Latinoamérica y el Magreb: una relación en ascenso

Las oportunidades comerciales y el apoyo político en la cuestión saharaui, factores que favorecen las relaciones entre las dos regiones.

Juan José Vagni, coordinador del Programa de Estudios sobre Medio Oriente, Centro de Estudios Avanzados, Universidad Nacional de Córdoba (Argentina)

Las relaciones entre el espacio magrebí y el suramericano están adquiriendo un perfil cada vez más alto, favorecidas por una serie de factores en los que se conjugan principalmente las oportunidades en materia comercial y el apoyo político en la cuestión saharaui. Sin embargo, estos contactos han sido discontinuos y relativamente marginales, en un camino sinuoso poblado de marchas y contramarchas, bajo cauces institucionales débiles que han impedido el establecimiento de un marco regular y profundo de acercamiento. En el caso específico de los países de Mercosur (Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay), la región del Magreb constituye hoy un espacio de singular interés y perspectivas para el comercio y el desarrollo de la cooperación, que comienza a mostrar la plenitud de sus potencialidades y oportunidades.

En este marco, Argentina y Brasil, por un lado, y Marruecos, por el otro, parecen llevar la delantera en cuanto a la dinámica de la relación. Los años noventa marcaron la clave para el despegue de este acercamiento, cuando los dos países suramericanos ensayaron una nueva forma de inserción en el sistema internacional. Bajo el paradigma neoliberal, los gobiernos de Carlos Saúl Menem en Argentina (1989-99) y Fernando Henrique Cardoso (1995-2002) en Brasil asumieron la dimensión exterior bajo las consignas del Estado comercialista. La región norteafricana no estuvo ajena a este impulso: se incrementaron notoriamente las misiones comerciales y las visitas oficiales, se establecieron comisiones mixtas y una mayor dinámica comercial.

En el caso argentino, bajo la política de alineamiento automático con Estados Unidos, se privilegió a los aliados de Washington en la región. Las afinidades electivas con Marruecos –orientación prooccidental, aspiración a insertarse en la OTAN, participación en operaciones de paz de la ONU y en la coalición aliada en el Golfo, liberalismo económico, apertura externa, privatizaciones– fueron las principales variables que determinaron la agenda bilateral. Además, Egipto fue receptor de un reactor para investigación y el presidente tunecino Zin el Abidin Ben Alí fue el primer mandatario de África del Norte en visitar Argentina, por ejemplo.

América Latina y la cuestión del Sáhara

El fin de la política neoliberal en Argentina y el ascenso de Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil en 2003 no agotaron esta dinámica sino que la potenciaron aún más. Marruecos fue cobrando espacio en la agenda de Mercosur, pero con la diferencia de que el acercamiento se encuadró en el marco de las relaciones Sur-Sur y no como signo de complicidad con la potencia hemisférica. Los países latinoamericanos no son ajenos a la puja geopolítica entre Marruecos y Argelia. Desde el ascenso al trono de Mohamed VI, el escenario regional se vio inusualmente atravesado por la dinámica del conflicto saharaui, en una verdadera competencia diplomática entre los dos principales países del Magreb.

Con el reconocimiento por Suráfrica de la República Árabe Saharaui Democrática (RASD), las misiones marroquíes para poner freno a la corriente de apoyos al Frente Polisario fueron frecuentes, aprovechando siempre las expectativas comerciales de los países suramericanos. Y a cada delegación marroquí, le sucedió una argelina o saharaui, en el mismo sentido. El signo más fuerte de esta situación fue la visita del monarca alauí a finales de 2004, recorriendo los países más involucrados en la cuestión saharaui: Brasil, Argentina, Chile, Perú y México. En el caso de Brasil, que junto a Argentina es el principal socio comercial de la región, se empezó a evidenciar en la sociedad civil y en medios parlamentarios una fuerte presión para el reconocimiento de la RASD.

Chile y Perú, mientras tanto, estuvieron a punto de hacerlo: el primero era en ese momento miembro no permanente en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas (aquí desempeñó un rol importante en el freno el ex presidente del gobierno español, Felipe González, el mismo que a mediados de los años ochenta había promovido el respaldo a la RASD en el ámbito latinoamericano) y del segundo es originario Álvaro de Soto, entonces representante de la ONU en el Sáhara Occidental. México, que tiene gran influencia sobre el área centroamericana, es uno de los pocos países que dio su reconocimiento.

En el caso de Cuba y Venezuela, quienes junto a Panamá son los otros que lo concedieron, los factores ideológicos priman para el respaldo a las tesis saharauis. Recientemente, Uruguay –un país gobernado por el progresista Frente Amplio– y Ecuador sumaron su apoyo oficial a la RASD. En este marco, Argentina y Brasil han tratado de mantener su equidistancia, para salvaguardar sus buenas relaciones tanto con Argelia como con Marruecos. Cabe señalar que la gira de Mohamed VI fue precedida por la visita del presidente de la RASD, Mohamed Abdelaziz, a Caracas. Luego, otras misiones diplomáticas saharauis recorrieron la región, secundadas por el viaje de funcionarios marroquíes de las “Provincias del Sur”, quienes pasaron por Uruguay, Paraguay, Colombia y Nicaragua para brindar su versión de los hechos sobre el Sáhara Occidental.

Relaciones con Marruecos

La visita real selló también una interesante base de cooperación entre ambos espacios, con la firma del Acuerdo Marco Mercosur-Marruecos, que incluye la concesión recíproca de preferencias comerciales –similar al suscripto con Egipto en julio de 2004– y que servirá de base para la futura negociación de una mayor integración comercial. Ambas partes insisten en que la voluntad es llegar a un acuerdo de libre comercio.

