Ramon Llull, genio filosófico, free lance y primera ONG unipersonal

Victor Pallejà

Islamólogo y profesor de historia de las religiones, Universidad de Alicante

Podemos decir que, en general, hoy en día la figura de Ramon Llull sufre por partida doble: por una parte, a causa del menosprecio con el que se trata a los personajes que no se ven apoyados por las grandes culturas estatales; por otra, debido al escepticismo de aquellos que desconfían patológicamente de las mentes autóctonas. Eso hace que, popularmente, la figura de Ramon Llull se encuentre en aquel mundo medieval donde todo es posible. Mitos, sombras, lejanía e irrealidad es todo lo que se puede sacar del gran mallorquín. Los estudiantes que aún recuerdan la lectura escolar del Libro de las bestias pueden deducir, simplemente, que algún papel ha debido de tener en la historia de las letras catalanas. Por lo que respecta a los medios de comunicación, sólo las novelitas «esotericogóticas» de moda pueden despertar su curiosidad durante un rato.

Este triste panorama contrasta, sin embargo, con la magnífica tarea de investigación desarrollada en los últimos cincuenta años por el lulismo, y que ha comportado toda una serie de novedades de gran importancia histórica, las cuales sitúan al gran terciario franciscano en la primera línea de la formación de la cultura europea y muy cerca de debates muy actuales, como el diálogo entre religiones, la búsqueda de la paz y el papel de la Iglesia.

Es preciso constatar la rareza de un fenómeno de este tipo en el invariable panorama de los estudios de humanidades: se multiplican las investigaciones sobre la figura de Llull, se crean institutos permanentes en torno a su figura, constantemente aumentan los estudios, las ediciones y las traducciones de su obra en todo el mundo, etc.

Sin embargo, aunque nos duela en el alma, no podemos menos que decir que, a excepción hecha de los centros especializados,  la nueva y apasionante fisonomía de Ramon Llull llega muy poco no sólo a la gente normal y corriente, sino también al universitario medio o incluso a aquellas personas con una cierta cultura. Para cambiar esta situación, no se trata de hacer interesante, fácil o fascinante la imagen de la Edad Media. El hecho es que tenemos un nuevo Ramon Llull y que, objetivamente, nos proporciona por sí mismo todo aquello que necesitamos para sentir una gran confianza en el éxito de cualquier dinámica cultural relacionada con el lulismo.[1] Y sin tener que añadir ninguna exageración localista, ninguna mentirijilla piadosa o ninguna trampa cultural, como se suele hacer en todas partes.

En este caso, el castigo colectivo que se aplica a la cultura catalana es tristemente real, ya que Ramon Llull queda encajonado entre la Francia francesa y la España española, como un espacio que se desearía que no hubiese existido nunca. Situado en un reino de Mallorca ya desaparecido, aparece reivindicado como parte del «sur de Francia» por la historiografía francesa, en la que todo está completamente muerto y de la que no se conoce ningún heredero. Por otro lado, Jaime II hizo de Montpellier una gran capital política y cultural, difícilmente adaptable a la España peninsular, que tampoco quiere saber nada del Rosellón y las regiones ultrapirenaicas. Por su parte, la Iglesia católica también ha hecho que fuera expulsado de los altares, a pesar de ser bienaventurado. ¡Hecho extraordinario! Por tanto, si queremos resolver alguna de estas cuestiones, no podemos hacer como si viviéramos en una plena normalidad cultural.

Pensando en este panorama a escala europea y mediterránea, hay que convenir que de nuevo descubrimos el aislamiento institucional de los centros del saber, así como las graves dificultades que existen para hacer llegar la cultura a una sociedad cada vez más alejada de las referencias que vinculan el presente con el pasado. Así, muy a menudo faltan las palabras y los conceptos necesarios para mantener la conexión que da sentido a la historia viva de unos hombres y unas culturas de los que dependemos para entender en profundidad nuestro mundo. Es necesario, pues, repensar los conceptos clave y actualizados que sitúan a Ramon Llull en nuestro paisaje más próximo, de manera sencilla y comprensible. Algunos aspectos pueden servirnos para ilustrar lo que queremos decir.

