Rostros de mujeres en Bosnia: paradigmas

Jasmina Musabegovic

Novelista y editora, Bosnia-Herzegovina

Estos dos temas, «mujeres sin rostro o rostros de mujeres», se hallan imbricados entre sí, y hablar de uno de ellos supone necesariamente hablar del otro. No hay mujer sin rostro, aunque dicho rostro se halle prohibido, escondido u obstaculizado; pero también el rostro nacerá de esa misma negación, se dibujará como una autoproclamación, como una afirmación de sí mismo a partir de la que va a perfilarse una personalidad esencial que hasta ese momento se ha mantenido oculta. Esta evolución nos llevará de la negación, o la autonegación, de la particularidad femenina a la emergencia de una persona plena y entera; es decir, al estadio más alto de la autoafirmación como ser íntimo y social; ahí veremos expresarse a las mujeres en diversos ámbitos: el artístico, el científico, el político o en cualquier otro ámbito de compromiso social.

A menudo la mujer ha sido objeto de estudio, pero la mayoría de las veces la propia sociedad la ha privado del simple derecho a «examinar» su interior, a expresar su personalidad más profunda. Pertenezco a esa generación que en el ámbito de la historia de la literatura lo aprendió todo sobre el «bovarismo» (Madame Bovary, de Gustave Flaubert), o el «kareninismo» (Ana Karenina, de León Tolstoi), pero que, una vez llegada a la madurez, ha pasado a compartir las ideas de Christa Wolf (Casandra, Medea), de Elsa Morante, de Marguerite Duras, etc. Según lo que se nos ha enseñado, desde la antigüedad hasta nuestros días hemos aceptado la visión de la mujer a través de la belleza de su cuerpo; sin embargo, llegadas a la madurez, nos hemos sentido interesadas por Frida o por cualquier otra de sus semejantes porque ellas son las que simbolizan la autoafirmación de la mujer tanto en el extranjero como en mi propio país. Yo misma formo parte de las novelistas cuyos personajes principales son mujeres, mujeres que pertenecen a todas las clases sociales de Bosnia. En Bosnia, en este ámbito la situación es atípica y muy compleja.

Durante la guerra que recientemente ha devastado nuestro país, las mujeres tuvieron que aprender a luchar desesperadamente por guardar su rostro, porque ellas fueron las primeras víctimas del genocidio (incluyendo la violación sistemática) masivo y planificado cuyo objeto era eliminar a todo un pueblo. En consecuencia, la autoafirmación de la mujer —y por tanto, su «obtención» de un rostro— constituye una tarea difícil, y muy especialmente para las mujeres bosnias, quienes, como ya hemos dicho, han tenido que sufrir el genocidio, la purificación étnica y la violación colectiva. Esta mancha, precisémoslo, es casi más dolorosa en sí misma que el hecho de haber vivido los horrores que se conocen. Porque la víctima, por muy inocente que sea, no puede evitar sentirse cubierta de oprobio, marcada a fuego, manchada para siempre, y ése era precisamente, entre otras cosas, el fin de esos actos de destrucción. Ahora bien, la conciencia de sí mismo no sólo supone la vuelta a una vida normal, sino también la capacidad de articular dicha conciencia en todos los ámbitos. Las mujeres, es decir, la mitad del género humano, tanto las herederas de la cultura islámica como las de la cultura cristiana —repito, la mitad del género humano—, siempre han constituido una minoría, y eso también dentro de las fronteras europeas.

En Bosnia, después de la guerra, las mujeres ya no constituyen la mitad de la población; muy al contrario, son mayoritarias. Pero aun así no dejan de tener los problemas de las minorías. Prácticamente, hoy tienen todas las obligaciones que tradicionalmente han correspondido a los hombres en una sociedad patriarcal como la nuestra; hoy, la mujer se encarga de asegurar el pan de cada día o, como explícitamente se dice en nuestro país, se ha convertido en el jefe real (en bosnio, en «la cabeza») de la familia, pero sin dejar por eso de ser el puntal de la familia, como siempre ha sido, o, más precisamente, de estar al servicio de la familia y del marido, de ser la que mantiene la célula familiar, que para ella, tanto biológica como culturalmente, representa su mundo y el objeto de su culto.

Esta paradoja existe realmente en nuestra sociedad de posguerra: cuanto mayor es el número de mujeres, más minoritario es su estatus en la sociedad. En este punto conviene añadir otro factor que contribuye a «enfermar» aún más al conjunto del grupo femenino. Humilladas por el hecho de haberse visto «amputadas» de sus allegados, expulsadas y reducidas al estado de desechos étnicos, a las mujeres se las ha herido profundamente no sólo por causa de su pertenencia étnica, sino también por causa de su pertenencia sexual; ya que, en el medio patriarcal al que pertenecen, se «repara» y se «hace referencia» a ellas precisamente por su condición de mujeres.

Se puede decir que, después de todo lo que se han visto obligadas a sufrir, las mujeres bosnias han dejado de constituir una minoría, porque las minorías existen, pero ellas no existen ni a los ojos de sus maridos ni a los suyos propios. Al mismo tiempo, el hecho de poner a las mujeres en esta situación fue el medio más sofisticado de humillar al hombre que vivía en el seno de una sociedad patriarcal y de atentar contra su honor, contra su derecho inalienable a la «posesión» de la mujer como parte esencial de sí mismo (¿una de sus costillas?). Así pues, ¿esta imagen tradicional de la mujer bosnia se ha perdido también? Las mujeres bosnias no sólo fueron sistemáticamente violadas porque eran (son) un eslabón de la cadena de reproducción, sino también porque eran (son) un eslabón antropológico de la célula familiar, y, por tanto, portadoras de la cepa del código cultural de la comunidad.

