Coedición con Estudios de Política Exterior
Ideas políticas

La rivalidad Argelia-Marruecos en un escenario en transformación

Miguel Hernando de Larramendi Laurence Thieux
Catedrático de Estudios Árabes e Islámicos, Universidad de Castilla-La Mancha Doctora en Estudios Árabes e Islámicos por la Universidad Autónoma de Madrid.
El Ministro de Justicia de Argelia, Abdul Rashid Tabbi (I), entrega la carta de invitación del Presidente de Argelia, Abdelmadjid Tebboune, para Mohammed VI de Marruecos, al Ministro de Relaciones Exteriores de Marruecos, Nasser Bourita (D), en Rabat, Marruecos, el 27 de septiembre de 2022. ( Foto del Ministerio de Relaciones Exteriores de Marruecos / Handout / Agencia Anadolu a través de Getty Images)

Las relaciones argelino-marroquíes están marcadas desde las independencias por un patrón de rivali­dad. La articulación de las relaciones bilaterales como un juego de suma cero vinculado a la lucha por la he­gemonía regional no ha impedido que los momentos de enfrentamientos directos, como el de la guerra de las Arenas en 1963, o de ruptura de relaciones diplomáti­cas entre 1976 y 1988 a causa del Sáhara Occidental, se hayan combinado con momentos de distensión.

El incentivo para la distensión ha sido mayor cuan­do ambos regímenes han compartido un sentimiento de vulnerabilidad. Así sucedió, por ejemplo, a finales de los años ochenta cuando la crisis de legitimidad en Argelia, acentuada por la brusca caída del precio de los hidrocarburos (revueltas de octubre de 1988) y el temor de Marruecos a los efectos que la adhesión de España y Portugal a la CEE pudiera tener sobre su economía, impulsaron el deshielo de unas relaciones hipotecadas por diferencias ideológicas, contenciosos fronterizos y por el conflicto del Sáhara Occidental. Solo en ese con­texto de reconciliación bilateral pudo crearse en 1989 la Unión del Magreb Árabe, presentada como una apuesta por la integración regional frente a los desafíos plantea­dos por la globalización. El clima de distensión bilateral de principios de los años noventa también facilitó que la ONU pusiera en marcha el Plan de Arreglo para el Sáhara Occidental que preveía la celebración de un re­feréndum de autodeterminación a principios de 1992.

Por el contrario cuando la percepción de vulnerabili­dad ha sido asimétrica, la rivalidad ha tendido a reforzar­se. Así sucedió en enero de 1992 cuando la suspensión de las elecciones legislativas, que previsiblemente iban a dar la victoria al Frente Islámico de Salvación (FIS), desen­cadenó una cruenta guerra civil en Argelia (1992-1997) que sumió al país en un “embargo moral internacional”. El temor a que Marruecos pudiera utilizar la debilidad del régimen argelino para legitimar internacionalmente su control sobre el Sáhara Occidental reactivó la tensión bilateral. El aumento de la desconfianza fue in crescendo con el intercambio de acusaciones recíprocas sobre inje­rencias en los asuntos internos lo que, en 1994, provocó el establecimiento de visados y el cierre de la frontera te­rrestre como respuesta argelina a las acusaciones marro­quíes de su presunta implicación en el ataque terrorista en el hotel Atlas Asni, en Marraquech, llevado a cabo por ciudadanos franceses de origen argelino.

La oleada de protestas antiautoritarias que en 2011 derrocó a Zine El Abidine Ben Ali, Hosni Mubarak y Muamar Gadafi, impulsó una efímera “detente defen­siva” ante unas movilizaciones percibidas por ambos regímenes como un riesgo compartido. El desencade­namiento del Hirak en Argelia en febrero de 2019, sin embargo, reforzó una percepción asimétrica de vulne­rabilidad, impulsando una rivalidad que, desde el acci­dente cardiovascular del presidente Abdelaziz Buteflika en 2013, se había extendido al espacio africano.

