Las joyas, exponente de la cultura amazigh

Las joyas, uno de los elementos de la cultura bereber que permiten conocer los rasgos culturales y sociales de los amazighs.

Josep Giralt, director de actividades culturales del IEMed, Barcelona

La joya, máximo exponente de la cultura bereber, es uno de los elementos que permite conocer mejor los rasgos culturales, antropológicos y sociales de los amazighs. La joya bereber va más allá de su valor puramente estético y permite mostrar el entorno geográfico, los rituales y los vínculos sociales, las creencias y la relación entre simbología y naturaleza y, en definitiva, la relevancia que la mujer, principal portadora de este valioso patrimonio, tiene en el mundo amazigh. Amazigh significa “hombre libre”, “noble”. Es el nombre con que se conoce a uno de los grupos étnicos más numerosos del norte de África y al que la historiografía se ha referido como bereberes. Actualmente los grupos amazighs más numerosos se hallan en Marruecos y Argelia.

En Marruecos hay un censo próximo a los 12 millones de personas (Rif, Atlas Medio, Alto Atlas, Antiatlas y Sus), mientras que en Argelia son más de seis millones (sobre todo en la Cabilia, el Aurès y el Mzab). Un segundo grupo bereber lo constituyen los tuaregs, cerca de un millón de personas que habitan en diversos países de la zona saharo-saheliana (Níger, Malí, Argelia, Libia, Burkina Faso y Nigeria). El resto de la población amazigh, unos cuantos miles de personas, se encuentra en Túnez (la isla de Yerba y la región de Matmata-Tatauin), Libia (entre el Yebel Nefussa y el oasis de Gadames) y en Egipto (oasis de Siwa).

El mundo amazigh es complejo y rico. La representación natural y simbólica se expresa en la cerámica, los diseños de las alfombras y los tapices, el tatuaje con henna y, también, en la joyería. Buena parte de las decoraciones florales, vegetales, geométricas o animales tienen una función protectora. El hecho de que en la joya bereber sea tan importante la función como el valor estético y simbólico, es un factor expresado y sabido tanto por hombres como por mujeres.

Este conocimiento que, en apariencia y en el caso de la joyería, está únicamente en manos de los hombres –porque son ellos los que se dedican a esta clase de artesanía– es compartido por las mujeres, pues buena parte de los objetos cotidianos (alfarería, alfombras, tapices) los elaboran ellas y recrean las mismas representaciones simbólicas. Los joyeros combinan la estética de sus diseños con el mundo de la representación y las creencias. Esta confluencia entre hombres y mujeres en el mundo simbólico se expresa también, en un sentido más amplio, en el mundo cotidiano de los amazighs.

Joyas, riqueza de las mujeres

Las joyas son siempre propiedad de las mujeres y pasan en herencia de madres a hijas. Las mujeres amazighs las reciben de manos de los maridos o de los suegros cuando se casan. Se trata de una costumbre establecida desde la islamización de la zona: sin dote no hay matrimonio. Para ellas representan la independencia económica en caso de problemas o desacuerdo con el cónyuge. La cantidad y la calidad de las joyas variará según sea el pacto familiar y, sobre todo, según sea la situación familiar de los dos contrayentes.

Así, un hombre que quiera a una mujer procedente de una familia con muchos recursos tendrá que aportar una dote muy elevada expresada en joyas y, si hace falta, también en dinero o especias. Si sucediera lo contrario, entonces la mujer recibiría un menor número de joyas de calidad inferior. La mayoría de las mujeres bereberes no luce las joyas fuera de acontecimientos familiares o festivos. Sin embargo todavía hoy, en algunos lugares del mundo rural, las mujeres desarrollan sus actividades cotidianas sin separarse de sus pulseras, collares y joyas de fiesta, cosa curiosa porque, a veces, van engalanadas con maravillosas joyas esmaltadas y enormes piezas de ámbar. Las joyas, igual que los vestidos, identifican a los miembros de una misma tribu, de manera que materiales y decoraciones informan tanto del origen como de la pertenencia. Es fácil, por tanto, determinar el origen tribal y geográfico de las mujeres que las usan.

