Proceso de Barcelona – Unión por el Mediterráneo: expectativas y reservas en el Sur

La presencia de Israel,el compromiso de los países del norte de Europa y el papel de la sociedad civil,inquietudes del Sur.

Ridha Kéfi

La cuenca mediterránea es la bisagra del Norte y del Sur, de Oriente y de Occidente. En la confluencia de tres continentes, es más que una simple frontera para la Unión Europea (UE). La estabilidad de esta región es esencial, tanto para nuestra seguridad y prosperidad como para la de nuestros vecinos y amigos mediterráneos”. Esta declaración de Benita Ferrero-Waldner, comisaria europea de Relaciones Exteriores y de la Política Europea de Vecindad, ante el Parlamento Europeo el 9 de junio de 2008, resume en tres palabras (seguridad, estabilidad y prosperidad) las expectativas de los ciudadanos del sur del Mediterráneo con respecto al nuevo proyecto denominado Proceso de Barcelona: Unión por el Mediterráneo (PdB:UpM).

Desde que lo anunciara el presidente francés Nicolas Sarkozy, el proyecto había suscitado tantas esperanzas como inquietudes. Las esperanzas son conocidas. El Proceso de Barcelona en general y el PdB:UpM en concreto aproximan (y reúnen por primera vez) a los pueblos del norte y el sur del Mediterráneo. Por ello, constituyen uno de los escasos espacios de diálogo. Asimismo, representan un potencial de reequilibrio (político y económico) entre el norte, el sur y el este de Europa. Tanto es así que, cuando la política europea de vecindad (PEV) se puso en marcha, los ciudadanos del sur del Mediterráneo descubrieron su estatus de “simples vecinos” y empezaron a plantearse algunas preguntas sobre la especificidad (y la profundidad) de sus relaciones con la UE.

La sensación de que el Sur ha perdido interés estratégico para la UE y de que ahora reviste menos importancia que el Este explica las reservas manifestadas, tras el lanzamiento de la PEV en 2004, con respecto a la evolución de su partenariado con la UE. Ese sentimiento de decepción explica también la entusiasta acogida que ha dispensado ese mismo sur del Mediterráneo al proyecto de PdB:UpM, desde que, en 2007, lo anunciara Sarkozy, por aquel entonces candidato a la presidencia de la República francesa. Cabe añadir que, en su primera versión, el proyecto mostraba una orientación integracionista, volviendo a situar al Mediterráneo en el centro de las geometrías políticas.

En cambio, el Proceso de Barcelona, cuyas carencias iba a suplir, se limitaba a un partenariado muy técnico y básicamente centrado en las relaciones económicas, sociales y culturales. Ello lo dotaba de una dimensión elitista y “reducía su presentación ante los pueblos mediterráneos como un proyecto para avanzar hacia una especie de preintegración del Mediterráneo”, según Hatem Ben Salem, secretario de Estado del ministro tunecino de Asuntos Exteriores, encargado de los temas europeos. Así se expresó en una mesa redonda sobre el “Proceso de Barcelona: Unión por el Mediterráneo”, organizada por el semanario L’Expression, la delegación de la Comisión Europea y la fundación Friedrich Ebert (Túnez, 21 de junio de 2008).

Además de la ventaja de subrayar la “centralidad mediterránea” en la configuración geoestratégica actual, marcada por importantes progresos logrados en la región por la influencia americana y china, el PdB:UpM brinda también la ventaja de reequilibrar el riesgo de atlantización de Europa. En efecto, gracias a una inversión diplomática hacia el sur del Mediterráneo, la UE podría estar en condiciones de desempeñar un papel de primera fila en la resolución de los problemas a los que está expuesta: conflictos de Oriente Próximo y retos del terrorismo, migraciones y deterioro del medio ambiente… Hasta aquí las esperanzas y las promesas.

Quedan, pues, las reservas, inquietudes y obstáculos. En su primera versión, el proyecto bebía de una “idea integracionista”. Consideraba que el Mediterráneo tiene problemas concretos y que, por tanto, se imponía una estrategia mediterránea, que implicaba una responsabilidad europea. Sin embargo, ese proyecto fue objeto de veto o revisión. El proyecto alternativo, según se presentó en el comunicado de la Comisión del 20 de mayo de 2008, abandonó la idea integracionista y se convirtió en una simple prolongación del Proceso de Barcelona. El cambio provocó cierta decepción en el sur del Mediterráneo. Según Ahmed Ounaies, el nuevo proyecto presenta, no obstante, “compromisos interesantes y varios elementos distintivos”. La explicación: “Se pueden encontrar cuatro aspectos positivos en él.

