¿Ha cumplido sus promesas la transición demográfica en el sur del Mediterráneo?

Youssef Courbage

Institut National d'Études Démographiques, París

Los países árabes y del conjunto de Oriente Próximo y Norte de África (MENA) recientemente se han visto afectados por transiciones demográficas y familiares que, en diversas medidas, han abarcado toda la región. El fenómeno descriptivo de esta transición resulta absolutamente fascinante y tiene sus raíces en la extensión de la educación. El incremento de la educación es hoy, y será en el futuro, un elemento de alteración social, especialmente cuando la juventud es dominante y va a seguir siéndolo en las décadas venideras. De ahí la agitación en los países árabes (pero también en Irán y en Turquía). Sin embargo, desde diciembre de 2010, el alcance de los acontecimientos ocurridos en el Norte de África y Oriente Próximo ha cogido a todo el mundo por sorpresa. Han pasado tres años desde que la chispa de Sidi Bouzid (diciembre de 2010) desencadenara el estallido de las denominadas «primaveras árabes». Hoy las valoraciones son muy diversas, y van desde el mayor de los entusiasmos hasta el rechazo hostil, pasando por el mero escepticismo. Nuestro propósito aquí no es valorar el resultado de esos acontecimientos, sino explicar su lógica a la luz de las transformaciones culturales, demográficas y familiares de estas sociedades.  


El proceso de múltiples transiciones acaecido en los países árabes fue desencadenado por el acceso a la educación, primero para los chicos y luego para las chicas. La mayoría de los jóvenes, en gran parte analfabetos hace solo unas décadas, ahora adquieren la alfabetización entre los 15 y los 24 años de edad, las edades de inicio del proceso de unión y reproducción, y de la turbulenta «prominencia juvenil».

Hace diez años, la educación primaria era la predominante en la mayoría de los países, con pocas desigualdades entre chicas y chicos. Desde entonces la situación ha mejorado, concretamente en aquellos países donde el analfabetismo era mayor. Además, la brecha de género en la educación ha disminuido, y en ocasiones incluso ha desaparecido. En Egipto, la proporción de mujeres jóvenes que saben leer y escribir ha pasado del 79 al 84% en cinco años. Eso no significa todavía una educación universal, pero la mejora es significativa. En Yemen, la proporción de mujeres jóvenes que saben leer y escribir es hoy del 74%. En solo una generación, la región ha pasado de tener una situación de analfabetismo en todo el conjunto de la sociedad a que este constituya un problema residual. Es esta una revolución copernicana que probablemente vendrá a socavar los fundamentos de las sociedades tradicionales, ya que el dominio de la lectura y, sobre todo, de la escritura constituye un gran paso para la individualización de los seres humanos y su adquisición de autonomía.

A raíz del progreso en la educación, la fertilidad ha sido el factor capital de transformación de la familia y la sociedad. Más que otros indicadores, los niveles y tendencias de la fertilidad sintetizan la mentalidad y los comportamientos de un gran grupo de individuos. Reflejan la psique y las actitudes colectivas con respecto a la modernización versus la tradición.

La mortalidad ha experimentado marcados cambios de nivel y estructura: la esperanza de vida ha pasado de 40 años en la década de 1950 a más de 75 en la actualidad. La importancia de la caída de las tasas de mortalidad va más allá de la mera demografía. Las poblaciones árabes suelen describirse como fatalistas, incluso por sí mismas. Una importante razón de esta percepción pesimista del mundo es el hecho de que estaban tan acostumbrados a la muerte que esta se convertía en un fenómeno banal. En consecuencia, la caída en la mortalidad es equiparable a una revolución mental que comporta la reconfiguración de la psique de las poblaciones, alejándola del fatalismo.

