Migraciones en África subsahariana

Las rutas de Mauritania se ampliarán cada vez más mientras Europa y África no superen la crisis económica y política que les enfrenta.

Papa Sow, investigador asociado en el Grupo de Investigación sobre las Migraciones, Universidad Autónoma de Barcelona

Durante 2001, la Organización Internacional de Migraciones (OIM) estimó que hubo 150 millones de emigrantes internacionales, de los cuales 50 millones eran originarios de África. Hay que señalar que estos datos están muy por debajo del volumen real de circulación de personas. La población emigrante africana en el interior y en el exterior del continente es mucho más numerosa. Por ejemplo, más de cuatro millones de diplomados africanos recorren Europa o se instalan allí. Se cuentan casi los mismos en el resto del mundo. La Conferencia de las Naciones Unidas para el Comercio y el Desarrollo (UNCTAD) indica, en sus estudios, que cada diplomado acogido equivale a un ahorro mínimo de 184.000 dólares. Además, cada año, África debe abonar 4.000 millones de dólares para acoger a expatriados occidentales o asiáticos en terrenos tan variados como la ciencia o la cooperación internacional.

Formas de migración en África subsahariana

En general, los emigrantes internacionales son diferentes de los que se desplazan a nivel nacional o dentro de las subregiones. Arbitrariamente y sin remontarnos a los tiempos antiguos, se pueden distinguir seis grandes formas de migración en África subsahariana:

– Las migraciones históricas: es el caso de las efectuadas por el pueblo soninké, localizado en ambas partes de la frontera entre Mauritania y el río Senegal, por los diula y los hausa de África Occidental o por ciertas etnias del Congo. Estas migraciones llamadas “migraciones de comercio” se desarrollaron durante varios siglos y siguen estando muy ancladas en las tradiciones étnico-familiares de estos pueblos.

– Las migraciones dentro de los Estados o “migraciones laborales”: están más bien vinculadas a la búsqueda de un trabajo inmediato. En África Occidental, la dinámica más estudiada ha sido la “migración de temporeros”, llamados navetaan en la zona de Senegambia por ejemplo. Se trata de trabajadores, la mayoría del sector agrícola, que buscan un trabajo temporal (sobre todo en la época de lluvias). A menudo provienen de regiones muy desfavorecidas y se dirigen hacía zonas del mismo país cuya actividad económica es intensa.

– Las migraciones subregionales o intracontinentales: los casos más ilustrativos son los de los mozambiqueños que emigran hacia Sudáfrica, los burkineses hacia Costa de Marfil, los guineanos (de Conakry) hacia Senegal o los africanos del Oeste hacia Lagos. Estos movimientos (algunos son recientes mientras otros se remontan a la época colonial cuando los colonos modernizaron el transporte con la introducción del tren) constituyen verdaderos circuitos de circulación de mano de obra a menudo más barata, atraída por las grandes ciudades como Dakar, Abiyán o Johanesburgo. Así pues, se ha detectado un número importante de inmigrantes africanos que trabajan en las minas de Sudáfrica o en las plantaciones de Costa de Marfil. La mayoría de estos inmigrantes son originarios de los países vecinos. Todos aquellos que no encuentran trabajo en el sector “formal” (industrias, fábricas) se contentan con trabajar en el sector “informal” (comercio ambulante, artesanía) vigoroso y vivo.

– Los movimientos de refugiados y de personas desplazadas: estos movimientos aparecieron a causa de las guerras y los conflictos que tuvieron lugar recientemente dentro del continente africano. Durante varios años, la zona de los Grandes Lagos (República Democrática del Congo, Ruanda, Burundi) ha sido el centro de estos movimientos. Se estima que más de dos millones de refugiados han recorrido esta parte de África entre 1993 y 2003. África Occidental y el Cuerno de África también han protagonizado la actualidad con las guerras internas de Liberia,Sierra Leona y Somalia.

