Observaciones sobre el impacto de las recientes crisis sobre la seguridad alimentaria en la región mediterránea, y sus efectos negativos sobre la estabilidad y la seguridad humana*

9 November 2022 | Focus | English

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slideshow image Un agricultor lleva un manojo de trigo después de cosecharlo de un campo en la Gobernación de Gharbia, mientras Egipto intensifica los esfuerzos para frenar la propagación de la enfermedad coronavirus (COVID-19), Egipto, 14 de mayo de 2020. REUTERS/Mohamed Abd El Ghany/File Photo

La seguridad alimentaria: fundamento de la prosperidad económica y de la estabilidad política

La seguridad alimentaria se ha convertido en una de las grandes prioridades de la agenda política global. Saludo por ello la iniciativa de dedicar una sesión a este tema, específicamente dedicada al Mediterráneo, en esta nueva edición de los MED Dialogues organizada por el IEMed y el Club de Roma.

El Secretario General de Naciones Unidas Antonio Guterres hablaba en junio de que estamos ante una “crisis de hambrunas global” sin precedentes, debido a una multiplicación e intensificación de las presiones que ya existían sobre la cadena alimentaria mundial.

Hoy hay 276 millones de personas en situación de inseguridad alimentaria; se han duplicado desde 2020. Guterres alertaba de la posibilidad de múltiples hambrunas en 2022 y 2023 si no actuamos ya sobre el problema, especialmente en los países más vulnerables, y alertaba también de los posibles efectos que esta situación pueda provocar sobre la estabilidad social y política, una preocupación que es en general compartida por los líderes mundiales, que se han mostrado muy comprometidos en los últimos meses para proponer iniciativas y posibles vías de solución.

Voy a intentar explicar en este texto por qué hemos llegado a esta situación, especialmente en el Mediterráneo.

Decía el gran historiador de las civilizaciones, Fernand Braudel, que “si uno quiere entender el presente debe recuperar la historia de cada cuestión o problema, en su totalidad”.

No es ningún secreto que la facilidad a la hora de producir y abastecerse de alimentos ha sido una de las claves para la prosperidad y la riqueza de las naciones, del mismo modo que la ausencia de una provisión estable y asequible ha sido siempre una fuente de inestabilidad social y política.

Las tradicionales crisis de subsistencias, típicas de la Antigüedad y de la Edad Media, han sido muy frecuentes en la historia del Mediterráneo, y han llegado incluso a nuestros días bajo la forma de “revueltas del pan”.

El Antiguo Egipto, por poner un ejemplo, es un caso paradigmático de ello: la base de su prosperidad en la antigüedad fueron el agua y las crecidas del Nilo, que permitieron cultivar toda clase de alimentos a lo largo de una extensa franja de territorio, que no solo abastecía a su población, sino que además permitía exportar y comerciar con naciones vecinas. Hoy en día, la situación es muy diferente. La fuerte presión demográfica y la dependencia del exterior para abastecerse de algunos productos básicos, como el trigo (del que es el mayor importador del mundo), se han convertido en un factor de vulnerabilidad del gran coloso del Mediterráneo.

¿Qué es lo que ha sucedido?

La guerra de Ucrania ha venido a agravar el problema del aumento de precios de los alimentos que ya venía registrándose justo antes del estallido de la guerra. La pandemia de Covid-19, la desigual recuperación económica, la destrucción de cadenas de valor y varias sequías en regiones productoras habían desencadenado ya una espiral de aumento de los precios de la energía y los productos agrícolas. Entre febrero de 2021 y febrero de 2022 el trigo había subido un 51% y el aceite vegetal un 30%.

El estallido de la invasión de Ucrania ha exacerbado esta crisis. El impacto en materia de seguridad alimentaria está siendo muy fuerte por la importancia de Rusia y Ucrania en el mercado de las exportaciones de grano, aceites y fertilizantes. Hoy en día, 30% de las exportaciones globales de trigo y cebada, el 20% del maíz y 80% del aceite de girasol proceden de estos dos países, un 12% de las calorías que consume el mundo.

Con datos de julio, el índice de precios de los alimentos de la FAO ha aumentado un 36 % desde marzo de 2021 y un 60% desde marzo de 2020. Se calcula que 1.700 millones de personas se ven afectadas por esta crisis.

Algunas regiones del mundo son especialmente vulnerables, como el Sahel y el África del Este, así como una buena parte de la región del Mediterráneo y Oriente Medio, las cuales son altamente dependientes de importaciones de grano de estos dos países.

Rusia ha destruido parte de la capacidad productiva ucraniana, ha prohibido las exportaciones de grano y está bloqueando los puertos del Mar Negro ucranianos, imposibilitando el comercio naval.

Además, estamos comenzando a ver distorsiones de mercado que complican aún más la actual coyuntura, como la prohibición a la exportación de trigo del Gobierno indio, segundo mayor productor a nivel mundial, o la implementación de la política “Covid Cero” por parte de China, que está paralizando el crucial puerto comercial de Shanghái.

