Coedición con Estudios de Política Exterior
Gran angular

Líbano: unas elecciones desiguales, en un país en crisis con un sistema anquilosado

Rita Chemaly
Docente, investigadora del Instituto de Ciencias Políticas de la Universidad Saint-Joseph de Beirut, Líbano.
Publicidad de las elecciones legislativas del 15 de mayo de 2022. Marwan Maamani/Picture Alliance via Getty Images

En mayo de 2022, los libaneses de más 18 años tuvieron la posibilidad de elegir a sus representantes en el Parlamento. Las elecciones legislativas se celebraron cuando el país pasa por una grave crisis financiera y económica. Una crisis que en junio de 2021 el Banco Mundial situaba «entre las diez, o incluso las tres crisis mundiales más graves desde mediados del siglo XIX». Unos comicios organizados tres años después de las protestas de octubre de 2019, que pusieron de manifiesto la ira de la ciudadanía contra la clase política. Los comicios se convocaron, también, dos años después de la explosión del 4 de agosto de 2020, que afectóa la capital, Beirut, y gran parte de la periferia, provocando 230 víctimas mortales, según el colectivo de las familias de las víctimas, con miles de heridos y desplazados.

Las elecciones se celebraron durante varios días: dos para los libaneses residentes en el extranjero y uno para los residentes en el país. El Ministerio del Interior y de Municipios, administrador de la cita en las urnas, tuvo que hacer frente a la desintegración de los servicios estatales, en particular la huelga de los empleados públicos, sumada a graves cortes del suministro eléctrico, que debía pagarse en dólares «frescos» para alimentar a los colegios públicos y los ayuntamientos de todo el territorio donde tenían lugar las elecciones. La expresión dólares «frescos», en el nuevo contexto libanés, significa dólares en «cash» que no estaban ingresados en los bancos del país antes de la crisis de octubre de 2019. La desintegración de los organismos públicos se traduce en las administraciones en una gran falta de suministros y materiales logísticos, unos funcionarios desmotivados que debían abrir y gestionar las mesas electorales, en un momento en que abonar el transporte para desplazarse hasta allí era algo inalcanzable. La razón es el aumento de los precios del carburante y de la gasolina en Líbano, pero también la hiperinflación, así como la pérdida de valor de la divisa nacional, debido a lo cual a los empleados no les alcanza el sueldo para cubrir ni tan solo el transporte a su lugar de trabajo, ni para administrar sus gastos diarios. La ciudadanía vive una hiperinflación del 154,8% (según el estudio que presentó el gobierno en mayo de 2022 a los acreedores, publicado en el sitio web del Ministerio de Hacienda), un aumento de los precios del transporte de más del 541% en un año, según el Departamento Nacional de Estadísticas, y la pérdida de más del 95 % del valor de la moneda nacional, la libra libanesa. Además, las elecciones se convocaron cuando la población sufría restricciones a la hora de retirar dinero en divisa extranjera y en moneda nacional, restricciones instauradas por el sector bancario, no por ninguna ley. Los depósitos están bloqueados y han perdido el valor. Especialmente desde la implosión del sistema Ponzi, que lleva en marcha más de 30 años, para atraer capitales a tipos de interés elevados.

La jornada de las elecciones, el 15 de mayo de 2022, el electorado también tuvo que viajar a su población de origen para poder votar, dado que los megacentros –esto es, centros que, en virtud de la ley, permiten a la ciudadanía votar cerca del lugar de residencia– no se han desplegado, por falta de voluntad política y de medios. Esta situación aumentó la incertidumbre sobre el desplazamiento de los libaneses a los lugares de votación, sobre todo a raíz de la crisis económica y financiera.

Las elecciones se celebraron cuando el país sufre una de las peores crisis financieras y económicas desde mediados del siglo XIX, según el Banco Mundial

Las elecciones eran una etapa clave esperada y demandada en Líbano. La comunidad internacional y las asociaciones en pro de la democracia insistieron en que se celebraran. Según António Guterres, secretario general de la ONU, «… el nuevo Parlamento tiene el deber de adoptar con urgencia todas las leyes necesarias para estabilizar la economía y mejorar la gobernanza». Cierto, los temas prioritarios anotados en la agenda para esta fase electoral eran los depósitos bancarios, el poder adquisitivo, la devaluación de la moneda y el precio de los servicios sanitarios y médicos, así como la desintegración de las administraciones públicas y la consolidación de un Estado de derecho soberano, en posesión simbólica de la violencia, con las armas únicamente en manos del Estado, y no de un partido como Hezbolá.

