Marruecos tras las elecciones de 2007

“El perfil del gobierno da a entender que seguimos con las mismas prioridades. Pero, ¿avanzaremos hacia las reformas de fondo que requiere el país?” se pregunta el creador de la fundación Alternatives.

ENTREVISTA con Abdelali Benamour por Nadia Lamlili

Abdelali Benamour, brillante economista, es también uno de los actores más conocidos de la sociedad civil marroquí. Famoso por hablar sin ambages, en esta entrevista aporta su perspectiva sobre Marruecos tras las elecciones de septiembre de 2007.

AFKAR/IDEAS:Marruecos acaba de concluir un proceso electoral, marcado por un índice de participación muy bajo, el menor de la historia del país. ¿Cómo lo valora?

ABDELALI BENAMOUR: El ciudadano ha expresado un enfado controlado. Ni siquiera todos los que se trasladaron han votado. Ha habido abstenciones, papeletas nulas y reprimendas al gobierno. Con ello, el índice de participación real no ha superado el 20%. El ciudadano ha expresado un profundo desafecto hacia la clase política marroquí, a pesar de que el gobierno de Yettú no lo ha hecho mal. Esta paradoja merece explicación. El gobierno de Yettú y el equipo real han emprendido interesantes proyectos en infraestructuras y absorción de capitales occidentales o árabes. La consecuencia positiva, si se me permite, del 11 de septiembre de 2001 es que las inversiones extranjeras han cambiado de destino y han afluido a nuestro país. Asimismo, el turismo nacional arroja buenos resultados. Los marroquíes residentes en el extranjero (MRE) transfieren cada vez más dinero al país. En general, en un determinado aspecto económico, los resultados han sido positivos. De lo que se trata es de saber por qué, a pesar de todo, el ciudadano no ha sentido interés por las urnas.

A/I: ¿Usted cree que el ciudadano no asocia la política a todos esos progresos económicos?

A.B.: Ahí es donde reside el problema. Creo que, incluso en el plan económico, el resultado no convence. La tasa de cobertura de las exportaciones sobre las importaciones marroquíes es solo del 47 %. Una situación peligrosa para nuestra economía, sobre todo si sectores estratégicos como el turismo sufrieran shocks imprevisibles. El país no cuenta con una estrategia. Lo que se ha hecho hasta ahora está bien, pero es a todas luces insuficiente.

Se ha olvidado lo esencial, como los sectores productivos con gran valor añadido que pueden protegernos de las fluctuaciones de capitales. Brasil, por ejemplo, obtiene un gran valor añadido en el sector del automóvil que le permite incluso exportar. India también arroja buenos resultados en las nuevas tecnologías. En Marruecos, aún no hemos puesto en marcha una dinámica basada en sectores con futuro. Para ello hay que desarrollar la investigación científica y la universidad. Por desgracia, no contamos con gran cosa en ese aspecto. ¿Cómo quiere que la política de los políticos corrija este defecto? No quisiera parecer negativo, pero sí dar la voz de alarma. La política de las grandes obras no llega más que a las elites.

Sin embargo, ni siquiera éstas se han desplazado para votar. El ciudadano de a pie sigue siendo el gran ausente. Los proyectos estructurales son muy importantes, pero siempre que vayan acompañados de inversiones de proximidad. Se ha olvidado el capital nacional. Solo hemos contado con los peces gordos, dejando de lado lo que de verdad crea empleo. Los marroquíes rehúyen la inversión productiva, debido a los bloqueos existentes con respecto al Código laboral y la fiscalidad. Todos los textos relacionados con la actividad económica son perjudiciales. Se prefiere invertir en el sector inmobiliario o en otros con impuestos irrisorios. No se quiere asumir más riesgos. El marroquí no es rentista, pero tiene miedo.

En definitiva, Marruecos aún no sabe gestionar la transición democrática. De ahí que el resultado electoral fuera poco lucido. Hemos asistido a un espectáculo decepcionante. La clase política ha luchado con uñas y dientes por ocupar puestos ministeriales, agravando la percepción negativa que de ella tiene la población. Sin embargo, más allá de estos factores, el resultado electoral puede explicarse por varias razones. La primera es que estamos en una monarquía ejecutiva, donde no están definidas las misiones de las instituciones. Y esta confusión siempre favorece a quienes ostentan poder.