De la tensión bilateral a la ruptura de relaciones diplomáticas

En el Sáhara Occidental, el sentimiento de fortaleza marroquí respecto a su vecino argelino se ha tradu­ cido desde 2020 en una política más asertiva sobre el terreno. En noviembre de ese año, el ejército rompió el alto el fuego en vigor desde 1991 y desalojó por la fuer­za una sentada de civiles saharauis en Guerguerat que bloqueaba la conexión terrestre y comercial con Mauri­tania y África occidental. Aunque Rabat ha minimizado el impacto del anuncio de ruptura del alto el fuego con el que el Frente Polisario respondió al uso de la fuerza en el desalojo, Marruecos ha sido acusado por el Frente Polisario de utilizar drones contra su responsable de se­guridad y contra un convoy de camiones argelinos que, en su ruta de regreso desde Mauritania, circulaba por Bir Lehlou, en la zona del Sáhara Occidental liberado.

En el ámbito diplomático, Marruecos retomó la ini­ciativa para tratar de reforzar simbólicamente el respaldo internacional a su soberanía sobre el Sáhara Occidental, impulsando la apertura de consulados en El Aaiún y Da­jla por parte de 26 Estados, en su mayor parte africanos. La percepción de que la correlación de fuerzas le favore­cía se vio reforzada en diciembre de 2020 con el acuerdo transaccional alcanzado con el presidente Trump por el que Rabat normalizaba sus relaciones con Israel a cam­bio del reconocimiento estadounidense de su soberanía sobre el Sáhara Occidental. Este éxito diplomático ha in­centivado la asertividad de Rabat, forzando crisis diplo­máticas con Alemania y España para conseguir un res­paldo explícito a la solución autonómica defendida desde 2007 por Marruecos como alternativa a la celebración de un referéndum de autodeterminación.

El estrechamiento de lazos entre Marruecos e Israel es otra fuente que alimenta la tensión en las relaciones bilaterales, al introducir una fuerza militar externa en la región. Para Argel, la cooperación en el ámbito militar y en el de la inteligencia sitúa al enemigo israelí en el Magreb. La incorporación de Marruecos a los Acuerdos de Abraham y la intensificación de su cooperación con Israel en cuestiones de seguridad son percibidas por Ar­gelia como una amenaza que acerca al “enemigo sionis­ta” a su frontera, en un contexto de fragilidad interna del régimen argelino. Las críticas argelinas al papel jugado por Abu Dabi en el proceso normalizador con Israel ali­mentaron también las tensiones con Emiratos Árabes Unidos, primer país árabe que abrió un consulado en El Aaiún en noviembre de 2020 y que cuestiona el alinea­miento de Argel con Turquía en el dossier libio. Aunque la emergencia sanitaria provocada por la pandemia ha­bía ayudado a desactivar las movilizaciones del Hirak, la legitimidad del régimen seguía amenazada por el dete­rioro de la situación socioeconómica (caída de ingresos procedentes de la exportaciones de hidrocarburos y re­ducción de las reservas de divisas) y por un presidente elegido con una elevada abstención. Desde su llegada a la presidencia en diciembre de 2019, Abdelmayid Te­bún ha apostado por revitalizar la diplomacia argelina como instrumento de legitimación interna, intentando recuperar el espacio cedido a Marruecos en el entorno regional. Esta voluntad de retorno y recuperación de influencia en la esfera africana se ve facilitada por la eliminación de algunas de las restricciones al envío de tropas al exterior recogida en la Constitución de 2020.

Con el cierre del gasoducto Magreb-Europa, Argelia puso fin a la principal iniciativa de cooperación bilateral existente entre los dos países