Aunque con un significativo retraso con respecto a Europa, la familia del sur del Mediterráneo ha adoptado rápidamente, no obstante, actitudes que en apariencia contradicen sus tradiciones más arraigadas: la prolongación de la fecha del matrimonio y la práctica extendida de la contracepción. Esto no puede inspirar más que optimismo, ya que muestra que estos países han dejado de sentirse abrumados por unas poblaciones cada vez mayores y no tardarán en cosechar los beneficios demográficos de la transición y probar que la modernización de la familia, medida a través de los indicadores demográficos, es un fenómeno irreversible.[1]

En consecuencia, el matrimonio ya no es una obligación sagrada y social. En la crucial categoría de edad de los 30-35 años muchos hombres y mujeres todavía permanecen solteros, a menudo por una opción personal. El aumento de la edad del matrimonio ha ido de la mano de la exogamia. La endogamia, el denominado «matrimonio árabe» que implicaba el cierre hermético de la familia extensa y la clausura en el seno de los grupos sociales, ha disminuido abruptamente. El cambio al matrimonio exogámico se traduce en un mayor potencial de apertura. La elección de un cónyuge fuera de la familia extensa estimula el surgimiento de ciudadanos de un estado-nación, en lugar de miembros de una tribu.

Las estructuras sociales y mentalidades patriarcales ya no se oponen a los cambios familiares y demográficos. En muchos países, si no en todos, las mujeres están convirtiéndose cada vez más en cabezas de familia, y ello por diversos motivos: la decisión de permanecer solteras y rechazar los matrimonios concertados; la creciente tasa de divorcio, cada vez más demandado por las mujeres; la viudedad (en disminución), y la emigración, ya sea interna o fuera del país.

La familia nuclear está reemplazando a la tradicional familia extensa, a veces con una estructura horizontal, pero casi siempre vertical, con grupos familiares de tres generaciones. La familia clásica nuclear de padre, madre e hijos se ha convertido en la norma, lo que no era el caso hace una generación. En las familias extensas verticales de antes de la transición demográfica, normalmente la autoridad era patrimonio exclusivo del varón de más edad; es decir, el menos culto y más conservador. En consecuencia, la estructura actual de la familia nuclear, consistente en una pareja y sus hijos (cada vez menos numerosos), favorece los valores igualitarios en la familia y, por ende, en la sociedad en su conjunto.

Estos procesos, desencadenados en Europa hace tres siglos, no tenían ninguna razón para detenerse a las puertas del mundo árabe. Su concentración en solo cuatro décadas es otro ejemplo más de la aceleración de la historia. Si las sociedades árabes se han adherido a las transiciones demográficas y familiares en todas sus fases, significa que están listas para el proceso de transición política.

No pueden darse transformaciones profundas a nivel individual y familiar sin una reorganización de las jerarquías establecidas. La autoridad parental absoluta del padre sobre su hijo y la difícil cohabitación de hijos cultos viviendo bajo el yugo de un padre analfabeto se han hecho cada vez menos aceptables. Por otra parte las mujeres, al llegar a tener el mismo nivel de educación, y a veces más, que sus maridos, se muestran cada vez menos partidarias de una sumisión pasiva a la voluntad de sus hombres. Lo mismo se aplica a la autoridad que tradicionalmente ejerce un hermano varón sobre sus hermanas.

Así se ha iniciado el inevitable cuestionamiento de la estructura familiar, antaño inmutable. Pero lo que está ocurriendo a nivel individual y familiar se extenderá, de manera no menos inevitable, al nivel social. Al fin y al cabo, la sociedad no es sino la proyección del nivel micro-familiar al nivel macro-social. Y el cuestionamiento de la autoridad nunca se detiene en el nivel micro. El hombre o mujer corriente que se atreve a cuestionar la autoridad del padre pronto saldrá a la calle para impugnar la legitimidad del «padre de la nación».

¿Cuál sería la perspectiva hoy? Transcurridos siete años desde 2007,[2] después de una visión optimista de la transición demográfica árabe y del sur del Mediterráneo, ¿todavía es posible expresar el mismo optimismo en vista de las actuales tendencias de fertilidad? ¿Hay inversiones, aumentos de la fertilidad tras un largo período de disminución de esta? ¿Son estas el reflejo de cambios conductuales de percepciones y actitudes?

