Palestina después de Arafat

Con la muerte de Arafat, el problema palestino ha entrado en una etapa en la que los actuales interlocutores deben aprovechar la experiencia y las lagunas de la anterior.

Nabil Maarouf, delegado general de Palestina en España

Desde los albores del siglo pasado comenzaron en la escena internacional los preparativos del plan para usurpar a Palestina su territorio y crear un Estado judío. Estos preparativos incluyen tanto la declaración Balfour de 1917 del ministro de Asuntos Exteriores británico para la creación de un hogar nacional judío en Palestina, como los acuerdos de Sikes& Picot de 1916 cuyo objetivo era la división del mundo árabe en varios “Estados- nación” y así allanar el camino de su dominio y facilitar la creación del Estado judío. En 1948, el escenario ya estaba listo para concluir el plan. En este sentido hay que destacar las facilidades que el mandato británico brindó para la emigración judía a Palestina, proporcionándoles las condiciones propicias para proclamar su Estado y librar una guerra contra la población autóctona del lugar.

Pese a que la resolución 181 de 2 de noviembre de 1947 de Naciones Unidas establecía la partición de Palestina en dos Estados, uno árabe y otro judío, el mundo entero se mantuvo callado ante la invasión de las fronteras del supuesto Estado palestino por parte del ejército israelí, dejando los territorios de Cisjordania menguados, incluida Jerusalén oriental cuya administración se confirió al Estado jordano y la franja de Gaza a Egipto. Como consecuencia, los países limítrofes de Palestina recogieron decenas de miles de refugiados palestinos. Así pues, la comunidad internacional (las potencias que impusieron su criterio) creó el Estado israelí, ignoró por completo la creación del palestino, hizo la vista gorda sobre la invasión de las fronteras establecidas para el Estado palestino y se limitó a crear la UNRWA (Agencia de Naciones Unidas para la Ayuda a los Refugiados Palestinos).

La cuestión palestina pasaba a ser un mero problema humanitario, para el que la solución radicaba en prestar a los palestinos la ayuda necesaria de subsistencia. A partir de entonces el pueblo palestino padece todo tipo de calamidades, tanto bajo el dominio israelí como en la diáspora, uno de cuyos objetivos es eliminar la identidad palestina, acabar con su personalidad nacional, erradicar o más bien disociar el problema palestino de su dimensión política. La ONU se limitó durante décadas a tratar el problema palestino en su dimensión humanitaria, cómo obtener y aprobar el presupuesto asistencial de la UNRWA para que llevara a cabo su programa de asistencia a los refugiados.

Arafat y el camino hacia la paz

Esta situación duró hasta que irrumpió en la escena política la revolución palestina emprendida por la organización de Al Fatah, liderada por Yasir Arafat. Su principal objetivo era “naturalizar el problema palestino”, es decir, resaltar ante todo que se trata del problema del pueblo palestino independientemente de la importancia de Palestina para el mundo árabe e islámico. Por este motivo se enfatizó el carácter de movimiento de liberación nacional, capaz de discernir entre los intereses de su pueblo y los de los demás, capaz de diferenciar entre la realidad y la utopía, de modo que pueda mantenerse ésta sin sobresaltar la realidad.

La dirección palestina procuró así, a lo largo del tiempo, mantener una mayor capacidad de independencia en la toma de sus decisiones propiamente palestinas. Los objetivos de esta revolución eran y son conocidos: alcanzar y ejercer su libertad una vez recuperada su identidad y salvaguardar su dignidad. Tales objetivos no eran posibles sin que antes el pueblo palestino lograra su sueño: la creación de un Estado independiente. Puede que al iniciar la revolución los líderes pioneros estuviesen convencidos de la posibilidad de alcanzar una victoria, liberar Palestina y acabar con la ocupación israelí, sobre la base de que el Estado israelí es una entidad artificial intrusa en la región.

No obstante, algunos dirigentes se percataron pronto de que el conflicto en Oriente Próximo, en particular en el frente palestino-israelí, no estaba condicionado por la fuerza israelí y la debilidad palestina, sino más bien estaba íntimamente ligado a una ecuación internacional, que bajo ninguna circunstancia permitiría la derrota de Israel. Lo único que el lado palestino podría obtener es lo que las grandes potencias comprometidas con la seguridad y la superioridad de Israel ofrecían. A partir de ahí, el pensamiento negociador comienza a infiltrarse en el intelecto de la dirección palestina y a repercutir en la trayectoria de su causa.