A/I: ¿Y eso no nos lleva a la reforma de la Constitución?

A.B.:Desde luego. El debate ya existía ahí, pero, en vez de acentuarse –y ésta es la segunda razón que hay tras el pobre resultado electoral–, hemos visto al primer ministro afirmar que va a ser el ejecutor del discurso real (risas). Tercera razón: el sistema electoral que ha dividido la escena política e implicado una pugna entre los partidos. Cuarta razón: el desmarque de los partidos, que ha provocado la pérdida de muchas competencias. Y quinta y última razón: los grandes barones de esas fuerzas políticas anhelan estar presentes en el seno del poder. La síntesis de todas estas contradicciones se ha reflejado en este nuevo gobierno, a la vez antiguo y moderno, político y tecnócrata, con algunas competencias y pocas menos.

Cualitativamente, se trata de un gobierno moderado. Cuantitativamente, está pletórico. Había que formar un gabinete aglutinador, pero al final nos hemos quedado con lo contrario. Hay 33 ministerios, casi tantos como en el gobierno anterior. La composición real y profunda es prácticamente la misma que la anterior. Hemos mantenido la misma estructuración tecnócrata en los puestos esenciales, mientras que el ciudadano ha puesto en tela de juicio este mismo tipo de gobierno. Además, éste último no cuenta con mayoría. Está obligado a disponer de un extra en el Parlamento, dirigido por un hombre próximo a Palacio.

Y como colofón, tenemos a un primer ministro político, que si ocupa ese cargo es solo por hallarse ligeramente por delante de los otros. Conociendo la cultura política de nuestro país, no lo tendrá fácil con su equipo. Por todo ello, estamos ante un gobierno contradictorio. ¿Seguirá en la línea política de su predecesor o aportará novedades? Ya veremos. Sin embargo, el perfil general da a entender que seguimos con las mismas prioridades, es decir, las grandes obras. Y eso está bien. Sin embargo, ¿avanzaremos hacia las reformas de fondo que requiere el país?

A/I: ¿Cuáles?

A.B.: La educación es el nervio central. No se trata de aplicar las orientaciones de la COSEF (Comisión real encargada de la reforma de la educación). Sus logros fueron consensuales. Yo era miembro de esa institución y puedo decirles que arreglamos muchas cosas. Ahora hay que atajar los verdaderos problemas: de entrada, la cuestión del marco de referencia. ¡Ya está bien de discursos moderados! Hay que decidir si nos movemos en el plano universal o en una concepción estrecha. Tenemos un verdadero problema lingüístico. Si no avanzamos hacia el bilingüismo, no podemos progresar. También debe zanjarse la cuestión del amazigh. Otro problema: somos uno de los pocos países del mundo que funcionan con un sistema sin selección. Hacemos selección de hecho sobre el terreno, y esa es la peor opción. Durante el primer año de facultad, hay muchos alumnos, pero disminuyen drásticamente a lo largo de los estudios.

Al final, solo quedan unos centenares. Es algo horroroso, pues, entre tanto, hemos abocado a miles de jóvenes a la calle y al resto los hemos formado muy mal. Y lo que es peor: entre las promociones de diplomados, son pocos los válidos para el mercado laboral. Otro obstáculo es la financiación. Hay que evolucionar hacia un sistema de gratuidad relativa o selectiva. El Estado no dispone de medios para la gratuidad total. Quienes cuentan con recursos deben pagar. El resto, en caso de obtener buenos resultados, deben obtener becas de mérito. De este modo, se garantizará la igualdad de oportunidades. Por último, destaco el problema del estatus del docente. El mundo de la enseñanza es demasiado conservador. Hace años que se habla de esta megarreforma. Van sucediéndose los ministros, pero no hacen nada. No es que quiera tirar piedras sobre el tejado ajeno, pero tienen ante ellos una línea roja que no quieren cruzar. Y lo que hacen es actuar fuera de esa línea.

A/I: Pero entonces, ¿por qué el rey, con potestad sobre todo, les deja hacer? Con todas las tensiones que describe, ¿cómo se explica que nombre a un primer ministro que arrastra un escándalo relacionado con el empleo y que es parte de la vieja guardia?