A esto se añade que la falta de fertilizantes de Rusia y Bielorrusia han disparado los precios de los inputs agrícolas, lo que impactará en las próximas cosechas por lo que es posible que lo más grave de esta crisis se viva en 2023 o incluso más adelante si la situación se prolonga.

Incremento de la inseguridad alimentaria

Suben los precios y sube, por consiguiente, la inseguridad alimentaria. Las estimaciones del Programa Mundial de Alimentos (PMA) señalan que la población en situación de inseguridad alimentaria se multiplicó por dos a raíz de la pandemia, pasando de 135 millones de personas a principios de 2020 a 276 millones dos años después.

Los efectos de la guerra Ucrania, según esta estimación, aumentarán esta cifra hasta llegar a los 323 millones en 2022. Asimismo, según las estimaciones del Banco Mundial, el conflicto en Ucrania conducirá a que 95 millones de personas caigan en situación de pobreza extrema y 50 millones sufran desnutrición severa.

El impacto sobre la región del Mediterráneo y Oriente Medio

La subida de los precios de los alimentos nos está afectando a todos, aunque los socios del Mediterráneo Sur y de Oriente Medio están sufriendo consecuencias más severas. Algunos de ellos son especialmente dependientes del trigo del Mar Negro, como Turquía (80%), Egipto (85%), Líbano (75%), o Túnez (50%).

A las subidas de precios y las restricciones en la oferta se añaden los efectos macroeconómicos de la guerra de Ucrania, que ha acarreado una mayor presión sobre los presupuestos de países que padecen de desequilibrios macroeconómicos, algunos de los cuales se agravaron ya durante la pandemia, y que tienden a subsidiar muchos de los productos alimenticios como el pan, fuente principal de la dieta de las sociedades mediterráneas.

Los países productores de petróleo y de gas son los menos afectados ya que han podido compensar el incremento de los precios de los alimentos con los fuertes incrementos de dichas “commodities”. Algunos de ellos, como los del Golfo, pese a su enorme dependencia exterior, están mejor preparados para enfrentarla ya que además de tener grandes excedentes presupuestarios sufrieron muy directamente la anterior crisis de seguridad alimentaria de 2007 y 2008, lo que les llevó a desarrollar estrategias de seguridad alimentaria, que incluyen inversiones en el exterior, planes de almacenamiento y de aseguramiento de los suministros.

En los países no productores de hidrocarburos, a los precios de los alimentos se suman el incremento de los precios de los combustibles, u otros efectos como la reducción en los flujos turísticos de Rusia y Ucrania, lo cual está llevando a presiones sobre el tipo de cambio de sus monedas, obligándoles en algunos casos a devaluar.

A lo anterior se suma el impacto de la narrativa rusa en la región, que busca esconder su agresión a un país soberano, acusando a la UE del negativo impacto de la guerra por las sanciones, de no reaccionar a la crisis alimentaria y de “doble rasero” en relación con la enorme ayuda brindada a los millones de refugiados ucranianos en comparación con la ayuda y el acogimiento prestado a los refugiados de Siria, Yemen o Palestina, por ejemplo. Una interpretación engañosa e interesada, que, sin embargo, está encontrando algún eco en algunos de los países de la ribera sur.

Posibles consecuencias sociopolíticas

El temor a una mayor inestabilidad por la carestía de los alimentos ha hecho reaccionar rápido a los gobiernos de los países del sur del Mediterráneo, que han buscado reaccionar rápidamente garantizando subsidios, buscando acuerdos para garantizar el suministro o luchando contra la especulación. Por el momento, salvo algunas manifestaciones aisladas, no ha habido grandes episodios de violencia relacionados con este problema.

Lo que no significa que no los pueda haber. Todos recordamos la influencia que la subida de los precios de la harina de trigo provocada por una mala cosecha en Rusia y Ucrania tuvo a la hora de activar las protestas callejeras de la primavera árabe. Tengamos presente que, en enero de 2022, el índice de precios de los alimentos de la FAO superaba ya en términos reales los máximos alcanzados entre 2010 y 2011.

Si la crisis, como se prevé, continúa en el próximo año y se complica con los efectos del cambio climático en los países mediterráneos, que se están manifestando en sequía y más presión sobre los recursos hídricos, los efectos son imprevisibles. Además de la inestabilidad política, preocupa el posible aumento de la presión migratoria.

Iniciativas para reaccionar ante esta situación

La reacción de la comunidad internacional ha sido rápida. La seguridad alimentaria se ha convertido en una cuestión que preocupa a nivel global.

En los últimos meses ha habido una multiplicación de iniciativas, a nivel de NN UU, EEUU, el G7, la UE, la Unión Africana, las Instituciones Financieras Internacionales o países individuales.

En el ámbito de NNUU, destaca el lanzamiento por parte del Secretario General el pasado mes de marzo del Global Crisis Response Group on Food, Energy and Finance (GCRG) que coordina la respuesta del sistema ONU a la triple crisis que enfrenta el mundo.

EE UU ha promovido la creación del Roadmap for Global Food Security-Call to Action, al que nuestro país se ha adherido. Por su parte, varias Instituciones Financieras Internacionales y Bancos de Desarrollo publicaron el pasado mes de mayo un plan de acción para hacer frente a la crisis de seguridad alimentaria.