En Egipto,[3] el mayor de los países árabes (85 millones de habitantes), la tasa de natalidad disminuyó hasta 2005. Más recientemente empezó a aumentar de nuevo, pasando del 25,5 al 32 por mil en 2012, un aumento del 25%, lo que implica una tasa de fertilidad total (TFT) actual de 3,49 frente al 3,36 de 2005.

En Argelia (40 millones de habitantes) la fertilidad también se incrementó regularmente, pasando de 2,40 en 2000 a 2,81 en 2008, 2,84 en 2009, 2,87 en 2010 y 2011, y superando el umbral de los 3 hijos en 2012, concretamente 3,02, lo que supone un aumento del 26% desde 2000.

Poco puede decirse sobre Sudán (TFT: 4,2-4,6) e Irak (3,6-4,3), donde los trastornos causados por las guerras han dejado su marca en el aparato estadístico. Las grandes variaciones en las estimaciones internacionales muestran cuán difícil resulta evaluar la fertilidad debido a la precariedad de su aparato estadístico.

Figura 1

El reciente incremento de la tasa bruta de natalidad en Egipto (por mil)

Fuente: Sitio web de la Agencia Central de Movilización Pública y Estadística (CAPMAS) de Egipto, y Kareem Fahim, «Egypt’s Birthrate Rises as Population Control Policies Vanish», The New York Times, 23 de mayo de 2013.

Figura 2

El reciente incremento de la tasa de fertilidad total en Argelia

Fuente: Sitio web de la Oficina Nacional de Estadísticas (ONS) de Argelia, 2013.

En cambio, en Marruecos, un estudio realizado en 2009/2010 mostraba la persistencia de la disminución de la fertilidad: 2,19 frente a la estimación de 2,43 en 2005. Sin embargo, la División de Población de la ONU y la Oficina de Referencia de la Población (PRB) inflan la fertilidad marroquí a 2,78 y 2,70 respectivamente. Solo la Oficina del Censo estadounidense sitúa la realidad de la disminución de la fertilidad en Marruecos en 2,19, lo que resulta coherente con las estadísticas nacionales, contrariamente a la División de Población y la PRB.

En Arabia Saudí, la TFT de la población autóctona, estimada en 3,3 en 2005, se vio confirmada en ese mismo valor en un estudio realizado en 2007. En Yemen, la estimación de 6,23 de 2005 resulta muy elevada; la cifra actual de la División de Población de la ONU, 4,15, parece más probable.

En cambio, Siria es un ejemplo de fertilidad decreciente: 3,50 en 2005 y 3,47 en 2009. En Túnez, las fuentes nacionales muestran un incremento de la fertilidad, de 2,02 en 2005 a 2,15 en 2011. En 2012 el número de nacimientos aumentó de 192.000 a 215.000, señalando así otro incremento de la tasa de natalidad, que pasó del 18,8 al 19,9 por mil, y un probable aumento de la fertilidad concomitante a 2,27. En Jordania, la fertilidad aumentó de 3,55 en 2005 a 3,85 en 2009.

En el Líbano, la fertilidad ha seguido disminuyendo, pasando de 1,69 en 2005 a 1,5. En Palestina, en 2005, el nivel de fertilidad de 3,70 probablemente era demasiado bajo, como confirmó un posterior estudio realizado en 2010. El actual nivel de 4,17 es ligeramente más elevado, y está en sintonía con las estimaciones de Naciones Unidas y la PRB, de 4,05 y 4,1 respectivamente. La Oficina del Censo estadounidense proporciona estimaciones independientes para Cisjordania (2,98) y Gaza (4,57), que implican la cifra de 3,96 para el conjunto de los Territorios Palestinos Ocupados. Mauritania se halla probablemente en una situación similar a Yemen, con una elevada fertilidad de 4,70, aunque en disminución.

