Seguridad gasista en el Mediterráneo

Ante las dudas de la política del gas de Rusia, Europa debería dar más importancia a sus proveedores mediterráneos.

Francis Ghilès

La energía sigue situándose en el centro del desarrollo económico: la voluntad de garantizar fuentes de petróleo fiables fue el factor clave de muchos conflictos en el siglo XX y seguirá siendo fundamental para la política exterior en este siglo. La sed global de energía nunca ha sido tan grande y el mundo continúa consumiendo más de la que se descubre: ésta es la pauta desde 1985 en el caso del petróleo, y desde 1995 en el del gas. De ahí que los precios del petróleo y del gas estén alcanzando máximos históricos y que la tensa relación entre la Unión Europea (UE) y Rusia, su principal suministrador de gas, haya situado la seguridad del abastecimiento de esta materia prima a la cabeza de la agenda de muchos gobiernos.

El interés se centra cada vez más en el gas natural: la demanda de gas se ha disparado, pero las reservas y la producción están concentradas geográficamente. La UE lleva años promoviendo el consumo de gas, en especial para generar electricidad, aunque dispone de reservas pequeñas y menguantes. Esta tendencia continuará en un futuro inmediato y se traducirá en una dependencia creciente de las importaciones de gas. Hasta la liberalización de los mercados energéticos impulsada por la UE, la interdependencia entre el suministrador y el cliente se solucionaba en el marco de contratos de larga duración. Hoy prevalece una mayor incertidumbre con respecto a la demanda, lo que supone una carga añadida para los productores y exportadores. La creciente competencia de China e India por los recursos gasísticos convierte las necesidades europeas para la próxima generación en una cuestión geopolítica tratada en los seminarios internacionales.

Tres dimensiones de la política gasística europea

La UE es cada vez más consciente de los retos que plantea su vulnerabilidad ante su dependencia de las importaciones desde que la Comisión admitiera en 2000, en el Libro Verde Hacia una estrategia europea de seguridad del abastecimiento energético, que la triplicación del precio del petróleo “pone de manifiesto la debilidad de la UE en cuanto a suministros energéticos”. Una política energética creíble a largo plazo exigía reevaluar el equilibrio existente entre la oferta y la demanda dado el descenso de la producción de gas en la UE y al aumento de la demanda; de fomentar un cambio en los hábitos de consumo y de luchar contra el calentamiento del planeta promoviendo fuentes de energía renovables. Seis años después, sin embargo, la seguridad del suministro y el impacto del cambio climático se han convertido en prioridades, mientras que la liberalización del mercado parece haberse dejado de lado. El Libro Verde de la UE Estrategia europea para una energía sostenible,competitiva y segura (2006) admite, discretamente, que las tres dimensiones de una política europea creíble –desarrollo sostenible, competitividad y seguridad del suministro– son contradictorias. Para abordar el cambio climático y la seguridad del abastecimiento, la UE decidió centrarse en las cuestiones de la demanda y de la combinación energética.

El gas natural, el más limpio de los combustibles fósiles y el que puede hacer uso de la tecnología de generación de energía más eficiente, desempeña una función clave en la generación de electricidad, donde la demanda aumenta un 1,5% anual. Hacia 2030, sin embargo, la dependencia europea de las importaciones de gas podría alcanzar hasta el 80%. Después de Rusia y Noruega, Argelia y, en menor medida, Libia y Egipto, desempeñarán un papel cada vez más importante como proveedores de gas a la UE. Reforzar los lazos energéticos –ya sean de gas o renovables– en todo el Mediterráneo será fundamental para la seguridad energética de Europa, pero también para la percepción de los países de la orilla sur del Mare Nostrum de su papel en la región. Europa no puede permitirse considerar a Argelia o Libia como meros “agujeros de gas” a los que compra una materia prima muy necesaria.

