Irrupción del salafismo en la política

En Túnez los salafistas mantienen el activismo radical violento; en Egipto se debaten entre integrarse en el islamismo del sistema o la independencia opositora.

Luz Gómez

Que el salafismo ha irrumpido en política no es una afirmación banal, en la medida en que históricamente ha hecho gala de desasimiento político. Su irrupción, vocablo que define mejor lo sucedido que el más inocuo “entrada”, materializa dos realidades estrechamente relacionadas: la diversidad de la oferta política islámica y la emergencia de una nueva cultura contestataria en las sociedades árabes. Ha sido el salafismo y no el islamismo tradicional, representado por los Hermanos Musulmanes, quien ha inaugurado el paradigma posrevolucionario árabe. Y lo está protagonizando por encima incluso de las previsiones de sus seguidores, hasta el punto de que, en buena medida, el futuro más inmediato de la política egipcia o tunecina depende de su concurso.

El salafismo y la no política

Qué es el salafismo se contesta mejor en negativo, repasando lo que denuesta más que lo que defiende. Porque la proclama de volver a los orígenes, al modelo prístino de los primeros musulmanes (los salaf del nombre árabe que da lugar a esta corriente islámica), es ante todo una utopía compartida por las múltiples propuestas regeneracionistas de la historia del islam. A partir de este presupuesto, lo que distingue al conjunto de los movimientos que se proclaman salafistas es la virulencia de las acusaciones contra sus enemigos, entre los que se incluyen los salafistas de tendencia diferente de la propia, y el recurso permanente al takfir, la acusación de infidelidad al islam.

El takfir salafista dirige su condena a cuatro ámbitos: la libertad individual, la igualdad civil, la separación de espacio público y privado y la pluralidad del islam. Así, el takfirismo se ha venido plasmando en batallas concretas de gran visibilidad: contra el atuendo supuestamente no islámico, como la no velación femenina o el afeitado masculino; contra la participación de las mujeres y los no musulmanes en la vida política; contra la no islamización del espacio público, que incluye la persecución de cualquier intercambio social entre sexos, el consumo de bebidas y alimentos haram o la cultura no religiosa; y contra las prácticas del islam popular, desde las visitas a los mausoleos a las celebraciones sufíes. Sin embargo, durante todo el siglo XX, el siglo de vida de las agrupaciones salafistas, nacidas en Egipto pero rápidamente reproducidas por todo el mundo islámico, la obsesión por la reislamización de la vida pública se ha mantenido al margen de la implicación en la vida política.

Buena parte de la fuerza del proselitismo salafista ha residido históricamente en su apelación al sentimiento, al corazón y no a la razón del buen musulmán, de modo que, en manos de líderes hábiles y con la conveniente financiación, la religión se convertía en una forma de control social. El miedo a la pérdida de la identidad islámica, siempre en peligro y siempre expresada en términos genéricos y de forma dialéctica –en un primer tiempo contra el poder colonial, en un segundo contra un Occidente nebuloso–, ha centrado su estrategia. Por el contrario, el islamismo gestado en el entorno de los Hermanos Musulmanes, tanto egipcios como árabes en general, incluido Ennahda tunecino, ha hecho de la religión una ideología alternativa al orden nacional establecido, no solo en lo social, sino también y sobre todo en lo político.

Esto no ha impedido que en Egipto y Túnez las agrupaciones salafistas hayan actuado de manera distinta hasta el estallido de las revueltas en 2011: con quietismo apolítico las egipcias; mediante el enfrentamiento violento pero sin alternativa política las tunecinas, lo cual determinará a la postre su relación con los regímenes posrevolucionarios. Desde la década de los setenta, las dos grandes agrupaciones salafistas egipcias, Ansar al Sunna al Muhammadiya y Al Dawa al Salafiya, basaron su estrategia en el control de la predicación a través de la expansión de su red de mezquitas y en la búsqueda de fórmulas doctrinales que no les enfrentaran con el gobernante. Si bien los líderes de Ansar abogaron insistentemente por la no interferencia en el gobierno, los de Al Dawa sostenían que aunque el gobernante era impío, no se le podía combatir, porque no había llegado el tiempo de hacer la yihad con la espada, sino con el corazón y la lengua, esto es, mediante la dawa, la predicación.

