Misma revolución, mismos desafíos

Tras su llegada al poder, los islamistas se enfrentan a retos relacionados con sus estructuras y estrategias, mientras la revolución continúa, aunque de formas distintas.

Ibrahim El Houdaiby

Mientras los islamistas celebraban el segundo aniversario de la revolución el pasado mes de enero, tanto los partidos de la oposición como los grupos revolucionarios estuvieron ausentes. Algunos grupos decidieron boicotear las celebraciones, y otros se manifestaron en contra de estos dirigentes, en protesta por haber “traicionado” a la revolución, y “abandonado” las promesas de establecer democracias genuinas y traer cambios significativos a sus condiciones de vida. Aunque las manifestaciones han logrado conducir a algunos cambios en ciertas políticas, ya no gozan del mismo poder de transformación. La historia es más o menos la misma en Egipto que en Túnez.

Como dijo el presidente tunecino, Moncef Marzuki, a un público reducido durante su visita a El Cairo en julio: a pesar de algunas diferencias significativas en el contexto y los métodos, la “revolución árabe” es esencialmente una. Esta unicidad –en términos de causas, métodos y resultados– es especialmente clara en el caso de Egipto y Túnez, donde unos pocos días de protestas de alcance nacional forzaron la expulsión del presidente, que fue reemplazado por un gobierno interino de burócratas que impidió el ascenso inmediato de las fuerzas revolucionarias, mantuvo las estructuras socioeconómicas prerrevolucionarias, y celebró unas elecciones que condujeron al poder a los islamistas. En ambos países, estos se enfrentan ahora a desafíos sin precedentes que tienen que ver con sus estructuras y sus estrategias, y la revolución que continúa, aunque de formas distintas.

Diferentes experiencias de opresión

El partido tunecino Ennahda es una rama de los Hermanos Musulmanes (HM) egipcios, y ambos movimientos cuentan con una larga historia de opresión bajo los regímenes anteriores. Desde los años setenta, se permitió que los HM tuvieran una presencia extralegal en la sociedad y en la política. Operando en los márgenes de la política formal, pasaron por ciclos recurrentes de tolerancia periódica y represión limitada. Con la primera, el régimen pretendía deslegitimar a los militantes islamistas, mientras que con la segunda, se quería evitar que estos grupos se convirtieran en una amenaza seria. Ennahda, por otro lado, fue ferozmente excluido tanto del ámbito social como político, y sus miembros tuvieron que elegir entre la prisión o el exilio, lo que conllevó una huida en masa en los años noventa.

Mientras que la condición de “víctimas” fue el distintivo posrevolucionario de ambas organizaciones, esta diferencia de contexto tuvo un impacto notable en sus posicionamientos respecto a distintas cuestiones. Antes de su retorno del exilio en enero de 2011, el fundador y presidente de Ennahda, Rachid Ghanuchi, declaraba al Financial Times que, a diferencia de sus homólogos regionales, su movimiento “se bebió el cáliz de la democracia de un solo trago” a principios de los años noventa, cuando se sometió a revisiones integrales después de haber sido ilegalizado. Su definición de “democracia”, por tanto, va más allá de su concepción como procedimiento, a diferencia de los HM egipcios que aceptan unánimemente la “democracia”, pero cuya definición atañe más al procedimiento y resulta ambigua.

Esto ayudó a crear grandes denominadores comunes entre Ennahda y la oposición secular tunecina; un denominador que se amplió aun más como resultado del silenciamiento completo de la oposición por parte de Zine el Abidin Ben Ali, lo que empujó a todos los grupos a trabajar juntos –a pesar de sus diferencias ideológicas– para derribar al régimen. En Egipto, por su parte, el régimen quería cooptar a la oposición y permitirle cierto espacio para mantenerla dividida, hasta las elecciones parlamentarias de 2010. La falta de presencia sobre el terreno de Ennahda también significó que estaba menos familiarizado con la realidad social, política y económica que su homólogo egipcio y, en consecuencia, tenía una postura más humilde y menos dispuesta a optar por dominar el sistema.

En ambos casos, la falta de un estatus legal tuvo un impacto negativo en la transparencia. El hecho de carecer de una supervisión básica sobre las cuestiones organizativas y la necesidad de operar en la clandestinidad para eludir la persecución, llevó a la emergencia de una cultura basada en la “confianza” en el liderazgo, lo que justifica la falta de transparencia y de responsabilidad de los líderes. Recaudar y gestionar fondos era, y sigue siendo, el componente menos transparente de la gestión organizativa, lo que desencadena duras críticas por parte de los adversarios de los islamistas. La falta de transparencia sigue planteando interrogantes tras la revolución, puesto que la cultura del secretismo sigue siendo dominante, y la línea que separa la organización socioreligiosa de los partidos políticos es difusa. Los HM se adentraron en la era posrevolucionaria con una organización que durante mucho tiempo ha asumido el papel de partido político, movimiento social y grupo de presión. Esto conlleva tensiones inherentes dentro de la misma organización con respecto a la orientación; un dilema que persiste puesto que los HM y su brazo político (Partido de la Libertad y la Justicia – PLJ) no logran diferenciarse uno del otro en cuanto a actividades, objetivos, alianzas y naturaleza de su trabajo.