Se inicia un debate interno que en general fue apasionante al orientar la lucha hacia la negociación, la reconciliación, el reconocimiento recíproco a cambio de la independencia palestina y la creación de un Estado independiente. El factor determinante que hizo posible esta corriente fue el pragmatismo de Arafat, líder de la revolución palestina, que otorgó a esta corriente una legalidad que permitió la apertura de muchas puertas. Fue un proceso lento, arduo, que comenzó en 1974, año en que se arraizó el pensamiento de la paz y la negociación, de forma pública y solemne en el XII Consejo Nacional Palestino (Parlamento en el exilio, máxima instancia de la Organización para la Liberación de Palestina, OLP) y más tarde en el histórico discurso de Arafat ante la Asamblea General de la ONU donde, dirigiéndose a la comunidad internacional destacó: “Vengo aquí con una mano que sostiene el fusil de un revolucionario y la otra con un ramo de olivo: no dejéis caer el ramo verde de mi mano”.

Así, Arafat, Al Fatah y las demás organizaciones pudieron, a través de una lucha tenaz, con enormes sacrificios y heroica resistencia, afianzar la identidad nacional palestina. Arafat comenzó a cosechar el fruto de su política obteniendo el reconocimiento internacional a su causa y su identidad a través de esta línea de actuación política. Conviene mencionar aquí las repercusiones de la guerra de 1973 en este proceso, la penetración del ejército egipcio en el canal de Suez. Por primera vez, el Estado de Israel sintió las grietas de sus cimientos. Estados Unidos tendió un puente militar y todo un arsenal de armas estratégicas a través de una flota continua, que se enviaron directamente al campo de batalla. Se manifiesta así de forma clara la presencia de la condición internacional sobre el conflicto árabe-israelí: “Está terminantemente prohibido que se derrote a Israel”.

La guerra del 73, en la que ni los árabes ganaron, ni los israelíes perdieron, brindó la oportunidad a las potencias de actuar de forma más realista y de afianzar el lenguaje de la paz y la reconciliación de forma oficial y pública, aun cuando había una fuerte oposición en el seno del mundo árabe en general, y el palestino en particular, a dicha dinámica, lo cual tuvo su repercusión en la publicación y la intensidad de los encuentros con los israelíes en busca de la paz. A pesar de los contactos entre las partes, la guerra continuó entre palestinos e israelíes, aquellos pretendían mejorar sus condiciones de respuesta y éstos impedírselo. Hay que recordar la invasión de Líbano en 1982 y el traslado de la OLP a Túnez y otros países árabes.

El hecho de que los árabes se sientiesen agredidos y sus derechos mermados por Israel, les llevó a la conclusión equivocada de que Israel estaba aislado internacionalmente y que necesitaba el reconocimiento por parte de los árabes en general, y los palestinos en particular, para romper su aislamiento. Esta falsa creencia hizo que los palestinos tuviesen la ingenua idea de que por el mero hecho de tender oficial y públicamente la mano de reconocimiento de Israel y por la paz, los israelíes estarían ansiosos de retirarse de los territorios ocupados desde 1967, entablarían negociaciones de paz con los árabes y permitirían, la creación de un Estado palestino. Ésta fue la idea básica de los negociadores árabes y palestinos.

No obstante la sorpresa fue negativa: muchos de los hombres de Arafat que tuvieron contactos secretos con israelíes fueron asesinados a principios de los años setenta a manos del servicio secreto israelí, el Mosad, a pesar de lo cual los palestinos prosiguieron su ofensiva en busca de la paz, que culminó con la firma de los acuerdos de Oslo. Pero una vez que los ultras israelíes constataron que su líder, Isaac Rabin, estaba convencido en su lucha por la paz, y que como consecuencia cumpliría los compromisos contraídos con los palestinos, fue asesinado.

Sharon y el fin de las negociaciones

Con la muerte de Rabin, asesinaron también la paz y de nuevo, la ultraderecha tomó las riendas del poder en Israel para imponer su concepto sobre la paz. Al mismo tiempo, con la llegada al gobierno de Ariel Sharon, se intensificó la guerra, se reocuparon los territorios palestinos, se practicó la política del terror, la destrucción, la humillación, el asesinato de miles de hombres, mujeres, ancianos, niños y jóvenes. Las cárceles se llenaron.

Sharon arrancó decenas de miles de árboles, causó decenas de miles de heridos e inválidos, demolió miles de casas y otra vez miles de familias se vieron obligadas a malvivir a la intemperie o en tiendas de campaña. Así pues los mandatarios israelíes frenaron, por no decir mataron, el proceso de paz, ayudados en su tarea por los drásticos cambios en la escena política internacional, sobre todo a partir del 11 de septiembre de 2001. En el otro lado, para ser objetivos, también hay que reconocer que los palestinos han cometido errores y han contribuido al empeoramiento de la situación, lo que la población está pagando muy caro.