En primer lugar, es importante saber que Ramon Llull fue un hombre genial. Llull no fue Leonardo da Vinci, pero el genio europeo no se ha manifestado de una única manera y en una sola persona. Mientras uno llena las librerías, al otro aún le queda mucho por darse a conocer y por despertar la curiosidad de la gente. El Ramon Llull original es un pozo de ideas reflejadas en numerosas obras que, prácticamente, hablan de todo aquello que se podía decir. Hoy continuamos sin saber de dónde sacó muchas de sus ideas, si es que no fueron completamente originales, y eso forma parte de sus encantos más exclusivos.

La filosofía y la escolástica hacen que muchos lectores arruguen la nariz, y seguramente la lógica y las sutilezas dialécticas tampoco despiertan mucho entusiasmo, a pesar de que la vida y la política modernas están construidas con estos elementos. Aunque el debate entre Aristóteles y los creyentes monoteístas y la confrontación con los «averroístas» parezcan agua pasada, la creación del método científico y las leyes del discurso razonado no habrían llegado adonde están sin el trabajo apasionado de generaciones enteras de pensadores como nuestro curioso hiperactivo. Llull quería escribir el mejor libro del mundo y encontrar las mejores «razones necesarias» para convencer sin vencer por las armas…, mientras fuera posible, claro está.

Hay que tener presente que los hombres del siglo xiv no se hallan tan lejos de las ideas que tenemos hoy en día. En especial, sus conflictos se reproducen a menudo en lo que actualmente constituyen las angustias cotidianas: el choque de civilizaciones, la tolerancia o la búsqueda de una ciencia universal y única. Aun así, ¿quién conoce al Ramon Llull político, al hombre de los grandes proyectos de paz y concordia con el islam y el judaísmo? ¿Y también al hombre contradictorio en sus ideas? Es posible que no siempre nos guste, y podemos rechazar tranquilamente más de una de sus propuestas, pero el orden y la claridad de sus ideas son fascinantes, y su esfuerzo comunicativo resulta admirable. Además, ¿quién ha producido tanta poesía, prosa, métodos de exposición y geometrías inspiradoras de los sueños racionales más ambivalentes? ¿Cómo es posible que se le reproche aquello que más se valora en otros; es decir, ser un gran humanista y tocar muchas y muy graves temáticas? Y si estaba loco, como él mismo dice, ¿qué más se puede pedir?

Hay un aspecto muy concreto en el que Llull nos resulta especialmente cercano: es un hombre de acción. Ya no hablamos del nacimiento del intelectual profesional en la Europa del siglo xiii, lo cual fue un hecho esencial para el mundo moderno, sino que se trata más bien de un individuo, un self-made man que, aunque conoce la universidad, es autodidacta y busca el conocimiento más avanzado en todas partes. Estudia latín, árabe y hebreo, quiere saber cómo tratar con las culturas y religiones más importantes, pensar sin fronteras… Es un laico en busca del conocimiento que rompe muchas barreras e intenta conseguir por su cuenta la mejor formación y la puesta en práctica inmediata de todo aquello que sabe. Su agenda de contactos, que proviene en buena parte de su vida política dentro de la corte de grandes monarcas, le abre las puertas de los centros más influyentes de su tiempo, y en ellos se presenta una y otra vez para exponer ideas, planes de paz, reformas institucionales y todo aquello que sea necesario. ¡Es un auténtico free lance del pensamiento y de la acción!

