Primavera democrática en Oriente Próximo

Es demasiado pronto para medir el impacto de los movimientos de reforma en Oriente Próximo.

Omayna Abdel Latif, directora adjunta del semanario Al Ahram Weekly, El Cairo

Un anuncio emitido por la emisora de televisión Al Hurra, financiada por Estados Unidos, comienza con la imagen de una iraquí de mediana edad, vestida con el chador negro y llevando una urna de voto en la que figura la palabra intijabat (elecciones). A continuación vemos a un Mahmud Abbas sonriente introducir su voto durante las elecciones palestinas celebradas en enero de este año. La tercera secuencia presenta las manifestaciones que tuvieron lugar en la plaza de los Mártires de Líbano.

Por último, las palabras “Nuevos horizontes, horizontes libres” llenan la pantalla. Para aquellos familiarizados con la euforia que barrió los medios de comunicación occidentales –especialmente en EE UU– tras los recientes acontecimientos en Líbano, el anuncio no era más que otro truco publicitario para presentar los acontecimientos en Oriente Próximo como una muestra del éxito del gobierno de George W. Bush. Según un escritor canadiense, “se vive una primavera de democracia en Arabia”, y según un analista británico, “el espíritu democrático está despertando en Oriente Próximo”.

En The New York Times, los escritores alemanes Volker Windfuhr y Bernhard Zand llevaban el argumento todavía más lejos: “El espíritu global de democracia que reside en Washington parece avanzar de manera inexorable”. El triunfalismo, y en ocasiones la reivindicación, han dominado los medios y presentado la imagen de un Oriente Próximo que resurge de las cenizas de la dictadura y la violencia. No sólo eso, sino que han hecho que expertos a ambos lados del Atlántico se pregunten si, después de todo, Bush tenía razón. Sin embargo, sobre el terreno, las cosas tienen un aspecto muy distinto.

Un analista árabe afirma que el retrato que los medios de comunicación occidentales presentan de la evolución reciente en la zona constituye “una completa distorsión de los hechos”. “Es más el indicativo de un gobierno que busca desesperadamente buenas noticias de Oriente Próximo que la señal de que se está produciendo un verdadero giro en la política regional”, señala Raguid Al Solh, un destacado intelectual libanés. “Parece que cuando en algún lugar de la región el pueblo se alza contra la tiranía es gracias a las desastrosas políticas de Bush”.

La mayoría de los observadores, al menos los de Oriente Próximo, consideran que es demasiado pronto para evaluar la oleada de reformas y afirmar con seguridad que éstas provocarán un clima político en el que imperará el poder popular. Lo cual no quiere decir que la política árabe no gire actualmente en torno a un asunto principal: el cambio. “En ninguna otra época ha habido una situación tan propicia para el cambio”, señala Abdul Hadi Al Jauaga, un activista a favor de los derechos humanos en Bahrein. Tanto Al Solh como Al Jauaga rechazan las insinuaciones de que la invasión americana de Irak sea responsable de los llamamientos a la apertura democrática en el mundo árabe. Las semillas del cambio ya estaban plantadas, afirma el segundo, citando el ejemplo de Bahrein, que introdujo iniciativas de reforma mucho antes de la invasión de Irak.

El mismo argumento se puede ampliar a otros países árabes que han experimentado grandes transformaciones en las últimas dos décadas. Un analista árabe encargado de observar la democratización de la zona considera que los cambios se iniciaron en la década de los ochenta, cuando Jordania, Argelia y Marruecos abandonaron el sistema de partido único e implantaron un régimen multipartidista. Las elecciones palestinas e iraquíes y las manifestaciones de la oposición libanesa son los tres acontecimientos que utilizan el gobierno y los medios de comunicación americanos para defender su causa. Irónicamente, afirman muchos analistas, son precisamente los tres acontecimientos que no se pueden atribuir a la política exterior de EE UU. La situación difiere en cada país árabe.

En Palestina “cada vez que Arafat quería convocar elecciones, los israelíes se ponían por medio”, explica Ahmed Barqaui, profesor de Derecho en la Universidad de Damasco, mientras que en Líbano el descontento popular se desencadenó por el asesinato de Rafiq Al Hariri (febrero de 2005). Zaid Al Alí, analista iraquí, señala que las afirmaciones de que las elecciones en su país son una muestra del éxito americano suponen un burdo engaño. “No deberíamos olvidar que los que votaron a la Alianza Unida Iraquí lo hicieron porque el primer punto de su programa era garantizar un calendario para la retirada de las tropas extranjeras”. “Los americanos no empezaron a hablar de construir la democracia hasta que fracasaron en la búsqueda de las armas de destrucción masiva que habían usado en un principio para justificar el ataque a Irak”, afirma Al Solh.

Se trata, añade, de un caso clásico de racionalización a posteriori de los planes imperialistas americanos. En su opinión, la idea que dichas campañas de comunicación pretenden promocionar es que la ocupación de Irak ha dado ímpetu a la democracia en la región. Sólo que hay un problema: “La población se da cuenta de que el ejército americano no está ahí para extender la democracia”. La idea de que Oriente Próximo está experimentando una Primavera de Praga incomoda incluso a los analistas que admiten que EE UU ha instigado cierto movimiento en la región. Si bien reconocen que la región sufre un déficit de democracia, sostienen que los cambios actuales son consecuencia de la convergencia entre los llamamientos locales a la democracia, que desde hace tiempo se vienen produciendo, y la presión internacional .

“Esta idea de exportar y extender la democracia constituye un insulto para las fuerzas democráticas de la zona”, explica Al Jauaga. “Da a entender que la democracia no puede surgir desde el interior”. Al Jauaga, cuya larga lucha por los derechos humanos en Bahrein le llevó a la cárcel, cree que ese punto de vista menosprecia los sacrificios hechos por muchos de los activistas de la zona. Al Jauaga no es el único que cree que las perspectivas de las fuerzas nacionalistas empeñadas en establecer un régimen democrático sin aliarse con la agenda occidental distan mucho de ser halagüeñas.

Por una parte, Occidente, y especialmente EE UU, afirma que respalda a dichas fuerzas nacionalistas, “pero a renglón seguido secuestra la lucha para ponerla al servicio de una agenda sesgada”. EE UU utiliza el palo de la reforma para presionar a los gobiernos, no porque quiera que sean democráticos, sino para obligarles a hacer concesiones, sobre todo en lo que respecta a su relación con Israel. Túnez, afirma un activista de derechos humanos de este país, es un ejemplo perfecto de esta agenda sesgada. La apertura de canales con Israel se convierte en razón para que EE UU haga caso omiso del abominable historial en materia de derechos humanos que tiene el presidente Zin el Abidin Ben Alí.

“Ya no es el dictador que conocemos. Y cualquier conversación sobre la necesidad de reforma queda enterrada cuando agacha la cabeza ante Israel”, dice el activista. “El rumbo que el gobierno de EE UU ha programado para la democracia en la región no pretende dar al pueblo autonomía para elegir a sus gobernantes, ya que la mayoría de las veces dichas elecciones socavarían los intereses americanos en la región. En consecuencia, se centra en libertades individuales como los derechos de las mujeres y de los homosexuales”, opina Al Jauaga.