El techo político de los palestinos se ha tambaleado. Una de las razones que contribuyeron a que los palestinos cometieran esos errores fue la falta de confianza hacia los israelíes, que no dieron señales de compromiso y de cumplir su parte de los acuerdos. Mientras prometían la liberación de los presos, aumentaba el asedio a la población. Existe pues una sensación de que los palestinos deben cumplir cuando la parte ocupante no lo hace. El resultado de esta dinámica fue la imposición del asedio por parte de Israel al presidente Arafat en la Mukata en Ramala, utilizándolo como medio para aplazar indefinidamente el proceso de paz, responsabilizándole del empeoramiento de la situación y privándole del papel de socio e interlocutor válido para la paz.

El cerco a Arafat durante tres años en la Mukata condujo a su muerte anunciada: no veía el Sol, ni respiraba aire salvo el que entraba en sus tres habitaciones en ruinas. A mi juicio Israel es el responsable de la muerte de Arafat porque creó todas las condiciones para su fallecimiento. Con la desaparición de Arafat el problema palestino, y el pueblo palestino en su conjunto, han entrado en una nueva etapa, que supone la continuación de la lucha para alcanzar sus derechos nacionales inalienables, terminar con la ocupación y crear un Estado independiente en los territorios ocupados desde 1967, incluida Jerusalén oriental, como capital. Lo cierto es que el modus operandi de los palestinos para con los interlocutores, ya sean locales, regionales o internacionales, ha de modificarse, aprovechando la experiencia y las lagunas de la etapa anterior.

Los logros de Arafat

Las ceremonias de despedida de los restos mortales de Arafat en París, El Cairo o Ramala o la concentración de líderes mundiales en su funeral en El Cairo reflejaron su importancia, así como los grandes logros políticos y morales que cosechó a lo largo de su lucha.

– Con una rapidez intuitiva, Arafat captó las dimensiones de la ecuación internacional, trabajó para allanar el camino y crear las condiciones propicias para actuar en sintonía con esta dimensión basándose en un principio de realismo. Pero, para llegar a ello debió enfrentarse a las fuerzas opositoras, locales y regionales, que bien no daban importancia a la dimensión internacional y no tomaban en consideración el realismo político, o actuaban conforme a un plan encaminado a que la causa palestina no alcanzase esta dimensión.

– Arafat emprendió su senda revolucionaria entre 1948 y 1965, un momento en el que la cuestión palestina se redujo a un mero problema humanitario y de refugiados, disociándola de sus dimensiones políticas y nacionales. La tarea principal era reconquistar la dimensión política y trasladar el problema humanitario y de subsistencia a los escenarios políticos internacionales. La historia reflejará con justicia que Arafat fue un líder pionero de la lucha nacional palestina contemporánea contra Israel, una lucha que transformó la realidad del pueblo palestino del estatus de refugiado y del olvido, al de la ecuación política decisoria en la escena política regional e internacional.

Se convirtió en un actor principal a nivel regional y de reconocimiento indiscutible a nivel internacional. Trasladó la conciencia palestina de la historia y el simbolismo al terreno del pragmatismo y la política, es decir, del terreno de la lucha y la negociación del otro de forma recíproca al de la pacificación y la convivencia conforme a la fórmula de dos Estados para dos pueblos. Aun así Israel resistió este movimiento, porque era consciente de que una estrategia como la de Arafat, por la que se establece un arreglo basado en dos Estados para dos pueblos, sacaría al pueblo palestino del rincón del castigo permanente y lo adentraría en la historia, conformando en legitimidad, la justicia de su causa y destruyendo la falsa imagen de Israel como víctima eterna.

Por eso la batalla de Israel contra Arafat comenzó con su empeño de eludir su responsabilidad y su compromiso con el proceso de paz, actuando sobre la base de hechos consumados, con el aumento de los asentamientos y la persistencia de la ocupación. Israel intentaba así no responder a las preguntas implicadas en el proceso de paz, sin reconocer a la parte palestina y poner fin a la negociación histórica por su existencia.

– Durante los 40 años en los que Arafat fue actor principal en la escena política, el conflicto árabe-israelí se trasladó a la órbita de la negociación y reconciliación histórica para aceptar al otro. Hasta ahora, este objetivo no ha tenido éxito; no se ha alcanzado la reconciliación histórica; pero la paz irremediablemente llegará. Deseamos que sea lo más pronto posible, en todo Oriente Próximo. El Estado palestino viable será una realidad sobre las fronteras de 1967 junto con el Estado de Israel.

Entonces, el mundo entero se acordará de Arafat, y se acordará de la paz, cuya semilla sembró y a cuyo nacimiento contribuyó. Israel no tendrá más remedio que reconocer que aquel hombre a quien cercó y maltrató, puso los cimientos para la edificación de una paz justa y duradera que salvaguarde el futuro de las generaciones en paz y progreso.