Otros casos de disminución de la fertilidad se dan entre las poblaciones autóctonas de los estados del Golfo.[4] En los Emiratos Árabes Unidos, la fertilidad nacional se mantenía en 3,69 en 2005. Desde entonces parece haberse producido un descenso de la fertilidad, aunque los nacimientos registrados por ciudadano y año no estaban disponibles en la web de su oficina estadística (excepto para el emirato de Abu Dabi). Un estudio realizado en 2008, sin embargo, confirmaba el descenso de la fertilidad.[5] Contrariamente a lo que ocurría en la mayoría de los grandes países árabes, en Omán la fertilidad siguió disminuyendo, pasando de 3,56 en 2005 a 2,67 en 2009, y lo mismo en Kuwait, donde la tasa de fertilidad entre los kuwaitíes autóctonos, estimada en 4,14 en 2005, ha seguido disminuyendo. Los resultados varían según la fuente, pero la más fiable, los nacimientos registrados, muestra una ligera ralentización de la tasa de natalidad, que pasa del 32,6 por mil en 2005 al 29,7 por mil en 2011, un descenso del 9% que podría implicar que la tasa de fertilidad de los kuwaitíes autóctonos se mantuviera en 3,77. En Catar, una combinación de estadísticas de nacimientos en el registro civil, censos y estudios muestra que la tasa de fertilidad entre los cataríes autóctonos, que se mantenía en 4,44 en 2005, siguió descendiendo, pasando a 3,39 en 2011. Finalmente, en Bahrein, la tasa de fertilidad entre la población autóctona, estimada en 3,10 en 2005, también siguió disminuyendo, pasando a 2,78 en 2009.

De un total de 19 países árabes,[6] resultaba prácticamente imposible en esta fase del análisis estimar las recientes tendencias de fertilidad en Sudán, Irak y Libia. De los 16 países restantes, para los que las estimaciones desde 2005 se juzgaron posibles, 11 han proseguido su transición de fertilidad, mientras que en los otros cinco el descenso de la fertilidad se ha estancado o invertido.

Por lo tanto, una mayoría de países árabes seguían todavía en pleno proceso de modernización demográfica y familiar. Curiosamente, entre los «modernizadores» encontramos a todos los países del área del Golfo y la península Arábiga en general, incluyendo Arabia Saudí y Yemen. Sin embargo, hay que moderar este optimismo. Los países donde la transición de fertilidad se ha estancado o invertido son muy a menudo los pesos pesados del mundo árabe: Egipto, Argelia, Siria, por no hablar de Túnez y Jordania. En consecuencia, solo una minoría del 42% entre la población árabe todavía sigue experimentando la transición de fertilidad.[7]

¿Significa eso que la visión de la transición y modernización demográfica y familiar, y de lo que estas implicaban en términos de «convergencia de civilizaciones», debería quedar obsoleta? Nosotros confiábamos en que esas transiciones demográficas significaran algo más que simples números, con una TFT y una tasa de crecimiento demográfico inferiores. En que fuera más allá, implicando en última instancia una transición democrática en la familia, la sociedad y la esfera política. ¿Acaso un estancamiento o inversión de la transición demográfica señalan un alto en la modernización, sentando las bases de la persistencia o el retorno de las familias tradicionales, las estructuras sociales rígidas y los regímenes autoritarios?

Hay muchos argumentos en contra que sugieren que este revés demográfico, si lo hay, podría no ser un signo de inversión de la tendencia general hacia la modernización, traduciéndose en última instancia en unas familias y, por ende, unos regímenes políticos más libres.

En primer lugar, desde un punto de vista teórico, está el denominado «efecto trinquete», un fenómeno que impide la inversión de un proceso después de alcanzada una cierta fase, de forma análoga a como el mecanismo del trinquete impide retroceder a un sistema, obligándolo implícitamente a avanzar.[8] Por lo tanto, un alto en la transición demográfica de los países árabes no significa necesariamente un alto en la transición democrática, ya que hay otros factores que pueden regular esa transición demográfica y familiar.