En su libro publicado en 1984, Agendas, Alternatives and Public Policies, John W. Kingdon muestra claramente que durante «periodos de grandes transformaciones políticas, la agenda está abierta». Los comicios libaneses, en un contexto tan cuajado de acontecimientos y con indicadores cambiantes, se veían como un hito importante que permitiría alterar el paisaje político, responder a la explosión del puerto de Beirut y a la implosión de la sociedad, así como a quienes se esmeran en detener las acciones judiciales, cuantificar el peso de los diversos campos políticos y su representatividad, plantear en el lenguaje sistémico nuevas demandas a los responsables y responder a lo que exige la población. (David Easton habla de presiones y de demandas que acceden al sistema y salen de este en forma de resultados). Antes de la cita electoral, las exigencias eran abundantes: medir la representatividad de los bloques; la accountability de una clase política dominante que no ha tomado medidas contra el gran derrumbe económico y financiero, ni contra la impunidad de la guerra; y la gran cuestión del desarme de Hezbolá.

En vista de la situación económica y social, ¿cómo interpretar los resultados de las elecciones de esta primavera 2022?

Las elecciones son uno de los períodos emblemáticos para la transformación. Permiten hacer un nuevo reparto de cartas, materializar alianzas, desvanecerse o consolidarse y sacar a la luz proyectos. ¿Qué cambios iniciarán los comicios libaneses de mayo de 2022 en la ecuación política, en las cifras y en el fondo? ¿Qué repercusiones tienen en la identificación de nuevos líderes, movimientos y partidos en la escena nacional? Con la cleptocracia libanesa tantas veces denigrada antes de las elecciones, ¿qué efecto tendrán en la élite política? ¿Podrá emerger una nueva élite, más centrada en temas relacionados con la justicia social y el Estado de derecho? ¿O bien la misma cleptocracia seguirá teniendo el mismo peso en las decisiones que se trasladen a la agenda del Parlamento? ¿Qué consecuencias tendrán las elecciones en el sistema consociativo libanés, basado en el reparto de los puestos según criterios comunitarios y geográficos?

Una vez presentado el contexto, y en aras de ofrecer un análisis de los resultados de los comicios, vamos a examinar varios indicadores: el índice de participación y de abstención, la ley electoral, la participación de las mujeres en política, la dispersión de los votos entre varias listas y candidatos y los avances de nuevas figuras políticas en la escena parlamentaria.

UN ÍNDICE DE PARTICIPACIÓN BAJO PESE A LA CRISIS PONE DE MANIFIESTO UN DESENCANTO GENERALIZADO

Como las elecciones tuvieron lugar en tres días, es importante señalar el número total de votantes y el índice de participación, así como compararlo con la última cita en las urnas, en 2018: el 41% de participación en 2022 frente al 48% de 2018 constituye el porcentaje clave. Esta cifra muestra que la abstención sigue siendo elevada, a pesar de la crisis y del levantamiento popular de 2019. La explicación puede venir de la cantidad de libaneses que han tenido que dejar el país, sobre todo la «fuga de cerebros» y de los «primeros votantes», que emigraron en busca de un futuro más seguro en un Estado menos frágil; el precio de la gasolina, que ha aumentado y que habría podido ser un indicador que no favorece la participación; la dificultad para expedir pasaportes y carnés de identidad necesarios para votar en el marco de una administración anquilosada que carece de infraestructuras, de electricidad, de conexión a internet, de documentos, de material.

La tasa de abstención también puede explicarse por la llamada al boicot de las elecciones por parte del antiguo primer ministro, Saad Hariri, y su grupo. Un boicot que, sin embargo, no se siguió al pie de la letra, sobre todo dado que antiguos miembros del Movimiento del Futuro eran candidatos a las elecciones, y que Arabia Saudí, potencia regional influyente en el contexto libanés, ha alentado decididamente la participación.

En cuanto al voto de quienes no residen en Líbano, la tan esperada fiebre electoral no hizo acto de presencia, pese a haber más de 225.000 personas inscritas para votar en el extranjero, y a las colas de espera observadas en la jornada de las elecciones en ciertos países, especialmente los del Golfo. Solo se pronunció el 60% del censo electoral residente en el extranjero. Desde la nueva ley electoral, era la segunda vez que se permitía este ejercicio democrático que aunque, sin una gran afluencia, tuvo consecuencias destacadas en algunas circunscripciones con resultados ajustados entre las listas en liza. Es sabido que los centros de votación estaban lejos y que varias comisiones nacionales e internacionales detectaron grandes dificultades en la organización.