Islamistas en la era posrevolucionaria

Pocos meses después de la caída del dictador, los islamistas tomaron posiciones en la primera línea política. Ennahda y el PLJ pronto obtuvieron sendas mayorías relativas en las elecciones parlamentarias, y Mohamed Morsi, del PLJ, fue proclamado el primer presidente posrevolución de Egipto. Con este ascenso al poder, los islamistas se enfrentaban a desafíos sin precedentes. Un reto clave es la falta de una visión global que tenga en cuenta las cuestiones acuciantes, sociales y políticas. Tantos años centrados en la política identitaria (por ejemplo, acentuando la necesidad de defender la identidad musulmana frente a seculares y a Occidente, oponiéndose a la legislación considerada incompatible con la sharia) han acabado por engendrar unas organizaciones fuertes, aunque incoherentes desde el punto de vista ideológico y socioeconómico, que se caracterizan por la excelencia operativa y la falta de estrategia.

Los rivales políticos y los investigadores internacionales no hacen sino contribuir a que los islamistas sigan atrapados en esta esfera de la identidad, al centrarse continuamente en la cuestión de la “moderación” y de las relaciones islamistas-seculares, en lugar de hacerlo en el diseño de políticas. Sin embargo, esto terminará eventualmente cambiando, ya que la presencia de los islamistas en el gobierno les acabará sacando de la política identitaria y les adentrará en el debate serio sobre cuestiones de economía, reforma del sector de la seguridad y empoderamiento de la ciudadanía. La falta de visión se manifiesta muy claramente en la economía, donde tanto el PJL como Ennahda no presentan ninguna hoja de ruta clara para el desarrollo. El PJL muestra evidentes sesgos neoliberales, mientras que en su discurso instrumentaliza la noción de la justicia social y constantemente afirma resistirse al control de los empresarios, intentando democratizar los frutos del desarrollo.

Cuando, en un seminario en Estambul unas semanas antes de las elecciones, le pregunté a Ghanuchi sobre la visión económica de Ennahda, habló sobre “economía moral” y no dio más detalles. En otro momento, les dijo a unos investigadores que se decantaba por una “economía escandinava”, a pesar de que desde su elección, Ennahda ha estado buscando desesperadamente ayuda de la Unión Europea y de las instituciones financieras internacionales, con lo que por el momento no ha conseguido proponer una estrategia económica clara. A falta de una visión política global, intentar articular políticas en estos ámbitos conduce a un mayor déficit en el equilibrio entre autenticidad religiosa y utilidad política. Las muchas décadas de exclusión de la vida política han perjudicado a la formación de los islamistas en materia sociopolítica y, por ello, la autenticidad sigue siendo su razón de ser. Aquellos que la descartan se arriesgan a ser objeto de críticas que ponen en duda su “legitimidad islamista”.

La actitud frente a cuestiones como el “Estado-nación”, economía moderna, Israel, las relaciones con Estados Unidos, entre otras, revelan serias tensiones entre autenticidad y practicidad. Ennahda y el PLJ adoptan una postura más bien pragmática, presionados por la necesidad y aprovechándose de los altos niveles de cohesión de la organización. Esta disposición a renunciar a la “autenticidad” se manifiesta en el rápido cambio de posición, tanto del PLJ como de Ennahda, en cuestiones críticas desde la revolución. Los HM pasaron muchos años denunciando el tratado de paz con Israel e, incluso, después de derrocar a Mubarak, seguían oponiéndose a los préstamos de las instituciones financieras internacionales, pedían la reestructuración del Ministerio del Interior y apoyaban la reforma judicial. Sin embargo, tras ser elegido, Morsi reafirmó el compromiso de Egipto con el tratado de paz y otros acuerdos económicos con Israel, volvió a solicitar un préstamo al FMI, e hizo la vista gorda ante (o a veces incluso justificó) las violaciones de los derechos humanos cometidas por el Ministerio del Interior.

