El eterno Yugurta. Propuestas sobre el genio africano

Jean Amrouche

Escritor y periodista

Jean Amrouche escribió este artículo en 1943 para describir a Yugurta, representante del genio africano y personificación de un determinado temperamento. Yugurta encarna al bereber y se caracteriza por su violencia y pasión. Es un poeta que pasa de lo real a lo imaginario y de lo imaginario a lo real, y la grandeza de su carácter radica en la constancia tanto como en la volubilidad. Se entrega a la voluptuosidad para alcanzar el éxtasis. Debe aprender virtudes humildes, como la de esmerarse en el cuidado de los objetos de la industria humana para poder salir así de la era teológica y la era de la magia.


Para mayor comodidad, doy por sentado que existe un genio africano: un conjunto de caracteres fundamentales, fuerzas, instintos, tendencias y aspiraciones que se combinan para dar lugar a un temperamento específico.

No expondré al respecto una explicación propiamente dicha, sino una simple descripción. Yugurta representa al norteafricano –es decir, al bereber– en su forma más lograda: el héroe cuyo destino histórico puede estar cargado de significado mitológico.

No obstante, debemos procurar no caer en una excesiva simplificación si queremos explicar el presente a través del pasado. Las ecuaciones Roma = Occidente = Francia, de un lado, y Yugurta = Magreb = desorden = revuelta, del otro, son a la vez ciertas y falsas. Porque el actual magrebí combina en un mismo hombre su herencia africana, el islam y las enseñanzas de Occidente.

Sé muy bien dónde encontrar a Yugurta: está presente en todas partes y en todas partes es invisible; al escabullirse es cuando mejor expresa quién es. Adopta siempre el rostro de los demás, imitando su lenguaje y sus modales a la perfección. Pero, de repente, las máscaras caen, por muy ceñidas que estén, y nos hallamos frente a la principal máscara: la cara desnuda de Yugurta, inquieta, penetrante, desoladora. Con él es con quien tenemos que vérnoslas; hay dieciocho millones de Yugurtas en esa isla atormentada rodeada por el mar y el desierto que llamamos Magreb.

Reconocemos a Yugurta, en primer lugar, por el ardor y violencia de su temperamento. Abraza una idea con pasión; le resulta difícil mantener la calma, serenidad e indiferencia con las que la razón cartesiana elabora sus construcciones. Solo entiende el pensamiento militante y armado a favor o en contra de alguien. Vislumbra la idea pura como un relámpago en el flanco de la tormenta. De inmediato, su imaginación se apropia de ella, le da forma y la exagera convirtiéndola en una visión. Privado del ardor del entusiasmo y el acicate de la emoción, Yugurta pierde interés por el lento avance del pensamiento abstracto. Es poeta: necesita la imagen, el símbolo, el mito. Pasa sin cesar de lo real a lo imaginario y de lo imaginario a lo real, percibiendo relaciones singulares, similitudes y diferencias, avanzando de metáfora en metáfora, saltando de parábola en parábola sin concluir ni decidir nada, ya que ¿por qué esto en lugar de lo otro, que es justo lo contrario?

A veces, con la imaginación sobreexcitada y embriagado por su espontánea fecundidad, prosigue su aventura de visión en visión, sin preocuparse en lo más mínimo de ordenarlas, de darles un sentido con algo de rigor. Sin duda, Yugurta es capaz de formular una propuesta claramente definida y seguir el desarrollo reposado de sus consecuencias lógicas; en una palabra, puede razonar, pero siempre a condición de que le guíe la pasión y que un gran esfuerzo de voluntad le obligue a aplicarse a ello. Ahora bien, debe entregarse por completo a la tarea, encontrando en ella el mismo placer que en la ensoñación, ya que su naturaleza es reacia a un ejercicio en el que no intervengan a la vez todas sus capacidades. Su ámbito predilecto, aquel en el que se siente verdaderamente vivo, es el ámbito de la pasión y la lucha. Porque no hay duda de que, pese a no ser especialmente valiente, es un pendenciero.

