Relaciones euromediterráneas y progreso

El partenariado debe profundizarse en el terreno ecónomico, avanzando en las reformas en el Sur y concienciando a la sociedad del Norte de sus ventajas.

Carlos Pérez de Bricio, presidente y consejero delegado de Cepsa

El área geográfica que rodea el Mediterráneo debe ser una zona de prosperidad, de pacífica vecindad, de cooperación y de crecimiento económico. A esta meta se dirigen desde hace tiempo los esfuerzos tanto de los países de la ribera sur como del norte. Desde luego que se han dado pasos importantes, con resultados tangibles, pero también es cierto que queda mucho por hacer. Hasta 1995, las relaciones euromediterráneas se circunscribían a acuerdos entre los países de la Unión Europea (UE) y los del Sur, centrados fundamentalmente en cuestiones económicas.

Ya antes se había pronunciado el Parlamento Europeo sobre la imperiosa necesidad de establecer un marco político para potenciar las relaciones entre los países del norte y sur del Mediterráneo, que hasta entonces se restringían a acuerdos y protocolos económicos bilaterales que carecían de una perspectiva política y estratégica apropiada. Teniendo como origen este pronunciamiento del Parlamento, en noviembre de 1995 tuvo lugar la primera Conferencia euromediterránea de Barcelona, que marcó un cambio sustantivo en el fundamento y contenido de estas relaciones. La Declaración de Barcelona va más allá de acuerdos comerciales y de programas de asistencia para situar el objetivo en la ampliación de la cooperación a ámbitos que abarcan el escenario político, con creciente atención hacia las necesidades y sensibilidades de las sociedades civiles de los países ribereños.

La integración regional abierta o profunda

Conviene hacer algunas consideraciones sobre los procesos de integración regional en general, para valorar con perspectiva la evolución y situación actual de las relaciones euromediterráneas. Es cierto que el proceso actual de mundialización, sobre todo en el terreno económico y empresarial, impone unos niveles de competitividad relativa a los que se accede más fácilmente a través de procesos de integración regional. Además, desde los años cincuenta se asiste a una toma de conciencia a propósito de los nacionalismos como fenómeno que hacen pequeño a quien los practica y suponen una dificultad para el desarrollo.

En este doble esquema, se abre camino la práctica de la cooperación. Y desde luego, nada peor que los muros, que los espacios cerrados, para impedir mayores niveles de bienestar. La globalización, que en cualquier caso es positiva y además inevitable, obliga a las naciones a cooperar más y en este principio está el germen de muchos de los procesos de regionalización amplia, que se han convertido en una de las tendencias que caracteriza el actual sistema de convivencia y progreso. Existen formas distintas de integración regional. Unas son del tipo de regionalismo abierto, como la asociación de librecambio para América del Norte, o bien la zona de cooperación económica Asia-Pacífico, mientras que otras se pueden considerar de integración profunda, como la UE o Mercosur.

Existen procesos, no necesariamente de integración económica, que se centran en el terreno político y de seguridad, como por ejemplo la Comunidad Económica de los Estados del Oeste de África. En otros casos, como la Asociación de Naciones del Sureste Asiático (Asean), se trata de evolucionar desde un contenido político a otro económico, poniendo en práctica una zona de librecambio. Sin embargo, no se podrá decir que Asia esté articulada mientras Japón, China e India no se adhieran a ningún proceso claro de regionalización. Conviene recordar que el regionalismo abierto se caracteriza por estructurar sus relaciones exteriores, económicas, y también en cierta medida de seguridad y políticas a través de acuerdos de libre comercio, que es la manera más segura de iniciarse y avanzar.

Los procesos de integración profunda, por el contrario, como la UE y, en cierta forma también Mercosur, constituyen un regionalismo cualitativamente diferente que va más allá del libre comercio, implicando un cambio en las relaciones entre Estados y una toma de posiciones comunes frente al exterior. Y en cada momento, la integración se produce por diferentes razones. Uno de los primeros objetivos de la creación de la Comunidad Europea, quizá poco comentado, era tratar de hacer inviable una confrontación política y económica entre los Estados miembros, mientras que Mercosur nace fundamentalmente para poder responder a los desafíos representados por la apertura de sus Estados al mercado global. Claro que la integración profunda representada por la UE también implica una cesión parcial de algunos aspectos de la soberanía de cada Estado y la existencia de estructuras supranacionales de gobierno, como la Comisión Europea, el Tribunal de Justicia y el Parlamento Europeo.