Los islamistas ocultan su renuncia de la autenticidad a través de la instrumentalización de la sharia, lo que se produce mediante la reconstrucción de la noción islámica de necesidad (darura). Definida originalmente como “llegar a un estado en que abstenerse de hacer lo prohibido es fatal”, y de esta manera poder legitimar actos que de otro modo serían ilegítimos desde el punto de vista religioso, se redefinió la darura para justificar muchos más actos. Evitar cualquier daño a la organización era parte de la darura y, por tanto, “organización” se convirtió en su propio absoluto, mientras que la sharia seguía siendo un instrumento poderoso en manos de los líderes, que utilizan la lealtad y la confianza de los miembros para monopolizar la definición de necesidad. Esto es evidente en Ennahda, por el uso de la causa Palestina durante la campaña electoral, antes de la retirada de la prohibición constitucional de normalización de las relaciones. También es evidente en la filosofía de Ennahda de la “modernidad islámica”, que no ofrece nada propiamente islámico o auténtico sino que más bien “islamiza” nociones occidentales.

En el caso de Egipto, esta instrumentalización es obvia con la reivindicación de la sharia, normalmente asociada a la necesidad de posponer todo conflicto intraislamista (o dentro de los HM) y movilizar apoyos en favor del presidente. Todo esto acrecienta el riesgo de una crisis de legitimidad dentro de estos grupos, puesto que genera una paradoja entre la promesa de cambio (implícita, por ejemplo, en el eslogan “el islam es la solución” y en el “Proyecto de Renacimiento”), por un lado, y la aceptación del statu quo, por otro. Instrumentalizar la sharia e institucionalizar la necesidad resuelven el problema a corto plazo, pero el rápido ritmo de cambio en los posicionamientos y el ascenso del salafismo sugieren que, a largo plazo, esta estrategia está condenada al fracaso.

La revolución continúa

La cuestión más seria a la que se enfrentan ahora los islamistas es si podrán adaptarse a la dinámica revolucionaria, frenarla, o si acabarán ellos mismos controlados por la burocracia estatal. Gran parte del antiguo régimen sigue en pie en el seno de las instituciones políticas y burocráticas de Egipto y Túnez. Las relaciones con estos actores se vuelven más complicadas con la ausencia de un claro proceso de justicia transicional que aborde debidamente las injusticias anteriores a la revolución. En Túnez, y a pesar de haber instaurado un Ministerio de Justicia Transicional, el proceso sigue bastante indefinido, y se ha limitado principalmente a confiscar activos y a juicios, sin centrarse en arreglar los déficit estructurales que propiciaron la injusticia de diferentes maneras.

En Egipto, tanto el presidente como su oposición se han aliado con algunos “remanentes” del régimen de Mubarak, y han acusado a sus oponentes de fomentar la contrarrevolución. Así, se contribuye a reducir la revolución a una transición (mal gestionada) desde el autoritarismo (a algo similar a la democracia). Esto significa, en el análisis final, que los islamistas han adoptado el proyecto del régimen anterior, con sus mismas estructuras y sesgos, pero con menos mecanismos físicos de opresión. Por otro lado, los islamistas se enfrentan a una creciente presión socioeconómica a favor del cambio.

En los últimos meses, Egipto ha sido testigo de la oleada más importante de protesta social en toda su historia, de manera transversal en diferentes puntos geográficos y sectores económicos, y el sindicato tunecino (UGTT) ha demostrado ser más poderoso que todos los partidos de la oposición. No solo el creciente desempleo y la desigualdad de ingresos son un desafío, también lo es la distribución de dicho desempleo. En 2011, el paro en Túnez no era más del 7% en las ciudades costeras, mientras que alcanzaba el 30% en las provincias del interior. Las presiones para corregir las desigualdades de clase, género y territoriales están muy enraizadas, y la ausencia de mano dura por parte del Estado que amenace a los manifestantes significa que las protestas continuarán. Así, pues, el Estado tendrá que desarrollar mecanismos de negociación que contribuyan a responder a estas demandas y que, eventualmente, puedan conducir a la reestructuración del Estado y la economía. De momento, Ennahda y el PLJ han escogido no enfrentarse a estos retos y culpar a misteriosas “conspiraciones” de sus fracasos.

Sin embargo, están atrapados entre dos duras decisiones. La primera es aferrarse a las políticas identitarias: mantendrían la unidad de la organización a expensas del éxito político, lo que conduciría al descenso gradual de los simpatizantes, y al declive en la capacidad de reclutar nuevos miembros. La segunda decisión pasa por abandonar las políticas identitarias y centrarse en los debates sobre políticas reales: pondría de manifiesto las contradicciones entre distintos miembros por cuestiones de clase, de ideología y otros sesgos, y conllevaría una multitud de manifestaciones políticas. En ambos casos, el fenómeno del islamismo –en su actual forma simplista, centrada de manera predominante en la cuestión de la identidad y principalmente representada por los HM– no durará mucho. Al igual que el ascenso del islamismo fue resultado inevitable de la Primavera Árabe, la oleada de protestas continua hace que su trascendencia y la aparición de formas más sofisticadas de activismo político movido por la religión sean inevitables.