La grandeza de un carácter radica en la constancia. Se pone de manifiesto en los pequeños quehaceres, mucho más que en los grandes. Quien no es capaz de esmerarse en  los pequeños quehaceres tampoco será capaz de llevar a buen puerto proyectos a largo plazo, que exigen continuidad y perseverancia en el esfuerzo. Yugurta es noble por naturaleza; le gusta presumir, y también el énfasis, que no sabe diferenciar claramente de la grandilocuencia. Es aficionado a la controversia, cambiando de bando solo por placer. A veces, movido por un arrebato –que forma parte de su idiosincrasia–, se eleva hasta lo sublime, pero tiene poca capacidad para compaginar fragmentos a menudo admirables, que han nacido de una llamarada de entusiasmo, para crear una obra digna de ese nombre. Tras esos furiosos arrebatos, Yugurta cae bruscamente en  picado para sumergirse en un abismo de hastío e indiferencia. ¡Apelar a su razón es en vano! Asegúrele que la tarea que ha abandonado era hermosa y útil, y que habría redundado en su provecho, gloria y beneficio. Sea elocuente, insista con palabras conmovedoras y consiga que suscriba su opinión. Haga lo que sea si usted está de verdad interesado en su aventura e impóngase hasta lograr convencerlo. Todo será en vano, se lo digo yo, ya que Yugurta sabe de qué es virtualmente capaz, sabe que el valor de un hombre se mide por sus acciones y que solo la mano trabajadora puede terminar lo que el espíritu ha empezado.

Y ahí precisamente es donde él quería llegar: que el hombre sea capaz de actuar, por supuesto; pero que tenga que dar rienda suelta a su poder… ¿Para qué? ¿Acaso es Dios para que demos tanta importancia a sus juegos? ¿Acaso no es él mortal, y perecederos sus palacios de atronadora vanidad? ¿Acaso no vivimos en el flanco de una fiera que de repente se sacude violentamente y derriba nuestros edificios de arena y arcilla? El viento del sur y el torbellino de viento devuelven al desierto nuestros vergeles y campos en una sola estación…

Habría que plantar en el corazón de Yugurta el árbol de una nueva fe: la fe en el hombre. No la certeza: la fe. Habría que volverle a enseñar que el hombre es aquello que llega a ser, que todo su ser está contenido en lo que hace. Yugurta puede aprender las reglas de este juego aparentemente nuevo; pero en su interior una voz profunda murmura que el hombre aún es menos que eso, que no es más que la sombra de un viajero sin equipaje. ¿Qué importa entonces lo que haga? ¿Qué importa el rastro de sus pasos en la arena del tiempo? Y abandona la obra comenzada, pero ¡en qué deslumbrante amanecer de deseo y visión! ¡Con qué majestuosidad de perspectivas imaginarias! No hay duda de que por eso el Magreb es un país sembrado de antiguas y jóvenes ruinas; el país de las dinastías breves y las fortunas precarias, donde los hijos consumen en pocos meses la herencia de sus padres. ¿Se debe a una impotencia congénita para dar cuerpo a lo que se ha concebido en el espíritu? ¿La contemplación de la obra en el espejo de la imaginación basta para agotar su seducción y necesidad? Sea como fuere, de repente, sin la intervención de ningún incidente externo o interno que rompa la tensión que había que mantener a toda costa, esa obra por la que el africano lo habría sacrificado todo, hasta su propia vida, acaba despojada no solo de su prestigio, sino también de cualquier viso de realidad. Aunque solo es un bosquejo y, por lo tanto, está cargada de posibilidades infinitas; aunque alimenta todas las esperanzas y puede saciar todos los deseos, antes de nacer cae herida de muerte, una muerte aún más irremisible porque ya estaba tomando forma, estaba a punto de convertirse en algo real, un objeto de los que se pueden sostener en las manos. Yugurta, que hace solo un momento desarrollaba una actividad extraordinaria en todos los sentidos, cuyo espíritu arrojaba llamas en todas las direcciones, se apaga y se hunde en una extraña apatía.