LA LEY ELECTORAL, UN FACTOR QUE PERMITIÓ A LOS GRANDES PARTIDOS TRADICIONALES MANTENER EL CONTROL SOBRE EL PARLAMENTO

La ley electoral de 2017 permitió adoptar el escrutinio proporcional en vez del escrutinio mayoritario, con listas cerradas en el marco de 15 circunscripciones. La ley electoral influye en los resultados, sobre todo debido a que además del escrutinio proporcional, à través de listas cerradas, establece un voto preferente para un candidato de la lista. En el contexto libanés, ese voto preferente es en gran medida familiar y confesional. La ley adoptada en 2017 no permite a las formaciones emergentes acceder al poder, sino que consolida el peso de los grandes partidos tradicionales, con sus redes clientelistas y religiosas.

DESIGUALDADES EN CUANTO A LA REPRESENTACIÓN DE LAS MUJERES Y LA IGUALDAD ENTRE LOS SEXOS

En cuanto a la representación femenina en el Parlamento libanés, el retroceso está claro: solo fueron elegidas ocho mujeres. Teniendo en cuenta que la ley electoral no establece una cuota de mujeres y que en varias listas no había ninguna –las formaciones políticas no se esforzaron demasiado por incluir candidatas en sus listas y prefirieron apostar por candidatos varones conocidos que podían aportarles más votos–, la representación sigue siendo muy desigual en el Parlamento. Volvamos por un momento a las cifras. De los 1.043 candidatos, 157 eran mujeres, es decir, cerca del 15%. Sin embargo, después de la elección de las listas electorales por los votantes,

solo 118 siguieron siendo candidatas. Aunque hubiera más listas con representación femenina que en 2018, 38 no tenían mujeres. De las ocho mujeres elegidas, cuatro forman parte del establishment y contaron con el apoyo de los partidos tradicionales; las otras cuatro han sido activas y conocidas en el movimiento contestatario de octubre de 2019 y se las etiqueta como surgidas de la sociedad civil reformista.

La desigualdad de género va más allá de las candidatas y el número de elegidas: también es flagrante en la Comisión nacional de supervisión de las elecciones, de cuyos 11 miembros solo dos son mujeres, lo que demuestra que Líbano debe esforzarse más por la igualdad.

Por otro lado, no pueden analizarse los resultados de las elecciones sin detectar la debilidad de la función de la Comisión nacional de supervisión de las elecciones, como hicieron notar varias misiones de observación, con atribuciones tardías y un presupuesto limitado que no le permite ejercer su labor con total transparencia e integridad.

La Comisión nacional debía supervisar el acceso de los medios de comunicación, que en estos comicios fue injusto para varios candidatos –sobre todo las mujeres– y no estaba al alcance de los nuevos aspirantes procedentes de la sociedad civil, faltos de medios económicos elevados. El acceso a los medios de comunicación era muy caro, en especial porque muchas cadenas cobraban en dólares el tiempo en antena.

EL RÉGIMEN MANTIENE SU HEGEMONÍA CON EL CONTROL DE LOS PARTIDOS TRADICIONALES, A PESAR DE LOS AVANCES  DE NUEVAS FIGURAS DE LA SOCIEDAD CIVIL

Nuevas figuras activas presentes en las movilizaciones de octubre de 2019, y surgidas de la sociedad civil y de las nuevas formaciones políticas y sociales nacidas de ese movimiento, se presentaron a las elecciones, en todo el territorio, autodenominándose los candidatos del cambio. Luchan por la transparencia, sus discursos innovadores reflejan ideales humanistas y combaten los mecanismos y costumbres comunitarios preconizados en política en vez de la meritocracia.

En 2018, los candidatos de la sociedad civil obtuvieron un escaño en el Parlamento. Cuatro años después, tras la crisis financiera, la explosión del puerto y la ira de la población, han conseguido 13 escaños repartidos por todo el territorio libanés, a pesar de las divisiones y de la dificultad de presentar un frente común con listas unificadas en varias circunscripciones. Es cierto que el Parlamento conserva, según los resultados, el mismo rostro político, con una mayoría en manos de las antiguas figuras del sistema, que han logrado mantener su hegemonía. Una hegemonía basada en las alianzas entre los grandes partidos y facilitada por la ley electoral, que no ayuda a las formaciones pequeñas a emerger ni a obtener el cociente electoral, por no hablar de la dispersión de los votos entre varias listas de la oposición en cada circunscripción.

No se ha producido la renovación de la clase política en estas elecciones. Los partidos tradicionales mantienen el control, pero el avance de nuevas figuras es un atisbo de esperanza. Un atisbo que permitirá a personas ajenas a la clase política tradicional estar informadas de las decisiones de las comisiones parlamentarias y crear una verdadera oposición en el seno del Parlamento.