Hay proyectos subregionales, una capacidad estructuradora más fuerte, una interpenetración cultural más intrusiva y también el carácter evolutivo del proceso”. En pocas palabras, “sin ser una comunidad”, el PdB:UpM es “una amplia entidad regional en marcha, en vías de edificación, donde el impulso multilateral es más determinante”, explica Ounaies. Sin embargo, el antiguo diplomático tunecino se pregunta: “Si la UE manifiesta su voluntad de ocuparse del Mediterráneo, ¿está en condiciones de asumir realmente su compromiso? Lo demostró con respecto a sus vecinos europeos, tanto en cuanto al tema de la recuperación económica como con el Estado de Derecho. ¿Lo hará con la misma decisión al tratarse de sus vecinos mediterráneos? No tenemos ninguna garantía de ello”.

Ounaies justifica su escepticismo por la “debilidad política de Europa” y las dificultades que muestran los socios del sur del Mediterráneo a la hora de “interiorizar, con todas las consecuencias, la pertenencia a un conjunto regional moderno y democrático”. Dicho de otro modo: respetar los derechos humanos, las libertades individuales y el principio de igualdad en los procesos electorales. Los ciudadanos del Sur también se plantean las consecuencias de la presencia de Israel en el seno del PdB:UpM. La mayoría de los países árabes no tienen relaciones diplomáticas con Israel, por lo que su posible integración en el PdB:UpM, junto al Estado hebreo, puede interpretarse por las opiniones públicas del Sur como un síntoma de normalización con dicho Estado.

Esta cuestión no surgiría si Israel respetara los principios fundadores de toda unión de este tipo, esto es, el respeto de la legalidad internacional, la no ocupación de territorios por la fuerza, el rechazo al colonialismo y la no discriminación. “Si Israel aceptara esos principios, contribuiría a suprimir los obstáculos para su adhesión a una unión regional, para la normalización con todos sus vecinos y la inauguración de una era de reconciliación y de paz”, afirma Ounaies. Expresa dudas sobre la capacidad de la UE (e incluso su disposición) a la hora de imponer esos principios a Israel. Para él, Europa, que siempre habla de corresponsabilidad, jamás ha manifestado su corresponsabilidad, “ni tan siquiera su sentido de la responsabilidad” cuando el Estado hebreo incumplía el Derecho Internacional.

Otro de los interrogantes que plantea el Sur: si el Mare Nostrum es una prioridad para los europeos mediterráneos, ¿lo es también para los europeos no mediterráneos? La Europa de los 27, con su grave crisis de identidad y su problema de regionalización interna, ¿puede implicarse al mismo nivel en un amplio proyecto mediterráneo? ¿Pueden los 27 comprometerse del mismo modo en la financiación de grandes proyectos que en un principio no beneficiarán más que a los países mediterráneos? Además, volviendo a las promesas, se observa que, a pesar de los muchos acuerdos puestos en marcha por el Proceso de Barcelona, las inversiones europeas en los países de la ribera sur siguen siendo muy escasas.

Asimismo, no dejan de acentuarse las diferencias entre ambos lados, a costa de los países del Sur. La convergencia económica, uno de los principales objetivos de Barcelona, ¿se podrá hacer realidad sin reducir considerablemente la distancia entre ambas riberas, en una o dos generaciones? Y otra pregunta que el Sur se formula insistentemente: el lugar que se asignará a la sociedad civil mediterránea en el proceso de toma de decisiones en el seno de las instancias del PdB:UpM. Se tiene la sensación de que tanto las ONG del Norte como del Sur serán sacrificadas en aras de una hipotética alianza entre los Estados del Norte y del Sur, como pasó con el Proceso de Barcelona. Mohamed Trabelsi, miembro del comité ejecutivo de la UGTT (central sindical tunecina), expresa sus temores a ese respecto, recordando que muchos de los acuerdos en el marco del Proceso de Barcelona se “debatieron y formaron en ausencia de los sindicatos y los representantes de la sociedad civil”.

En cuanto a la inmigración y la movilidad de los trabajadores, “Europa ha tomado a menudo medidas unilaterales, sin consultar previamente a los socios del Sur”, añade el responsable sindical. Trabelsi teme que el PdB:UpM “profundice aún más la relación dominante- dominado existente entre el Norte y el Sur”. En otro orden de cosas, las diferencias culturales tampoco dejan de profundizarse, alimentadas por las crispaciones identitarias y el ascenso de los extremismos, del que la actualidad de la región nos aporta, por desgracia, ejemplos casi a diario. Y ni las profesiones de fe ni las declaraciones de los actores políticos y la sociedad civil cambiarán todo eso como por arte de magia.