En segundo término, resulta tranquilizador observar que entre aquellos países donde la transición demográfica se hallaba todavía en progreso después de 2005, Arabia Saudí, Yemen y los países del Golfo aparecen en un buen lugar. Pese a su riqueza y la estructura de sus poblaciones, en gran parte dominadas por inmigrantes —lo que favorece una elevada fertilidad nacional—, la transición no se detuvo. Tampoco hubo una inversión en su política demográfica.

En tercer lugar, la inversión de las tendencias de fertilidad no implica que también se hayan invertido otros factores demográficos o familiares, como la mortalidad, la edad del matrimonio, los matrimonios exogámicos, la nuclearización de la familia, y el papel de las mujeres como cabezas de familia. Por importante que sea, la fertilidad no es el único criterio de modernización.

En cuarto término, las razones que subyacen a los incrementos de fertilidad o su estancamiento son complejas y varían de un contexto a otro. Una explicación superficial atribuiría este fenómeno al «retorno del Islam», no solo a nivel político (Hermanos Musulmanes en Egipto, Ennahda en Túnez, Partido de la Justicia y el Desarrollo en Marruecos…), sino, de manera más significativa, a nivel familiar: vuelta a la tradición, los valores familiares, la humillación del estatus de las mujeres, un matrimonio más temprano, una descendencia numerosa…

Así pues, hay muy pocos puntos en común entre los cinco países que han experimentado recientes aumentos de fertilidad. En Egipto, el aumento de la tasa de natalidad se ha atribuido erróneamente a la revolución de enero de 2011. Los cambios de conducta se deben al hecho de que «la gente está bajo presión», o a que «nadie habla del problema de población como antes».[9] Sin embargo, la tasa de natalidad en Egipto comenzó a aumentar a partir de 2005, años antes de la revolución, mostrando los límites de tales explicaciones. Una vía de investigación más prometedora debería observar la situación del mercado laboral, especialmente el empleo femenino. La disminución de la fertilidad podría ser efímera si el progreso en la educación femenina, incluso en los niveles secundario y universitario, no se ve respaldado por la incorporación de las mujeres a la población activa con puestos de trabajo gratificantes. Las mujeres podrían volver pronto al estatus de amas de casa, con el riesgo de un matrimonio más temprano y repetidos embarazos. En Egipto, la tasa de participación femenina es todavía muy baja: solo el 24% de las mujeres de 15 años y más forman parte de la población activa. Muchas están en paro (oficialmente el 19%), subempleadas, o realizan un trabajo no retribuido en empleos familiares (el 46% de las mujeres activas están en el sector agrícola). Esto deja solo un puñado de mujeres para quienes el coste de oportunidad de la maternidad resulta lo bastante significativo para alentarlas a limitar esta última.

En Argelia, además de la marginación de las mujeres en el mercado laboral, la mejora de la seguridad y las condiciones de vida tras el final de la segunda guerra argelina aumentó la cifra de matrimonios. El número de estos se incrementó en más del doble, pasando de 177.000 a 371.000 entre 2000 y 2012. La fertilidad marital disminuyó, pero no lo bastante; de ahí el incremento de la tasa de fertilidad total de 2,40 a 3,02. Una combinación distinta de factores de la de Egipto, aunque la exclusión femenina de la población activa también ha desempeñado un papel negativo.

En Siria, la fertilidad se ha estancado durante la primera década de este siglo, principalmente debido a la existencia de un régimen demográfico de dos velocidades: una en la región costera, Yabal al-Druze y la capital Damasco, relativamente privilegiada en cuanto a logros sociales, económicos y culturales, donde la fertilidad ha caído al nivel de sustitución; y otra en la gran mayoría del país, que no ha podido beneficiarse del progreso económico o la redistribución de la riqueza, y donde la fertilidad se ha mantenido en un nivel muy alto.

En Túnez, el incremento de la fertilidad de 2,02 en 2005 a 2,27 en 2012 resulta desconcertante en este país, pionero en cuestiones de familia y población en el mundo árabe. Un incremento a 2,1 no habría suscitado preocupación, y podría haber sido el resultado de efectos de ritmo o ligeros ajustes conductuales. Pero con 2,27 la cuestión es más seria y todavía está por explicar.