La visión especulativa y clerical que se ha dado de su vida no nos proporciona la dimensión global del primer europeo que escribió masivamente en lengua vernácula para todos los públicos y que intentó resolver los conflictos más graves de su tiempo. Al lado de la grandiosa figura de Dante, podría ocupar un lugar a su lado como poeta, pensador y reformista-conservador de los valores de una sociedad que piensa de manera cristiana todo lo que hace. Como aquél, también vive angustiado y luchando entre los dos mismos partidos europeos que buscan la destrucción total del enemigo, los gibelinos y los güelfos. Aún hoy resuenan las consecuencias de aquellos hechos que conmovieron a la sociedad. Análogamente, la lucha entre el papado y el imperio multiplica este conflicto, que dio origen a la situación actual de las relaciones entre la Iglesia y el Estado, así como entre el secularismo y la religiosidad. Podríamos hablar de una larga lista de debates prácticos y teóricos que llenaría páginas y más páginas del pensamiento que hasta hace poco estaba claramente considerado como el núcleo de nuestra sociedad.

En consecuencia, es importante hacer hincapié en la vida práctica de Ramon Llull, e incluso ir más lejos y manifestar que la dimensión realista de su pensamiento nada tiene que ver con las quimeras de un descerebrado. El acomodamiento a la teoría del «seny i la rauxa» (la cordura y el arrebato) acaba desfigurando la fisonomía de los hombres. Las denominadas utopías, buenas o malas, han sido posibles muchas más veces de lo que se podría creer, y la praxis luliana ha llegado lo suficientemente lejos en esta materia.

Un ejemplo de este talante realista y práctico lo tenemos en una parte bastante desconocida de su vida, en la que viajó por Chipre y Asia Menor hasta llegar a Armenia. Se conservan fragmentos inéditos de su obra traducida a esta lengua, muestra de su constante esfuerzo para hacerse entender por todo el mundo. Ahora bien, ¿qué hacía allí? En un momento en que la llegada de los mongoles decidía el destino del planeta, la alianza entre cristianos y musulmanes contra ese pueblo, o bien de cristianos y mongoles contra los musulmanes, podía resolver el conflicto de Oriente Próximo de una determinada manera. Ramon Llull corre a proponer su pensamiento para llevar la paz, movido únicamente por la voluntad de su carácter. Él solo trabaja como una ONG, como, por ejemplo, los amigos de San Egidio; quizá molesten a las instituciones más poderosas, pero su tarea es potencialmente real, aunque pocas veces efectiva.

Un poco antes de la experiencia de los Marco Polo llamados a consulta por el Papa, entre las embajadas de los señores más poderosos de Oriente y Occidente, los esfuerzos evangelizadores y las naves de guerra catalanas enviadas a la isla de Arwad, en la costa siria, en una operación desesperada, están en el aire y cualquier resultado es posible. Resulta muy difícil averiguar qué papel desempeñaba Llull, pero, sea cual sea, lo cierto es que logró situarse en el ojo del huracán de su tiempo, así como hacer acto de presencia y proponer ideas. Y ante este hecho, ¿quién puede decir que su labor se aparta mucho de la que distingue a las grandes figuras?

En resumen, gracias a los excelentes materiales extraídos por los investigadores y medievalistas, Llull no representa únicamente un pasado que aún permanece en el olvido. Todo lo contrario: ante la ciencia y la práctica lulianas se abre un gran futuro. El método, los temas y, sobre todo, la actitud práctica y resolutiva parecen bien preparados para definir puntos de encuentro o de enfrentamiento con otras culturas y religiones, ya que pueden acreditar una continuidad de muchos siglos, un patrimonio que sería mejor aprovechar, en vez de seguir ignorándolo en contra del consenso de expertos mundialmente reconocidos.

Notas

[1] ¿Es necesario que medievalistas de gran renombre como Kurt Flasch, en su importante Das philosophische Denken in Mittelalter.Von Augustinus bis Machiavelli (Stuttgart, Reclam, 2000), concedan un largo capítulo a Ramon Llull para frenar las dudas sobre su valía? Y en este sentido podrían citarse muchos otros ejemplos.