El deterioro bilateral escaló a ruptura diplomática en el verano de 2021. El desencadenante fue la percepción del régimen argelino de que Marruecos había cruzado una línea roja al intentar aprovechar su debilidad para interferir en sus asuntos internos. La nota distribuida en julio de ese año por el embajador marroquí en la ONU a los miembros del Movimiento de los Países No Alinea­dos, en la que se afirmaba que “el valiente pueblo cabilio merecía más que ningún otro disfrutar de su derecho a la libre autodeterminación” parece ser el detonante directo de la respuesta argelina llamando a consultas a su emba­jador en Rabat. Las revelaciones de Forbidden Stories sobre la utilización por parte de Marruecos del softwa­re israelí Pegasus para espiar 6.000 teléfonos de la elite política argelina alimentaron la tensión. Argelia acusó a Marruecos e Israel de estar detrás de los devastado­res incendios que asolaron la Cabilia a través del apoyo que habrían prestado al Movimiento para la Autode­terminación de la Cabilia (MAK), catalogado por Argel como organización terrorista. Estas “acciones hostiles”, en palabras del ministro argelino de Asuntos Exteriores, Ramtane Lamamra, unidas a una larga lista de agravios que incluye las víctimas argelinas de la guerra de las Are­nas, la delimitación de la frontera común o la cuestión del Sáhara Occidental justificaron a finales de agosto la decisión argelina de romper las relaciones diplomáticas. En septiembre, Argelia cerró su espacio aéreo a todos los aviones civiles, militares o registrados en Marruecos. Un mes más tarde, la empresa pública Sonatrach rescindió el contrato para que el gas exportado a España pudiera circular a través del gasoducto Magreb-Europa (GME). Con esa decisión, Argelia puso fin a la principal iniciativa de cooperación bilateral existente entre los dos países, ideada a mediados de los años noventa como un proyecto que podía contribuir a tejer un entramado de intereses compartidos que facilitara la interdependencia y ayuda­ra a limitar la conflictividad bilateral. Desde su puesta en marcha en 1996, Marruecos se ha beneficiado de un canon en especie en concepto de derechos de tránsito por los 540 kilómetros del gasoducto que discurren por su territorio. El gas natural recibido era utilizado por Rabat para alimentar dos centrales de ciclo combinado en las que se generaba el 10% de la energía consumida en el país. Tras el giro español en la cuestión del Sáhara Occidental en marzo de 2022, considerando la autono­mía como la propuesta “más seria, realista y creíble” para resolver el conflicto, Argelia ha amenazado a España con represalias si la infraestructura era utilizada en sentido inverso para enviar una sola molécula de gas argelino a Marruecos.

El incremento de la tensión bilateral es visible también en la voluntad de ambas partes por mostrar ‘músculo militar’

El incremento de la tensión bilateral es visible tam­bién en la voluntad de ambas partes por mostrar “mús­culo militar”. Marruecos ha creado una tercera región militar a lo largo de su frontera oriental con Argelia, ha continuado participando junto a otros países de la región en las maniobras militares «Africa Lion», organizadas por Estados Unidos a través de Africom, sin conseguir que la administración Biden incluyera en las mismas el territorio del Sáhara Occidental, y ha incrementado su arsenal militar. Argelia no se ha quedado atrás y ha or­ganizado maniobras militares en la región de Tinduf en donde se ubican los campamentos de refugiados saha­rauis, ejercicios militares conjuntos con Rusia y China y, sobre todo, prevé incrementar de forma exponencial su presupuesto militar hasta los 22.000 millones de dóla­res en 2023, duplicando el del año anterior.

Gasto militar en Marruecos y Argelia en millones de dólares constantes (2020), 2011-2021