El G7, por su parte, ha creado la Global Alliance for Food Security que es complementaria a todas las demás operaciones ya en marcha y que ha propuesto entre otras acciones: crear corredores de solidaridad para permitir que Ucrania pueda exportar sus productos agrícolas; evitar hambrunas con evaluaciones individuales para cada país y promover la producción agrícola sostenible en las futuras cosechas.

Por lo que respecta a la Unión Europea, está privilegiando una respuesta conjunta de las instituciones y los Estados Miembros en formato “Team Europe” cuyos cuatro ejes principales, que recogen en parte la iniciativa francesa FARM, se resumen en:

1. Aumentar la solidaridad (ayuda humanitaria, aumento del apoyo financiero y económico e incrementar el espacio fiscal de los países más afectados)

2. Aumentar la producción (también a pequeños productores locales, sin olvidar la transición verde);

3. Medidas de apoyo al comercio, llamando a los países a no cerrar fronteras y 4.- Apoyo al multilateralismo.

En cuanto a las medidas de apoyo al comercio y a la recuperación de la oferta destaca la puesta en marcha del Solidarity Lanes Action Plan, que tiene por objetivo garantizar la exportación de trigo ucraniano y facilitar las importaciones necesarias, desde ayuda humanitaria hasta piensos y fertilizantes mediante rutas alternativas. En agosto ya había permitido exportar más grano ucraniano por vías terrestres alternativas (2.6Mt) que por el Mar Negro (1.7Mt).

Para la región del Mediterráneo y la Vecindad Sur, destaca especialmente el lanzamiento de la Facilidad sobre Seguridad y Resiliencia Alimentaria, dotada de 225 M€, con destino prioritario a Egipto, Líbano, Libia, Siria, Túnez, Marruecos y Palestina.

Esta facilidad ha buscado paliar posibles problemas de balanza de pagos, así como apoyar las redes de protección social y de seguridad social. A largo plazo, dichos países se podrán beneficiar también de otros instrumentos como el Plan de Económico y de Inversión de la Vecindad Sur, que permite abordar problemas más estructurales como el de la producción de alimentos.

España

Nuestro país está jugando un papel muy activo en la respuesta a esta crisis, defendiendo el enfoque multilateral, como el único posible.

España participa en la iniciativa del SG de NNUU, (UN-GCRG) a través del EME Gabriel Ferrero, que es a su vez, presidente del Comité se Seguridad Alimentaria, que actúa como apoyo en la línea de seguridad alimentaria del Grupo.

En cuanto a las contribuciones concretas de España, en el ámbito humanitario, la Oficina de Ayuda Humanitaria de la AECID ha destinado, entre otros, 15,7M€ en 2021 a intervenciones que incluyen la seguridad alimentaria y la lucha contra la malnutrición. Se prevé una aportación similar en 2022. En el ámbito de cooperación al desarrollo, la AECID trabaja con volúmenes de recursos muy notables (en mayo de 2021 estaban en ejecución proyectos y programas por valor de 359 millones de Euros).

En el ámbito de las contribuciones multilaterales, España es donante histórico importante del PMA, FIDA, FAO, GAFSP y el Fondo Conjunto ODS (que ha abierto una ventanilla de financiación para esta crisis).

Por último, el Ministerio de Transportes, Movilidad y Agenda Urbana arrancó el 9 de agosto un proyecto piloto para transportar grano en tren desde Ucrania hasta España como alternativa o complemento al modo marítimo, en el marco de la iniciativa “Solidarity Lanes” de la UE.

Conclusión

Contra los pronósticos de hace unos meses, los precios del petróleo o el trigo están bajando a día de hoy (14 de septiembre) y parecen estar regresando a los niveles de preguerra. A ello se suma el acuerdo facilitado por Turquía y las NNUU para un levantamiento del bloqueo ruso de los puertos ucranianos del mar negro a ciertos barcos cargados con grano ucraniano (20 millones de toneladas), que podría ayudar a aliviar parte del problema, aunque no el de los altos precios de los fertilizantes, por ahora. Son noticias esperanzadoras, que se deben en parte a los esfuerzos internacionales, con la UE a la cabeza, sin que debamos precipitarnos a pensar que la crisis está ya en vías de ser superada.

En definitiva, nos encontramos ante un problema de gran calado, multidimensional, el mayor en muchas décadas, al que sólo podemos hace frente incrementado la cooperación multilateral y que, en todo caso, necesita de una respuesta multisectorial, a corto y a largo plazo, que ayude a rebajar los precios y a garantizar una mayor y más eficiente provisión de alimentos en el mundo, pero muy especialmente en nuestros socios mediterráneos.

Notas

* Este texto corresponde a la intervención del autor en la sesión del ciclo de conferencias Med Dialogues +2030 dedicada a “La seguridad alimentaria en riesgo: Hacer frente a las vulnerabilidades de los sistemas alimentarios mediterráneos” Barcelona, 14 de septiembre de 2022.