La seguridad gasista es, por consiguiente, una preocupación tanto para los exportadores como para los importadores. Inyectar competencia en los mercados gasistas europeos suena bien puesto que la eficiencia económica es para el beneficio de los consumidores, pero el rediseño de la relación entre proveedores e importadores de gas no ha beneficiado a los proveedores. Los contratos de compra obligatoria (take or pay contracts) que durante muchas décadas fueron la norma ofrecían un mecanismo de reparto de riesgos entre los socios de ambas orillas que a su vez permitía compartir el riesgo de construir infraestructuras grandes y caras.

Esta estabilidad es importante para países como Argelia, porque ayuda a consolidar los ingresos derivados de la exportación, que suponen la mayoría de los ingresos extranjeros del Estado, y por lo tanto el bienestar de 32 millones de personas. De ahí la razonable petición planteada por los exportadores de compartir “parte de los beneficios relacionados con la liberalización y, en especial, la eliminación de las cláusulas de destino. Hay dos posibilidades: mercados de distribución y comercialización más abiertos para los exportadores o que éstos tengan una participación en la nueva renta final a través de nuevos mecanismos contractuales”.

Incertidumbres de la demanda y de la oferta

La seguridad del suministro tiene consecuencias a corto y largo plazo: a corto plazo, las de cubrir la demanda puntual máxima, y a largo, anticipar los futuros desequilibrios entre la oferta y la demanda. En otras palabras, “si desarrollar la demanda exige tener garantías respecto al suministro, desarrollar la oferta exige garantías respecto a la demanda. En consecuencia, las iniciativas que tienden a parcelar la cadena gasista y promover la defensa de intereses individuales independientemente del resto del sistema pueden debilitar la fiabilidad de la cadena del gas”. Hoy en día, prevalece la incertidumbre respecto a algunos puntos fundamentales: incluso suponiendo que la demanda de la UE se mantenga al nivel de 2005, necesitaría 173 bcm (miles de millones de metros cúbicos) más en 2030 sólo para compensar la pérdida de producción interna. Sin embargo, se prevé que la demanda de gas natural en la UE crezca un 24%, hasta alcanzar los 666 bcm en 2030.

El valor del dólar plantea otra incertidumbre, ya que los precios del petróleo y del gas se calculan en esta moneda. Dada la apreciación del euro frente al dólar, el verdadero aumento del precio del gas entre 2002 y 2005 ha sido del 38% –en euros– frente al 82% si se calcula en dólares. Otra incertidumbre se refiere a si en los próximos años se promoverán fuentes de energía renovables o la energía nuclear. Las decisiones a este respecto tendrán un impacto en las proyecciones gasísticas a largo plazo. Por tanto, la evolución de la demanda de la UE y el descenso de la producción interna son dos de los principales factores que explican la perspectiva incierta de la dinámica gasística europea. Desde el punto de vista de los productores, unas cuantas estadísticas ilustran en qué punto nos encontramos. Las importaciones de gas de la UE aumentaron un 90% entre 1990 y 2005, alcanzando los 300 bcm. Noruega triplicó sus ventas a Europa, Argelia los duplicó y Rusia los aumentó poco más de un cuarto.

Durante el siglo XX, todos estos proveedores de gas realizaron fuertes inversiones en políticas de extracción y de transporte que permitieron a los países europeos desarrollar políticas energéticas basadas en el gas. Se mantuvieron como proveedores fiables incluso cuando los precios del gas estaban particularmente bajos debido a su asociación con el petróleo, e incluso en una época en la que afrontaron contextos políticos y económicos difíciles. Esto es especialmente cierto con respecto a Argelia, pero los medios europeos, que se apresuran a criticarla cuando surgen disputas comerciales entre Sonatrach y sus empresas nacionales, parecen olvidar, o simplemente desconocen, la historia reciente. La memoria selectiva de los europeos no fomenta precisamente una atmósfera de confianza mutua.

¿De dónde procederían los posibles suministros?