Actualmente, la mayor parte de las naciones de Europa, América y África, así como algunas de Asia, están involucradas en distintos procesos de regionalización o cooperación, y se asiste además a una evolución del regionalismo que tiende a adquirir una dimensión continental. Por su parte, Mercosur se orienta a ser el núcleo de cohesión de la integración de América del Sur, mientras que Estados Unidos, después de consolidar el Tratado de Libre Comercio (TLC), desea ampliar el proceso a todo el continente americano. Ahora bien, cuando la definición de bloques se busca únicamente por la unidad cultural, se llega a comportamientos menos tolerantes en las relaciones internas y externas, y a resultados finales menos satisfactorios desde el punto de vista económico, social y, desde luego, político.

En la cuenca mediterránea y, en concreto, en la ribera sur, han existido ya en el pasado iniciativas hacia la regionalización. En efecto, la Unión del Magreb Arabe (UMA) fue creada en 1989 por el tratado de Marraquech, firmado por Marruecos, Túnez, Argelia, Libia y Mauritania, ante la necesidad de establecer una cooperación regional, fundamentalmente para poder dialogar mejor con otras instituciones supranacionales y, en especial, con la UE. En el tratado se contemplaban tres objetivos fundamentales: mantener una unidad de opinión en sus relaciones con la UE, permitir la inserción efectiva de esos países en el entramado comercial internacional e intentar aportar una respuesta común a los problemas sociales y políticos que se planteaban en la región. Sin embargo, y aunque el secretariado permanente sigue funcionando, lo cierto es que la UMA ha conseguido poco.

A pesar de ello, la cooperación regional en la ribera sur, de continuar avanzando como es deseable, producirá reformas estructurales beneficiosas para el futuro de la región. En esta línea se han llevado a cabo en los últimos años proyectos de infraestructuras en los que han confluido los esfuerzos conjuntos de países de la zona, como han sido los gasoductos Argelia-Túnez-Italia y Argelia-Marruecos- España; también la convención comercial y tarifaria entre Marruecos y Túnez de 1996 va por ese camino, y en ella se incluye una lista de productos para los que los derechos de aduana y las tasas equivalentes han sido suprimidas, y se sigue negociando su ampliación.

El sur del Mediterráneo: una integración regional débil, pero fuerte con la UE

Pero los procesos de integración regional en la ribera sur del Mediterráneo han tenido un débil desarrollo, al menos si se les compara con los de otras regiones. Por el contrario, el incremento de las relaciones con la UE ha tenido un desarrollo, si no rápido, sí de una innegable importancia y continuidad, aunque también queda mucho por hacer. El proceso que se lanzó en Barcelona en 1995 constituye un marco regional que se propone atraer a todos los socios mediterráneos, del Norte y del Sur, a nivel tanto económico como político, y representa también el deseo de la UE de trabajar conjuntamente para lograr el beneficio común.

Aunque la estructuración interna entre los socios del Sur no ha sido intensa, el conjunto de las relaciones bilaterales que se han establecido entre cada uno de ellos y la UE, recogidas en parte en los acuerdos de asociación, han contribuido, y lo siguen haciendo, a apoyar el proceso multilateral que representa la Declaración de Barcelona, y que se centra en los tres objetivos principales de la política euromediterránea: la creación de un área de paz y estabilidad basada en la democracia y el respeto a los derechos humanos; el establecimiento de un área de prosperidad compartida a través de la creación de una zona euromediterránea de libre comercio hacia 2010, meta que supone un apoyo sustancial de la UE para acompañar el proceso de transición económica y ayudar a resolver los problemas socioeconómicos que se pudieran originar; y, como tercer objetivo, la mejora de la comprensión mutua entre los pueblos de la región con el desarrollo de una activa sociedad civil.

El proceso de mundialización obliga a cambios como también los exige esta noción de integración regional que representa la Declaración de Barcelona. Y el esfuerzo es mayor para los socios del sur del Mediterráneo, que deben realizar las reformas necesarias para una mayor y fructífera integración con la UE. En cualquier caso, las relaciones comerciales de los socios del Sur con la UE son ya intensas, como lo demuestra que el 51% de las exportaciones tenga como destino la UE, y que de ésta provenga el 53% de las importaciones. En los 10 años transcurridos desde la Declaración de Barcelona se ha establecido un flujo de relaciones que ha generado un espíritu de partenariado entre la UE y los socios mediterráneos, a pesar de que los avances en el terreno económico no hayan sido de la magnitud deseada.

Hasta ahora, se han creado redes regionales que han reforzado los vínculos entre las instituciones del Mediterráneo (federaciones de la industria, cámaras de comercio, institutos culturales…) así como entre sus ciudadanos, y se han firmado ya notables acuerdos de asociación. La mayoría de los socios del Sur tienen en marcha programas económicos para promover el sector privado y el incremento de la inversión, y los programas de desarrollo regional han reunido a representantes de la sociedad civil. Pero todo esto dista de ser suficiente, y hay que atreverse a ir más deprisa. Tanto más si se considera el elevado nivel de desempleo o la desigual distribución de la renta, que se deben reducir, como primer paso en el camino de una estructuración social más aceptable.