– Las migraciones de vuelta o “migraciones de vay- ven”: al contrario de lo que se suele pensar, en África existe un movimiento importante de vuelta a los países de origen. Es más, la nueva tendencia se inclina a favor de esta modalidad de va-y-ven. Los ejemplos más ilustrativos son los de los guineanos y los burkinés que permanecieron mucho tiempo en Costa de Marfil y los murides Mòodu-Mòodu (tipo de inmigrantes que alimentan el éxodo rural y por extensión las migraciones internacionales) desperdigados alrededor del mundo. Se observa pues un movimiento continuo de emigrantes que vuelven a sus países de origen o que efectúan va-y-venes cada año. También se observa esta lógica en el caso de los mozambiqueños que viven en Suráfrica.

– Las migraciones hacia Europa y el mundo rico en general: constituyen un fenómeno que empezó en los años setenta y que se ha ampliado en los años noventa por las políticas de ajuste estructural emprendidas por el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional (FMI). Estos movimientos, llamados de “mano de obra” o “migración económica”, se desarrollan de África hacia los países europeos y el mundo rico (Japón, Australia, Estados Unidos…)

Para muchos africanos, el hecho de emigrar les permite no solo escapar a las duras condiciones de vida de sus lugares de origen, sino también obtener más experiencias, aprender de la vida y abrirse nuevos horizontes.

Así pues, se observa dentro del continente una movilidad muy heterogénea que varía de los movimientos llamados “nacionales” (dentro de un Estado), “regionales” (dentro de una subregión como la Comunidad Económica de los Estados del Oeste de África, CEDAO), “intra-africanos” hasta los “intercontinentales” (hacia Europa, las Américas y Asia). Las migraciones así definidas son, en África, procesos en los que los individuos, grupos de personas, familias y a veces incluso de sociedades enteras revindican una pertenencia más cercana a las personas, los lugares y los territorios, al mismo tiempo que se insertan en la afirmación de una continuidad (modos de vida, normas sociales).

Esta última integra los modos de vida, los comportamientos, las tribulaciones particulares, las formas de vivir la movilidad, los diversos territorios y los lugares. Los territorios toman sentido a partir de la vivencia de lo que se deja atrás y lo que se encuentra. Se puede así leer fácilmente en los territorios africanos todas las facetas dicotómicas de las territorialidades: situaciones en que lo local se opone a lo global, el espacio al vínculo y la economía a lo cultural, citando el pensamiento de Douglas S. Massey.

Para entender las dinámicas de las migraciones africanas, es necesario a menudo ir más allá de los conceptos de Estado-Nación (despolitizar el debate) y analizarlas bajo la perspectiva de las territorialidades particulares (los espacios físicos), los lugares (el aquí y el otra parte) y los vínculos (las actividades, las redes tejidas y la movilidad). El proceso de transformación de las migraciones locales en globales está a menudo muy embrollado; solo se presenta el “hecho político” consumado, aceptado no por su vocación de gestión, sino por sus efectos de poder suscitados por las diversas apuestas políticas y las premuras que la opinión pública representa.

Lo que podría aplicarse a la actual política de vecindad puesta en marcha por la Unión Europea (UE). El territorio representa una división particular del espacio que no siempre se corresponde a criterios políticos o institucionales –así es en muchas sociedades. En África subsahariana se puede pensar el territorio según diversas perspectivas entre las que la más notoria es la representación política forjada con fines de gestión y administración locales. Sin embargo, es en el territorio difuso y menos institucionalizado en particular, donde se fabrican los verdaderos vínculos sociales y las diversas formas de relación con el espacio que los individuos y los grupos de personas producen, tejen y transforman cada día.

Esta concepción del espacio africano tan singular también puede ser estigmática cuando se vuelve únicamente un objeto privilegiado de la actuación pública, un lugar donde persisten las relaciones potencialmente antagonistas entre gobernantes y gobernados (es el caso de la inmigración clandestina que se organiza actualmente desde países africanos como Senegal, Mauritania y Marruecos, de los refugiados…), entre medidas transatlánticas y espacios transfronterizos.

Dinámica y artificialidad de las fronteras africanas

Útiles o carentes, en África las fronteras (que se extienden a lo largo de 80.000 kilómetros) desempeñan un papel muy relevante. En el caso del Magreb, no pueden reducirse solo a tres fronteras, como establecen algunos analistas: una frontera institucional (en relación con la política de la UE de control de los flujos migratorios procedentes del sur del Sáhara), una frontera comercial (en relación con la Organización Mundial del Comercio) y una frontera de seguridad (frontière sécuritaire) con la tentativa de gestión externalista por parte de las autoridades españolas y europeas.