A.B.: Abbas El Fassi es un hombre respetable. No creo que lleve entre manos demasiados asuntos delicados. Es un gentleman y está en condiciones de aplicar la política que queremos (risas). Usted misma lo ha insinuado en su pregunta.

A/I: Si el poder de decisión del rey es hegemónico, ¿qué hacen los políticos? Durante estas negociaciones se han sumido en trifulcas viscerales.¿No es pueril la propia clase política?

A.B.: Marruecos tiene un verdadero problema de gobernanza. Para resolverlo, hay que reformar la Constitución. No estoy a favor de adoptar un modelo occidental. En mi opinión, el gobernante debe gobernar, pero el monarca debe conservar determinados poderes fundamentales que nos permitan garantizar la transición en este difícil periodo. Uno: debe ser el responsable de la seguridad nacional y la defensa. Soy partidario de que sea jefe ejecutivo del ejército, y no jefe honorífico, como el rey de España. Segundo: en mi opinión debe ser el jefe de la autoridad religiosa. Esta autoridad debe ser paralela al gobierno, y por lo tanto ajena a esta institución.

La compondrían ulemas de la vieja y la nueva escuela, y su función sería únicamente consultiva. Sus decisiones no serían obligatorias. Tercera reforma: soy de los que piensan que el rey debe tener derecho de iniciativa sobre ciertos temas, debido a contradicciones internas y externas que aún subsisten en el seno de la clase política. Y cuarta reforma: el nombramiento de altos funcionarios. Desde el punto de vista de la responsabilidad, los altos funcionarios del Estado son nombrados por el rey, lo que altera la cohesión gubernamental. El ministro debe proponer candidaturas al rey, quien se encarga de la designación de los futuros responsables, pero el ministro se reserva el poder de destituirlos si no arrojan resultados satisfactorios. A partir de este esquema, se aclararán todos los poderes.

A/I: ¿Quién de la clase política podría mandar un mensaje?

A.B.:No hay mensajes. Aún no disponemos de fuerzas políticas capaces de proponer medidas para romper el círculo. Hay que esperar que surja una fuerza o quizás un personaje. En mi opinión, el rey es el único capaz de hacerlo, porque él representa la autoridad moral. La monarquía, no obstante, es toda una estructura. ¿Está el Majzen actual en condiciones de desempeñar este papel? Si avanzas hacia las reformas, te arriesgas a salpicar incluso a los tuyos.

Sin embargo, éstos últimos harán cuanto esté en sus manos para que no se produzca esta reforma. ¡Y venga! Volvemos al círculo vicioso. A pesar de todo, creo sinceramente que la monarquía no está amenazada. El equipo de gobierno actual es a todas luces mejor que el que había bajo el reinado de Hassan II. Hemos progresado en cuanto a libertades públicas, aunque queda mucho por debatir, como el tema de los integristas o el problema de la prensa. Y lo mismo sucede con la transición democrática, que sufre un stand-by.

A/I: Y entonces, ¿al final para qué sirven las elecciones?

A.B.: Puede que sirvan para permitir al poder dirigente evitar una situación a la tunecina, donde va a encontrarse cara a cara con el ciudadano. Quien lleva las riendas es el poder. ¡si lo hace bien, tanto mejor! De lo contrario, lo pondrán en tela de juicio. Con esta situación intermedia, la monarquía permite a unos partidos disfrutar de una representatividad no excesivamente grande, pero a condición de garantizar el cara a cara con la población. Cuando las cosas marchan, todo el mundo dice que Palacio hace bien su trabajo. Si van mal, la culpa es del gobierno.

A/I: La clase política sirve, pues, de chivo expiatorio…

A.B.: No solo para eso. También para preservar al rey, porque el sistema monárquico es el único que puede garantizar la unidad del país. El monarca no debe estar demasiado expuesto. Por eso, en mi opinión, debe conservar la autoridad sobre la seguridad y la religión, así como ciertos asuntos importantes. De ese modo, ya no habrá coartada. En la actualidad, cuando los ministros no desempeñan bien su trabajo, apelan a bloqueos por parte de Palacio. Y, entre los círculos allegados al rey, cuelga el sambenito a los ministros. Queremos un sistema donde cada cual asuma sus responsabilidades. Así, el día de mañana nadie podrá recurrir a la democracia para derribar la democracia. Ya es hora, por ejemplo, de abordar la cuestión religiosa.