Yugurta no es de los que mastican durante mucho tiempo la hierba del remordimiento. Se deleita en la indiferencia apática, en la que bebe hasta la náusea el más pernicioso de los venenos: la tentación de lo absoluto. No la perfección imposible, puesto que la idea de la perfección descansa en el reconocimiento de los límites: implica que uno se somete a unas determinadas condiciones previas, que tiene en cuenta el destino de una obra, los medios prácticos, las normas de ejecución: en resumen, una disciplina; y que acepta las imperfecciones inherentes a todo esfuerzo humano. La perfección es el estado de una cosa que solo nos podemos representar tal como es. Yugurta siempre imaginará, independientemente de que esté a su alcance, algún objeto de codicia y admiración. Se da por satisfecho con poco, con menos que nada, pero en él arde un deseo sin límites.

No debemos confundir esta inactividad desmoralizada con la holgazanería banal. Pensemos más bien en una renuncia en la que tal vez resuena la llamada de la mística. Yugurta está predispuesto a prestarle oído, sobre todo porque su sensibilidad y sensualidad son muy fuertes. Le encanta el placer violento y áspero. Se abandona a la voluptuosidad con la misma energía con la que se lanza a la acción, ignorando cualquier mesura y templanza. Es lo suficientemente lúcido como para darse cuenta del motivo de la voluptuosidad: le puede llevar al éxtasis, la nada en la que la conciencia de estar en el mundo se hunde en el vértigo; pero Yugurta sabe que la noche es un refugio precario: después siempre recuperamos la consciencia.

Y eso explica el acento de desesperación, permanente e incurable, y la melancolía desgarradora que constituyen el encanto de los grandes lamentos del desierto. Yugurta canta lo que siente cuando se mira a sí mismo. Al igual que Narciso junto a la fuente, deja escapar una queja en la que se oye, como un sollozo eterno, la desesperación del hombre huérfano, juguete de fuerzas todopoderosas que lo aplastan. Esas fuerzas no son solo las fuerzas exteriores; sabe muy bien que las más temibles están dentro de sí mismo y que, haga lo que haga, le llevan inexorablemente a la derrota.

Yugurta o la inconstancia; Yugurta, genio de la mutación. No es capaz de imponerse una disciplina, condición para cualquier acción fecunda. El ascetismo y la ascensión mística lo dejan abatido por un tiempo, ya que la aridez sucede pronto al rocío de la gracia y el desorden de los sentidos lleva a la repugnancia por uno mismo y por todo.

Yugurta pasa de un estado extremo a otro.

Uno de los principales rasgos del carácter de Yugurta es su pasión por la independencia, que se alía con un sentimiento muy vivo de dignidad personal. A menudo  nos sorprende el humor sombrío, que no suspicaz, de Yugurta.

Si Yugurta inquieta es porque él se inquieta enseguida, de ahí esas miradas furtivas y de soslayo y su comportamiento retráctil. Rara vez tienes unas relaciones fáciles con él, y resulta difícil determinar exactamente el ángulo de incidencia y el ángulo de refracción de los comentarios que se le hacen.

Conglomerado humano de una sensibilidad extrema y aquejado de una imaginación que pronto degenera en mitomanía, el más mínimo comentario puede herirle profundamente, desatar su ira y llevarle a cometer los actos más violentos. Si se respeta su amor propio y el sentimiento que tiene de su dignidad, se puede conseguir su amistad y obtener mucho de él, incluso una apasionada fidelidad, porque es generoso hasta el derroche, como solo saben serlo los príncipes y los pobres, poco apegados a las cosas de este mundo, los primeros porque no les falta nada, y estos últimos porque la miseria y la privación los protegen de la avaricia del corazón y las manos. En otras palabras, Yugurta cree profundamente en la unidad de la condición humana, y piensa que los seres humanos son iguales en dignidad o indignidad, dependiendo de si los comparamos entre ellos o los comparamos con lo que por su propia naturaleza está por encima de ellos.