La realidad va más allá porque las fronteras son plurales y no pueden limitarse solo al control y a la gestión de los flujos. La frontera constituye un lugar vivo donde no solo se intercambian mercancías, sino donde también se puede medir, de algún modo, el ritmo de las innovaciones de la economía mundial. Un ejemplo: en las fronteras donde prospera el contrabando de televisores, motos o bicicletas de última marca Made in Taiwan, falsos productos Adidas o Nike, se desarrolla una solidaridad y una fraternidad entre personas o pueblos de idiomas y costumbres diferentes. Más que representar unas divisiones genuinas, las fronteras son zonas de intenso intercambio donde prosperan las confabulaciones con los gremios de contrabandistas locales.

Las fronteras permiten también a algunos emigrantes especializarse en pequeñas actividades y profesiones: vendedores, passeurs, intermediarios. Hoy en día hay en África, según una clasificación arbitraria y lejos de ser exhaustiva, seis tipos de fronteras relacionadas con los movimientos de personas:

– Las fronteras históricas de los últimos reinados, imperios y sociedades comunitarias: hacen referencia a los territorios que han existido antes de la invasión islámica y la depredación colonial europea. No se habla mucho de esas fronteras e interesan poco tanto a los dirigentes de los Estados actuales como a los ex colonizadores (en particular Francia, Gran Bretaña y Portugal). A pesar de las promesas de modernización, del desarraigo, de la aceleración del tiempo y de la división territorial actual que concierne a la sociedad africana, las fronteras históricas siguen teniendo un peso importante dentro de la lógica de las migraciones. En la mente de los emigrantes todavía siguen teniendo un significado especial las antiguas áreas de producción que atraían, en tiempos lejanos, a los pueblos nómadas. Esas fronteras no parecen conducir a la desaparición de esas áreas. En cambio, favorecen su recomposición por medio del mestizaje y del sincretismo. Uno de los éxitos de esas migraciones observadas en las antiguas áreas de producción es la pervivencia de las actividades informales que permiten dar varios trabajos a las poblaciones. De este modo, a través de la reafirmación de esas fronteras, se expone la cuestión de la relación con el territorio.

– Las fronteras artificiales de la conferencia de Berlín de 1884-85: se crearon para permitir las condiciones más favorables al desarrollo del comercio en África, recaudar los impuestos, facilitar el servicio militar y el trabajo forzado, fomentar un sentimiento de diferencia. Se piensa más en la circulación de bienes que en la de las personas, mientras que debería ser al contrario. Europa ha exportado su manera de gestionar la circulación dentro de los territorios africanos con una visión universalista, supranacional y paternalista, impidiendo las vidas comunitarias y dividiendo pueblos enteros que tenían ya las mismas raíces y cultura. La artificialidad de esas fronteras muestra que llevaban en sí mismas los gérmenes de la protesta porque atraviesan con frecuencia rutas comerciales y unidades políticas preexistentes. La división colonial no contaba, sin embargo, que esas supuestas fronteras artificiales trazadas, lejos de representar barreras físicas, delimitan un espacio mental donde las relaciones comunitarias han conseguido forjar vínculos más duraderos y tejer una vida colectiva.

– Las fronteras avaladas por la ONU y después por la ex Organización de la Unidad Africana (OUA) en 1964 en la conferencia del Cairo. Según Paul Nugent y A. I. Asiwaju “los dirigentes africanos heredaron las ideas del espacio nacional y de la importancia de regularlo adecuadamente. Merece la pena subrayar que los gobiernos africanos han compartido el recelo colonial frente a las comunidades de pastores y han tratado de limitar físicamente su movilidad”.

– Las fronteras derivadas de las reivindicaciones territoriales: las más polémicas son Casamance (Senegal), Biafra (Nigeria), Eritrea (Etiopía y Eritrea), Agescher (entre Malí y Burkina Faso), Bakassi (Nigeria y Camerún), Franja de Auzu (entre Chad y Libia). – Las fronteras de las poblaciones nómadas: citaremos en esta larga lista a los peul (localizados en más de ocho países de África), los diula o malinké (en África occidental), los bamuda (Camerún-Chad-Nigeria), los masai (entre Kenia y Tanzania), los tuaregs (entre Argelia, Malí y Níger).