La cuota de los diferentes proveedores actuales de gas a Europa descenderá al 62%, aunque el volumen aumentará: Rusia suministrará el 30% del total, con más de 207 bcm, y Noruega y Argelia suministrarán 215 y 200 bcm, respectivamente, por lo que Argelia se volverá marginalmente más importante que Noruega. Otros proveedores podrían ser Angola, Azerbaiyán, Irán, Irak, Yemen y Venezuela. El norte de África –Argelia, Libia y Egipto–y el Golfo Pérsico será por consiguiente la región más importante después de Rusia para colmar las necesidades europeas de gas: no hace falta resaltar el papel vital de la región mediterránea. Los países norteafricanos se benefician de la incalculable ventaja de la proximidad geo-gráfica; la infraestructura gasística se ha desarrollado en años recientes, pero el gas seguirá siendo marginal porque Libia y Egipto darán prioridad a sus necesidades internas.

Argelia, por el contrario, ha situado el desarrollo de las exportaciones de gas entre sus prioridades a largo plazo: las exportaciones de este país a Europa seguirán siendo la piedra angular de las importaciones europeas en las próximas décadas. Vale la pena considerar seriamente el establecimiento de una alianza estratégica entre la UE y Argelia. La seguridad depende en buena medida del desarrollo de una infraestructura sólida de importación: más del 85% de las importaciones totales de gas de la UE se efectúa mediante gasoducto, mientras que el gas natural licuado (GNL) supone el 14% de las importaciones actuales, sólo ligeramente superior al 11% alcanzado en 1990. El margen de utilización de la capacidad productiva se ha mantenido a una media del 25%, pero la situación es muy distinta de un país a otro: por ejemplo Italia es una especie de “península gasista” aislada del resto del mercado continental por los Alpes. La falta de interconexiones bidireccionales obliga al país a plantear de forma individual la seguridad de su propio abastecimiento.

La capacidad de los gasoductos está aumentando desde los 311 bcm de 2005. En siete países de la UE existen 11 terminales regasificadoras de GNL, con un total de 83 bcm anuales. Dicha capacidad aumentará a 200 bcm en 2010 y a más de 380 bcm en 2030. Hay nuevas terminales en construcción, y en Reino Unido, Francia y España está previsto aumentar la capacidad importadora en este ámbito. El enorme aumento del gasto que supone construir plantas de licuación y desgasificación –los costes de inversión se han disparado de los 200 a los 1.000 dólares por tonelada de capacidad exportadora en estos años– y el número muy limitado de empresas capaces de construir terminales de GNL, constituyen importantes cuellos de botella para el desarrollo futuro. Hay que señalar también que la capacidad importadora de gas de Europa es superior a la capacidad de exportación contratada por los proveedores. Todo lo cual exige conocer con mayor precisión las necesidades probables de Europa en años próximos.

Hace falta una cooperación más estrecha entre empresas de ambas orillas y no la precipitada liberalización de la UE. Pero, parece que, lenta pero segura, unapolítica más realista de la Comisión empieza a fijar sus prioridades. A partir de 2030, la cuota para consumo interno de los exportadores de gas de todo el mundo será cada vez mayor. Si la demanda de gas europea sigue aumentando, tendrá que pensar en la energía nuclear o en fuentes de energía renovables. De nuevo, estos asuntos deberán abordarse ahora, ya que el tiempo necesario para desarrollar dichas tecnologías es, sin duda, largo.

Las dimensiones de la seguridad del gas

Incluyen garantizar la demanda para asegurar la oferta; las consecuencias de la liberalización; la diversificación del riesgo y del abastecimiento y la cuestión de los precios. Desarrollar un enfoque global desde la producción hasta el consumo que asuma una cadena rígida y grandes inversiones requiere una relación estable entre los socios: los inversores en proyectos de exploración de gas necesitan garantías sobre sus ventas futuras para desarrollar la producción del gas y la infraestructura para transportarlo. Cuando se proyectan necesidades adicionales de importación del orden de 120 y 300 bcm, la incertidumbre hace prácticamente imposible la planificación. Si la nueva normativa sobre la generación de energía térmica que adopte la UE en 2008 provoca el desmatelamiento de las estaciones alimentadas con gasóleo y carbón, y si el renacimiento nuclear cobra impulso, influirá directamente en la cantidad de gas que la UE necesite, y por tanto en el precio.