Esta connivencia de ambas agrupaciones con el régimen de Hosni Mubarak facilitó su expansión, pues su versión moral de la sharia hacía de contrapeso a la pujanza política de los Hermanos Musulmanes. Así, cuando en enero de 2011 las manifestaciones populares obligaron a sus líderes a una toma de posición, sus jeques más emblemáticos, Rashad al Shafii y Yasir al Burhami, respectivamente, llamaron a sus seguidores a quedarse en casa. Por el contrario, los salafistas tunecinos, peor implantados y con un largo pasado de represión bajo el régimen de Zine el Abidine Ben Ali, estuvieron desde el principio a la cabeza de la lucha callejera. Menos numerosos y organizados que sus correligionarios egipcios, supieron, sin embargo, hacerse con una cuota de visibilidad contestataria desde un primer momento: se sumaron al clima general de protesta y, durante la primera campaña electoral, acapararon el discurso sobre la reivindicación de la identidad islámica del país, enfrentándose abiertamente a las fuerzas laicistas. Éstas, a su vez, reaccionaron adoptando un discurso defensivo sobre su legitimidad islámica, que a la postre retroalimentó las pretensiones salafistas.

Egipto: quietistas contra políticos

A diferencia de Túnez, en Egipto salafistas de distinta procedencia crearon sus propios partidos políticos en la primavera-verano de 2011. Emad Abdel Ghafur, impulsor del partido Al Nur (“La Luz”), que había estado semiexiliado en Turquía, convenció a los líderes de Al Dawa de la necesidad de organizar un partido digno de tal nombre, tanto por su programa como por su estructura. Los resultados electorales sobrepasaron cualquier expectativa, propia y ajena. Al Nur se convirtió en la segunda fuerza política de Egipto, con 112 escaños, y en coalición con otros dos partidos salafistas –Al Asala (“Autenticidad”) y Al Biná wa-Tanmiya (“Construcción y Crecimiento”)– sumaron el 28% de los votos.

Pero con ello, los salafistas se vieron abocados a integrarse en la política, cuando lo que cuadraba a su historia y su organización eran precisamente las estrategias paralelas al sistema. Las tensiones entre el viejo salafismo quietista y el naciente salafismo político surgieron de inmediato: primero por la disciplina de partido, y luego por el tipo de relación que debían mantener con sus inmediatos rivales: los Hermanos Musulmanes y el salafismo populista que se nutre de la calle. Cuando, al calor de la revolución, se fundaron los partidos de orientación salafista, no se establecieron nexos estructurales entre ellos y las agrupaciones que los sustentaban, sino solo ideológicos y personales.

Las primeras disensiones surgieron ya por la elaboración de las listas electorales para las elecciones legislativas de 2011- 2012, pero fueron la campaña presidencial y los trabajos de la Asamblea Constituyente lo que fracturó la frágil alianza entre Al Nur y su agrupación nodriza, y desunió al propio partido. Oficialmente, su joven portavoz, Yusri Hammad, anunció que “Al Nur apoyaba a Abdel Moneim Abul Futuh”, el ex Hermano Musulmán que se presentaba como independiente, “por su proyecto nacional”. Pero se sabe que destacados miembros más vinculados a Al Dawa apoyaron a Ahmed Shafik, no por cuestiones ideológicas (en ningún momento de los intercambios de acusaciones se esgrimió la sharia como argumento), sino para posicionarse frente a la línea independiente del partido. Entre tanto, la candidatura del jeque Hazem Salah Abu Ismail, el carismático líder salafista de Tahrir que fue apartado de la carrera por la presidencia debido a la nacionalidad norteamericana de su madre, había puesto a todos en alerta. El salafismo político y el quietista, ambos temerosos de la popularidad y radicalismo de Abu Ismail, respiraron tranquilos cuando la Comisión Electoral dictaminó en contra de éste.

Las luchas intestinas por el control político del salafismo evidenciaron su intensidad cuando el pasado diciembre, Abdel Ghafur, y otros 22 exparlamentarios abandonaron Al Nur. Inmediatamente se anunció la creación de un nuevo partido, Al Watan (“La Patria”), llamativa denominación secular para un partido que se dice salafista. Los detalles que rodearon la presentación oficial de Al Watan son significativos: se eligió el 1 de enero y el salón de actos de la sede de la Universidad de Al Azhar, en Madinat Nasr, ciudad satélite de El Cairo, habitada por clases medias de voto independiente. En la retórica del acto, las referencias de soslayo a la sharia y a la pureza del ideario salafista contrastaron con los llamamientos de corte nacionalista: “Una patria libre y un pueblo con dignidad” fue el lema del nuevo partido. Pero, sobre todo, fue muy aclamada la intervención de Abu Ismail, que evidenció hasta qué punto es cortejado por todas las corrientes islamistas.