Jardines secretos. La naturaleza imaginada

Buena parte de las formas y los motivos decorativos que se han utilizado en joyería presentan muchas similitudes a pesar de la distancia y de la diversidad geográfica de los distintos grupos amazighs (montañas, llanuras, oasis, desiertos, ciudades). En primer lugar, porque algunos motivos vegetales y geométricos que utilizan son pervivencias y recreaciones de su entorno real o utópico. Esta perspectiva, que incluye la naturaleza imaginada, explica unas decoraciones florales que difícilmente se encuentran en su entorno geográfico (sobre todo entre los que habitan las zonas más desérticas).

En segundo lugar porque algunas decoraciones empleadas son recreaciones de la escritura líbicobereber, del tifinagh: las líneas de rasgos perpendiculares, los puntos y, también, los triángulos. El grafismo ha inspirado numerosas decoraciones amazighs. Los significados de las simbologías y representaciones florales, animales y geométricas son muy variadas. En cuanto a los motivos animales destacan el pájaro, la tortuga, la serpiente, el lagarto y el pez. El pájaro recuerda la naturaleza, es el mensajero de las buenas noticias y aporta fecundidad y riqueza. Las tortugas alejan la mala suerte y son símbolo de fecundidad. La serpiente protege los cereales y preserva las fuentes de agua.

El lagarto salvaguarda de las enfermedades y conjura el mal de ojo. Los peces garantizan la fertilidad de la mujer. También tienen un importante simbolismo la mano, la lámpara de aceite, la cruz, el disco, el círculo, la rueda, la daga y el fusil, motivos cargados de poder mágico y guerrero. Por ejemplo, las cruces repelen las miradas envidiosas y las dispersan a los cuatro vientos. El disco, el círculo y la rueda remiten a los antiguos ritos solares y lunares de los bereberes. De hecho, el círculo inacabado de los pendientes de aro tuaregs simboliza el recorrido cíclico de los nómadas y el periodo intermedio que anuncia la nueva partida. La daga y el fusil apelan a la defensa contra los enemigos.

Algunos elementos decorativos provienen del repertorio judío: estrella de David, candelabros, así como algunas composiciones geométricas. No hay que olvidar que gran parte de los joyeros, tanto marroquíes como tunecinos, provenían de familias judías originarias de España y que se instalaron en el norte de África a raíz de su expulsión en 1492. En esta región, el islam se expresa de dos maneras diferentes: coexisten un islam oficial o escriturario, centrado en el Corán y las mezquitas, y un islam informal o popular, expresado con la peregrinación a la tumba de un santo (moussem) y el culto a los santos.

Ambos se expresan tanto en ámbitos urbanos como rurales. Al mismo tiempo que el islam se abría camino en la vida cotidiana de los bereberes, algunas prácticas superaban esta expresión monoteísta para sumergirse en el mundo de las creencias. Son muchas las mujeres que utilizan amuletos para protegerse, tanto ellas como sus familias y sus hijos. Esta práctica demuestra la simbiosis que se produce en la vida diaria de muchos amazighs. La expresión del sentimiento religioso y de la fe se aprecia, por un lado, en la existencia de numerosos pequeños portacoranes que forman parte de fíbulas y collares y que nos hablan de la fe musulmana. Por el contrario, las joyas están llenas de amuletos de toda clase y de todo tipo de formas y representaciones con las cuales se presenta un credo, mezcla de convicciones.

Y es que la islamización del norte de África no siempre implicó la desaparición de las creencias y los ritos previos a la llegada de los árabes. Muchas joyas alejan enfermedades o conservan el amor del marido. De hecho, con sus decoraciones y sus motivos centrales, las joyas evocan las creencias de los bereberes, muchas de las cuales no pudo borrar la islamización. La mano de Fátima es un amuleto que utilizan tanto los árabes como los bereberes, cuyo origen es bastante controvertido.