¿Por qué tanta hipocresía sobre este tema? En otros países, sobre todo en Europa, no hay duda sobre la laicidad: lo espiritual y lo político van aparte. En los países anglosajones existe el sistema de la secularidad, en el sentido de que la religión se reconoce desde el punto de vista de los valores, pero las normas son cosa de dominio personal. Es lo que, de hecho, hay en Marruecos, pero nadie nos lo explica. Los movimientos integristas se desarrollan en medio de esta confusión. Siempre que me encuentro con miembros del Partido Justicia y Desarrollo (PJD), les digo que no son demócratas, porque abogan por un marco de referencia musulmán total, ya sea en cuanto a los valores o en cuanto a las reglas que quieren inscribir en la Constitución. En ese caso, ¿qué le quedará a la alternancia democrática?

Nada, porque ellos afirman que el Islam rige toda la vida. Si los miembros del PJD quieren ser demócratas, deben avanzar hacia un sistema secular. Entonces podríamos reconocer en la Constitución que Marruecos es un Estado musulmán, pero desde el punto de vista de los valores, la historia y la cultura. Aparte de eso, todas las reglas deben competer al ámbito personal. No podemos obligar a los marroquíes a seguir el mismo modelo religioso: los hay más ortodoxos que otros. Veamos un ejemplo de lo que podrían ser las normas religiosas en un sistema democrático.

Si el día de mañana el PJD tuviera la mayoría en el Parlamento, podría promulgar una ley que prohibiera el alcohol. Sin embargo, si luego los modernistas tomaran el poder, podrían anular esa ley, al haber constatado sus repercusiones negativas en el turismo. Mediante el juego democrático, los islamistas pueden imponer reglas islámicas, pero a condición de que no vayan contra los derechos universales, como en el caso de la mutilación de la mano del ladrón o la lapidación. Los miembros del PJD deben reflexionar sobre este concepto. De esta forma, pueden constituir un partido conservador demócrata junto a otras tendencias más progresistas. Y hasta podrían contar con la mayoría de la población.

A/I: En vista de los pobres resultados que han cosechado en las elecciones, ¿no le parece que se ha inflado el peso de esa formación?

A.B.: Siempre he dicho que la mayoría de los marroquíes es musulmana demócrata, no musulmana integrista. Si mañana el PJD se declara musulmán demócrata, es decir, con un marco de referencia musulmán inscrito en la Constitución, pero que predique un Islam abierto, podrá realmente gobernar. Incluso, con ello se facilitaría el acercamiento al Istiqlal, para conseguir un gran partido conservador que hasta podría lograr la mayoría.

A/I: ¿No le parece que se aprovechan de un sistema político concentrado en las manos de una sola persona?

A.B.: El sistema organiza a todo el mundo. Hay competencia entre ellos y la monarquía. Además, Nadia Yassín no lo oculta. Reivindica incluso la república islámica. Me gustaría que ese terreno, que genera tal tensión, se apaciguara. Para ello, no hay que tachar de mediocres a todos los religiosos. Los hay que son respetables, pero con la condición de que sean demócratas.

A/I: En ese caso, ¿qué depara el futuro al otro clan, el de los progresistas?

A.B.: El país está divido en dos grandes mares de fondo: el mar conservador musulmán demócrata y el mar reformista de izquierdas. Este último representa amplias franjas de la sociedad, entre los obreros y las clases medias, pero siempre que se clarifique el terreno. En la actualidad, desde el punto de vista de la representatividad, un partido como la Unión Socialista de Fuerzas Populares (USFP), no es sino la sombra de lo que era. Y además, en su seno se dan todos los perfiles: el socioliberal, el sociodemócrata, el liberal puro y hasta el islamista. Yo fui diputado por la USFP en 1977. Entonces, cuando hacía campaña, los ciudadanos eran adictos a la causa de los socialistas. Me decían que no me molestara en viajar, porque me votarían igualmente.

