Movimientos de protesta en Líbano

“La revolución ha conseguido en pocos días lo que tres décadas de posguerra no han hecho: la gente se ha reconciliado en la calle. Hay un error de interpretación, no somos una sociedad dividida”.

Entrevista con Carmen Geha por Oriol Andrés Gallart

Cuesta cuadrar la agenda con Carmen Geha en estos días con aires de revolución en Líbano. Esta investigadora y profesora ayudante doctor de la Universidad Americana de Beirut, especializada en las movilizaciones de la sociedad civil en la región de Oriente Medio y el Norte de África, ha participado desde el primer día en las protestas. No solo por interés académico sino por su activismo feminista, y para apoyar una reforma política y democrática de Líbano. Unas manifestaciones masivas –se estima que podrían haber salido un millón de personas–, cuya mecha prendió el 17 de octubre por la propuesta del gobierno de imponer una tasa sobre las populares llamadas de whatsapp. Desde entonces, las protestas se han generalizado por todo el país, clamando contra una élite política sectaria a la que acusan de haber arruinado Líbano con corrupción y clientelismo. Con las redes sociales como plataformas de comunicación, personas de edades, clases sociales y confesiones distintas han nutrido unas marchas no-violentas y repletas de imaginación.

AFKAR/IDEAS:Muchos consideran que estas protestan marcan un punto de ruptura sin retorno con el actual sistema político en Líbano. ¿En qué consiste este sistema?

CARMEN GEHA: Tenemos un sistema muy especial –arcaico y viejo–, que requiere un reparto del poder entre la élite política basado en su representación confesional. Así que todos nuestros partidos son casi al cien por cien sectarios. Sus líderes, además, están aliados con el poder económico y las autoridades religiosas. Después de la guerra civil [1975- 1990], estos líderes se garantizaron una amnistía para perdonarse los crímenes de guerra y se pusieron de nuevo de acuerdo para gobernar juntos. Este grupo de hombres extremadamente corruptos ha estado en el poder durante los últimos 30 años. Y la gente ha dicho basta.

A/I: Este sistema de reparto de poder ha ido acompañado de políticas económicas neoliberales. ¿Cuál ha sido el resultado de esta combinación?

C.G.: Vivimos un momento de derrumbe económico y político. Tras la guerra, y sobre todo desde 2005, se han aplicado políticas neoliberales muy claras que vaciaron el Estado y lo han convertido en una máquina clientelar, disparando la deuda pública. Pagamos los servicios de telecomunicaciones más caros, no tenemos ayudas para la vivienda, los espacios públicos han sido privatizados, el sistema educativo es privado o está en unas condiciones deplorables… Básicamente hicieron a los pobres más pobres y a unas pocas personas muy ricas.

A/I: Dice que este tipo de organización es arcaica y vieja. ¿De dónde viene?

C.G.: Se remite al tiempo de los otomanos, que dio un estatuto especial a la región de Monte Líbano, según el cual cada comunidad que habitaba la zona tenía capacidad de autogobierno a través de unos tribunales religiosos. Este sistema pervivió bajo el mandato francés y pasó a ser parte del acuerdo entre los padres fundadores de Líbano. Pero se trata de un pacto informal, nuestra Constitución no es en absoluto sectaria, apela a un Estado civil secular.

A/I: ¿Líbano está pues en manos de unas pocas familias?

C.G.: Hay una oligarquía de familias. La mayoría ya estaba en el poder hace casi un siglo, pero incluso los recién llegados se han integrado bien. Un ejemplo es la familia Hariri –padre e hijo–, que no eran parte de estas viejas dinastías. Polarizan la política, diciendo a los libaneses: “estás conmigo o contra mí”. Pero en realidad nunca compiten entre ellos. De hecho, en las elecciones nunca hay disputas en los distritos principales. Hoy en las manifestaciones se canta: “otros países tienen un dictador y nosotros tenemos 18”, porque hay 18 confesiones reconocidas.