En Jordania resulta plausible, aunque difícil de demostrar con datos concretos, que su peculiar composición demográfica de jordanos y palestinos pueda haber desempeñado un papel oculto en la persistencia de una fertilidad relativamente elevada.

¿Por qué ese estancamiento de las transiciones en 6 de cada 10 ciudadanos árabes? La marginación de las mujeres árabes en la población activa, cuya tasa de participación en 2012 fue solo del 21% —lo que supone una brecha del 53% con respecto a la tasa de empleo masculina—, probablemente constituye un factor clave.

El mundo árabe ha pasado en una breve generación por una serie de revoluciones culturales, con un acceso casi universal de los jóvenes al aprendizaje de la lectura y la escritura, o el remarcable acceso de las mujeres a la educación primaria, secundaria y universitaria. A raíz de ello vino la revolución demográfica gracias al uso extendido de la contracepción y la prolongación de la edad del matrimonio, con un contexto de creciente individualización. A los cambios demográficos y familiares les siguió la alteración de las jerarquías familiares tradicionales: marido-mujer, padre-hijos, hermano-hermana, lo cual no pudo por menos que tener un impacto positivo en la esfera social y política. De ahí que el ciclo de revueltas árabes a partir de diciembre de 2010 barriera las jerarquías políticas más profundamente arraigadas, al tiempo que potenciaba vigorosamente el estatus de la mujer.

El último escollo es el mercado laboral, que por el momento todavía se resiste a las mujeres, puesto que su empleo se halla muy por debajo de las expectativas. De ahí la pregunta: ¿qué posibilidades hay de mantener la durabilidad de la transición familiar y demográfica si las mujeres árabes se ven permanentemente excluidas del mercado laboral? ¿Cuáles serían las repercusiones políticas de esa exclusión de uno de cada dos ciudadanos?

Notas

[1] Esta era la conclusión de nuestro libro: Y. Courbage y E. Todd, Encuentro de civilizaciones, Madrid, Foca, 2008, originariamente publicado en francés con el título de Le rendez-vous des civilisations, París, Seuil, 2007.

[2] El año que en se publicó inicialmente Encuentro de civilizaciones en francés.

[3] Se enumeran los países en función del tamaño de su población.

[4] Las estimaciones de la ONU, la PRB y el IDB (Banco de Desarrollo Islámico) no resultan útiles aquí debido a la elevada proporción inmigrante de estos países. Algunas de las estimaciones proceden de ESCWA, Bulletin on population and vital statistics in the Arab Region,  Nueva York, Comisión Económica y Social de las Naciones Unidas para Asia Occidental, 2012.

[5] M. Al Awad y C. Chartouni, «Explaining the decline in fertility among citizens of the GCC countries: the case of the UAE», Working Paper n.º 1, Institute for Social and Economic Research, 2010.

[6] Excluyendo algunos países oficialmente árabes, miembros de la Liga Árabe: Somalia, Yibuti y Comores. Los países no árabes de Oriente Próximo, Turquía e Irán han proseguido asimismo su transición de fertilidad.

[7] Y aún menos si consideráramos las poblaciones autóctonas de Arabia Saudí y los estados del Golfo, excluyendo solo a los inmigrantes.

[8] Un ejemplo bien conocido es la sensibilidad de la fertilidad al precio del petróleo en los países del Golfo. Cuando este era elevado, también la fertilidad lo era. Desde que el petróleo está más bajo la fertilidad ha disminuido. Sin embargo, cuando los precios del petróleo se han recuperado, la fertilidad no lo ha hecho de forma paralela, puesto que ya no dependía de la prosperidad económica: otros factores sociales habían pasado a ser prioritarios.

[9] K. Fahim, «Egypt’s Birthrate Rises as Population Control Policies Vanish», op. cit. Tales son las opiniones expresadas por Hisham Makhlouf, profesor de demografía en la Universidad de El Cairo.