Así pues, son mujeres sin rostro, portadoras de cadenas culturales, ya que, por su condición de «cepa», permiten la renovación de la célula cultural y familiar; ellas son las que enseñan a los niños su lengua materna, las que les cantan canciones de cuna, las que susurran las primeras oraciones y las que, extendiendo una alfombra bosnia sobre el suelo, crean un hogar donde siempre habrá un pan recién salido del horno y un oloroso pastel. ¡A esta mujer, pues, con un papel tan importante en la sociedad y en su comunidad, era a la que había que aniquilar! Había que eliminarla completamente y no sólo privarla de su entidad.

Había que conseguir que se viera rechazada físicamente, y no tan sólo por los valores que simbolizaba y por el papel que desempeñaba en la sociedad. Desgraciadamente, las instituciones oficiales hicieron suya esa no existencia política impuesta por el agresor. Por ejemplo, ninguna de las numerosas organizaciones de mujeres protestó al lado de las mujeres de Srebrenica cuando éstas se manifestaron. Si no hemos sufrido la suerte de las mujeres de las que hemos hablado más arriba, preferimos no reconocer que esa misma suerte también podía haber estado reservada a todas nosotras. Es comprensible. Cargar con semejante peso le deja a uno sin respiración y lo aniquila. Así, durante años y durante siglos los judíos han vivido conteniendo el aliento.

Durante la guerra, esa situación me inspiró un poema que titulé «Las gargantas degolladas no cantan». Ciertos hombres, como, por ejemplo, los artistas plásticos Obralic, Pasic y Tikvesa, hicieron de este sufrimiento de las mujeres bosnias el objeto de su trabajo. Es decir, se convirtieron en los abogados de dichas mujeres. Fuera de Bosnia, algunas mujeres, como Jana Bec, tratan de articular esta pena a través de testimonios. Pero todo eso no constituye la afirmación de sí mismo, sino que es un grito que culmina en el leitmotiv destacado al principio: «Les supliqué que me remataran». Estas mujeres intentan articular su sufrimiento, expresar su propio ser. Por su fuerza expresiva y su potencia lingüística, las palabras que brotan de la boca, como las verdades proféticas, van más allá de nuestro entendimiento. La palabra del artista es otro leitmotiv. Como muchos otros, durante la guerra el artista procura sobrepasar el objeto de su creación con el fin de captarlo mejor. El título del poema «A ese niño tan querido y sin embargo no deseado» forma parte de esa vida. Sin duda, la lava contenida en la primera frase debe enfriarse para ser modelada.

Pero las mujeres artistas, sobre todo las mujeres directoras, tenían que manipular un material en ignición, como los artistas plásticos o los escritores. Sin embargo, el sentido, la fuerza del grito inicial, todavía se les escapa. Las mujeres bosnias aún no han conseguido recuperar su rostro a través de sus creaciones o de su compromiso. Citaremos aquí algunos versos de un poema sobre la peste, que tuvo el mismo resultado histórico y que constituye el camino de la propia expresión:

La serpiente tenía su cabeza en el barrio de

Dindic

y su cola llegaba hasta Gradina.

¡Oh, mi pino verde!

Bajo tus ramas construiré mi cabaña

y en mi cabaña hablaré (construiré la palabra).

Y lleva a buscar la misma solución, a replegarse en sí mismo y en su propio sufrimiento. Y desde ahí a construir la palabra.

En Bosnia, la situación de la mujer sobrepasa todos los debates escolásticos, todas las teorías feministas conocidas hasta ahora; es decir, todos los estudios sobre el rostro de las mujeres. En Sarajevo, en Bosnia, bajo los verdes pinos, las mujeres han inscrito palabras para afirmar su ser, para tener por fin un rostro. Pero les ha faltado sentido crítico y artístico, y sobre todo literario, la distancia que habría devuelto su dignidad a esas palabras, su sentido profundo. Otros se han apoderado del espacio libre para convertirse en los abogados e intérpretes de nuestra tragedia; así aparecería y se desarrollaría una situación colonial en la que sólo los discursos del «otro», mirándonos desde fuera, serían tenidos en cuenta cuando se trata de hablar de nuestra tragedia. Pero es desde el espacio interior, desde las ramas del dolor (el pino), de donde brotarían las palabras verdaderas.

La primera palabra verdadera ha sido la película Grbavica (ganadora del Oso de Oro en el Festival de Cine de Berlín), de Jasmila Zbanic, que habla de una mujer violada y de su relación con el hijo nacido de esa violación. Pero no nos olvidemos de la otra cara de la moneda, porque las mujeres también participaron en los crímenes, como «capos» o directamente. Lo atestigua el hecho de que mi mejor amiga fuera violada en Grbavica, y fue una mujer la que la ató y la desfiguró a patadas. Ella también es uno de los rostros de la mujer en Bosnia. ¿Podemos decir que esa mujer tiene rostro o que por el contrario no lo tiene? ¿Quién va a hablar en su nombre? ¿Y quién va a expresar el sufrimiento de las madres de los hijos agresores que vuelven de los campos de batalla en un ataúd? Todavía tenemos mucho que hacer frente a esa inmensa paleta de «la condición humana» de la que surgirán nuevos rostros.