¿Se convertirá el Magreb en el terreno predilecto de los ‘yihadistas’?

Lo más preocupante es la facilidad para reclutar jóvenes preparados para suicidarse con espíritu de ‘yihad’ global.

Khadija Mohsen-Finan

Solo cuatro meses después de su implantación, el grupo Al Qaeda del Magreb Islámico, nueva denominación del Grupo Salafista para la Predicación y el Combate (GSPC), parece que ya es capaz de actuar. Al organizar el 11 de abril, en Argel, dos atentados casi simultáneos, uno contra el palacio del gobierno y otro contra una comisaría de policía situada en Bab Ezzuar, el grupo desmiente las repetidas afirmaciones de las autoridades de que el islamismo radical solo era residual. El ex GSPC, incluido en la esfera de influencia del islamismo internacional, expresa también, a través de la elección de sus objetivos, su intención de desestabilizar el régimen y de actuar, en la medida de lo posible, más allá de las fronteras argelinas. No obstante, su capacidad para unificar las fuerzas yihadistas de la región no está realmente probada, y el vínculo que podría existir entre las distintas acciones terroristas parece más ideológico que operativo.

Una actividad constante

Estos últimos meses estuvieron marcados por una actividad islamista intensa en el Magreb. En su gran mayoría, estas acciones fueron reivindicadas por el ex GSPC o estuvieron ligadas a él. Así, en diciembre de 2006, se desmanteló un grupo terrorista en el extrarradio de Túnez. Entre la treintena de salafistas detenidos, seis se habían entrenado en los campos que tiene el GSPC cerca de Tebesa, al Este argelino. En un sitio de Internet relacionado con Al Qaeda, Los albores del Yihad en Túnez, este grupo declaraba “querer vengar a los musulmanes del régimen de Ben Ali (…), régimen a las órdenes de Occidente que ha combatido el velo islámico”.

El 11 de diciembre de 2006, el GSPC reivindicó un atentado contra un autobús que transportaba a los empleados de la empresa argelo-americana Brown and Root Condor (BRC), cometido el día anterior en Buchaui y que provocó un muerto y nueve heridos. En este caso, parece que el objetivo era doble. Se trataba por una parte de atacar a los extranjeros, que además eran occidentales, y de golpear al mismo tiempo al sector económico argelino, auténtico pilar del régimen. El 13 de febrero de 2007, el grupo yihadista reivindicó una serie de atentados, prácticamente simultáneos, perpetrados contra las dependencias de los servicios de seguridad argelinos, en los alrededores de Tizi Uzu y Bumerdes. De esta forma, respondía a las declaraciones del gobierno argelino, según las cuales el poder de ataque del ex GSPC estaba en declive.

El balance fue controvertido: mientras que las autoridades anunciaban la muerte de seis personas, Al Qaeda en el Magreb Islámico se anotaba 140 muertos. En su comunicado oficial, el ex GSPC declaraba: “Anunciamos al Estado de los ladrones, de los esclavos, de los judíos y de los cristianos, hijos de Francia, que los descendientes de Tarik Ibn Zyad y la juventud del Islam en el Magreb islámico han decidido exterminarlos y liberar las tierras del Islam de cualquier cruzado, apóstata o colaborador”. A principios de marzo, un atentado contra un autobús que transportaba trabajadores de una empresa rusa dejó cuatro muertos.

Estos diferentes ataques precedieron al doble atentado del 11 de abril que ilustra bien la evolución del grupo y su capacidad para atacar en pleno centro de las ciudades. El GSPC, del que se pensaba que estaba atrincherado en la zona sahelo-sahariana y que se reducía a unos cientos de hombres, al optar por una estrategia diferente, ha recuperado su poder de ataque y su capacidad para reconstruir redes.

La nueva estrategia del ex GSPC

Al contrario que los ataques anteriores, los atentados del 11 de abril en Argel tuvieron un gran impacto mediático. En primer lugar, fueron reivindicados en la cadena vía satélite Al Yazira y en un sitio de Internet islamista, Al Hesbah. En sus comunicados, la organización Al Qaeda del Magreb Islámico se apoya en dos referentes significativos para la población de la región.