El salafismo y la revolución inacabada

El clima general de protesta popular que caracteriza el actual periodo de transición política en Egipto y en Túnez evidencia que una nueva cultura política contestataria ha tomado la calle, es más, que la protesta no solo es posible, sino legítima. El salafismo tunecino parece haber optado por mantener el activismo radical de corte violento prerrevolucionario y amenaza la transición. Abu Iyad, líder de Ansar al Sharía, pronosticaba la víspera de que fuera asesinado el líder opositor, Chokri Belaid, el “suicidio político” de Ennahda si cedía a las demandas del bloque secularista del gobierno, en lugar de crear un “bloque islamista”. El salafismo egipcio, por su parte, se debate entre la integración en el islamismo de sistema en curso y la independencia opositora en un marco democrático.

Por un lado, en busca de refuerzos para su modelo de transición acomodaticia, los Hermanos Musulmanes tratan de encontrar aliados en el resto de la esfera religiosa islámica, aunque ello suponga pretender conciliar a protagonistas tan dispares como la élite de Al Azhar, los grandes jeques sufíes y los líderes salafistas. La batalla con Al Azhar, con secuelas entre los guías de las cofradías sufíes, se libra a nivel institucional, por la independencia de las organizaciones y el control del Ministerio de Asuntos Religiosos. Al frente del Ministerio, tradicionalmente en manos de Al Azhar, el presidente, Mohamed Morsi, ha colocado a un predicador, Muhammad Yusri, conocido por su pasado de mediador entre los Hermanos Musulmanes y los líderes salafistas. Si bien ha concitado el rechazo frontal de la élite azharí, el nombramiento no ha sido mal recibido por los jeques de menor estatus, simpatizantes con el salafismo de Al Dawa. Por otra parte, el emergente salafismo político busca redefinirse.

Tras la fundación de Al Watan, Abdel Ghafur ha anunciado la formación de la Coalición Patria Libre, que aglutina a partidos islamistas con diversos referentes: los socialdemócratas de Al Amal Al Yadid (“Nuevo Laborismo”), los conservadores de Al Fadila (“La Virtud”) y la escisión neosalafista de Al Shaab (“El Pueblo”), y cuenta con el apoyo de Abu Ismail. Han quedado fuera los partidos salafistas de las primeras elecciones, a los que se tilda de sectarios y faltos de flexibilidad política, para encarar alianzas en torno al “proyecto islámico de reconstrucción del Estado”. La reacción de los Hermanos Musulmanes ha sido inmediata. En una de sus habituales maniobras políticas, el carismático Jairat al Shater ha avanzado que, ante las elecciones legislativas de esta primavera, están dispuestos a negociar en qué distritos se presenta el Partido Libertad y Justicia, para facilitar que salgan elegidos los candidatos salafistas y los de la Coalición. Pero estos cálculos políticos son ajenos a los usos de Abu Ismail, que cuenta con legalizar su propio partido antes de los comicios y presume de que su Facebook tiene casi un millón de seguidores.

A todo esto, Abdel Ghafur, al que Morsi nombró consejero presidencial, ha manifestado que la Coalición Patria Libre aspira a presentar candidatos en todas las circunscripciones. Mientras llegan las nuevas elecciones, la violencia en la calle se retroalimenta por la actuación policial, la parálisis política y la caída libre de la economía. Si bien la ruptura de la coalición salafista se ha consumado por sus propias contradicciones internas, la movilización popular contra Morsi también está empezando a hacer mella en lo que había sido el consenso intersalafista de apoyo al presidente. Al Nur ha amenazado con “bajar a la calle” si el Estado sigue cruzando lo que definen como “línea roja” de la represión. Para Yusri Hammad, ahora vicepresidente de Al Watan, hay que responder a los revolucionarios instigados por las televisiones por satélite, empeñadas en extender el caos por el país. La calle sigue siendo la protagonista y controlarla, el interés de todos.