– Las fronteras de la nueva configuración geográfica del sistema migratorio africano que, a su vez, pueden dividirse en cinco sub-fronteras:

* Las fronteras estatales: representan los lugares de entrada –los puestos fronterizos– donde hay una autoridad política, policial o militar que ejerce su fuerza.

* Los check-points o barreras económicas y militares en el interior de los Estados: ejemplos típicos del sur de Senegal, Malí, Guinea Conakry, Ghana y Costa de Marfil con la policía o la aduana.

* Las fronteras tejidas por los intermediarios: en toda África, los intermediarios desempeñan un papel importante para hacer transitar los viajeros y emigrantes ante la escasez y la debilidad de los medios de transporte de los Estados. Hacen transitar los autobuses, controlan primero los papeles (pasaportes, carné de vacunación, permisos de estancia) de los inmigrantes, trabajo previo al de la policía, incitan a la solidaridad del grupo durante todo el fastidioso viaje. Responden a las exigencias de los agentes fronterizos y obtienen su confianza. Se ganan la vida haciendo pequeños trabajos de intermediación entre los emigrantes y las diferentes administraciones.

* Las fronteras culturales y lingüísticas: se trata aquí de las diferencias culturales y de lenguaje (aunque se sabe que la lengua pertenece a la cultura) con las que se encuentran los emigrantes cuando deciden emigrar. Esas fronteras son aún más complejas de atravesar cuando el que viaja no habla la lengua del país de destino. El hecho de descubrir una nueva cultura, unos nuevos comportamientos le obliga a adaptarse o a defenderse. Emigrar es aprender cosas nuevas (idiomas y comportamientos) y conquistar un poder. Por lo tanto, la lengua y los hábitos culturales, en general, pueden constituirse en un bloqueo que no permita al emigrante alcanzar sus deseos. Dicho esto, no todos los africanos hablan la misma lengua lo que implica problemas para entenderse durante los recorridos migratorios.

* La frontera mental: es la que simboliza el encierro, el miedo, la patología social y la angustia durante todo el proceso de emigración. Este tipo de fronteras son las que la actualidad nos revela entre Europa y los países de tránsito (Marruecos, Argelia, Mauritania, Malí y Senegal) para los candidatos a la emigración internacional. Son más bien fronteras institucionales y de control de seguridad por el miedo a una hipotética “invasión masiva”.

Conclusión

Las migraciones en África subsahariana se han convertido hoy en espacios privilegiados de un verdadero laboratorio social así como en una oportunidad que abre nuevas perspectivas. Así se puede decir de las reacciones políticas en cadena a que ha dado lugar la situación actual de las rutas migratorias que se observan desde Mauritania. Situación que ha obligado, por ejemplo, a España a desplegar una diplomacia de control y de seguridad y a tomar la firme iniciativa de solicitar a países como Malí, Senegal, Ghana, Níger y Cabo Verde, entre otros, que firmen acuerdos de repatriación.

El territorio constituye así un vector por el cual la movilidad en espacios cerrados o en territorios difusos construye permanentemente enlaces (lugares, sitios) con acciones sociales (aprendizajes de la vida, proyectos personales y/o colectivos). En la mayoría de los casos, las migraciones existen solo cuando llegan a demostrar las rutas (las diferentes trayectorias), los tiempos de movilidad (el factor tiempo y las historias de vida) y las rupturas (los condicionantes y las leyes que prohíben circular).

Productoras de realidad sociales, las migraciones africanas fabrican continuamente unas territorialidades caracterizadas por tensiones entre la movilidad y la sedentariedad. Los lugares que estos emigrantes cruzan, que les permiten contar y fabricar historias, también les dan oportunidad de materializar una existencia social (salir de la pobreza), de hacerse una representación de sí mismos. Pero las rutas de Mauritania se van a ampliar cada vez más si Europa y África no llegan a superar la gran crisis económica y política que les enfrenta.