Fuente: datos del SIPRI. Gráfico: Adriana Exeni

La arena Africana

El aumento de la inestabilidad en el Sahel tras la caída de Gadafi en 2011 y la intervención francesa en Malí han convertido esta región en un nuevo espacio de la competición bilateral. Para ganar influencia, ambos países han rivalizado promoviendo iniciativas concu­rrentes de mediación, presentándose como proveedo­res de estabilidad y seguridad en una región percibida cada vez más por la Unión Europea como su nueva frontera de seguridad. Con el argumento geográfico de que Marruecos no tiene frontera directa con los países del Sahel, Argelia lo ha excluido de iniciativas de segu­ridad regional como el Centro Africano de Estudio e Investigación sobre terrorismo (CAERT) o el Comité de Estado Mayor Operacional Conjunto (CEMOC). Por su parte, Marruecos, miembro desde 2001 de la Comunidad de Estados Sahelo-Saharianos (CEN-SAD), trata de reactivar esta organización impulsada por Gadafi en 1998 de la que no forma parte Argelia. Aunque la reluctancia a implicarse militarmente fue­ra de sus fronteras, desoyendo las peticiones de Malí y Níger, mantuvo a Argelia al margen del G-5 creado en 2014 por Burkina Faso, Chad, Malí, Mauritania y Níger, la retirada de las tropas francesas de Malí en 2022 es percibida por Argel como una oportunidad para recuperar influencia en las cuestiones de seguri­dad regional a través de la revitalización del CEMOC, reunido de nuevo en Argel en octubre de 2022.

Desde que Rabat abandonó la política de la silla va­cía y se incorporó en 2017 a la Unión Africana (UA), la organización panafricana de la que también es miembro la República Árabe Saharaui Democrática (RASD), se ha convertido en otro terreno de batalla. La participa­ción en el Consejo de Paz y Seguridad (CPS), órgano de resolución de conflictos de la UA en el que se abor­da la cuestión del Sáhara Occidental, ha sido objetivo prioritario de la diplomacia marroquí, en un intento de neutralizar la influencia de Argelia y conseguir que el dossier siga en manos del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Tras su reincorporación a la organi­zación panafricana, Marruecos consiguió ser elegido miembro del CPS entre 2018 y 2020 y ha vuelto a ser elegido en 2022 en representación, junto a Túnez, de los países de África del Norte.

La concesión a Israel de un estatuto de observador en la UA, similar al que tiene la Autoridad Nacional Pa­lestina desde 2013, ha sido otra cuestión de discrepan­cia. Mientras que Marruecos apoyó esta decisión adop­tada en julio de 2021 por el presidente de la Comisión, Musa Faki Mohamed, Argelia se opuso. La desconfianza provocada por la intensificación de la cooperación mili­tar y de seguridad entre Marruecos e Israel, impulsaron a la diplomacia argelina a promover una campaña en la UA para impedirlo, consiguiendo que la decisión fuera suspendida en febrero de 2022.

La rivalidad argelino-marroquí se extiende también a otros ámbitos dentro del continente africano hacia el que Marruecos ha desplegado durante la última década una activa campaña apoyada en las giras realizadas por Mohamed VI, en la diplomacia religiosa y en el aumento de las inversiones. En este marco se inscribe su solicitud de admisión en organizaciones regionales como la Co­munidad Económica de Estados del África Occidental (CEDEAO) de la que forman parte países como Nige­ria, tradicionalmente alineados con Argelia. La lógica de competición articula también dos megaproyectos concurrentes con los que Marruecos y Argelia buscan consolidar su influencia en África y Europa, convirtién­dose en puntos de tránsito del gas nigeriano con destino al Norte de África y Europa. Proyectos cuya importan­cia se ha visto reforzada tras la invasión rusa de Ucrania en febrero de 2022 y la necesidad europea de eman­ciparse del gas ruso. Frente al proyecto de gasoducto transahariano que transportaría el gas nigeriano hasta Argelia atravesando Níger, Rabat impulsa desde 2016 la idea de un gasoducto alternativo que recorrería, a través del Atlántico, 11 países de África occidental antes de lle­gar a Marruecos.

La arena Magrebí

La ruptura de relaciones diplomáticas entre Argelia y Marruecos también ha reforzado la competición de ambos países en el espacio magrebí, y ha reactivado una lógica de ejes que ya existió en la región durante los años ochenta, cuando Argelia firmó con Túnez y Mauritania un Tratado de Fraternidad y Concordia que fue respon­dido por Marruecos con la firma del Tratado de Unión Árabo-Africano con Libia.