A/I: Todo ello, ¿cómo afecta a la vida diaria de la ciudadanía?

C.G.: Es un sistema muy clientelar. Desde que naces hasta que mueres, dependes de una cadena de favores para conseguir tus derechos básicos: si quieres ir a la escuela, tienes que sobornar a alguien; si quieres un empleo, necesitas tener conexiones… si quieres electricidad en tu calle, “muéstrame que me votaste”. El sistema electoral forma parte de este sistema clientelar. Hasta 2018 no teníamos papeletas. Así que en los pueblos pequeños, cuando ibas a votar, te separaban por confesión y género y lo ponían por orden alfabético. Contaban 400 o 500 votos por escuela. Los partidos atendían al recuento y podían decir hasta con una precisión del 99% quién había votado por ellos.

A/I: ¿Por qué se ha dado, pues, ahora este movimiento de protesta?

C.G.: Esto no ha sido espontáneo, ha sido el fruto de un largo camino. Hay muchos factores que hacen esta revolución única. El primero es que la ciudadanía de zonas que creíamos conservadoras, o muy leales a un partido político o a un líder, de Norte a Sur, se han movilizado para mostrar su hartazgo. Este clamor transversal y masivo es inédito. En segundo lugar, los jóvenes de ahora son la tercera generación tras la guerra civil, no la vivieron, ya que nacieron en los años noventa. Estos jóvenes piensan que la manera de vivir actual es simplemente inaceptable: no les dejan ir a un concierto porque el cantante es gay, tienen que aguantar que haya armas en la calle, no pueden votar a quien quieran, no pueden divorciarse si son de según qué confesión… Esta generación pide desde libertades individuales hasta el derecho a escoger sus líderes políticos. Los trucos que los políticos acostumbraban a utilizar para asustar a mi generación no funcionan con ellos. En tercer lugar, hay el riesgo de un colapso económico. Somos un país pobre y muy caro como resultado directo de estos políticos y sus políticas. Esto ha obligado a la gente joven a emigrar como nunca antes. Otro elemento que ha influido es que durante los últimos tres años, y sobre todo los últimos seis meses, los políticos han usado un tono muy aleccionador. Siempre han sido corruptos, pero ahora encima dan lecciones. Incluso el presidente, tras las protestas, vino a decir a los manifestantes: “si no os gusta este país, iros”. Además están acosando a la gente y persiguiéndola judicialmente por comentarios en las redes sociales. Nos han estado tratando como despojos.

A/I: Las manifestaciones hasta ahora han carecido de líderes. Algunas voces lo han criticado, afirmando que era una debilidad. ¿Cuál es su opinión?

C.G.: Esta es la parte más divertida porque los políticos se están volviendo locos: “¿quiénes sois, quiénes os financian?”, nos preguntan… No hay un grupo de líderes controlando la calle porque esto no es un golpe de Estado o una contienda entre partidos. Es un clamor popular. Dicho esto, hay activistas, expertos, candidatos independientes de elecciones anteriores que se están reuniendo y coordinando. Pero no son ellos los líderes ni están llamando a la gente a la calle. Esto es muy positivo porque no pueden asesinar al líder, ni difamarle, ni pueden negociar un acuerdo. Lo que el gobierno busca es identificar un grupo de personas, preferiblemente hombres, a los que comprar con unas poltronas. Pero esto no pasará, porque incluso si lo hacen, estos no podrán convencer a la gente de Trípoli [ciudad al Norte del país, con índices de pobreza muy altos y considerada conservadora, que ha salido masivamente a protestar] que se vaya a casa. Sin embargo, esto no quiere decir que sea un movimiento sin liderazgo. Es un movimiento muy organizado: cada día hay reciclaje, cuentacuentos, cuidados para niños durante la jornada, pintura, grafitis, música… Cada noche hay discusiones y debates. En este sentido hay mucho liderazgo.

