enfoques que tienen un componente global—.

Desde esta perspectiva, la pandemia de la covid-19 acelera un proceso de instalación en una nueva era histórica, no es simplemente una epidemia más, forma parte de una metamorfosis.

La modernidad digital

Si una dimensión de esta metamorfosis es incontestable, es la que condensa el adjetivo «digital». Ya sabíamos desde los años noventa, sobre todo con los trabajos pioneros de Manuel Castells (1997) hasta qué punto vivimos bajo la influencia de la información y la comunicación. La pandemia ha confirmado y reforzado de manera increíble esta realidad. Fue espectacular en las fases de confinamiento: la comunicación interpersonal virtual sustituía la vida social gracias a Internet, el móvil o las redes sociales; el teletrabajo; la educación y la enseñanza a distancia. Los GAFA (Google, Amazon, Facebook y Apple) y otras empresas digitales han prosperado, su cotización en las bolsas ha subido, mientras que empresas de otros sectores decaían, como las del ámbito de la aeronáutica o el turismo.

Esta evolución no solo tiene aspectos positivos. En primer lugar, refuerza empresas con poco valor añadido, que a menudo consumen mano de obra no cualificada y precaria, como en el «capitalismo de plataforma» que critica el economista Robert Boyer (2020). Abre perspectivas a dos tipos de derivas. Unas vinculadas al reforzamiento del Estado, que puede ejercer gracias a las tecnologías digitales un control social cada vez más dictatorial, como vemos en China. Las otras vinculadas a las grandes empresas del sector, globalizadas, que acentúan su influencia en la vida colectiva gracias a su dominio digital y a su capacidad para recoger y utilizar los datos, por ejemplo. Y nada impide imaginar el encuentro del Estado y el capitalismo digital en beneficio de nuevas modalidades del poder político y económico.

Presente y futuro de las contestaciones sociales y culturales

El mundo digital aumenta las desigualdades, tanto las de la brecha digital como las de grandes grupos de población que no trabajan o, en todo caso, no a distancia. Al dilatar el espacio de la vida virtual y reducir el de las relaciones reales, concretas, reduce las ocasiones de encuentro y dificulta la acción sindical a las empresas y organizaciones. De manera más amplia, la pandemia ha reforzado tendencias sociales que ya existían. Y, por otra parte, ha abierto el espacio del cambio cultural.

De hecho, las desigualdades que ya existían se han reforzado. Los excluidos, los más pobres, no solo han conocido condiciones de existencia todavía más difíciles, sino que, además, no han podido contar tanto como antes con la ayuda humanitaria, que ahora cuesta más de conseguir. Los trabajadores precarios, los de la economía informal, estuvieron en primera línea para hacer frente al virus, no se beneficiaron en casi nada del teletrabajo y, al mismo tiempo, no pudieron escoger, tenían una necesidad vital de acceder a los ingresos que les aportaba su trabajo ―un trabajo, por otra parte, menos abundante que en otras épocas—.

En materia cultural, no es suficiente con constatar dificultades, muy reales, e injusticias, en todo lo referente a las artes escénicas, el deporte, la vida artística, el turismo, el ocio o el acceso a la cultura y la educación. También hace falta tener en cuenta a los actores que, colectivamente, han sabido moverse e incluso reforzarse durante la pandemia, generalmente combinando afirmación cultural y llamamiento a la democracia, la justicia, el respeto y la verdad. Es el caso, entre otros, de las movilizaciones feministas, o antirracistas, que no han disminuido en absoluto. Por otra parte, la pandemia ha suscitado una investigación de sentido, y de puntos de referencia, que ha encontrado importantes respuestas en la preocupación por la naturaleza y la movilización contra el cambio climático. Por eso podemos constatar la vitalidad, en varios países, de las fuerzas políticas que invocan el medio ambiente y la ecología.

