Los años jóvenes de Miquel Barceló

Vicenç Altaió

Director Arts Santa Mònica

La obra de juventud de Miquel Barceló ya contiene de manera evidente los elementos que, más tarde, caracterizarán la trayectoria de este referente artístico que, muy pronto, fue elegido y celebrado como un «espíritu heroico» del regreso a la pintura. Para ello, Barceló no dudó en sumergirse en lo más profundo de los instintos, explorar mundos inéditos en una lucha personal sin tregua, y revivir naturalezas muertas en las que todo tiene su espacio. Con la obra del artista mallorquín reaparecen los temas clásicos de los pintores barrocos, así como los combates estéticos de los artistas de la primera mitad del siglo XX. Barceló se convirtió así, ya desde sus inicios, en un pintor que ha transgredido los límites de su contemporaneidad.

El tiempo del arte, lo que representa y expresa «el espíritu de la época», es perceptiblemente fugaz. Así, lo que fue estimado como equivalente, visto con ojos actuales, se puede encontrar más cercano al gran pasado que al presente inmediato. Y a pesar de ello, en las obras de juventud de aquel que se ha convertido en «referente» se perciben siempre los elementos germinativos de lo que es emergente. Así pues, ha sido muy importante para nosotros presentar en Arts Santa Mònica la obra inicial del que fue el artista más joven, Miquel Barceló, de entre los que, en el choque que se produjo a finales de la modernidad y en los albores de la posmodernidad, fue elegido y celebrado muy pronto, aquí y allá, como un «espíritu heroico» del regreso a la pintura[1].

En la exposición se muestra lo inédito retroactivo, lo que muy pocos pudieron conocer en su momento y que, en cambio, constituyen las matrices del estilo Barceló. Un estilo que, partiendo de los detritos de lo anterior, hace renacer la pintura del estiércol. Locura extrema la de un pintor que se retrataría no como académico ilustrado o paisajista edénico, sino que, bajando a las profundidades suburbanas de los instintos, optaba por ser, con el fin de conocer, el pintor-perro de ciudad o el buen salvaje. En su lucha personal, solitaria, a muerte, de pintor rebelde y rabioso, asocial, Barceló haría renacer la superficie pictórica como espacio de un combate épico y cosmogónico entre la vida y la muerte, la figuración y la descomposición, la cultura y la naturaleza. En el extremo, nada fuera, sino todo dentro de un espacio de combate estético: naturalezas muertas revividas.

Y con él, con el joven Barceló, en aquella lucha, aparecerían de nuevo los temas clásicos de los pintores barrocos y se sentiría el estertor en los límites –de la figuración y la abstracción- de los pintores precedentes, de Picasso a Twombly, de Pollock a Tàpies, que habían visto cómo se cuestionaba por inútil la persistencia de la pintura. No se trata de que Barceló fuese considerado un pintor a la manera clásica, sino que con su combate lo clásico se convirtió en contemporáneo.

 Toda esta historia había empezado en el año 1974, cuando la generación carne de cañón del tardofranquismo y del posmayo se apartaba, aquí, de la sumisión a la estética a las finalidades políticas inmediatas y, a nivel internacional, de la sequedad y esterilidad de las prácticas lingüísticas conceptuales. Miquel Barceló, como los jóvenes de la época, vivía por igual la exploración rebelde de la baja cultura en los subterráneos urbanos (del cómic a la droga) y la integración de las ganancias de las vanguardias y las prácticas artísticas radicales. Fue una época revuelta y revolucionada, la conversión de la revuelta juvenil del pequeño Rimbaud en un status quo y un totum revolutum.  

Visité a Barceló por primera vez en Mallorca en julio de 1978, mientras preparaba un ensayo sobre las últimas tendencias de la poesía catalana. Me sentía próximo a su intervención radical con el poeta Josep Albertí en el marco del Congrés de la Cultura Catalana. El primer Barceló surgió al lado de algunos de los integrantes de la revista Neon de suro – que profesaban un arte antiacadémico y marginal, la gratuidad del arte, la subversión salvaje, el ataque al genio y el rechazo de la obra única, la embestida y el vómito–. Pero muy pronto, Barceló, aunque siguió participando en esta teorética, explotaría desde dentro de la pintura y su sistema. Negaría lo que formó, con tanta implosión que el estallido modificaría la biografía del artista y el sistema artístico. El poeta Andreu Vidal me contó que su pintura florecía en las casas de los coleccionistas. El poeta y químico Àngel Terrón estudiaba la vida inorgánica.

Barceló nos mostró mucha obra en blanco, realizada con grumos de una pintura espesa y pastosa que vertía en post-drippings sobre las superficies, toda una premonición. Retrocediendo, dio testimonio de cómo la materia orgánica, después de la evaporación del agua, se había consolidado, como pigmentos naturales, en grumos matéricos coloreados. Sus poemas objetuales, de asociación libre, contrastaban con la maníaca distribución de las puntas de los cabellos que repartía encima de un preparado. Aquello era la caverna de un loco, de un joven entregado totalmente a la pintura y poseído por ella. En un extremo se secaban los pinceles y la pintura en los pocos objetos cotidianos que se solidificaban, ya fuesen paquetes y colillas de cigarrillos o un listín telefónico. Le ofrecí la posibilidad de editar la revista Èczema, de metáforas objetuales, un número que fuese el listín telefónico. Meses después, el día que Barceló subió a casa ya habíamos acumulado pilas de listines telefónicos a punto para su actuación. Sin embargo, me propuso realizar una exposición de libros de artistas. La hicimos en la Sala Metrònom de Barcelona y presentamos a la vez la colección Tafal de poesía. Cada vez que se produce un giro en la obra de Barceló, aparecen los libros. Para ser más salvaje hay que leer. Treinta años más tarde, Barceló nos propone que hagamos un catálogo con la obra de aquel momento en un listín telefónico. El espíritu de Barceló es el mismo.

 Que la exposición rehaga el itinerario personal del primer Barceló, de sus estudios en Palma de Mallorca, la ciudad del Mal, y en la Barcelona del sur, la ramblera de abajo, y su proyección transfronteriza en Toulouse, en lo que entonces se llamaba Eje Sur, que rehacía el Camino de los Enigmas, por donde salieron a pie los exiliados de la Guerra Civil, lugar que situaba míticamente en el espacio lingüístico de la poesía de los trovadores y que territorializaba un nuevo modelo cultural con jóvenes galerías de arte asociadas, es todo un anclaje en lo que fue un contexto de presión emergente, explosiva.     

Notas

[1] Arts Santa Mònica presentó una selección de la obra del artista realizada en su juventud en la exposición «Barceló antes de Barceló. 1973-1982», del 15 de julio al 26 de septiembre de 2010.