A/I: ¿Hablamos de reformas o de revolución?

C.G.: Creo que buena parte del juego es semántico. Sin ser ingenua, creo que estamos en una revolución. Cuando decimos: “queremos a gente competente en el gobierno, queremos un gobierno técnico”, básicamente estamos diciendo a esta clase política –que poseen billones de dólares, muchas armas y numerosas inversiones– que se vaya. Puedes considerarlo una medida reformista pero incluso las pequeñas reformas en Líbano son revolucionarias porque sacuden los pilares del sistema.

A/I: Hay muchas demandas, pero no un programa concreto. ¿Cómo cree que se debe gestionar esto?

C.G.: Durante el primer mes, yo era muy escéptica sobre crear hojas de ruta o pedir reformas concretas… Cuando empiezas a poner demandas sobre la mesa sin haber hecho un proceso consultivo real, ello crea división entre las personas. Y para poder hacer un proceso de consultas real, necesitamos tiempo para conocernos entre nosotros. Muchas de las demandas políticas convergen en dos ideas: la exigencia de rendición de cuentas y unos políticos mejores. A partir de aquí, hay varias demandas derivadas: elecciones anticipadas, un sistema judicial independiente, cambios legislativos… esto es parte del programa que está naciendo en las calles. Para ello, se necesita que los ciudadanos se sienten a discutir las demandas, sin embargo creo que esto se hará naturalmente a lo largo de los próximos dos o tres años. Ante aquellos que exigen elecciones anticipadas, yo pido tiempo para institucionalizar la revolución. Por ejemplo, un tema que para algunos será marginal: la presencia de mujeres. Si ahora nos apresuramos a presentar un paquete de demandas, no estoy segura de que estas incorporen la perspectiva de género.

A/I: ¿Hay lecciones aprendidas de las llamadas “primaveras árabes”?

C.G.: Hay lecciones y mucha envidia. Creo que una de las grandes lecciones es Siria. Los manifestantes no quieren violencia en la calle. Son muy conscientes de lo que ha pasado allí.

A/I: Se requiere una gran madurez como sociedad civil para mantener unas protestas de tal envergadura no violentas ¿Cómo lo valora?

C.G.: La revolución ha conseguido en pocos días lo que tres décadas de posguerra no han hecho: la gente se ha reconciliado en la calle. Creo que hay un error de interpretación, no somos una sociedad dividida, sino que el sistema vive de la pobreza y la miseria de la gente y de explotar el sectarismo electoralmente. Los manifestantes no quieren violencia, es contra lo que la revolución se ha levantado. De hecho, diría que no solo las protestas han sido no violentas sino que han mostrado una gran solidaridad. En el contexto libanés es inédito que cuando mataron a un manifestante de un disparo en una zona drusa, al día siguiente se le homenajeara como a un mártir en ciudades [tan distintas demográficamente] como Trípoli, Baalbek o Beirut. Un ejemplo muy gráfico de esta división: en los libros de Historia de las escuelas libanesas no se incluye la guerra civil porque cada secta tiene una versión distinta de lo que pasó.

A/I: Hasta el momento de publicarse esta entrevista, la respuesta del gobierno ha sido moderada si la comparamos con la violencia con que se reaccionó a anteriores protestas, por ejemplo el movimiento “YouStink” de 2015. ¿A qué lo atribuye?

C.G.: Creo que aún están jugando limpio porque sus votantes han cambiado de posición. La de 2015 era una protesta muy beirutí, el grupo tras las manifestaciones era bien conocido, estábamos considerados los hipsters. Esta vez no pueden disparar contra los manifestantes porque es su propia gente la que está en la calle. Podrían ser sus hijos. Además, el ejército es muy complejo. Aun así, un hombre fue asesinado y ha habido varios episodios de cargas y tiros al aire. El gobierno no ha respondido, pero sí lo han hecho guardaespaldas, matones, algunos simpatizantes de Hezbolá que atacaron y prendieron fuego a la acampada [en el centro de Beirut].