En el terreno argelino inscribe sus reivindicaciones en la herencia de los muyahidin que lucharon por la independencia, esgrimiendo su doble pertenencia al Islam y al nacionalismo argelino. En la esfera internacional, se vincula a la yihadiya internacionalista, sobre todo por sus opciones estratégicas. Da la impresión de que la organización concede prioridad a las acciones espectaculares, al escoger como blanco los símbolos del poder argelino. Pero las acciones anteriores demuestran que los extranjeros originarios de los países occidentales eran igualmente sus objetivos. Se produzcan en Argelia o en otros países de la región, los atentados llevan, cada vez en mayor medida, la marca de Al Qaeda.

Los métodos fueron importados probablemente de Afganistán por los combatientes que residieron allí, y que actualmente son miembros del nuevo Consejo de la Organización de Al Qaeda en el Magreb (H’mida Layachi, “El GSPC y Al Qaeda han firmado una alianza”, Le Monde, 13 de abril de 2007). Coches bomba, atentados simultáneos, operaciones suicidas sincronizadas, elección simbólica de las fechas y de los objetivos (el poder y los occidentales); el modus operandi es cada vez más sofisticado, con detonaciones a distancia por medio de teléfonos móviles. Los últimos atentados en Argel demostraron que el ex GSPC quería desestabilizar el poder argelino introduciéndose al mismo tiempo en la esfera de influencia del yihadismo internacional.

De este modo, el grupo demuestra que ha asimilado bien los métodos de la propaganda yihadista y que ha aumentado su capacidad operativa. Recupera su poder de ataque, reducido durante algún tiempo por las operaciones militares llevadas a cabo por el poder argelino y demuestra que es muy capaz de reconstruir sus redes. Según algunos análisis, esta reorientación estratégica tiene su origen en la sangría provocada estos cuatro últimos años en las filas del GSPC, por obra de la política de “reconciliación nacional” puesta en marcha por el presidente Abdelaziz Buteflika. El grupo solo cuenta supuestamente con un millar de hombres en activo. El 11 de septiembre de 2006, Ayman al Zawahiri anunció, en nombre de Osama bin Laden, que aceptaba la adhesión a Al Qaeda solicitada por el GSPC. Esta alianza le proporciona un formidable crédito y un medio para difundir sus acciones, especialmente a través de la cadena Al Yazira. Le otorga también los medios para su afianzamiento internacional.

En lo que se refiere a la gestión del grupo, la dirección está supuestamente dominada por los ex combatientes de Afganistán que quieren dar más notoriedad a sus acciones. Por tanto, lo que supuestamente pretende Abdelmalek Drudkal, alias Abu Mussab Abdelwadud, emir del ex GSPC, es reconstruir nuevas redes en las que apoyarse para seguir desestabilizando el poder argelino, al poner de manifiesto los límites de la política de reconciliación. Su estrategia consistiría igualmente en federar las Jatibas (compañías) de las diferentes zonas, con el fin de unificar las fuerzas yihadistas de la región.

Según su plan de reorganización estructural, el grupo terrorista argelino se va a transformar, primero en un grupo con vocación regional y, a continuación, en uno con vocación internacional. En tal caso, le hace falta organizar grupos terroristas de apoyo en el Magreb y en la zona sahelo-sahariana. Esta última es particularmente valiosa para la evolución del ex GSPC. De hecho, sigue siendo una zona de repliegue y de entrenamiento en la que pueden converger los terroristas de la región. Podría constituir una cantera de yihadistas capaces de actuar fuera del Magreb y del noroeste de África.

Límites a la ambición regional

Al inscribirse en la esfera de influencia islamista internacional, el antiguo GSPC, aliado a Al Qaeda, probablemente no ha abandonado verdaderamente sus planteamientos locales. No obstante, en la actualidad, los distintos ataques perpetrados, en particular en Marruecos, no parecen estar vinculados con el grupo argelino. En efecto, si bien los atentados suicidas ocurridos el 11 de marzo y el 10 de abril se vinculan con los métodos de Al Qaeda, parecen ser obra de grupos autónomos aficionados.

Por otra parte, no fueron reivindicados. Sin embargo, despiertan el fantasma del 16 de mayo de 2003, cuando los atentados suicidas simultáneos producidos en distintos lugares simbólicos de la capital económica provocaron 43 muertos. Las autoridades marroquíes reaccionaron con una severidad excesiva, deteniendo a millares de personas a las que se condenó a penas severas mediante una justicia expeditiva. Algunos de ellos se beneficiaron de un indulto real en 2005, entre ellos el kamikaze del 11 de marzo de 2007. Independientemente de su autonomía de mando con relación al ex GSPC, los grupos radicales marroquíes no tienen realmente vínculos entre ellos. De ahí la dificultad para que el poder pueda reprimir sus acciones. Se trata en realidad de células islamistas radicales cuyos objetivos son diferentes.