En estos años, el análisis de las dificultades lleva a definir como obstáculos más importantes, en primer lugar, la lentitud, en ciertos casos, en la instauración de las reformas establecidas en los acuerdos de asociación, que en sí no pueden sustituir a los procesos endógenos de reforma, aunque sin duda pueden introducir mecanismos que los complementen. También el débil intercambio comercial entre los socios mediterráneos (el llamado Sur-Sur) que no se ha incrementado apreciablemente, y el nivel de inversión de la UE en la zona, por debajo del que tiene en otras partes del mundo, lo que se debe achacar a factores como diversidad de legislación, falta de transparencia y en ciertos casos poco ágil infraestructura administrativa. Además, en algunos países la empresa pública se ha resistido a la necesaria reestructuración para competir en mercados abiertos.

Otra dificultad ha sido que la puesta en práctica del programa MEDA se ha visto frenada por los complicados procesos necesarios para su aplicación, tanto en la UE como en los países socios. Tampoco ayuda la inexistencia de un nivel de información y comunicación adecuado que haga comprender a la sociedad los beneficios que se pueden obtener con este proceso euromediterráneo. El camino no es fácil, pero el objetivo final merece todos los esfuerzos. Las instituciones europeas –el Parlamento, la Comisión y el Consejo– están convencidos de que la senda acordada en Barcelona es la correcta y que hay que seguir profundizando en ello, con más intensidad y rapidez. En este sentido, según indicó la Comisión al Consejo en una importante comunicación en 2000, los instrumentos disponibles para lograr los tres objetivos básicos de la Declaración de Barcelona deberían ser el cumplimiento del contenido de los acuerdos de asociación bilaterales que promueven el diálogo social y el libre comercio entre cada país socio y la UE; la adaptación de los mecanismos del MEDA, aún con demasiadas trabas administrativas, para lograr, entre otros objetivos, la oportuna adaptación de las estructuras legales y administrativas; y el logro de una futura “Carta para la Paz y la Estabilidad” cuyas líneas generales se acordaron ya en la Conferencia Euromediterránea de ministros de Asuntos Exteriores en 1999.

Por último, y para tratar de solucionar el problema del bajo nivel de conciencia social sobre las ventajas del proceso, se debe mejorar la información tanto en la UE como en los países socios del Mediterráneo, por ejemplo introduciendo, para mayor visibilidad, la etiqueta de “Cooperación Euromediterránea”, en todos los proyectos financiados con fondos. Y además, impulsar campañas de comunicación para orientar positivamente a la opinión pública y, desde luego, a los medios de comunicación. Hay que señalar dos resultados tangibles en la línea de acercar más esta relación a los ciudadanos: el establecimiento de una Asamblea Parlamentaria Euromediterránea de carácter consultivo y la reciente creación de la Fundación Anna Lindt para el Diálogo Euromediterráneo entre culturas y civilizaciones, con sede en Alejandría (Egipto).

La energía, pilar de las relaciones euromediterráneas

En gran parte el logro del mutuo conocimiento y comprensión entre los ciudadanos mediterráneos se logra con el trato diario y con las relaciones de todo tipo, y entre ellas, las de las empresas energéticas del arco mediterráneo, por ejemplo, tienen una importancia considerable. La energía es un área en la que la cooperación debe ser más natural, entre los países del Sur, en conjunto con notables reservas de hidrocarburos, y los del Norte, que carecen de ellas. Por eso la energía desempeña actualmente, y lo hará también en el futuro, un papel primordial en las relaciones euromediterráneas.

Si se cuantifica la potencialidad de los países de la ribera sur del Mediterráneo en petróleo, hay que recordar que se exportan más de 100 millones de toneladas/ año y que sus reservas son del orden de los 7.000 millones de toneladas; pero es preciso señalar que el esfuerzo de exploración y producción en ellos ha sido bajo, por lo que existe una razonable seguridad de que sus reservas serán aún mucho mayores que las indicadas. Esta riqueza, contando con la escasez de la UE en recursos de hidrocarburos, constituye una razón de peso para que las relaciones euromediterráneas tengan como uno de los pilares los intercambios energéticos, y más específicamente de hidrocarburos.

Para hacer tangible el resultado de estos intereses comunes es necesario realizar más proyectos conjuntos, porque es innegable que con la materialización de inversiones se consolida la confianza, el desarrollo y la creación de empleo como bases necesarias del proceso de integración mediterránea de una manera efectiva. El Diálogo Euromediterráneo es un proceso desde las dos orillas y debe apoyarse con todos los medios disponibles para avanzar con decisión hacia el logro de una zona de paz y prosperidad económica que pretende algo más allá del crecimiento del PIB.