En aquella época, me peleé con mi partido, porque era el único que pedía un giro hacia la socialdemocracia. Me tacharon de traidor. Ahora los camaradas no solo han evolucionado hacia la socialdemocracia, sino que se han convertido en liberales puros. Hay lugar de sobra para un gran partido progresista que defienda tres ideas: a favor de la monarquía, un sistema político claro y una acción socioeconómica basada en el mercado, pero humanizada por una cierta regulación pública. No hay otra opción. En este esquema, también será necesario que la izquierda radical revise su política, demasiado concentrada en las reformas constitucionales, pero aún muy atrasada en cuanto a discurso económico.

A/I: En estas reformas, ¿qué lugar ocupa la Unión Europea (UE)? El Proceso de Barcelona está en crisis, Euromed no funciona como se esperaba. Asimismo, el estatuto avanzado de Marruecos en la política de vecindad sigue siendo una noción vaga. ¿Qué probabilidades tiene de triunfar la Unión Mediterránea propuesta por el presidente francés Nicolas Sarkozy?

A.B.: La idea me parece atractiva. Tiene posibilidades de prosperar, siempre que los países ricos hagan un esfuerzo con los pobres. En última instancia, Francia podría ejercer el derecho de injerencia económica, para impulsar las reformas políticas y abandonar el ya famoso círculo vicioso. Yo creo que la economía es muy importante, si Europa quiere evitar los problemas relacionados con la inmigración. Para mí, ésta es legítima. Son los occidentales quienes nos han enseñado a ser liberales y a defender la libre circulación de bienes, capitales y personas. Así que, si queremos limitar el flujo de inmigrantes, no debe hacerse de forma inhumana. La política de represión proyecta una mala imagen de Occidente. Claro que el mercado debe primar, pero preservando la libertad de movimiento. Se puede regular creando condiciones para el empleo en los países del Sur. Dichos países cuentan con muchas potencialidades humanas, que solo piden que se les ayude.

A/I: ¿Cómo plantearse un desarrollo en esta Unión Mediterránea sin sumar a los países subsaharianos, sobre todo en lo relacionado con la inmigración clandestina?

A.B.:Hay que ser pragmático. No podemos adherir a todos los países. Como iniciativa de partida, es correcta. Primero construyamos la Unión Mediterránea con todas sus contradicciones, y nada nos impedirá pasar a continuación a otras esferas. Creo sinceramente que esta iniciativa puede dar sus frutos, siempre que no se limite a un discurso político, y que Europa la dote de un contenido real, es decir, que sea un plan Marshall para el Sur.

A/I: ¿Usted cree que el objetivo de Europa es precisamente activar un plan Marshall, sabiendo que la motivan mucho más sus intereses y necesidades económicas, sobre todo en el campo energético?

A.B.: Mejor aún. En el Sur hay energía. En esta relación, puede darse un juego donde ambas partes salgan ganando. Al crear una unión, el más rico se acerca necesariamente al menos rico. Por lo tanto, habrá, desde luego, ayudas a los países del Sur, tal vez superiores para Marruecos, porque no dispone de energía ni de posibilidades de alcanzar acuerdos con Argelia y otros. Sin embargo, solo será posible si Europa fija el precio. Podrá hacerlo objetivamente, pero, al estar compuesta por 27 países, puede que sea algo difícil. Podrían fracasar los medios.

De lo que se trata no es de poner en marcha pequeñas medidas ni de conceder unos cuantos millones de euros, sino de erigir grandes proyectos, capaces de implicar un desarrollo real. Por ejemplo, es un disparate pedir a los países del Sur que luchen contra la droga cuando todo un sector de la sociedad vive de ella. Lo mismo pasa con la inmigración. Si la Unión Mediterránea avanza hacia la construcción dinámica, podremos hasta apaciguar las tensiones políticas entre los países del Magreb. Y Europa saldrá ganando.

A/I: Para usted, una buena estrategia consiste en empezar por la economía, antes de la política, y no al contrario, como ha venido haciéndose hasta ahora…

A.B.: Sin duda. Europa debe convertir esta unión en una unión de connotación económica, como hizo consigo misma, décadas atrás, con el Mercado Común. Con el desarrollo, la democracia llega sola. El derecho de injerencia económica será objetivo y generará exigencias, sobre todo políticas. Y cabe decir que los países del Sur están relativamente predispuestos a ir por ese camino.