A/I: ¿Es posible, en su opinión, que la actual élite política renuncie?

C.G.: Sin duda, su legitimidad en la calle se ha perdido y esto es ya un gran paso. Como politóloga, sé que llevará uno o dos ciclos electorales. Pero la realidad es que su discurso no convence, mucho menos a los jóvenes de 20 años. Para poder gobernar, necesitan que la gente les obedezca por miedo o que les involucren por convicciones. La élite política ya no habla la misma lengua que la ciudadanía. Para muchos libaneses, seguir con estos líderes implica no sobrevivir, porque no logran salir adelante con el salario mínimo. La gente no es estúpida, cuando apoyaban a estos políticos, tenían una recompensa, lo hacían por su propio interés. Ahora no reciben nada, están arruinados. Personalmente, pienso que tenemos que trabajar para construir una judicatura independiente, que asuma la persecución de los crímenes financieros, de guerra y contra el medio ambiente. En la zona de Naameh, donde está el vertedero, hay al menos una persona con cáncer en cada casa. Además, tenemos que trabajar para construir una amplia coalición electoral que pueda concurrir con la élite política actual. Si lo hacemos, podemos ganar unos cuantos escaños y mejorar la representación.

A/I: En artículos anteriores, usted ya ha advertido que no será un proceso rápido…

C.G.: En Líbano no hay un tirano o un dictador que si se va, simbólicamente todo el régimen se desmorona. El sistema se sustenta y se mantiene unido a través de muchas ramas. Por eso llevará mucho tiempo cambiarlo. Yo estoy trabajando ahora para intentar llevar a cabo un proceso participativo de consultas entre trabajadores de distintas regiones y clases sociales sobre qué modelo económico se quiere. Este es un proyecto a largo plazo, puede llevar una década.

A/I: ¿Se puede hablar de una revolución, la feminista, dentro de la revolución general?

C.G.: Exactamente. Cuando nos referimos a opresión, en esta revolución también hablamos de género. Porque las mujeres son una de las principales víctimas de este sistema político, que permite el matrimonio infantil, que permite que se nos pague distinto a hombres y mujeres, que no penaliza los abusos sexuales. En primer lugar, no hay una legislación sobre el estado civil en Líbano. Así que estás gobernada toda tu vida por la secta en la que has nacido. Si eres greco-ortodoxo, maronita, chií o druso, tus derechos cambian, aun teniendo la misma nacionalidad. Así que por supuesto las mujeres están en primera línea. Pero su participación no debería caricaturizarse, tipo “hay una mujer velada al lado de una con pantalones cortos y esto resume lo que es Líbano”. Hay, además, un peligro y es que entremos en un periodo de transición en que solo los hombres decidan, como ya ocurrió en los acuerdos de Taif en 1989 [que pusieron fin a la guerra civil]… Existe pues el riesgo de que la subrevolución de las mujeres se pierda. Pero también hay la esperanza que si la revolución triunfa, la agenda de los derechos de las mujeres avance a su vez.

A/I: ¿Es optimista, entonces, respecto a conseguir secularizar la política en Líbano?

C.G.: Políticamente, pienso que lo que tenemos que hacer es explicar a la ciudadanía que un Estado secular y liberal protege tanto a los creyentes como a los no creyentes y respeta los derechos de la mezquita y de la iglesia. Desde el fin de la guerra civil, nuestros políticos nos han vendido que no hay un modelo de convivencia distinto al actual, con una sociedad dividida y temerosa del vecino, gobernada por este reducido grupo de hombres. Nuestro nuevo proyecto debe partir de la base que la única manera en que podemos vivir juntos es en un Estado que nos trate a todos por igual, en el cual los ciudadanos podamos practicar cualquier religión. Y seguro que hay algunos libaneses a quienes les gusta el sectarismo. El Estado secular garantizará que puedan seguir siendo sectarios, si ellos quieren.