La liberalización de Reino Unido se dio en un contexto de fuerte desarrollo de la producción en el Mar del Norte y la llegada de nuevos grandes consumidores, sobre todo las empresas generadoras de electricidad. Esta situación no se había dado antes en Europa, donde la mayoría de los países se enfrentaba a una alta concentración de la oferta y a cadenas gasistas muy rígidas: los sistemas francés y alemán, por ejemplo, “no estaban diseñados para hacer posible la competencia, y la fuerte demanda de los últimos 10 años casi ha eliminado el margen de utilización de la capacidad productiva tanto en el transporte como en el almacenamiento”. La consecuencia es que la liberalización ha “debilitado la calidad de la coordinación vertical en la cadena gasista y tiende a reducir la seguridad del abastecimiento a corto plazo e incluso más a largo plazo”. Esto difícilmente promueve la tan pregonada seguridad del suministro que los compradores europeos ansían.

La introducción de la competencia perjudicó los anteriores acuerdos entre las empresas europeas y sus proveedores; ha debilitado “el papel de los contratos de compra obligatoria a largo plazo como herramienta al servicio de los equilibrios económicos a largo plazo” que beneficiaban a ambas partes. Si nos fijamos en la estrategia de inversión de la mayor proveedora de gas a Europa, Sonatrach, vemos que se ha propuesto el objetivo de exportar 85 bcm de gas a sus clientes de la orilla norte en 2010; ha intentado aumentar la capacidad de los dos gasoductos existentes, Pedro Duran Farell a la Península ibérica y Enrico Mattei a Italia y promover dos nuevos (Medgaz y GALSI); está reforzando su capacidad de exportación de GNL, lo cual le ayudará a adquirir una posición fuerte en la cuenca del Atlántico (Reino Unido, Francia, Bélgica y EE UU); y está dispuesta a penetrar en Europa como mayorista. En otras palabras, “el objetivo es maximizar el valor del gas argelino”.

Cuestiones geopolíticas

Las relaciones internacionales en el sector gasístico han sido tradicionalmente estables a pesar de los desacuerdos políticos, en buena medida entre Europa y la ex Unión Soviética durante la guerra fría. Los contratos de larga duración eran las herramientas para garantizar el equilibrio de intereses entre las partes. Las cuestiones de tránsito por terceros países pueden provocar nuevos conflictos, como se ha visto en Ucrania y Bielorrusia desde 2006; la ausencia de esos problemas en el Mediterráneo habla a favor de la estabilidad. La incertidumbre a la que se enfrenta Europa en su frente oriental es un argumento para reforzar la importancia del norte de África como proveedor fiable de gas: Argelia considera que su contribución a la seguridad del abastecimiento de la UE merece contrapartidas, en especial la apertura del mercado europeo a productores externos como Sonatrach.

Según el estudio del Observatorio Mediterráneo de la Energía la creación de un cartel gasista entre los productores “no se excluye y, a la larga, podría plantear un riesgo para la seguridad gasística de los importadores”. El riesgo es, por tanto, un factor esencial en el debate actual: hay cuestiones de mercado y geopolítica implicadas y hay que esperar que la UE comprenda los inconvenientes derivados de una reducción de la seguridad del abastecimiento. Independientemente de las dudas sobre las políticas gasistas rusas, los productores mediterráneos parecen socios fiables para Europa: convendría que Europa estudiara modos y medios de ampliar el papel de dichos productores en los próximos años.