Se identifica como “mano”, entendida como un símbolo de protección que materializa las ideas con su actividad y que representa la autoridad y la dominación, y como el número “cinco”, ya que tiene siempre la particularidad de estar formada por los cinco dedos de la mano. El “cinco” es una representación simbólica del cuerpo humano, un símbolo del universo con dos ejes que pasan por el mismo centro, y un símbolo de orden y perfección que, en definitiva, reúne los cinco sentidos, las cinco formas sensibles de la materia.

Entre la tradición y la modernidad

La joyería bereber muestra cierta homogeneidad en cuanto a los materiales y técnicas utilizadas en todo el ámbito geográfico. Destaca el uso de la plata (a veces dorada artificialmente), el coral y el ámbar. Los tres materiales son considerados benefactores y protectores. Cabe mencionar también el uso excepcional del cobre y el latón (por ejemplo, en Marruecos) y la sustitución progresiva de piedras semipreciosas como las cornalinas tuaregs de color rojo por vidrios de colores (de hecho, algunos grupos siempre los habían empleado en sus decoraciones).

En cuanto al oro, es un metal que los árabes han utilizado de manera generalizada, pero no los bereberes. Sin embargo, algunos grupos amazighs muy localizados han recreado en oro piezas que en otras regiones siempre se han ejecutado en plata. Este uso se localiza en lugares como la Pequeña Cabilia y el Mzab argelinos, la isla de Yerba en Túnez y algunos lugares de Libia, como el oasis de Gadames. Probablemente el control por parte de grupos amazighs de las rutas caravaneras que desde Tombuctú cruzaban hacia Tamanraset y llegaban hasta el norte de Argelia y Túnez pasando por Gardaia (capital de Mzab) y la región del Aures, sea la causa de la existencia de joyas en oro en estas zonas.

Tradicionalmente ésta ha sido una de las rutas por donde llegaba el oro del Sahel al Mediterráneo. En cuanto a las técnicas utilizadas por los joyeros, habría que destacar el recorte de láminas delgadas; el molde (incluida la fundición a la cera perdida); la filigrana; los esmaltes tabicados; el nielado; el cincelado y el repujado; el craquelado de las planchas y la incrustación. Desde mediados del siglo pasado han empezado a producirse algunos cambios que no sólo afectan a los materiales sino también al diseño de los modelos tradicionales.

Por un lado, la dificultad y coste de los materiales típicos (plata, ámbar y coral) han hecho que se empiecen a utilizar aleaciones de baja calidad y se sustituyan las piedras semipreciosas por vidrios de colores e incluso materiales plásticos. Además la plata ha ido perdiendo valor en favor del oro. Algunas familias establecidas en ciudades empezaron a añadir monedas de oro a los collares y fíbulas. Incluso se fundía la plata de las antiguas joyas para realizar piezas nuevas o añadidos de tipos más innovadores sobre los modelos tradicionales que anuncian un cambio de demanda claramente influida por las modas árabes.

A todo ello hay que añadir el “descubrimiento” por parte de Occidente de la joya amazigh y el gusto por lo étnico. Este fenómeno ha generado una creciente actividad artesanal dirigida al consumo externo, materializado en el norte de África a través del turismo y, en Occidente, a través de la exportación comercial. Empieza así una cadena cuyo último eslabón es la llegada de estos productos a las tiendas occidentales, donde son cada vez más apreciados.

Además de los modelos tradicionales, se encuentran nuevas concepciones y reinterpretaciones de éstos, así como la incorporación de avances técnicos en los procesos de fabricación. Las transformaciones no llegan a todas partes y, probablemente, siempre quedarán lugares donde se seguirán elaborando las joyas con los materiales y las formas, las técnicas y las decoraciones características de los amazighs.