Si bien el Grupo Islámico Combatiente Marroquí (GICM) sigue siendo el grupo de referencia, existen otros decididos a alcanzar distintos objetivos, que pueden variar desde los símbolos del poder marroquí hasta la voluntad “de liberar Irak”. Durante 2006, los servicios de seguridad desmantelaron 11 redes de agentes reclutadores de combatientes en Irak, que se dirigían allí vía Malí. Realmente, la trayectoria que conduce desde los salafistas de principios del siglo XX hasta los kamikazes que se ven hoy en la capital económica marroquí es muy compleja y, como explica Mohamed Tozy, la ambigüedad está en el propio término salafista. (“El fin de la excepción marroquí. El islamismo de Marruecos frente al reto del salafismo”.

AFKAR/IDEAS, nº 1, diciembre de 2003). La implantación de este “Islam radical al margen”, tiene su origen en la escisión que vivió el movimiento salafista saudí después de la guerra del Golfo. En el Magreb, la vuelta de algunos “afganos” que practicaban el yihad en distintos frentes iba a permitir la introducción de una nueva cultura centrada en ese yihad, y muy alejada del Islam político. Las nuevas tecnologías contribuyeron a consolidar esta nueva cultura, difundiéndola a través de Internet y por medio de la circulación de CD Rom sobre la guerra en Afganistán, en Chechenia o incluso en Irak.

En Marruecos, junto a un salafismo doctrinal y pietista, existe un conjunto de grupúsculos violentos, que se inspiran en el salafismo internacional y que se alimentan o coexisten con el bandolerismo y los delitos menores. (Malika Zeghal, Les Islamistes marocains, le défi à la monarchie. La découverte, 2005). Estos pequeños grupos, que pueden formarse para realizar un único atentado, están desprovistos de cualquier proyecto político. En este caso, estamos ante prácticas salafistas que se ponen de manifiesto de forma diferente dependiendo de qué país del Magreb se trate, en la medida en que el islamismo se elabora esencialmente de manera interactiva con su entorno. La introducción del salafismo en cada uno de los países, la coincidencia en el tiempo de algunos atentados, como los del 11 de abril, o la reivindicación por el GSPC de una acción terrorista ocurrida en Mauritania en 2005, llevan a pensar que el grupo argelino federa las fuerzas yihadistas del Magreb y que él mismo obedece supuestamente las órdenes de Al Qaeda.

En realidad, no es el caso. En cambio, el punto común que pueden invocar estos grupos o grupúsculos diferentes existentes en los distintos países de la región reside más bien en la facilidad que parecen tener para reconstruir las redes de voluntarios del yihad. Estos voluntarios no son por fuerza jóvenes desarraigados o adoctrinados. Los perfiles de las personas que cometieron atentados en los dos países, o que los preparaban en Túnez antes de ser detenidos en diciembre de 2006, ponen de manifiesto que se trata, la mayor parte de las veces, de jóvenes cuyo ascenso social se ha visto frenado o muy desfavorecidos, y también excluidos de cualquier participación en la vida política de su país. El exilio, que antes constituía un refugio, ya no es posible, al haber cerrado Europa sus fronteras.

En resumen, estos yihadistas serían, en primer lugar, los desterrados de la globalización que piensan encontrar una razón de ser en el yihadmundial, basándose en las formas de actuación que ven, por ejemplo, en Internet. Las imágenes de la actualidad internacional que observan en las cadenas árabes de televisión vía satélite consolidan en ellos un sentimiento antioccidental y un rechazo de su propia clase política. Mucho más importante que un mando único de un grupo yihadista en el conjunto de la región o incluso que la alianza con Al Qaeda, es la facilidad con la que estos grupos reclutan jóvenes voluntarios preparados para suicidarse de la manera más violenta, con un espíritu de yihad global que debería provocar pánico.

En todos los casos, las respuestas a este nuevo tipo de comportamientos no pueden reducirse a los aspectos relacionados con la seguridad. Tanto las clases políticas de los países del Magreb como las de la vecina Europa deberían aportar respuestas políticas a esta nueva situación.