En una de las circunscripciones generalmente coto privado del tándem chií, Amal y Hezbolá, ganaron dos candidatos de la oposición surgidos de la sociedad civil, una novedad importante de estas elecciones. Al movimiento de protesta también le fue bien en otras circunscripciones. Tres aspirantes de la sociedad civil, dos de ellos mujeres, salieron vencedores en la región de Chuf y Aley, echando del Parlamento a candidatos próximos al régimen prosirio y diputados que llevaban años. Estos progresos de la oposición civil demuestran que el electorado no solo ejerció el voto de castigo contra los partidos tradicionales, sino que también quiso dar la oportunidad de abrirse paso a nuevas figuras portadoras de proyectos reformadores. Algunos candidatos procedentes de la sociedad civil en regiones como Monte Líbano (Metn) perdieron por cerca de 88 votos. Las papeletas de la diáspora cambiaron la inclinación de la balanza en algunas circunscripciones.

Hezbolá y sus aliados mantienen una mayoría en el Parlamento, aunque este bloque parlamentario haya perdido varios escaños: de los 71 diputados con los que contaba en 2018, ha pasado a 61 en 2022. Son muchos quienes han visto una derrota electoral de Hezbolá, un análisis que no compartimos, ya que ha conservado, aun perdiendo varios escaños, una mayoría destacada en el Parlamento. Por si eso fuera poco, los escaños de la comunidad chií se los llevó el tándem chií, con 14 para el partido Amal del presidente de la Cámara, Nabih Berri, y 14 para Hezbolá. A pesar de la pérdida de escaños de su bloque parlamentario, Hezbolá mantiene su influencia, al conservar los escaños necesarios para poder aprobar las leyes pactando con otros.

Los diputados llamados ‘reformistas’ deberían devolver influencia al oficio del legislador que legisla, en vez de prestar servicios clientelistas

Por lo que respecta al resto de partidos, en especial los cristianos como el Movimiento Patriótico Libre (CPL por su siglas en inglés), la formación del presidente de la República, perdió ocho escaños. En varias regiones, sus candidatos contaron con el apoyo de las otras fuerzas tradicionales, sobre todo de Hezbolá.

El partido tradicional que ha mejorado su representación es el de las Fuerzas Libanesas (FL). Frente a la dispersión del voto de la oposición en varias listas de la sociedad civil y la pérdida del CPL, sus consignas de campaña fueron la recuperación de la identidad, el voto contra las armas de Hezbolá y por la soberanía de Líbano. Con el voto polarizado, el FL obtuvo más de 19 diputados en varias regiones.

LAS PARADOJAS DE UN SISTEMA QUE SE RESISTE A RENOVARSE

Lo que nos importa de este análisis, es el resultado de un Parlamento fragmentado entre fuerzas y bloques diversos. ¿Persistirán el estancamiento y la parálisis política a pesar de la grave crisis y el naufragio del país? Como hemos mostrado, el sistema ha desbaratado la renovación de la clase política. La doctrina, aún confesional, lleva –como subraya Ibn Jaldún– a consolidar las «asabiyah» comunitarias posiblemente confesionales, particularmente en tiempos de crisis. El sufragio conforme a la ley electoral sigue siendo identitario y religioso, así como territorial. En lugar de favorecer el cambio y la renovación, el sistema y la ley electoral, basados en una sociedad de cultura patriarcal, han permitido a la mayoría seguir en el poder. En el Parlamento han entrado varios diputados del movimiento opositor y de protesta que se materializó en la calle en octubre de 2019, exigiendo abiertamente más transparencia, la independencia de la justicia, una soberanía integral y plena de las instituciones estatales –y no de las instituciones paralelas, creadas por el sistema y que desempeñan sus funciones (desde un punto de vista funcionalista). Esos diputados llamados «reformistas» deberían cambiar las cosas, devolviendo influencia al oficio del legislador que legisla, en vez de prestar servicios clientelistas. Además, se esperan alianzas para diseñar leyes que puedan tratar de salvar cuanto se pueda del Estado y de sus instituciones. El atisbo de esperanza reside en las posibles alianzas en frentes concretos, como el empobrecimiento de la población, en especial la desintegración de la clase media con la crisis económica y financiera, el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI), el nombramiento de un jefe de gobierno y luego de un nuevo presidente de la República. Batallas de las que el pueblo libanés está a la espera, para saber adónde lo conduce el futuro, en un Estado donde, estructuralmente, reina el inmovilismo. /

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