Todo ello conlleva una propensión natural a la indisciplina, la negativa a aceptar ninguna disciplina impuesta desde fuera. Una vez reconocida y padecida la fatalidad del destino como una ley de la experiencia, Yugurta pretende seguir siendo dueño de sí mismo, libre, puesto que no tolera que se confunda a César con Dios, es decir, la autoridad de los hombres con las ataduras naturales y sobrenaturales. Y además, como pronto veremos, no se somete al destino sin rebelarse contra él. Cuando el destino se extralimita, Yugurta deja de rendirle homenaje y se lanza de cabeza a la política del cuanto peor mejor.

No obstante, Yugurta se empeña en discrepar de sí mismo hasta caer en la total contradicción. No hay nadie más hábil que él para ponerse en los zapatos del otro: costumbres, lenguas, creencias… las adopta una tras otra, le gustan, se siente cómodo, se olvida de quién es para ser solo aquel en quien se ha convertido. Yugurta se adapta a todas las condiciones, se ha conchabado con todos los conquistadores; ha hablado púnico, latín, griego, árabe, español, italiano, francés, pero se ha olvidado de fijar su propia lengua por escrito; ha adorado a todos los dioses con la misma pasión intransigente. Parecería, entonces, que conquistarlo del todo sería fácil. Pero justo en el momento en el que la conquista parece culminada, Yugurta, tomando conciencia de sí mismo, huye de quienes se jactaban de una captura definitiva. Hablamos con sus despojos, con un simulacro, que nos responde y a veces asiente; pero su espíritu y su alma están en otra parte, irreductibles y sordos, convocados por una voz profunda e inexorable que el propio Yugurta creía extinguida para siempre. Regresa a su verdadera patria, en la que entra por la puerta negra del rechazo. Entramos ahora en contacto con la característica más profunda del genio africano, el misterio esencial de Yugurta, un dique interior impenetrable. Quien hasta entonces había dicho siempre que sí de repente da marcha atrás y se afianza en la negación y la herejía. Veo en ello una verdadera frontera de las almas, una verdadera frontera espiritual.

Siempre que he intentado definirme a mí mismo qué es la «fe púnica», mi pensamiento ha acabado planteándose las mismas preguntas. ¿Qué se entiende, en definitiva, por fidelidad a la palabra dada? Un acto que representa una hipoteca sobre nuestro futuro y nosotros mismos; un acto por el que, cuando menos en un punto concreto, nos desposeemos de nuestra libertad. Da igual si nos desposeemos de ella en beneficio de otros o en beneficio propio: en ambos casos la naturaleza del acto es idéntica. Cuando digo «me comprometo a hacer tal cosa pasado mañana», elimino todo lo que el futuro puede depararme y todo lo que mi capricho o mi deseo me pueden llevar a hacer. La hipoteca sobre el futuro es una práctica habitual y sin ella la humanidad no habría progresado. Pero la limitación voluntaria del ejercicio de la propia libertad, incluso cuando se efectúa libremente, a Yugurta le repugna ya que no quiere poner en peligro su estado de perpetua disponibilidad.

Yugurta o la infidelidad: en honor a la verdad, ¿acaso no estamos en presencia de la otra cara de una gran virtud, que no es otra que la fidelidad a uno mismo, el deseo de preservar todo nuestro ser, de no paralizar lo que se mueve, de no eliminar un determinado número de oportunidades, de no esterilizar el futuro por adelantado? Puede que el verdadero objetivo de la vida no sea dejar huellas de nuestra acción en el espacio y el tiempo como pruebas de nuestra existencia. Para Yugurta, vivir es abrazar lo más estrechamente posible el movimiento, el transcurso del tiempo; es mantenerse flexible para afrontar las circunstancias cambiantes que modifican constantemente las condiciones de la acción.

Admirable Yugurta, indiferente a la fortuna, al éxito, a la gloria, a todo lo que no dependa del discurrir de su propia vida, de la trayectoria del alma en el tiempo.

Sabemos, y antes lo he mencionado, que el genio africano es herético por excelencia, e incluso cuando adopta y establece una imposición ortodoxa, lo hace con gran rigor solo porque debe armarse de precaución para combatir su propia tendencia a la herejía.