La invitación y acogida oficial dispensada al secreta­rio general del Frente Polisario, Brahim Ghali, con mo­tivo de su desplazamiento a Túnez a finales de agosto de 2022 para participar en la VIII Cumbre Japón-África (TICAD), ha desencadenado una crisis diplomática en­tre Marruecos y Túnez solo unos días después de que Mohamed VI reiterara en su discurso del 20 de agos­to su rechazo a la noción de neutralidad en la cuestión del Sáhara, “prisma a través del cual Marruecos ve su entorno internacional”, y a la que quedan supeditadas sus relaciones diplomáticas. Rabat anuló su participa­ción en la cumbre y llamó a consultas a su embajador, lo que provocó una medida similar por parte de Túnez. La decisión de otorgar un recibimiento de jefe de Estado a Brahim Ghali a pesar de que Túnez no reconoce a la RASD, al igual que su abstención en la aprobación de la resolución del Consejo de Seguridad sobre el Sáhara Occidental en octubre de 2021, han sido interpretadas por Marruecos como el resultado de la presión argelina sobre el presidente tunecino, Kais Said, en un contex­to de fragilidad económica y política del país. Aislado regional e internacionalmente, Said cuenta con Arge­lia para cubrir dos tercios de su consumo de gas, con su cooperación securitaria para el control de los 1.200 kilómetros de fronteras comunes y, sobre todo, con el alivio de su ayuda económica y financiera mientras con­cluyen las negociaciones con el Fondo Monetario Inter­nacional que le permitan desbloquear el acceso a nueva financiación internacional en un contexto de deterioro de la situación socioeconómica, agravado por la guerra de Ucrania.

La voluntad tanto de Argelia como de Marruecos de fortalecer las relaciones con Mauritania se inscribe también en la reactivación de la lógica de ejes. Con la visita de tres días del presidente mauritano, Mohamed Uld Ghazuani, en diciembre de 2021, Argelia intentó dar un nuevo impulso a las relaciones comerciales bi­laterales tras la firma de un acuerdo de libre comercio fronterizo y el proyecto de mejorar las conexiones con una carretera que unirá Tinduf, en el Oeste de Argelia, y Zouerate, en el Norte de Mauritania. Para Marruecos, el eje de conexión terrestre con Mauritania es un fac­tor clave tanto para sus proyectos de expansión de las relaciones comerciales con el resto del continente afri­cano, como para apuntalar su posición sobre el Sáhara Occidental.

Más allá del ámbito diplomático, la rivalidad bilate­ral se manifiesta también en la reivindicación de sím­bolos y referentes culturales y religiosos con dimensión magrebí. Ambos países reivindican como propia la co­fradía religiosa Tiyaniya, muy bien implantada en Áfri­ca occidental. Argelia intentó en 2016 que la Unesco re­conociera como patrimonio mundial de la humanidad la música ray presentada “como una canto popular ar­gelino”. También compiten en reclamar como parte del patrimonio nacional el zellige o azulejos magrebíes. La disputa por los símbolos culturales incluso afectó a la paternidad del cuscús, aunque en este caso ambos paí­ses, junto a Mauritania y Túnez, acabaron depositando un dossier conjunto ante la Unesco para su declaración como patrimonio culinario universal.

La evolución del patrón de rivalidad entre Marrue­cos y Argelia en un escenario internacional marcado por la invasión rusa de Ucrania y un escenario regional convulso por la permanencia de los conflictos de Libia y Malí es incierta. Aprovechando la coyuntura alcista en el precio de los hidrocarburos, Argelia, cortejada por los países europeos por su condición de proveedor de gas natural y por su capacidad de ocupar el vacío de segu­ridad dejado por Francia en el Sahel, intenta recuperar el terreno perdido en el ámbito diplomático. Frente a la decisión de Marruecos de normalizar sus relaciones con Israel y su disponibilidad para participar en el Foro Néguev con el que Tel Aviv quiere dotar a los Acuerdos de Abraham de un marco institucionalizado de coo­peración, Argelia se presenta en la arena árabe como defensor de la causa palestina, asumiendo el rol de mediador entre las diferentes facciones palestinas que alcanzaron un acuerdo de reconciliación en Argel en octubre de 2022, pocas semanas antes de la celebración de una cumbre de la Liga Árabe en la capital argelina./

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