Desde Latinoamérica, el Magreb se valora como una puerta de entrada al mundo árabe y africano y en el caso de Marruecos además, por los acuerdos de libre comercio que tiene con la Unión Europea y Estados Unidos. Actualmente, la región es un importante mercado comprador de carnes y alimentos, pero también de tecnología nuclear y satelital, con un saldo comercial a favor de los suramericanos, en la mayoría de los casos. La base de aproximación afirmada en los años noventa con Marruecos se renovó con creciente dinamismo. En lo que va de año, el ministro de Asuntos Exteriores y de Cooperación, Mohamed Benaissa, ha visitado dos veces el continente. La primera en enero –recorriendo Argentina, Paraguay, Brasil, Colombia y Perú– y la segunda a mediados de abril –por México, Chile y de nuevo Argentina, Perú y Colombia.

En el plano político, el papel de Marruecos como canal de diálogo entre Israel y el mundo árabe-islámico derivó en la posible participación de ese país en el juicio sobre el atentado a la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA), ocurrido en Argentina el 18 de julio de 1994. A principios de 2004, ante la posibilidad de juzgar a diplomáticos iraníes a los que se consideraba responsables de ese ataque, se analizó la opción de hacerlo en un territorio neutral, siendo Marruecos el candidato más favorable. Con este mecanismo, se buscaba su mediación para que Irán entregara a los funcionarios acusados por la justicia argentina.

Marruecos fue también un promotor fundamental de la Cumbre de Mandatarios de América del Sur y Países Árabes (ASPA) celebrada el 10 y 11 de mayo de 2005 en Brasil, bajo el impulso del presidente Lula. En apoyo a la iniciativa brasileña, Marruecos ofreció ser la sede de la reunión preliminar de cancilleres –Marraquech, 25 y 26 de marzo de 2005– y también se consagró como la sede de la segunda cumbre árabe-suramericana de 2008. Es oportuno señalar que entre el 23 y el 26 de abril de 2006 se celebró en Quito, Ecuador, una nueva sesión de alto nivel entre los países árabes y latinoamericanos, con la reunión de técnicos y ministros de Economía. El encuentro pretendió intensificar el intercambio comercial y financiero, la inversión y la cooperación en materia energética, al tiempo que se comprometieron a participar activamente y de manera conjunta en los foros internacionales, dentro de la Tercera Ronda de Negociaciones en el Sistema Global de Preferencias entre Países en Desarrollo, en el éxito de la ronda de Doha en 2006 y en las negociaciones sobre agricultura.

Este acercamiento entre ambas regiones, que en un primer momento parecía moverse solo en el terreno discursivo, está avanzando hacia una fase de realizaciones más concretas y productivas. En otro orden de cosas, recientemente, México y Marruecos acordaron llevar posturas migratorias similares en los foros internacionales, debido a las realidades compartidas en torno a la salida masiva de personas desde sus territorios hacia EE UU y Europa, respectivamente. En ese sentido, el país latinoamericano ha sido invitado a participar como observador en la Conferencia Regional euroafricana sobre Migración y Desarrollo, prevista para el 10 y el 11 de julio de 2006 en Rabat.

En síntesis, como explicaba recientemente un ex diplomático marroquí, la dinámica entre Latinoamérica y el Magreb se parece mucho a un juego donde todos ganan y nadie pierde demasiado: cada uno sigue su propio interés sin pensar en el otro. Para Marruecos, lo esencial es la cuestión de su “unidad territorial”, mientras que Argelia “pesa” por el impulso energético y comercial. Argentina y Brasil se mueven por los atractivos económicos y éste último también busca apoyo a su puesto permanente en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas.

En Cuba, México y Venezuela, aún se mantienen las razones dogmáticas. Tras las modificaciones al modelo neoliberal en gran parte de los países latinoamericanos, las vinculaciones con el espacio magrebí se refundaron con creciente dinamismo, afirmando los logros alcanzados en materia comercial y política en un plano de asociación fundamentado en las instancias de la cooperación Sur-Sur. Esta confianza y afinidad ganadas paso a paso y atravesando diferentes diseños de política exterior, indican la productividad de las iniciativas de colaboración entre los países del Sur, junto a la flexibilidad y amplitud de sus proyecciones.

Antecedentes

Los lazos entre América Latina y el Magreb se remontan a fines del siglo XIX, cuando los intereses en la región estuvieron representados por España, aunque existían algunas representaciones consulares propias en Argel, Orán, Tánger y Rabat. Durante la etapa del Protectorado en Marruecos y hasta la independencia, las vinculaciones estuvieron bajo la mediación de las potencias coloniales, Francia y España, de forma similar a lo que sucedía con el resto del continente africano.

En este marco, el comercio era de tipo triangular –Argentina-metrópolis-colonias– y no se destacó por su importancia. A partir de la emancipación, se iniciaron relaciones diplomáticas formales entre ambos espacios, aunque los lazos fueron débiles, ya que las jóvenes naciones magrebíes tenían como prioridad de su agenda a las antiguas potencias coloniales, a las dos superpotencias y a los nuevos países del Tercer Mundo con los que compartía el destino descolonizador. Hubo momentos de mayor acercamiento, que coincidieron con circunstancias especiales en el escenario internacional, como la crisis del petróleo en 1973.

También influyó la alternancia en Latinoamérica de regímenes civiles y militares: en general, los gobiernos democráticos mostraron una mayor sensibilidad hacia los países en desarrollo, con los que se compartían intereses y desafíos. A partir de la década de los noventa se evidenció un notable incremento en las vinculaciones con el Magreb, con resultados concretos en el campo de las relaciones políticas, comerciales y culturales: acuerdos comerciales, cooperación científica, técnica y tecnológica; visitas oficiales; establecimiento de comisiones mixtas; aumento de la dinámica comercial, etcétera.