En cuanto la herejía triunfa y se convierte en ortodoxia, en cuanto ya no alienta la revuelta, Yugurta encuentra en su genio la fuente para una nueva herejía y en las circunstancias, la oportunidad para la misma. Los historiadores que han subrayado este rasgo lo han atribuido a la inestabilidad del temperamento, a alguna insatisfacción enfermiza. No explican nada, porque para ello primero tendrían que explicar el principio en el que fundamentan su explicación. Yo no explico. Mi objetivo es más modesto: yo describo. Más que un vicio, ¿no se puede considerar este rasgo como la expresión de una virtud digna de admiración: la negativa a aceptar lo que parecía asumido y demostrado de una vez por todas, y la necesidad de volverlo a poner todo en cuestión y hacer tabla rasa para empezar de cero?

Sin duda, este retrato que acabo de bosquejar, exagerando tal vez determinados rasgos, suprimiendo las transiciones y los medios tonos, contradice las apariencias externas, el espectáculo y el ritual de la vida africana. He hablado sobre todo de un espíritu de huida, de una profunda tendencia a la oposición y la revuelta, cuando a los viajeros lo que les llama sobre todo la atención es una impresión de sensatez, paz y resignación. He hablado de inestabilidad e inquietud, y los viajeros a menudo nos ofrecen una imagen de África de absoluta serenidad. ¿Quién no recuerda a Amyntas y al admirable Mopso, que abre en el libro un pórtico de armonía blanca y azul? Es innegable que, en los campos africanos, la humanidad pastoral de la época de Abraham aún alienta el ritmo solemne y familiar de su existencia frugal y al mismo tiempo fastuosa. Todo habla de paz, o parece hablar de paz, y no hay una frontera precisa entre la vida y la muerte.

Cualquier reflexión, por poco atenta que sea, sobre los cementerios musulmanes, a los que ningún muro separa del mundo de los vivos, nos impone con fuerza esta idea. La vida y la muerte están al mismo nivel, se pasa de una a otra sin solución de continuidad. Y, sin lugar a dudas, el islam, que –en mayor medida que el cristianismo– es la religión de la aceptación, ha cubierto la atmósfera africana con un manto de serenidad. Pero, pese a profesar la religión musulmana, Yugurta persiste en la rebelión precisamente gracias a la supervivencia de viejos mitos y prácticas mágicas. La religión, la sensatez, así como el concepto general de la existencia del hombre y sus relaciones con la naturaleza y con Dios derivado de ella, lo incitan a aceptar el mundo tal como es, a pensar y creer que solo Dios puede cambiar el orden del mundo, y que cualquier intento humano de introducir retoques es sacrílego, o simplemente ridículo, eso si no acaba en una terrible catástrofe, como enseña la tragedia. Pero Yugurta no duda en recurrir a los sortilegios y a movilizar a los demonios para tener éxito en ese cometido. Porque la magia es una maquinaria compleja en la que se combinan las innumerables formas de un mismo deseo humano: corregir el destino.

Por el contrario, la sabiduría tradicional, al predicar la resignación, tiende a mantener al hombre en una situación humillada y pasiva. Exalta y magnifica facultades estrictamente contemplativas y especulativas, en detrimento de la acción. Por lo tanto, en la magia podemos ver la supervivencia y la expresión primitiva del espíritu de Prometeo que da vida a la civilización de Occidente. En el Magreb las tradiciones religiosas y mágicas mantienen extrañas relaciones.

Yugurta –tanto si adoraba a Baal y Tanit-Astarté, como a Zeus, la Santísima Trinidad o Alá– nunca ha retirado sus favores a los magos y nigromantes. La persistencia de prácticas mágicas en el Magreb, consideradas como el embrión de un espíritu científico de corte occidental, abre una perspectiva alentadora en el espesor del futuro. Nos podríamos plantear la posibilidad de injertar el espíritu de Prometeo en el viejo tronco norteafricano; la magia sería el punto de inserción de una civilización motriz y técnica en el cuerpo de una civilización especulativa y contemplativa.