La pandemia no ha reducido al silencio las movilizaciones culturales y democratizadoras que existían antes, más bien ha abierto la vía

La pandemia también ha acentuado importantes debates éticos en torno a la cuestión de la «selección»: ¿cómo decidir, y quién debe tomar las decisiones, los médicos o alguien más, cuando dos víctimas del virus, un joven y un viejo, son al mismo tiempo candidatos a una reanimación urgente en un hospital en el que solo queda una cama? ¿Cómo pensar las relaciones intergeneracionales de otra manera que no sea en términos de competencia y conflicto, si no es anticipándose a la penuria y a cómo queremos que sean las relaciones entre los mayores y los más jóvenes? Digámoslo en una frase: la pandemia no ha reducido al silencio las movilizaciones culturales y democratizadoras que existían antes, más bien ha abierto la vía y ha sugerido que se podía construir un futuro en el que el papel del Estado pudiera estar más centrado en la cultura, la salud o la educación.

¿Hacia otras políticas?

Una idea fundamental impregna muchos debates: la pandemia solo puede ser favorable al autoritarismo y las pulsiones, sobre todo nacionalistas o nacionalpopulistas, que existen por todo el mundo. Esta idea se refuerza cuando se tienen en cuenta las políticas implementadas para luchar contra el virus. De hecho, se basan a menudo en medidas de excepción que son amenazas para el estado de derecho y la democracia, ni que sea dando al poder ejecutivo nuevas prerrogativas, en detrimento del poder judicial y legislativo. Además, el carácter poco previsible de la situación hace más difícil el ejercicio del poder: ¿cómo decidir en un contexto tan poco conocido y que no dominamos? Los errores, las mentiras de una «comunicación» necesariamente más o menos errática favorecen los llamamientos a la autoridad.

Por otra parte, a menudo se utiliza el ejemplo de China para sugerir que un poder dictatorial ha permitido una mayor eficacia en la lucha contra la pandemia que los regímenes democráticos.

En primer lugar, hay que subrayar que, en el momento de escribir esto, varios países democráticos, sobre todo del sureste asiático, Taiwán y Corea del Sur entre otros, han obtenido buenos resultados. El análisis tiene que incluir, por lo tanto, otras dimensiones que el autoritarismo: la cultura política de sociedades donde reina una mayor confianza que en otros entre la sociedad y los que dirigen el Estado; la idea de que existe un futuro mejor que el actual.

Sin embargo, debemos tener en cuenta, siempre en el momento actual, las realidades de las fuerzas y los regímenes si no autoritarios o extremistas, por lo menos nacionalistas y de derechas. En Estados Unidos, el éxito electoral de Joe Biden sobre Donald Trump seguramente se debe en parte a la pandemia, que no permitió a Trump sacar provecho de los resultados económicos de su política durante su presidencia; en Brasil, el régimen de Jair Bolsonaro también ha quedado más bien debilitado por su gestión de la pandemia; en Reino Unido, Boris Johnson se encuentra en una postura delicada de nuevo a causa, entre otras cosas, del tratamiento político que adoptó con respecto a la pandemia. Examinemos ahora lo que dicen los sondeos o los resultados electorales más recientes de los partidos nacionalpopulistas en Italia, con la Lega dirigida por Matteo Salvini y, en Francia, con el Rassemblement National de Marine Le Pen: ni uno ni otra se han beneficiado hasta ahora de la pandemia.

Estas constataciones no quieren decir que a largo plazo el espectro del autoritarismo, del nacionalismo o del populismo se pueda descartar. Pero nos invitan a evitar las valoraciones sumarias o demasiado rápidas: como hemos podido ver, el corto y el largo plazo requieren reflexiones que no necesariamente son coherentes.

Lo que queda claro, en fin, es que las ideologías neoliberales, tan presentes hasta ahora, han sido cambiadas en beneficio de propuestas y acciones políticas que dan más importancia a la intervención de los estados y a la redistribución, al menos cuando es posible, como en el caso de las sociedades más ricas. Pero la redistribución y las ayudas del Estado pueden apuntar más bien hacia las empresas, o hacia algunos sectores, o más bien a las personas, sobre todo las más frágiles o afectadas: pueden ser de derechas, o de izquierdas. Y pueden acompañar más bien el apoyo de sectores amenazados, incluso viejas industrias, o a la agricultura, o más bien el apoyo a todo lo que tiene que ver con preocupaciones ecologistas: pueden dirigirse más bien al cambio de era histórica, o hacia la supervivencia de aquello que se puede salvar de los antiguos modelos.