Pero Yugurta tendrá que triunfar sobre Yugurta, tendrá que valorar todo lo que le falta y debe aprender si quiere igualar a sus amos occidentales sin revestir su plumaje. En su interior anida la fructífera ansiedad y la amarga insatisfacción exigidas por la investigación y el esfuerzo necesarios para el progreso. Pero de la magia a la ciencia hay un trecho largo y difícil de recorrer. Yugurta solo alcanzará la meta –suponiendo que consienta en reconocerla y aspirar a ella– si se forja un nuevo ideal humano. En vez de creer que el hombre es incapaz de «añadir un codo a su estatura», y que es inútil hacerlo, debe estar convencido de que el hombre puede y debe hacer un esfuerzo para crecer y ampliar su dominio sobre la materia.

No le resultará fácil. Porque, para proclamarse igual a los occidentales, no bastará con imitarlos ni con tomar prestados sus descubrimientos. No es solo cuestión de aprender, sino también de inventar y crear. Occidente ha resuelto la contradicción que entraña el hecho de que el trabajo se haya impuesto al hombre como una maldición y un signo de esclavitud y que, al mismo tiempo, solo a través del trabajo pueda el hombre lograr su salvación, es decir, conquistar poco a poco la libertad de los hijos de Dios. Así pues, vemos que en el esfuerzo del hombre se unen al mismo tiempo el espíritu de sumisión a Dios y el espíritu de rebelión de Lucifer y Prometeo.

Todo el pensamiento occidental admite implícitamente esta doctrina, recibida del cristianismo, que afirma la dignidad esencial del hombre. El Génesis nos enseña que fue creado a imagen y semejanza de Dios y que es el rey de la creación, un cetro que no le arrebataron pese al pecado original. Los pensadores cristianos más ascéticos, los más proclives a humillar el orgullo del hombre, no dejan de afirmar que este tiene preferencia sobre todas las creaciones del espíritu divino. El hombre no es un esclavo de Dios Todopoderoso, sino que está asociado a él en la gracia y el amor. El dogma de la Encarnación de Cristo es la piedra angular de esta doctrina. San Pablo afirma, en una imagen conmovedora, la estrecha unión de Dios y su criatura en el amor: «Somos los miembros de Cristo». De modo que el trabajo del hombre es sagrado ya que Dios completa su obra por mediación de su criatura.

Por lo tanto, no es cuestión de complacerse en una concepción humilde de la condición humana ni en una contemplación orgullosa y estéril. El desprecio al hombre y a la materia, al bienestar en este mundo, no son necesariamente una virtud. Bien el contrario, hay que respetar al hombre y respetar el universo creado y los bienes de este mundo, sin olvidar, no obstante, que el espíritu sigue siendo lo esencial.

La gran fuerza de Occidente no radica tanto en la agudeza, alcance y fecundidad conceptual de su inteligencia, sino en el uso de la misma. No solo es cuestión de comprender, sino sobre todo de orientar la mente hacia la acción. Si el objeto esencial de la ciencia es el conocimiento desinteresado, Yugurta debe convencerse de que las consecuencias prácticas de los descubrimientos de la mente no son indiferentes; y de que el propio progreso del conocimiento depende de la invención de medios técnicos que compensen la insuficiencia de los medios naturales.

Así pues, Yugurta debe interesarse por este mundo, pero no entendido como objeto de contemplación estética ni como fuente inagotable de placeres y dolores efímeros. Debe aprender a considerarlo como su campo de acción, donde demostrará de qué son capaces todas sus fuerzas combinadas. Debe aprender virtudes humildes, como la de esmerarse en el cuidado de los objetos de la industria humana. Por último, debe aprender, canalizando su inquietud y equilibrando su vida psíquica, a observar, comparar y abordar los hechos de una manera metódica y rigurosa, sin preocuparse de obediencia religiosa alguna, sin preocuparse de si sus intuiciones y las construcciones audaces de su imaginación reciben la aprobación de la experiencia. Solo entonces saldrá de la era teológica y la era de la magia.